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“Héroes”, de Ray Loriga: nuestro libro del recuerdo

27/02/2019

En los primeros años de la década de los 90 se produjo en las letras españolas una especie de terremoto propiciado por un puñado de jóvenes escritores que hicieron tambalear los cimientos del panorama literario. Uno de estos nombres fue el de Ray Loriga, quizás el primer escritor español con aura de estrella del rock, quien con su segunda obra, “Héroes”, se metió en la habitación de miles de jóvenes que se vieron retratados en aquellas líneas y en aquella forma de vomitar sentimientos. María Teresa Cerón vuelve a regalarnos unas deliciosas letras en las que se reconoce como una de aquellas víctimas del tiroteo a quemarropa de Loriga, un tiroteo que la dejó abierta en canal y lista para lo que vendría después, la vida.

 

Al volante: MARÍA TERESA CERÓN

Hace unos años tuve la enorme fortuna de asistir a un encuentro literario cuyo protagonista era Ray Loriga. Eran aquellos meses de ajetreo en los que el madrileño promocionaba incansablemente la que por aquel entonces era su última novela. Me refiero a “Ya sólo habla de amor”, editada por Alfaguara en 2008, cuyo personaje principal, Sebastián, era incapaz de superar el amor perdido a lo largo de 176 páginas. Hubo un momento del encuentro con Ray en el que su interlocutor le preguntó por “Héroes”, su segunda novela, y por el modo de concebirla.”¡Uno nunca sabe en qué parte del camino le aguarda la magia!”, pensé, mientras Loriga contestaba paciente y solícito. Uno nunca sabe tampoco  en qué punto del camino debe pararse, tomar aire y revisar los pasos dados.

En la primavera de 1994 cumplí 15 años. Sólo pedí dos regalos: unas botas de cowboy como las que llevaba Loquillo en la contraportada de “Mientras Respiremos” (mi disco de cabecera en aquella época) y “Héroes”, el libro del escritor del momento. Recuerdo cómo me impactó su portada. Ray posaba mirando fijamente a la cámara cerveza en mano, anillos visibles, mirada desafiante cual estrella de rock… “¡Ningún otro escritor se atrevería a posar así!”, me repetía mientras abría la solapa y me introducía en la mente de un chico con trazas de perdedor. Porque “Héroes“ no es ni más ni menos que eso, una travesía mental, un viaje, es la historia de un perdedor que, encerrado en su habitación, desata sus demonios acompañado por sus libros favoritos y los discos que le hacen sentir un poco menos miserable. “Héroes” nos dio de beber realidad y las letras de este país sufrieron cierto quiebre tras su fulgurante éxito.

Contaba Loriga la única vez que pude verlo en persona que cuando entregó a su editor, Enrique Murillo, el manuscrito, Enrique confesó que le parecía un libro buenísimo pero que le auguraba corta vida porque carecía de trama. Murillo se llevó a Ray a Plaza&Janes y en muy pocos meses su profecía quedó reducida a un puñado de cenizas. Ray Loriga se convirtió en el niño mimado de la crítica a pesar de su malditismo extremo con tan sólo veintiséis años. Y, lo que es mejor, las letras de Loriga fueron abrigo y refugio para adolescentes solitarios como yo desde el preciso momento en el que asomaron la nariz por las páginas de un libro que los representaba y que conseguía transformar el mundo en un lugar menos hostil. Para los que amamos la música es un libro musical. Bueno, todo lo musical que puede ser un libro porque carece de música. Es un libro escrito por un veinteañero, sólo podría escribirlo alguien con la edad que tenía el autor en aquella época, pero ante todo es un soberbio homenaje a la adolescencia y a la música que te marca, que te fortalece, a la que te hace ampliar el imaginario y te abastece de ideas. En el caso de Loriga: Dylan, Bowie y Lou Reed. En el del protagonista: los Red Hot Chili Peppers, Morrison, los Clash, los Sex Pistols, y los Stones también.

No se puede escribir sin pasión, no puedes hilar letras sin un músculo que te mueva ni escribir como lo hizo Loriga en “Héroes” sin recorrer elementos de tu propia vida: la historia de un hermano que fallece no sin antes pasar por hospitales psiquiátricos, su pena, su periplo triste, la agonía de la familia, y la del propio Ray antes de despedirse de él para siempre. Cuando la mente del hermano se empieza a ir cada vez más lejos, deja en herencia sus discos. Al igual que le ocurre al protagonista, el elemento positivo, el contrapunto a la pena, fue para el autor la música. Los discos del hermano son un colchón y, entre todos, los de Bowie. Las canciones de Bowie son el substrato musical de la obra, de una obra difícil de encasillar narrativamente. Soy incapaz de analizarla punto a punto, ni tan siquiera me atrevería a emitir un juicio minucioso sobre su estilo. Se dijo de ella en su día que era lineal y carente de estructura que era un auténtico caos… ¡Bendito caos si es así! Siempre me han atraído los libros cuyos capítulos leídos de modo desordenado consiguen explicarte por dónde van los tiros, y “Héroes” es de esos libros que pilles por donde pilles te vomitan de sopetón la historia que tienes entre manos. Todas sus páginas contienen pasión, pasajes cinematográficos en los que se habla de soledad, de dolor, de chicas rubias cuyos ojos son incapaces de proyectar nada que no sea el vacío, se habla de pequeños triunfos cotidianos que, unidos a la alegría que producen, dan cabida a la esperanza. Porque en “Héroes” también brilla la luz y se fantasea con la esperanza, con un mundo mejor sin tanto hijo de puta que tuerza tus sueños abocándote al autoexilio para sobrevivir.

No es sencillo ser el protagonista de este libro, es difícil hablar de su soledad elegida, una soledad clara, diáfana, esa que te invita a querer dejarlo todo y trae cientos de recuerdos. A pesar de todo, y contra todos, el protagonista de “Héroes” se niega a dejar de soñar. Sueña porque en el fondo es optimista, fantasea con la idea de ser un ángel, un ser humano mejor, el héroe de la chica rubia a la que protegerá de tal modo que, en compensación, siempre permanecerá a su lado. Y todo a ritmo de canción, de la mítica “Walk on The Wild Side” de Lou Reed , de “Light my Fire” de los Doors, del “Nebraska” de Springsteen , del “Blood on the Tracks” de Dylan, de la genial “Should I Stay or Should I Go”. Se escuchan en la cabeza del protagonista los ecos lejanos de “Satisfaction”… Loriga consigue atravesar barreras usando un lenguaje de videoclip, siendo capaz de crear imágenes que nos permiten, por ejemplo, imaginar al muchacho subiendo una cuesta empinada con la única preocupación de llegar hasta arriba porque desde el punto más alto se divisa el campo de fútbol del barrio. Mientras corre fatigoso podemos verlo sin dificultad tarareando “Black and Blue” y fantaseando antes de llegar a la cima con ser Keith Richards, y es que todo lo que ocurre en sus 173 páginas posee el formato de una canción, y por ello, Ray Loriga fue considerado por muchos compañeros de letras como una auténtica estrella del rock, el máximo exponente de una generación de muchachos a los que se les permitía hacer lo que quisieran, cuando quisieran, porque sembraban revolución a su paso.

Creo que con “Héroes” Loriga sentó las bases de una escalera con infinidad de peldaños. Esta segunda novela suya fue el comienzo de una trayectoria que refleja revolución y evolución. Vida y madurez. El tiempo corre veloz, todos cambiamos, y la evolución de Ray se refleja en otro tipo de literatura, igualmente loable, aunque no por todos entendida. Pero “Héroes” es nuestro libro del recuerdo, nuestro reflejo transgresor de la adolescencia perdida. Mi mensaje. Nuestro mensaje. El libro con el que dibujamos un futuro mejor, el que nos permitió acomodarnos gratamente en la mente de otro hasta tal punto de entender y justificar cada una de sus palabras porque nos enseñó generosidad y a ser un poco más bondadosos.

Y descubrimos muy jóvenes, gracias a esta novela, que la violencia, el dolor y la frialdad están ahí, ¡sí, son inevitables!, pero que también hay espacio para el amor. “Héroes” nos invitó a salir de nuestra trinchera para mostrar nuestras acciones y pensamientos al mundo, perdiendo el miedo a los juicios de valor, andando de frente, de lado y de espaldas por un camino de luces y sombras, un camino por el que dejamos huella, porque de eso se trata vivir, de caminar dejando nuestro recuerdo en los demás.

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