Ozzy y mis (tres) joyas de la corona
Fueron tantas las veces en las que Ozzy podría, debería haber muerto, era tan imposible que la muerte no le hubiera alcanzado nunca, que muchos ya pensábamos que lo imposible era que pudiera morir. Le creíamos ya inmune a la Parca, como en su momento y durante muchos años nos pasó con su amigo Lemmy y nos sigue pasando a día de hoy con Keith Richards (crucemos los dedos). Hace un par de semanas, después de ver imágenes del macroconcierto con el que, acompañado de toda la plana mayor del heavy metal, se despidió de todos nosotros, le comenté a mis colegas del Cadillac en nuestro grupo de WhatsApp (pese a la patente inactividad de este blog, sigue tan vivo como el primer día) que me parecía que Ozzy había llegado a la cita por los pelos. Pero “por los pelos” me refería a que pudiera estar en condiciones de plantarse delante de 50.000 personas y cantar, más mal que bien, durante poco menos de una hora. No imaginaba que mi vaticinio fuese tan certero y que, tras apagarse los focos del escenario, su vida también se iba a apagar tan pronto y definitivamente, apenas 17 días después. Hasta en eso se salió con la suya: el cabronazo consiguió despedirse por todo lo alto y con las botas puestas, disfrutando en vida del homenaje que sin duda alguna le habrían brindado tras su muerte.
Este post nace, en realidad nació hace unas horas, como una simple publicación en mi instagram. Pero el texto fue creciendo tanto, las ideas se fueron acumulando de tal manera, que me di cuenta de que su espacio natural, donde más sentido tenía, bien podría ser en este blog. Un blog en el que ya hemos tenido que homenajear muchas veces, muchas más en todo caso de las que hubiéramos querido, a demasiados de nuestros ídolos caídos. Nunca es la mejor de las señales que sea una muerte, una muerte que nos duele muchísimo, la que nos haga de nuevo coger las llaves para sentarnos en nuestro tan amado Cadillac para darnos una vuelta más, pero qué demonios, si no lo hacemos por Ozzy… Por ese Ozzy que ha significado tanto, para tantísimas personas. Y son tantos los homenajes que podríamos hacerle que quiero centrarme en algo muy concreto, pues esa era en esencia aquella publicación inicial en mis propias redes sociales: un repaso, no demasiado sesudo, de las tres mayores joyas que atesoro sobre Ozzy. Y por qué son tan preciadas para mí, pues en realidad es lo único que cuenta.
La primera de ellas es su autobiografía “I am Ozzy” (subtitulada en español “Confieso que he bebido”). La leí, o mejor dicho la devoré, hace mucho tiempo, allá cuando salíó a la venta, hace casi 15 años, por lo que no esperéis una reseña ni mucho menos detallada. Pero sí recuerdo que era, es un relato divertidísimo, brutal, honesto y muy humano. Puro Ozzy, vamos. Me atrevo a decir que va muy en la línea de las también fantásticas autobiografías de Lemmy y Keith Richards… aunque aún queda lejos de ese cenit insuperable dentro del género que es la salvaje “Los trapos sucios” de Mötley Crüe (en la que el episodio más salvaje lo protagoniza, qué cosas, el propio Ozzy). Pero está muy por encima de por ejemplo, y por citar un libro que he leído recientemente, “¿Para qué sirve este botón?” de Bruce Dickinson, demasiado fría, desapasionada y por momentos muy aburrida, tanto que confieso que me forcé a terminarla, después de dos intentos fallidos. A años luz de este «I am Ozzy», que, agárrense, arranca ya así:
Es posible que el recuerdo que otras personas tienen de lo que cuento en este libro no sea como el mío. No voy a discutir con ellas. Durante los últimos cuarenta años he ido ciego de alcohol, coca, ácido, Qualudes, pegamento, jarabe para la tos, heroína, Rohypnol, Klonopin, Vicodin y otras muchas sustancias, demasiadas para consignarlas en una nota a pie de página. En más de dos ocasiones me las metía todas a la vez. Quiero decir que no soy la puta Enciclopedia Británica. Lo que vais a leer es lo que goteó de la gelatina que tengo por cerebro cuando le pregunté por la historia de mi vida. Ni más ni menos.
Y por si aún queda alguna duda, basta con que uno lea la primera página, el capítulo titulado «John el ladrón», para saber lo que se le viene encima. “I am Ozzy” se encarga de desmontar unos cuantos mitos, con mucha inteligencia perpetúa otros muchos y al final consigue que, inevitablemente, quieras mucho más a Ozzy. Al Ozzy persona, y más por sus debilidades y fallas que por sus incontables logros y hazañas. El libro está dedicado a sus fans y a Randy Rhoads. “Espero que de un modo u otro volvamos a vernos”, le dice. Y sabemos que así es. Exista o no un más allá, sea como sea éste, haya acabado en el cielo o el infierno, para los fans ambos están ya en el mismo lugar, y al final eso es lo que verdaderamente importa.
La segunda de mis joyas es el box set de tres cds de Black Sabbath “The Ozzy Osbourne Years”. Lo vendían en El Corte Inglés de Castellana a un precio para mí entonces inasumible, unas 5.000 o 6.000 pesetas de las de entonces (mejor no hacer la conversión a euros ahora para no llorar). Era por tanto un tesoro inalcanzable. “Algún día…”, me decía, cada vez que visitaba la tienda y comprobaba, con alivio, que no había desaparecido de los estantes. Y ese día llegó, cuando en 1º de BUP gané el primer premio del concurso de relatos de mi instituto (con un relato inspirado por cierto en “The Evil That Men Do” de Iron Maiden). ¿Lo mejor de todo, aparte del honor y la gloria y todo eso? Que el premio contaba con dotación económica. ¿Y a dónde fue destinado, creo que casi íntegramente, todo aquel pastizal, y que me perdone Hacienda?
Calculo que tendría unos 14 años, y decir que aquel box set me cambió la vida es quedarse corto. Muy corto. Incluía en tres cds los seis primeros álbumes de estudio de Black Sabbath casi en su totalidad, con la excepción de una o dos canciones por disco. Y los seis primeros discos de Black Sabbath, como bien debería enseñarse en todas las escuelas, son la Biblia, las Sagradas Escrituras del Heavy Metal. Y esto NO es debatible. Es dogma. En esos tres cds que escuché alucinado durante horas y horas descubrí decenas y decenas de riffs que jamás se han igualado y jamás se igualarán. Y así fue como, ya habiéndome iniciado para entonces previamente en eso del rock duro de la mano de Queen, AC/DC, Van Halen o Led Zeppelin, me adherí ya de forma inevitable e inquebrantable a la Fe del Metal.
Mi tercera gran joya sería, y aquí sí que iré seguramente a contracorriente de casi todo el mundo, el que es sin ninguna duda por mi parte mi disco favorito de Ozzy Osbourne en solitario: «Ozzmosis» de 1995. El cariño que le tengo a ese disco es difícil expresarlo con palabras. Me lo compré un par de años después del anterior, durante mi primera visita a Londres, en el viaje de fin de curso de 3º de BUP (16 añitos), junto a otras adquisiciones extraordinarias como «Skunkworks» de Bruce Dickinson, «Purpendicular» de Deep Purple o «Backstreet Symphony» de Thunder. «Ozzmosis» no suena a nada que hubiera hecho antes ni a nada de lo que Ozzy hiciera después. Algunos pensarán que para bien, pero para mí es todo lo contrario. Pertenece para mí por tanto a esa estirpe de discos, entre los que también incluiría los citados «Skunkworks» y «Purpendicular», o el «Risk» de Megadeth, en los que sus artistas no sólo salieron de su zona de confort, sino que la dinamitaron por completo, asumiendo riesgos, apostando por nuevas ideas… y parece que eso no le acabó gustando a nadie. O a casi nadie, pues todos los discos que he mencionado estarían entre mis favoritos de todos los tiempos.
Más allá de su sonido, que a muchos espantó (¿pero acaso habéis oído cómo suena, ya desde su arranque, ese pelotazo que es «Perry Mason»?), para mí el disco es maravilloso porque tiene temas maravillosos. La propia «Perry Mason», «I Just Want You» (me alegró muchísimo ver cómo hace un par de días una amiga, que desconocía por completo que le pudiera gustar Ozzy, compartió su videoclip como homenaje en sus redes sociales), «Ghost Behind My Eyes», «See You On The Other Side» (compuesta sorprendentemente, porque no le pega tanto, junto a Lemmy, y que ahora además puede ser especialmente simbólica tras la muerte de ambos) o ese cierre emocionantísimo con «Old L.A. Tonight». Seis años tardó en sacar nuevo disco, aunque bien es cierto que entre medias tuvimos la primera de sus muchas reuniones con Black Sabbath. Y poco después vendría lo de la MTV y «The Osbournes», pero eso es otra historia que ahora no procede…
·
La cuarta joya bien podría ser la única vez que tuve la suerte de poder verle en directo, en el Download madrileño que se celebró en la Caja Mágica en junio de 2018. Hace sólo 7 años y en mi memoria parece en cambio que fuera casi en otra vida. Estuve entonces acompañado por mi buen amigo y también conductor de este blog Alberto (recientemente estuvimos juntos viendo a Iron Maiden en el Metropolitano, que no se pierdan las buenas costumbres), pero por algún motivo, aunque el recuerdo de aquella noche es buenísimo, me parece muy muy lejano en el tiempo, y no porque aquella noche estuviera un servidor excesivamente intoxicado (que por otra parte igual hubiera sido lo suyo). Me hubiera gustado verle muchas más veces, pero también es cierto que me habría matado no haberle visto nunca, así que me quedo con eso. Hace sólo un par de años anunció concierto en el WiZink Center acompañado, como en el Download, por Judas Priest, pero no tardó en cancelar toda la gira por motivos de salud y lamentablemente ya sabemos el final de la historia. Lo que resulta a todas luces incomprensible es que el concierto que iba a ofrecer en 2012 en el Palacio de Vistalegre con su banda Ozzy Osbourne & Friends fuera cancelado debido a «problemas logísticos y de agenda», lo que en realidad venía a significar que no había vendido suficientes entradas. Ozzy, que se iba a presentar acompañado de Geezer Butler, Slash y Zakk Wylde, nada menos, no pudo tocar entonces en Madrid porque la gente no quiso ir a verle. Hoy, en cambio, mataríamos por algo así. Eso es lo más doloroso de la pérdida de uno de nuestros ídolos. Todas las veces que ya no volverán, todas las veces que ya no serán.
Gracias por todo, Príncipe de las Tinieblas, y buen viaje.
See you on the other side.





















