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“Sticky Fingers”, de los Rolling Stones: (quizás) la cima del rock ‘n roll

27/09/2017

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Uno lo tiene terriblemente fácil/difícil cuando intenta escribir unas líneas sobre uno de los mejores y más importantes discos de la historia del rock. Quizás lo más sencillo sea empezar por el principio, por MI principio, y es que “Sticky Fingers” fue el primer álbum de los Rolling Stones que escuché, y me refiero a disco como tal, obviando canciones sueltas o incluso recopilatorios. De esta forma, empezar directamente por su mejor disco* hizo que caer rendido ante ellos fuera la respuesta más evidente y fácil. Por comparar con los Beatles, y prometo que va a ser la última vez que lo haga en todo el texto, el primer álbum que escuché de aquellos fue el “White Album”, por lo que en ese caso fue más meritorio el comulgar de inmediato con otro de los grandes nombres de la música.

*Primer aparte valorativo: Lógicamente, hablar de “mejor disco” en un grupo de esta trascendencia es algo objetivo y debatible. No obstante, no acepto que no se incluya “Sticky Fingers” siempre entre sus tres mejores obras (aunque realmente no creo que nadie haya osado hacer eso), y entre este, “Let it bleed” y “Exile on Main St.” puedo aceptar cualquier opción. Incluso, ya como una debilidad personal, incluiría el “Some girls” para completar el póker definitivo de Sus Satánicas Majestades (y sé que bordeo el sacrilegio al dejar un peldaño por debajo “Aftermath” y “Beggars Banquet”).

Como decía, en una edad aún fácilmente epatable y ávido de energías a las que agarrarme, los primeros fogonazos de “Brown Sugar” (aunque esta era una de las que ya conocía) rápidamente me hicieron identificarme con lo que se me iba a ofrecer, si bien mi sorpresa fue mayúscula y bienvenida cuando descubrí entre los evidentes fogonazos de rock ‘n roll de la ya nombrada “Brown Sugar” o “Bitch” el irresistible blues y el delicioso country que inunda el disco, sonidos por entonces casi nuevos para unos oídos todavía en fase de aprendizaje. Desde entonces, “Sticky Fingers” se quedó como mi disco preferido de los Stones y hoy en día, ya con un buen puñado de horas de vuelo a las espaldas, sigue siendo uno de los que siempre nombro y nombraré ante la impertinente pregunta de “¿Cuál es tu disco favorito de siempre?”.

En 1970, los Rolling Stones era una de las mayores bandas de rock del planeta. El grupo había dejado muy atrás sus años de aprendizaje, había incluso coqueteado ya con la psicodelia y se encontraba en un momento clave de su carrera. Con su anterior disco, el extraordinario “Let it bleed”, habían finalizado su relación con Decca, por lo que bajo el amparo su propia discográfica se les abría una posibilidad de libertad absoluta inédita hasta entonces. Sin embargo, el gran desafío al que se enfrentaban también llegaba propiciado por el fallecimiento del guitarrista y fundador Brian Jones, si bien su presencia en las últimas grabaciones del grupo ya era casi testimonial debido a sus graves problemas con las drogas y a su desapego con el resto de integrantes de la banda. Su puesto lo ocupó Mick Taylor, un virtuoso procedente de los sonidos blues más puros que no tardaría en dejar su sello en las nuevas composiciones de los Stones.

Tras unas fructíferas sesiones de grabación, en abril de 1971 se lanzaría como single de adelanto “Brown Sugar”, un pelotazo que levantó todas las expectativas hasta cotas infinitas, el hype que se dice hoy, expectativas que se colmarían una semana después con el descubrimiento de los otros 9 temas con completarían el definitivo “Sticky Fingers”*.

*Segundo aparte valorativo: Si bien el disco está hoy considerado como una de las cotas más altas de la historia de música, en su día no se escapó de cierto número de críticas ni mucho menos entusiastas, denunciando un estancamiento en el sonido del grupo o una falta de frescura debido a una excesiva profesionalización o trascendencia en el tratamiento de las canciones.

Y se abre el disco de los “dedos pegajosos” con el pelotazo de “Brown Sugar”, uno de los más célebres himnos de los Rolling Stones, que irrumpe a lomos de uno de sus memorables riffs para dejarse llevar por una amenazante melodía y unos ritmos y vientos negroides. La letra abierta, para interpretar una atracción interracial o un canto al adictivo “azúcar marrón”, dio a la canción el necesario aire de provocación y polémica en el que tan bien se movían los Stones en esa época. A continuación llega una de las más, digamos, modestas, “Sway”, modesta por ser de las menos conocidas pero enorme en su producción, repleta de teclados y vientos, lo que demostraba que en este disco los Stones iban a por todas, con un Mick Taylor enorme en la guitarra solista y con Mick Jagger cantando deliciosamente arrastrado, una especie de folk-blues que saca los dientes por momentos, muy querido entre los más incondicionales de la banda. La parrilla de salida la cierra “Wild horses”, que es ni más ni menos que, junto a “Angie”, la balada más importante de toda la carrera del grupo, y eso es mucho decir. El manto de acústicas que abraza la melodía, de reminiscencias country, de nuevo inmensamente cantada por Jagger, suaviza una dura letra de pérdidas. Los deliciosos punteos de Taylor y la precisa batería de Charlie Watts elevan a esta composición al nivel de obra de arte, siendo una de las más versionadas de los Stones.

“Can’t you hear me knocking” es un delirio instrumental donde la banda hace alarde de instrumentistas y el recién llegado Mick Taylor no se sonroja al hacerse con la canción en un inolvidable punteo a lomos de una percusión con aires latinos, resultando un blues prolongado e hipnóptico en su parte de jam session, con un duelo de guitarras entre Taylor y Keith Richards mientras el saxo de Bobby Keys le otorga a la canción un toque casi onírico. La siguiente de la tanda supone un cierto respiro, y es que “You gotta move”, una versión de un clásico del blues, resulta entrañable, deliciosa, emocionante incluso, pero en el global del disco discazo se me antoja menor, casi un puente para lo que viene.

Y lo que viene es “Bitch”, una de mis canciones preferidas de toda la carrera de los Rolling Stones*. No es ni más ni menos que un rock clásico de la banda, punzante, atrevido, que se eleva con los vientos a la estratosfera para brindar un ‘in crescendo’ espectacular que te hace llegar al final exhausto, pero casi al borde del orgasmo, y decididamente convencido de que el rock ‘n roll es esto. Tras el subidón, la relajación llega con el tema más blues del disco, “I got the blues”, un tema lánguido, con mucho aire de soul, al estilo de las composiciones de Ottis Redding, Percy Sledge o su adorado Solomon Burke, que a mitad de desarrollo clava un solo de hammond para anticipar un emocionante final que vuelve a poner en evidencia que Mick Jagger es un extraordinario cantante de blues.

*Tercer aparte valorativo: A veces en nombres tan legendarios e inmensamente populares habría que diferenciar cuando se habla de canciones preferidas entre los himnos irrefutables y las debilidades que tenemos cada uno. No sé muy bien el porqué, pero muchas veces se me hace complicado comparar temas maravillosos pero no conocidos por el gran público (léase “Bitch”, o léase – y escúchense, por favor – “Midnight Rambler”, “Rocks off”, “Shattered” o “Little T&A”, por ejemplo) con clásicos universales como “Satisfaction”, “Jumpin’ Jack Flash” o “Angie”. Los meto en ligas diferentes. Llámenme raro.

Se encara el tramo final del álbum con otro de los cortes fundamentales, “Sister Morphine”, un tema compuesto al alimón entre Jagger y su pareja por entonces, Marianne Faithfull. El tema apareció dos años antes en un disco de Marianne Faithfull, siendo rescatado y reinterpretado por los Stones. La canción es de una crudeza dramática, narrando la agonía de un enfermo terminal suplicando morfina para paliar su dolor. El hecho de que Marianne Faithfull cayera de lleno en el mundo de las drogas en la época del lanzamiento del “Sticky Fingers” le da más drama a la canción. Musicalmente podría ser la canción con una composición y desarrollo más complejos, una montaña rusa con abundancia de acústicas, guitarras distorsionadas y un punteo final con una tonalidad y un sonido sobrecogedor. A continuación, “Dead flowers” es la parte más country del trabajo, un deleite de composición con una gran melodía que meto también en el  saco de mis preferidas, especialmente en aquella temprana edad de descubrimiento de Sus Satánicas Majestades. Pero si alguna canción se sale del molde y juega más con la experimentación esa es la que cierra el elepé, “Moonlight Mile”, un tema que podría evocar a los Beatles del “Revolver” (acabo de romper la promesa que hice al principio) y que personalmente es a la que menos atractivo reconozco, aunque tiene una parte con las cuerdas apoderándose del sonido realmente bárbara. Pero ya he dicho en alguna ocasión que a los primeros y a los últimos temas de los discos se les suele perdonar a veces ciertas fallas al quedar excusadamente enmarcados en eso de la intro y del epílogo.

Y quizás la única mácula que se puede reprochar al disco es la ausencia de un tema cantado por Keith Richards. Es cierto que por esa época no era aún una ley no escrita la cuota de protagonismo vocal de Keef, pero después de la estremecedora “You got the silver” (en “Let it bleed”) y antes de la legendaria “Happy” (en “Exile on Main St.”), es de extrañar que Richards no tuviera ese espacio de lucimiento, y nosotros ese placer diferente.

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Además de por el sonido y de por las canciones, “Sticky Fingers” se convirtió en un clásico por su icónica portada y por estrenar el mítico logo de la lengua, sin duda el logo más reconocible de la historia de la música (e incluso fuera de la música). Ambos elementos son de sobra conocidos y poco cabe apuntar a la historia de la cremallera real que Andy Warhol quiso poner (al lado de la erección) en la portada y que retrasó el lanzamiento del álbum; los problemas que tuvo en España con la censura (por la erección), resueltos con otra fotografía bastante más censurable; las dudas sobre si la lengua fue obra de Warhol (que no) y sobre si representaba a Mick Jagger (que sí); o las sospechas sobre si la multicitada erección era del propio Jagger (que no). Innumerables elementos que hicieron aumentar la leyenda de un disco que ya de por sí era legendario.

Luego vendría “Exile on Main St.”, con algunas canciones ya fraguadas en las sesiones de grabación de “Sticky Fingers”, en el que el nivel se mantenía intacto, a pesar de no contener ninguno de los himnos populares a los que apuntaba más arriba. Y a partir de entonces, altibajos, con desaciertos irrebatibles (“Black and blue” o “Dirty work”) pero también con nuevas joyas ya con una dilatada carrera a sus espaldas (el ya loado “Some girls” -ojo, el álbum más vendido de toda su discografía- o, más adelante incluso, “Steel wheels” o “Voodoo lounge”). Pero todo ello, todo lo que los Stones entregaron a partir de 1972 después de más o menos un lustro extraordinariamente irrepetible, solo cabe verlo como un regalo, como una copa gratis al final de la fiesta. Pero ese es otro tema, y este, “Sticky Fingers”, es (quizás) la cima del rock ‘n roll*.

* Y último aparte valorativo: Esta afirmación tiene toda la rotundidad y validez que pueda tener cualquier opinión, es decir, toda/ninguna.

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8 comentarios leave one →
  1. hueylewis permalink
    27/09/2017 11:11

    Absolutamente de acuerdo.

    En Sticky Fingers se unen múltiples factores que producen la obra maestra. La producción de Jimmy Miller, la guitarra de Mick Taylor, el ingenio de las letras y la afinación Open G de Richards.

    Sticky Fingers es un hijo de su tiempo. Es un producto de la ausencia de los Beatles, del final de la era hippy y el verano del amor. Es la expresión de una visión más sarcástica y menos optimista.

  2. 27/09/2017 14:24

    “Sticky Fingers” es también para mi su mejor disco, y esta reseña que has escrito le hace justicia a su grandeza.

  3. Angel permalink
    04/10/2017 19:58

    Después de un par de recopilatorios prestados, fue el primer disco de los Stones que compré, y ésta es una crítica magnífica que refleja como uno ya no puede desengancharse de su música. Nunca he entendido que Sway no esté entre sus imprescindibles. Aunque yo soy más de Exile on main St . Seguiré tu blog. Buen trabajo.

    • Sergio Almendros permalink*
      04/10/2017 22:22

      gracias por tu comentario ángel.
      espero que encuentres por aquí más textos de tu interés, apuesto a que así será.
      un saludo.

  4. Cao Wen Toh permalink
    21/10/2017 21:28

    Al primer disco que compras de una banda o de un solista siempre le coges un cariño especial si eres joven y tu oído musical aún no está formado (en mi caso fue el Dirty Works de los Stones, aquí injustamente menospreciado). Si adquiriste el Stiky Fingers cuando salió en España, aparte de un vinilo que es objeto de colección muy preciado fuera de nuestras fronteras por su caratula, también tienes un disco cojo; que no esté Sister Morphine entre sus cortes lo deja terriblemente amputado. No entro en si éste u otro disco de la banda es el mejor; donde sí me mojo es en considerar a los Rolling Stones la mejor banda de rock’n’roll del planeta. Que alucinantemente sigan en activo y tan frescos como el primer día hace que tampoco sienta el peso de los años. Gracias por el artículo.

    • Sergio Almendros permalink*
      21/10/2017 22:08

      Solo disiento un poco en tu comentario de “tan frescos como el primer día”, pero sí que es un lujo que sigan en activo. Un saludo.

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