Ace Frehley y la historia de una camiseta
Ace Frehley siempre ha sido, es y será mi miembro de KISS favorito. Esto podría no parecer gran cosa ahora teniendo en cuenta lo rematadamente mal que me han acabado cayendo con el tiempo Paul Stanley y sobre todo Gene Simmons, como personas, puntualizo, pues como músicos nunca dejaré de admirarles y estarles agradecido. Pero teniendo en cuenta lo mucho que KISS significaron para mí durante mi despertar y formación rockera, ese momento mágico en el que no dejas de descubrir bandas y artistas tan alucinantes que eres consciente de que te están cambiando la vida, y que la primera de las dos veces que pude verles en directo fue uno de los mejores conciertos y seguramente uno de los mejores días de mi existencia, pues igual se puede entender mejor cuánto apreciaba al viejo Ace y lo dolorosísima que me resulta hoy su muerte. En realidad no fue sólo ese 25 de junio de 1997 (jamás olvidaré la fecha), sino que toda aquella época fue, y ahora lo aprecio mucho más echando la vista 28 años atrás, un tiempo rematadamente feliz.
La primera gira de reunión de KISS en 17 años con su formación original (Paul Stanley, Gene Simmons, Ace Frehley y Peter Criss), el maquillaje y todo el espectáculo y la parafernalia que traían a cuestas, tendría que haber llegado a Madrid a finales de noviembre de 1996. La noche antes del concierto, sin embargo, se comunicó el aplazamiento del show debido a la huelga de transportistas franceses que había impedido a los camiones de la banda cruzar la frontera para llegar a nuestro país. Yo me enteré escuchando la radio, que es como nos enterábamos entonces de las cosas. La Emisión Pirata o el Disco Cross, alguno de ellos daría la noticia, pues en aquellos años los amantes del rock teníamos donde elegir, aunque a día de hoy nos suene casi a ciencia ficción. Aquello dolió como una puñalada en el mismísmo corazón. Pero quiso la casualidad, yo lo veo casi más como cosa del destino, que la nueva fecha, ese 25 de junio del año siguiente, coincidiera con el miércoles en el que había de terminar mis exámenes de selectividad. Así que cuando esa noche me planté, acompañado por mi amigo Diego, en el Palacio de los Deportes, era un chaval de 17 años absolutamente eufórico con las ganas y la ilusión por las nubes. Y la banda, cómo no, respondió y estuvo más que a la altura de tan altas expectativas.
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Fue un show descomunal. Miro ahora el setlist que tocaron aquella noche y me caigo de espaldas: Deuce / King of the Night Time World / Let Me Go, Rock ‘n’ Roll / Do You Love Me / Firehouse / Shock Me / Calling Dr. Love / Shout It Out Loud / Love Gun / Cold Gin / I Was Made for Lovin’ You / God of Thunder / New York Groove / 100,000 Years / Black Diamond / Detroit Rock City / Beth / Rock and Roll All Nite. Y Ace, Space Ace, con su incendiario (literal) solo de guitarra durante la ejecución de “Shock Me”, en general con toda su performance durante todo el show subido en sus altísimas botas de plataforma, fue lo más alucinante de la noche más alucinante. Por encima de Paul volando sobre todos los presentes durante “Love Gun” o Gene escupiendo sangre y fuego durante “God of Thunder”. Yo venía de ver el verano anterior a AC/DC en Las Ventas, que siempre será mi Top 1 de conciertos, y aquello se le acercó mucho, probablemente fuera un indiscutible Top 2 en aquellos momentos.
Al igual que en Las Ventas un año antes, me encantó la sensación de estar rodeado en el público por gente venida desde todos los puntos del país. Si bien, al ser una sola fecha frente a las tres que ofrecieron los australianos en Madrid, y al tratarse de una gira de reunión después de 17 años (17 años, tantos como tenía yo entonces y que ahora, en 2025, pueden parecer poca cosa, pero en los 90 se sentían como una eternidad) se respiraba en el ambiente la sensación de estar ante un acontecimiento único e histórico. Como hecho anecdótico, pero también se me ha quedado guardado en el disco duro, el show de KISS vino precedido por uno de los momentos más bochornosos que recuerdo en un evento de este tipo. Aunque en un principio estaban anunciados otros teloneros, con el baile de fechas fueron los entonces valedores del grunge patrio, El Fantástico Hombre Bala, los encargados de dicho honor. Su vocalista Morti no debió entender muy bien dónde estaban, ni qué función les tocaba desempeñar, ni a quién había ido a ver la gente porque, viendo la fría respuesta de la audiencia a sus primeros temas, empezó a decir que esperaba mayor entusiasmo de los fans de KISS o que aquello parecía un cementerio. La gente respondió con palpable hostilidad. Para colmo, Morti empezó a cantar algo sobre follarse a la madre de alguien, o a la suya propia, no recuerdo ahora muy bien, y ataviado como estaba con un mono azul, el típico mono que todos asociamos a la obra, en un momento dado se sacó la polla. Y la gente respondió aún con más hostilidad, de repente apareció una pancarta entre el público que rezaba “El Fantástico Hombre Mierda”, les llovieron vasos (quiero pensar que de cerveza) al escenario… Tuvo que ser un muy mal trago para los miembros del grupo, incluso para el propio Morti si es que en algún momento entró en razón, pero he de reconocer que desde la pista acabó siendo más entretenido que cualquier otra actuación más convencional. En todo caso, pronto quedó olvidado (y muchos lo habrán olvidado para siempre) con la descarga de KISS.
Lo mejor de todo es que la noche no acabó ahí. Como, os recuerdo, ese día habíamos terminado los tres días de exámenes de selectividad, todos nuestros compañeros del instituto habían quedado para salir y celebrarlo. Además, también coincidía con el cumpleaños de Mónica, una de mis mejores amigas, así que Diego y yo no tardamos en juntarnos con ellos para continuar la juerga. Fiesta que se alargó hasta el amanecer. Fue la primera vez que llegué a casa por el día, después de una noche de fiesta. Pocas veces recuerdo habérmelo pasado tan bien como entonces. En un momento dado nos vinimos tan arriba que unos cuantos amigos decidimos que ese verano, el que señalaba nítidamente la frontera entre el instituto y la universidad, nos íbamos a marcar un Interrail por Europa, cosa que increíblemente acabamos llevando a cabo.
Aún conservo la camiseta de KISS que me compré en aquel concierto. A diferencia de los tiempos actuales, entonces el merchandising no sólo no era prohibitivo sino que aún era asequible. Una camiseta te solía costar menos que la entrada para el show (costó 3.500 pelas, la entrada, la camiseta ni lo recuerdo), que por otra parte debería ser lo lógico, al menos en los shows “normales”, no hablo ya de los que no bajan de los 150 euros. Supongo que llevaría la camiseta toda la noche, pero cuando sí la llevaba seguro fue un par de días después, ese viernes 27 de junio de 1997. Otra fecha señaladísima, pues fue la noche del debut sobre las tablas de mi banda de rock, Panoramix 200, durante las fiestas de mi barrio. La banda como tal no llevábamos mucho tiempo ensayando, aunque éramos muy colegas y nos conocíamos a la perfección. La verdad es que aquel concierto nos llegaba (creíamos) pronto, aún no estábamos seguros de estar preparados, pero era una ocasión única. Llevábamos años y años sin fiestas del barrio, pero ese año la Asociación de Vecinos había decidido jugársela y volvía a organizarlas. Y como no había tanta pasta como antaño, en vez de dos noches de orquesta, la primera noche la solventaron con un concierto de bandas locales. Nos apuntamos y tocamos un montón de grupos, aún me sorprende que fuéramos tantos. Tuvimos apenas un día para ensayar pero llegó la noche y la casualidad, quiero pensar también que fue cosa del destino, quiso que nos tocara subir al escenario a la mejor hora, con toda la plaza abarrotada y la gente animadísima. Ataviado con mi flamante camiseta de KISS, subí, me senté en la batería y dimos un conciertazo.
Nuestros padres, inexplicablemente, nos acabaron dando permiso para que ese mes de agosto nos fuéramos de Interrail. Yo era el único aún menor de edad, pero no dejábamos de ser unos críos. Como tenía 17 años, tuve que llevar un permiso firmado por mis padres que me permitía viajar sin ellos al extranjero. Estuve dos semanas con los mejores amigos que he tenido nunca cogiendo trenes entre Francia, Holanda y Bélgica, totalmente a la aventura, sin alojamientos reservados e improvisando mucho sobre la marcha, y milagrosamente todo salió de maravilla. Cumplí 18 años en París, el 30 de agosto de 1997, y para celebrarlo quemé el permiso firmado por mis padres con un cigarrillo hecho con una cosa que nos habíamos traído de Amsterdam. Al día siguiente, casi al mismo tiempo que nosotros abandonábamos París, Lady Di se mató al estrellarse su coche en un túnel junto al río Sena. Nos enteramos a la mañana siguiente, al llegar a Hendaya. Tengo muchas fotos de aquel viaje (muchas para ser la época de las cámaras de fotos y los carretes de 24 o 32) y en no pocas aparezco con mi camiseta de KISS.
Volviendo a los Panoramix 200, ofrecimos unos cuantos shows más durante 1997 y 1998. Ese mismo verano actuamos en las fiestas de Montorio (Burgos), el pueblo de nuestro bajista, Manu (que era sobrino de Rosendo, aunque Rosendo llegó a las fiestas el día después de nuestra actuación, maldición), y luego, ya arrastrando a colegas de nuestras respectivas universidades, tocamos en algunos garitos de mala muerte en Madrid para volver a repetir en las fiestas del barrio de 1998. La cosa debió haber salido relativamente bien el año anterior para que la Asociación de Vecinos quisiera repetir, pero por lo que fuera ya no volvió a organizarlas nunca más. Aquellas fueron las últimas fiestas del barrio y aquel fue también el último concierto de Panoramix 200. Un año justo después del primero. No salió tan bien como aquel, aunque tampoco es que fuera un desastre…. En realidad no lo recuerdo muy bien, pues había bebido no tanto como para no ser plenamente consciente, pero sí lo suficiente como para no disfrutarlo. Tampoco recuerdo muy bien por qué nos separamos, los Panoramix 200, pese a tener el mejor nombre que una banda ha tenido nunca y una pequeñita base de fans, incluso niñas que gritaban entusiasmadas ante los encantos de Juan Carlos, aka El Moro, durante nuestro último concierto. Simplemente dejamos de quedar, dejamos de ir a ensayar y poco a poco de llamarnos, y ahí acabó todo, sin una despedida oficial. Un poco como lo que pasó con The Police, pero algo menos mediático.
Compré «Psycho Circus», el disco de reunión de KISS (aunque luego supimos que Ace y Peter apenas habían participado más que en un par de temas) en 1998, durante el breve espacio de tiempo en que Mónica y yo fuimos novios. Mi canción favorita de aquel álbum, de largo, es «Into the Void», el tema compuesto y cantado por Ace. Volví a ver al grupo una segunda y última vez en directo, en realidad la siguiente vez que volvieron al Palacio de los Deportes de Madrid, en junio de 2010. Para entonces Ace y Peter ya no estaban en la banda y Tommy Thayer y Eric Singer habían usurpado ocupado sus puestos y sus personajes. Ni siquiera tenía intención de volver a verles, cabreado como estaba con ellos por esta cuestión y porque ya Paul y sobre todo Gene me parecían un par de indeseables. Las entradas estaban agotadas pero unos días u horas antes, por eso tan extraño de “cuestiones de producción”, salieron algunas entradas más a la venta, y un amigo nos convenció de que las pilláramos. Yo fui sobre todo por ir acompañado de mi hermano, que nunca les había visto. Llevé mi camiseta de KISS, por supuesto, y estuvimos en la grada en el lateral justo del escenario, casi viendo más la trastienda del show que el propio show, pero aún así conseguí disfrutarlo. No estuvo ni de cerca, al menos en mi memoria y en mi corazón, a la altura del concierto del 97, y eché mucho en falta a Ace (por mucho que Tommy copiara y replicara al milímetro cada uno de sus trucos), y pese a todo volvería ahora una y mil veces a aquel momento, no tanto por poder volver a ver a KISS sino por poder volver a verles con mi hermano.
Volvieron a tocar tres veces más en Madrid, siempre con la formación Paul/Gene/Tommy/Eric y siempre en el mismo recinto aun con diferentes nombres, y pasé las tres veces de ir. La última vez, en 2022, durante su gira de despedida, mi amigo Diego, que ahora reside en República Dominicana y al que llevo tantos años sin ver que no recuerdo cuándo fue la última vez, me propuso ir al concierto. Iba a pasar unos días en Madrid y sugirió volver a verles por los viejos tiempos. Creo que me venía mal por fechas, tampoco me venía bien por pasta pues tenía otro gran evento cercano ya programado, y Paul y sobre todo Gene me seguían cayendo fatal. Decliné la invitación y seguramente sea una de esas cosas de las que con el tiempo, más por haber podido vivirlo con Diego que por los propios KISS, me arrepentiré toda mi vida.
Anoche me enteré de que Ace Frehley murió a los 74 años por una hemorragia cerebral después de una caída en su estudio casero. Con la vida que llevó, habiendo perdido su puesto en KISS varias veces, tanto en los 80 como en los 2000 por sus excesos, cuesta imaginarse una muerte más triste, aunque supongo que todo tiene que ver. Siempre ha sido, es y será mi miembro de KISS favorito. Ni siquiera sé si era o no un capullo integral como sí lo son Paul y sobre todo Gene, pero si lo era a diferencia de estos al menos se preocupaba de disimularlo. Pero él y Peter siempre fueron la parte “contraria”, y para mí eso les hizo ganar ya muchos puntos. Legendaria es la entrevista televisiva que, no sé si muy pasado de vueltas o porque era así de cachondo, Ace reventó en 1979 para disgusto de Paul y sobre todo Gene. Musicalmente, nunca fue un virtuoso pero tenía una forma de tocar arrolladora e infecciosa, con una garra y un rollo inconfundible. Casi todos “sus” temas están entre mis favoritos de la banda, de entre los discos que KISS sacaron “en solitario” en 1978, el suyo está por delante del resto a muchas millas de distancia, y ya en solitario o con Frehley’s Comet en los 80 grabó algunas cosas más interesantes que las de su ya ex banda en aquella década.
Anoche me enteré de que Ace Frehley murió y yo recordé que, en algún cajón, tenía que estar mi vieja camiseta de KISS. Esta misma mañana la he encontrado, está en razonable buen estado y aún me vale. Coño, que han pasado 28 años. Encuentro una breve crónica de El País de aquel concierto y Fernando Martín, aunque hable bien del recital, les describe como “mayores, horteras y decadentes”. Ya en 1997, ojito. En realidad la camiseta me queda un poco justa, pero hace unos meses ni siquiera me hubiera entrado, así que me vale y pienso llevarla esta tarde cuando acompañe a mis críos a la biblioteca a su taller de manga quincenal. Puede que me pregunten por la camiseta, yo les diré que Ace Frehley ha muerto, ellos me preguntarán quién era y yo, omitiendo algunas cosas, les contaré algo parecido a lo que he escrito en este post. Seguramente sólo Ángel me escuche, pero también me vale. De alguna manera nuestras historias tienen que sobrevivirnos.






















Gracias.