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Cuando nosotras escribimos (I)

11/06/2019

Hace un par de años decidí comenzar un pequeño ciclo de autoras que acabó por dilatarse y mutar de ciclo a cambio en mi consumo lector. Más relevante que dicha decisión, que al fin y al cabo sólo afecta a mi propio hábito, son las razones que me llevaron a tomarla. De repente me di cuenta de que, cuando alguien me preguntaba por mis escritores preferidos y mis ficciones predilectas, siempre hacía mención a la narrativa gótica de Poe (a la que dediqué un post un Halloween cualquiera), a la “transgressive fiction” de Palahniuk que hace mucho se me empezó a agotar, al realismo mágico de García Márquez o la maravillosa metaliteratura de Paul Auster. Me di cuenta, sí, de que entre el puñado enorme de autores enumerado que para mí destacaban por encima del resto sólo se colaban unas cuantas autoras. Pensé en mis aportaciones al Cadillac en la categoría de letras: todas sobre autores masculinos, a pesar de que Anne Sexton es mi imagen identificativa en este blog. Pensé en los libros que había leído el año anterior: la inmensa mayoría, a excepción de El cuento de la criada de Margaret Atwood, y un par más, los habían escrito hombres. Se antoja una simpleza, pero percatarse de esto es percatarse de que algo funciona obscenamente mal.

Dando aún más vueltas al tema, porque a servidora es más fácil arrancarle la cabeza que una idea, pensé en que siempre se habla de las mismas autoras, de aquellas que el canon literario que se estudia en los centros educativos se molesta en enseñarnos. Salen a colación Virginia Woolf, Jane Austen, Simone de Beauvoir, las hermanas Brönte, o Mary Shelley entre otras figuras fundamentales. Se habla de que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno para quitarse la vida. Una muestra importantísima en calidad pero una mota ínfima de polvo en un universo de grandes montañas. Y lo que es más grave aún, repasando mis años de cursar filología inglesa, donde la literatura es una pieza fundamental, me vuelvo a dar de bruces con la realidad al llegar a la conclusión de que sí, claro que me hicieron estudiar y analizar a unas cuantas autoras, pero son un porcentaje bajísimo dentro los autores estudiados en el plan de enseñanza.

 

Hay razones para explicar esto, por supuesto, la propia Virginia Woolf dijo una vez que, “durante la mayor parte de la historia, anónimo era una mujer”. Hubo un amplio período en el que las mujeres escribían infinitamente menos porque su sitio estaba pariendo y criando hijos mientras muchos de los escritores que traspasaron las barreras del tiempo se dedicaron a escribir. Además, ¿quién coño iba a publicar nada escrito por una mujer? De ahí ese anónimo, de ahí tantos pseudónimos. Sin embargo, con un contexto más actual, el problema no llega a desaparecer del todo. Vivimos un tiempo de descubrimiento de muchos nombres porque, de repente, las editoriales se han dado cuenta de que nosotras también podemos vender. Algunos de los libros que recomiendo hoy en este post fueron escritos hace décadas y ninguna editorial de este país se había tomado la molestia de traducirlos al castellano y publicarlos hasta hace relativamente poco. Incluso Anagrama reconoce la injusticia de que una de las autoras que se van a mencionar hoy no haya aparecido antes en sus colecciones.

Teniendo en cuenta todo esto, y más decidida que nunca a empaparme de voces femeninas, comienza mi búsqueda e indagación por las redes, internet, librerías, recopilaciones. Y en esta búsqueda intensiva en pos de hallar nombres y títulos llego a caer en la cuenta de otra cosa que no es menos importante: casi todas las listas de libros imprescindibles de autoras se componen de manifiestos y reivindicaciones. Algo importantísimo. Me parece vital leer El segundo sexo y Una habitación propia. Pero es como si toda la responsabilidad del cambio tuviera que recaer en esas voces de mujeres. Lo que yo buscaba a estas alturas era una diversidad real. Autoras, sí, autoras. Autoras con derecho a publicar ensayos sobre feminismo y temas que nos atañen, pero también dignas de contar sus historias policiacas, de crear su ciencia ficción, de narrar con humor sardónico sus vivencias, de dar vida a personajes rocambolescos y aterrorizar. En definitiva, de hacer exactamente lo mismo que hacen los escritores. Reitero la importancia de poner el altavoz en una escritora de la talla de Beauvoir, pero Ursula K. Le Guin merece pasar a los anales de la ciencia ficción con Asimov y a día de hoy su nombre pesa dolorosamente menos. El espacio de las mujeres, cuando escriben, no está sólo en las novelas románticas de playa, como muchos señores piensan, ni en las líneas de cuatro best sellers juveniles. Está en todos esos lugares y en una infinidad más de rincones.

Después de haber servido el té del día, vuelvo al ciclo de autoras con el que empecé y que ha terminado por convertirse en un viaje precioso y fascinante. Porque en esas voces he encontrado la mía. Mis experiencias, mis formas de vivir las relaciones, mis perspectivas. Ahora no me es posible salir de ese torbellino de letras perpetrado por mujeres y, en honor a la verdad, tampoco quiero. Y como una constante en este par de años ha sido el encontrarme con múltiples lectores y lectoras pidiendo recomendaciones, me ha parecido que el Cadillac sería un lugar fantástico para recopilarlas todas. De ese modo os doy la bienvenida a esta pequeña sección de “Cuando nosotras escribimos”, donde de vez en cuando os recomendaré obras de distintos géneros y períodos históricos distintos, unas más conocidas que otras, pero todas dignas de reivindicar.

 

Orlando, Virginia Woolf (1928)

No se me escapa la ironía, de acuerdo a mi discurso en la introducción, de comenzar este post (¡y esta sección!) recomendando a Virginia Woolf. Sin embargo, lo hago henchida de orgullo y con convicción absoluta. Afortunadamente la constancia escrita de la autora londinense no ha pasado desapercibida en el transcurrir del tiempo, pero entre la maravillosa proclama que es Una habitación propia, la admiración por el clásico que es La señora Dalloway o los aplausos ante el brillante uso del flujo de conciencia en Al faro, tengo la impresión de que se ha infravalorado Orlando, o al menos ha quedado un escalón por debajo de lo que debería. Una novela presentada con el formato de una biografía que se deja llevar por el realismo mágico y que supone, en realidad, una de las proclamas más importantes de su legado. La historia, inspirada por Vita Sackville-West, una de sus relaciones, gira en torno a un joven aristócrata que un día se despierta mujer y se ve en la tesitura de vivir una realidad plena de molestas diferencias. Orlando no pasa por alto el tratamiento de temas tabú en la época, casi todos ellos enraizados a la tierra de la sexualidad, pero, sobre todo, pone sobre la mesa la variación de exigencias sociales y formas de vida de acuerdo al género asignado. Entre la fantasía y la denuncia social, la injusticia y la belleza, el proceso creativo y los roles de género se encuentra un clásico que es intemporal por la vigencia de su reflexión.

 

El caso de Betty Kane, Josephine Tey (1948)

Vaya de antemano mi agradecimiento a la editorial Hoja de Lata por publicar las obras de la autora escocesa en nuestro país y permitirme conocer a otra reina del misterio en papel. El caso de Betty Kane llegó a mis estanterías el pasado verano para convertir el calor en incógnitas de una narrativa exquisita, lo que sin duda es el punto fuerte de la novela que recomiendo. La historia de las Sharpe, madre e hija, que son acusadas de haber secuestrado y vejado en su vivienda, en el pequeño pueblecito de Milford, a una joven que, además, detalla con minucia cada estancia de la casa. Destaca en ella el hecho de que la investigación no corra a cargo de ningún detective (a pesar de que, como todas la grandes figuras literarias del crimen, Josephine Tey cuenta con un detective estrella, Alan Grant) sino de Robert Blair, arrastrado a la causa por motivos más morales que profesionales. Además de atrapar a lectores y lectoras en su impecable narración, la autora aprovecha la novela para tratar temas como los prejuicios, lo irracional de una masa enfurecida que no atiende a razones o el rol de la prensa en el conocimiento popular de los sucesos. Una escritora con la que ha sido un verdadero placer coincidir, más de setenta años después, y en cuya ficción detectivesca me gustaría seguir zambulléndome.

 

Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson (1962)

Nacida en San Francisco, Shirley Jackson publicó su obra literaria, compuesta por más de cien relatos y varias novelas, entre los años cuarenta y sesenta. No sería, sin embargo, hasta décadas más tarde, cuando alcanzara una posición medianamente conocida entre el canon de literatos. Su novela más famosa es La maldición de Hill House, que, estoy segura, vio sus ventas en alza el pasado año tras el estreno de su adaptación homónima en Netflix. Siempre hemos vivido en el castillo llegó a pasar bastante más desapercibida, pero es una de las mejores novelas que llegaron a mis manos el pasado año. Una novela que convierte a la autora en reina del terror doméstico, narrada en primera persona por Merricat Blackwood, una joven de diecinueve años que vive con su hermana mayor y su tío, aislados del resto del pueblo tras un suceso dramático. Jackson hace un uso brillante de la figura del narrador no fiable, creando, además, como bandeja de plata en la que portar la historia, un relato claustrofóbico en el que desfilan temas como la agorafobia, la percepción del “otro”, la cerrada mentalidad asociada a determinados contextos o los elementos cotidianos de la rutina en el marco de la tragedia, todo ello tratado de manera elegantemente ligera.

 

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, Maya Angelou (1969)

Nació en Missouri y dejó un legado literario compuesto por poemas, ensayos y una narrativa centrada en su propia vida, además del rastro de la lucha activista por los derechos civiles por los que siempre peleó. Maya Angelou llegó a publicar siete autobiografías, de las cuales, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado llegó a ser la más leída por el público y la más aclamada por la crítica. En ella, la autora afroamericana nos narra su niñez al completo y buena parte de su juventud. Una niñez llena de avatares vividos desde el prisma del color de su piel, siempre acompañada de un complejo de inferioridad inducido. Es una obra realmente dura que nos habla de la identidad, la lucha de las mujeres, del derecho a la educación para todos y todas, de lo que es vivir con un sello en la frente. Trata con fiereza el relato de los abusos sexuales y violaciones sufridos de niña, el racismo, las clases sociales, los lazos familiares. Cada pasaje de su vida es contado con la intensidad con la que la propia Angelou tuvo que vivirlos mientras se aferraba por crecer en contra de su inocencia perdida. Recomiendo esta novela por imprescindible y por ser testimonio de una de las principales maquinarias internas que mueve a quien escribe: el haber sobrevivido a las peores tormentas.

 

Apegos feroces, Vivian Gornick (1986)

Se ha hablado mucho de Apegos feroces en los últimos años, siendo la causa el hecho de que, aunque este libro se publicó en el 86, no ha sido hasta treinta años después traducido a otros idiomas y editado y vendido en nuestro país. Volvemos a la autobiografía, al relato de vida de Vivian Gornick, periodista y escritora criada en el Bronx. Y es en esa estancia en uno de los barrios peor vistos de Norteamerica donde se mece la narración de esta obra. Con una niñez falta de figuras de apoyo y presencias maternales que gestan apegos feroces. Es una novela brillante (sucedida por La mujer singular y la ciudad, publicada en 2015) llena de paseos por calles atestadas que suenan demasiado, de personas que se cruzan en nuestros caminos, de conversaciones frustrantes, de pérdida, de perspectivas, de sed de conocimiento e insatisfacción. Gornick disecciona las relaciones familiares y de pareja más importantes de su vida y las reduce al tóxico polvo de lo inevitable, nos habla de lo personal, lo trascendente, lo individual y lo colectivo, lo vulgar y lo político. Un libro que se desenvuelve en los pasos que caminan la autora y su madre, llenos de reproches y diálogos que llegan a ser a medias porque el silencio duele menos y las palabras complacientes se esquivan mejor.

 

Afinidad, Sarah Waters (1999)

De este pequeño muestrario, Afinidad es mi predilecta. La joya de la corona. La niña de mis ojos. Descubrí a Sarah Waters hace un par de meses por recomendación, con sus personajes LGBT y su emplazamiento en la época victoriana como bandera de todas sus obras. Y qué necesidad siento ahora de leer todo lo que ha nacido de la pluma de la escritora galesa. Afinidad es una novela absolutamente deliciosa narrada en forma de diario por Margaret Prior, una mujer que, sumida en una profunda depresión, decide dar un giro a su vida convirtiéndose en visitadora de las mujeres de la prisión de Millbank. Será allí donde conozca a Selina, una reclusa con la que, desde el primer momento, mantiene un vínculo especial que se mece entre lo sobrenatural, el espiritismo y lo frágil. Hay algo increíblemente delicado en este relato, cuya narrativa es impecable, que atrapa de manera sobrehumana y conmueve hasta los huesos. Hace mucho que no empatizaba de una manera tan profunda con el papel ni me dolía tanto un personaje, pero Waters hace que ocurra tratando con maestría temas como el rol de las mujeres en la época victoriana y al mismo tiempo en la sociedad actual, la salud mental o las condiciones en prisión, todo ello culminado por la tensión de un suspense gótico exquisito. Hay que leer a esta autora por ser simplemente maravillosa y porque la propia Anagrama reconoce la injusticia de que haya tardado tanto en aparecer en sus colecciones.

 

La flor del mal, Janet Fitch (1999)

Siendo una adolescente me obsesioné con la versión cinematográfica de esta novela sin saber que era una versión cinematográfica de una novela, algo que ocurre bastante a menudo. No sería hasta años más tarde, sumida en aquello que llaman adultez, cuando me diera por indagar en librerías de segunda mano hasta dar con La flor del mal en su versión original (White Oleander), que por aquel entonces estaba fuera de todos los catálogos. En resumidas cuentas: Janet Fitch nació en Los Ángeles en plena década de los cincuenta y, cinco décadas después, una de sus historias se convertía en parte fundamental de mis días pubertarios. La flor del mal pasea por la vida de Astrid, una chica adolescente que, tras el encarcelamiento de su madre, va pasando por distintos hogares de acogida. Casas y familias que irán configurando su identidad. Un “coming of age” que convierte a lectores y lectoras en testigos de su crecimiento, la pérdida de su inocencia, el despertar de su sexualidad y el continuo conflicto entra la autodestrucción y la supervivencia. Y no menos importante es el estudio que Fitch realiza sobre el papel de la maternidad y, ¿por qué no? esos apegos feroces de los que nos habla Vivian Gornick, sin olvidar el rol fundamental que el arte juega en esta historia tan cruda como estética.

 

Nora, Irati Jiménez (2009)

Irati Jiménez es una de las autoras a las que más cariño tengo y que más llegaron a influir en su día en mi propia narrativa. La conocí a finales de los noventa/ principios de los dos mil, cuando “Expediente X” iba llegando a su fin y foros a día de hoy obsoletos eran un hervidero. Irati, por aquellos años, solía escribir fanfiction de la serie, algo completamente denostado en la actualidad y profanado a todas luces. Se tomaba años enteros para construir sus historias y documentarse, resultando aquellos relatos en narrativas de una extensión y, sobre todo, una calidad digna de la mejor literatura. Yo no podía creerme que no existiera la justicia y su ficción poblara mis estanterías, aunque la justicia llegó. Más o menos. Publicó su primera novela, sólo disponible en euskera, y en 2009 llegaría al mundo Nora, que tendría que traducir ella misma al castellano. También ha participado en varias compilaciones de ensayos sobre el papel del feminismo en la ciencia ficción y sigue colaborando en varios medios de comunicación ejerciendo su profesión periodística. Pero una lee Nora y… siente que este país se está perdiendo a una gran autora. Nora es una novela increíblemente difícil de describir que ensalza la importancia de la ficción y la memoria. Una obra donde los secundarios parecen configurar el discurso con tanta fuerza como los protagonistas, donde se mecen al mismo tiempo el realismo mágico y el olor a pimientos fritos, los hombres lobo y los regentes de motel. Vidas cruzadas y personajes conectados sin saberlo a través de voces de radio y fotografías. Es imposible que la magia de Nora no atrape a cualquier lector o lectora y no es fervor con lo que recomiendo su lectura, es algo mucho más profundo y que llega mucho más lejos.

 

Cuando sale la reclusa, Fred Vargas (2017)

Viajamos ahora al terreno de la novela negra con la autora francesa Fred Vargas, especialmente conocida por su serie de obras centradas en el comisario Adamsberg, de las cuales, Cuando sale la reclusa es la más reciente, publicada por la editorial Siruela el pasado año. El detonante de la historia es la muerte de tres ancianos por la picadura de la araña reclusa y todo ello desembocará en una trama admirablemente intrincada que nos paseará por psiques y lugares recónditos y nos conectará con la Edad Media. Todo ello poniendo el foco en temas tan importantes como las violaciones, los abusos sexuales, las secuelas y la justicia. He de reconocer que en ocasiones, durante la lectura, sentí que todo se iba resolviendo de manera enérgicamente inverosímil, y sin embargo no podía soltarla ni dejar de perderme en su discurso. Cuando sale la reclusa es un libro tremendamente disfrutable que ambienta su narrativa de manera exquisita y atrapa sin remedio, no es de extrañar que Vargas haya llegado a consolidarse como uno de los puntos fuertes de la ficción policíaca europea.

 

Cuaderno de Campo, María Sánchez (2017)

Cerramos esta primera batería de recomendaciones con una autora cordobesa, María Sánchez (María Mercromina en sus inicios literarios), brillante en su trabajo como veterinaria de campo y como escritora. Lo que está haciendo María Sánchez es de vital relevancia: dar voz a lo rural, a las mujeres del campo, algo que sigue siendo un vacío en el actual debate sobre el feminismo. Lo que os recomiendo hoy es Cuaderno de campo, su primer libro. Un poemario publicado por La bella Varsovia donde la autora reflexiona sobre la familia, la tierra en la que se crió, la sangre y la siembra, las raíces. Es un trabajo poético breve pero de una belleza y una crudeza singulares, resulta casi imposible no mirar hacia atrás y recordar a nuestras generaciones pasadas con las manos manchadas de tierra. Tengo la suerte de estar leyendo actualmente Tierra de mujeres, su segundo trabajo, y me resulta inimaginable que no vaya a hacer su aparición en la segunda entrega de “Cuando nosotras escribimos”.

De grandes autoras no ha de verse una colmada, cuando resulta evidente que aún queda mucho trabajo por hacer y las alarmantes diferencias en las cifras de publicación, dependiendo del género, siguen siendo carne de titular. Si algo espero de esta sección con la que, de momento, estoy disfrutando muchísimo, es que las recomendaciones que aquí aparezcan resulten útiles y susceptibles de ser disfrutadas por aquellos y aquellas que visitáis este Cadillac. Mi intención es que convivan en ella todos los géneros posibles, obras actuales con obras clásicas, libros fundamentales dignos de reivindicar, aunque sean archiconocidos, con trabajos que han pasado mucho más desapercibidos. Porque nosotras también escribimos.

 

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2 comentarios leave one →
  1. Rosa Maria Ortiz Orantes permalink
    16/06/2019 7:26

    Bravo! felicidades, ya era tiempo de que alguien pusiera este honroso ejemplo, gracias por estas recomendaciones, de las cuales ,reconozco de entre las autoras, solo a la excelente Virginia , pero ya tome nota de varias que se me hacen super interesantes…nuevamente gracias!

    • Irene B. Trenas permalink*
      16/06/2019 22:33

      Me alegra tantísimo que el post resulte útil… Espero que disfrutes las recomendaciones, ¡y muchas gracias!

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