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Lana Del Rey y Sharon Van Etten: pareja de damas melancólicas

09/07/2014

Pareja de damas melancólicas

Lana Del Rey y Sharon Van Etten no son pareja pese a que el título de este post pueda inducir a error, y aunque las dos han vivido en Nueva York probablemente no sean amigas, o ni siquiera se conozcan. Una es una celebrity que vende millones de discos y despierta tantas pasiones desatadas como odios desaforados, mientras que la otra solo recibe atenciones de la crítica y la prensa especializada, que la trata como un secreto bien guardado que es preferible no compartir con demasiada gente. Del Rey tiene aspecto de inalcanzable femme fatale de cine clásico, o de exuberante pin-up girl de peligrosos labios rojos. La apariencia de Van Etten, en cambio, es la de una chica normal que va a lo suyo y no parece muy preocupada por su peinado o por ser el objeto del deseo de nadie. Una puede ser percibida como un producto artificial y la otra destila naturalidad. Es muy posible que los seguidores de Lana no sepan quién demonios es Sharon, aunque también es probable que los admiradores de Sharon ignoren completamente a Lana.

Y, sin embargo, ambas tienen más similitudes de las que se perciben a simple vista, porque las dos llevan trayectorias musicales paralelas -con discos publicados a la par en 2010, 2012 y 2014-, y ambas se han especializado en el campo de la balada o medio tiempo triste y melancólico como mecanismo para vomitar sus fracasos amorosos y sus miserias sentimentales con una franqueza que sonroja. Además, ambas acaban de entregar dos de los discos más apasionantes que un servidor ha escuchado este año. Dos sonoros golpes en la mesa, uno que ni siquiera esperaba y otro que ya se veía venir, que impulsan exponencialmente sus respectivas carreras y nos muestran a ambas, Lana y Sharon, Sharon y Lana, en su mejor momento creativo, aunque en el mundo real una continuará copando portadas de revistas de música y moda y la otra seguirá arrinconada en la sección de críticas ( eso sí, con sus 4 y 5 estrellitas).

Lana Del Rey-Ultraviolence

En los últimos tiempos ha habido pocos fenómenos que hayan polarizado tanto la escena musical como el de Lana Del Rey, la invención definitiva de Elizabeth Wooldridge Grant para asaltar la fama tras varias tentativas fallidas. Neoyorquina de orígenes acomodados y con tendencias autodestructivas, Grant consiguió seducir en 2011 a casi todo el mundo (primero a los cazadores de tendencias más avezados de Internet y más tarde a un público más masivo) con la incontestable “Video Games”, uno de los pocos clásicos populares de la presente década, pero tan sólo unos meses después la publicación del disco “Born to Die” (2012) generó una desproporcionada oleada de reacciones negativas por parte de los mismos gurús que antes la habían ensalzado (vituperios avivados por alguna presentación en directo discutible). Las críticas no evitaron, sin embargo, que el álbum se convirtiese en uno de los más vendidos del año y la artista se granjeara un gran séquito de seguidores, surgiendo de todo ello una perfecta radiografía de cómo funcionan los engranajes de la industria musical en estos tiempos. Puede que el éxito de Lana Del Rey fuese, en gran parte, fruto de una intensa y perfecta operación de marketing, pero al menos el producto que vendía se desmarcaba de la homogeneidad hacia la que tienden las campañas de este tipo. Lana del Rey era un truco de magia, una ilusión que nos transportaba al romanticismo decadente impregnado de glamour de los años 50, a un universo refinado y vintage que quizás solo existió en las películas del Hollywood clásico. Pero si hablamos de mainstream siempre preferiré un artificio que maneje referentes como Nancy Sinatra o Shirley Bassey antes que la vulgaridad choni pasada de rosca de, por ejemplo, Miley Cyrus. Es cierto que los singles previos a la publicación del álbum (“Videogames”, “Born to Die”, “Blue Jeans”) terminaron siendo lo más destacado del mismo, una colección de medios tiempos pop aseados, bien vestidos con los ropajes más amables del trip hop (es decir, más cerca de Hooverphonic que de Portishead) y engalanados con opulentos arreglos orquestales, pero que eran propensas a la uniformidad y la reiteración de la fórmula. “Born to Die” tenía más ínfulas comerciales que artísticas, pero en todo caso era un disco digno, con algunas melodías magníficas, que no se mereció los palos que se llevó desde ciertos sectores. Otra cosa es que no se comulgara con la languidez del personaje, su aparente falta de carisma o sus dificultades para estar a la altura del universo al que quería pertenecer. Y también es comprensible que el estereotipo de la mujer sumisa y fascinada por el típico macho rebelde y malote que hace sufrir a las nenas provocara el pataleo de la parroquia feminista.

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Dos años después de “Born to Die” Lizzy Grant solventa con nota la siempre difícil reválida del segundo disco, sorprendiendo a quienes únicamente vieron en su personaje a una muñeca prefabricada que no duraría más allá del éxito de su debut. “Ultraviolence” supone un baño de credibilidad para Lana Del Rey, que ha renunciado a la comodidad de la secuela estricta para recrudecer y ensombrecer su particular universo de melodrama desesperado con aromas cinematográficos. Pese a que resulta difícil discernir dónde termina la Grant y dónde empieza Del Rey, su segundo disco se antoja más personal, o al menos suena más auténtico y valiente que su debut. No hay aquí hits indiscutibles, ni ganchos melódicos tan evidentes como en “Born to Die”, pero sí se eleva el nivel medio de las composiciones y se apuesta por un sonido más áspero y, a la postre, cautivador. Gran parte del mérito de “Ultraviolence” hay que concedérselo a Dan Auerbach, de los Black Keys, que como productor principal diseña un escenario sonoro desprovisto del abigarramiento y el barroquismo de antaño, con más espacio para unas atmósferas brumosas y oníricas. Las suaves bases electrónicas son sustituidas por percusiones arrastradas y herrumbrosas, y los suntuosos arreglos orquestales dejan sitio a unas guitarras bluseras y reverberantes para inyectar misterio y sordidez a estas once baladas oscuras (catorce en la edición deluxe), ajenas a las modas.

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La espectral y ronroneante voz de la cantante, filtrada con multitud de efectos o acompañada por efectivos coros, es tremendamente seductora y sensual, y se ajusta como un guante a la irrealidad trágica de unas canciones que tal vez solo tengan sentido entonadas por ella misma. Del Rey, coautora de todos los temas (a excepción del cover de “The Other Woman”, popularizada por Nina Simone), incide en las letras en su síndrome de Marilyn Monroe, su fascinación por las relaciones turbulentas y su equivocada idealización del amor destructivo. “Ultraviolence” es un disco sencillamente cojonudo en toda su primera mitad, en la que se encadena sin descanso temazo tras temazo, desde la inicial “Cruel World”, que con sus casi siete intensos minutos parece el reverso del “Wicked Game” de Chris Isaak, hasta la muy auto-descriptiva “Sad Girl”, pasando por el tema homónimo, la subyugante “Shades of Cool”, esa “Brooklyn Baby” en la que al parecer debía haber participado el gran Lou Reed o el single “West Coast”, lo más cerca que Del Rey ha estado nunca del rock. La segunda mitad del álbum se aproxima más al tipo de canción con vocación de himno que abundaba en “Born to Die”, y aunque por separado “Pretty When You Cry”, “Money Power Glory” o “Fucked My Way Up to the Top” no son en ningún caso cortes desdeñables, los tres juntos crean la sensación de estar una y otra vez ante el mismo tema con ligeras variaciones. En el tramo final la bellísima “Old Money” y la ya mencionada “The Other Woman” vuelven a elevar el listón del disco.

Pese a que “Ultraviolence” es rotundamente menos comercial que su ilustre antecesor, su recibimiento en las listas de ventas no ha podido ser más positivo (número uno en EE.UU, Reino Unido ¡e incluso España!), lo que demuestra que, pese a todas las evidencias en contra, aún hay destellos de vida inteligente en el mainstream. En cualquier caso, con éxito o sin él, Lana Del Rey tiene motivos para estar orgullosa de su evolución y los oyentes podemos celebrar que, ahora sí, hay artista de enjundia, ojalá que para rato.

 

Sharon Van Etten-Are We There

Sharon Van Etten, natural de New Jersey, está muy alejada de la estética de postal glamourosa de Lana Del Rey. Su rollo está más pegado a la tierra y, de hecho, sus raíces se asientan fuertemente en la tradición de folk árido cocinado a fuego lento con ingredientes mínimos. Sus dos primeros discos eran espartanos y austeros pero en el tercero, “Tramp” (2012), ya introdujo más músculo sonoro en su discurso musical con la ayuda en los controles de Aaron Dessner, de The National, granjeándose los parabienes de la crítica, aunque es su flamante “Are We There” la obra en la que por fin ha encontrado su propia voz y con la que ha completado su proceso de aprendizaje de las lecciones de PJ Harvey o Nick Cave (del que ha sido telonera), fiables brújulas en la complicada ciencia de navegar por las turbias aguas de las relaciones de dependencia amorosa. “Are We There” es incontestablemente la obra más inspirada de Van Etten y su colección de canciones más redonda. La propia cantautora se ha encargado en esta ocasión de la producción (con la ayuda puntual de Stewart Lerman), añadiendo con sutileza más instrumentos y arreglos sofisticados, algunas cajas de ritmos, órganos, teclados, cuerdas e incluso arrulladores vientos soul, mientras que la nómina de colaboradores, aunque menos llamativa que en su anterior entrega, incluye a Mackenzie Scottt (Torres) y Adam Granduciel (The War On Drugs).

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Van Etten sigue creciendo como intérprete y aquí se muestra más maravillosa y versátil que nunca. Su voz, desnuda o arropada por exquisitas armonías flotantes, puede pasar de la dulzura más delicada de “Nothing Will Change” a la pasión inflamada de la majestuosa “Your Love Is Killing Me”, seis minutos y medio dramáticos para una de las canciones más sobrecogedoras de 2014. Apenas hay relleno en estos once temas de atmósfera taciturna y afligida en la cual, sin embargo, se filtran algunos saludables rayos de luz que aportan más profundidad emocional a un discurso de marcado tono confesional. Medios tiempos cercanos al soft rock como el single “Taking Chances” o “Tarifa” y baladas en las que la serenidad y la elegancia se abren paso entre la melancolía como la cálida “Everytime the Sun Comes Up” (en palabras de Van Etten, su canción de Bruce Springsteen) contribuyen a dotar de variedad de matices a una artista plena de confianza en sí misma, sin miedo a nada, como proclama en el primer corte del disco, “Afraid of Nothing”. Aunque al final son las piezas de una desnudez emocional escalofriante –“I Love You But I’m Lost”, “I Know”, “You Know Me Well”– las que erizan el vello y prueban que lo de esta chica son palabras mayores. Solo el tiempo dirá si “Are We There” es la cima artística de Sharon Van Etten o si todavía puede seguir escalando cumbres más altas en futuras entregas.

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Entonces, ¿Del Rey o Van Etten? Pues no hay por qué elegir entre una y otra, pero, aunque Lana ha despachado un disco notable y arriesgado, venderá copias a espuertas y continuará acaparando portadas y comentarios en redes sociales, un servidor no puede evitar decantarse por Sharon en esta pugna imaginaria entre damas melancólicas. A la larga es el caballo ganador, o al menos lo sería en un mundo ideal. Háganse un favor y apuesten por ella.

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