Skip to content

John Hiatt en Madrid: inolvidable lección de rock americano

12/07/2012

Dolía entrar en la platea de ese sitio tan extraño (aunque cómodo, que todo hay que decirlo) para un concierto como el madrileño Teatro Circo Price para presenciar la segunda aparición en la capital de John Hiatt, uno de los artistas más importantes en la historia del rock americano y ver un aspecto absolutamente desangelado, con apenas público en las gradas y una pista, eso sí llena, repleta de sillas, algo que a los que nos hemos tirado horas y horas de pie y apelotonados en multitud de recitales nos sigue pareciendo un elemento extraño para un concierto de rock.

Llegaron las 21:30 horas y, con una estricta puntualidad también absolutamente inhabitual en un concierto de rock y mientras las gradas se fueron poblando hasta albergar media entrada, todas estas reflexiones llegaron a su fin. Una leyenda estaba ante nuestros ojos y todos los problemas cotidianos se habían ido al garete. Es hora de disfrutar. De entrada, un sonido PERFECTO (¿cómo es posible que haya tantas bandas con muchos más medios que no suenen ni la mitad de bien?) nos hacía augurar lo mejor: todos los instrumentos equilibrados, una batería potente pero sin comerse al resto de la banda, unas guitarras tan fuertes y densas en ocasiones como cristalinas en otras y una voz justo en su punto, ni demasiado baja ni demasiado alta. Lo que parece tan fácil pero que casi nunca se cumple, sea el recinto que sea.

El concierto comenzó sobrio pero ya con un repertorio de aúpa desde el comienzo. “Master of Disaster” y “Tennesse Plates”, una canción a recuperar de su repertorio y todo un clásico, respectivamente, no admitían discusión. Hiatt parecía estar ejecutando una liturgia, sin hacer un gesto de más, tan solo una sencilla pero tremendamente eficaz banda interpretando unas canciones tan sólidas que no necesitan de más aditamento. Sin embargo, apenas habían pasado tres canciones, Hiatt decidió dejar de jugar al despiste y comenzó a interactuar con el público, presentando a partir de ese momento casi cada una de las canciones con comentarios tan humildes y sencillos como entrañables, muy lejos de la arrogancia que se le puede suponer a una figura de su talla. Esta confraternización pareció contagiar tanto a la banda como al público y el desenfado y el aire de fiesta comenzó a desplazar a la rigidez que había imperando hasta entonces.

El maestro comenzó a desgranar un repertorio de canciones muy equilibrado, en el que su más reciente álbum, el notable “Dirty Jeans and Mudslide Hymns”, sólo tuvo representación en dos ocasiones: “Down Around my Place” y “Adios to California” (eché terriblemente de menos mi predilecta “I Love that Girl”), mientras que el grueso de la actuación fue dedicado a recorrer sus años de mayor gloria, aquellos comprendidos entre la segunda mitad de los años ochenta, cuando se introdujo de lleno en el rock americano tras muchos años dedicándose al pop rock y a la new wave, y la primera mitad de los noventa, justo ese periodo en el que llenó las estanterías de discos memorables y que le hicieron un competidor de tú a tú con la realeza americana, ya saben, los Springsteen, Petty, Mellencamp, etc., mientras que quedaron un tanto relegados su última época -menos mediática pero igualmente reconfortante- y sus infravalorados comienzos, que propiciaron más joyas de lo que normalmente se suele comentar.

Se sucedían las canciones, Hiatt crecía y crecía en cercanía y simpatía, mostraba una voz mucho más potente de la que suele hacer gala en los discos, con sencillos trucos como distintos malabarismos vocales lograba meterse en el bolsillo a un público ya de por sí entregado desde un principio…En fin, estaba llegando ese momento en el que los buenos conciertos explotan definitivamente. Y efectivamente, Hiatt nos atacó con cuatro “clásicos básicos” consecutivos que desataron la euforia (e hicieron que las sillas comenzaran a sobrar). Así, a pelo y sin interrupciones, cayeron “Perfectly Good Guitar” -¡que maravilla!- , “Feels Like Rain” -memorable interpretación de tamaña preciosidad, seguramente el mejor momento del show- , “Thing Called Love” y “Slow Turning”. Entre vitores, gritos y aplausos omnipresentes, el estadounidense bajó algo los ánimos con la tranquila “Memphis in the Meantime” y lo hizo aún más cuando se despidió momentáneamente, para dar inicio a los bises. Tras regresar al escenario, una fenomenal y coreada “Have a Little Faith in Me” dio paso a lo que suponía el cacareado final del concierto, su canción más popular, Eric Clapton y B.B.King mediante, una versión extendida y “jammy” de “Ridin’ with the King” (su única concesión a su época más pop) tras la que los músicos se marcharon definitivamente del escenario con un merecido sabor a triunfo. Quizás el cariz que estaba tomando el acontecimiento hubiera merecido algo más de tiempo que los escasos 105 minutos que nos regaló Hiatt, ya que tiene repertorio de sobras para ello, pero, en fin, es el sino de los tiempos (excepto para Springsteen) y si nos tenemos que conformar, que mejor que hacerlo con un maestro que parece no tener fecha de caducidad y que no escatima energía en ningún momento. Mucho gusto, señor Hiatt. Queda invitado a deleitarnos de nuevo en un par de añitos.

Acerca de estos anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: