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Calamaro en el Price: te quiero (casi) igual

24/07/2014

calamaro

Hace ya tiempo que Andrés Calamaro nos dejó la flor y se llevó el florero (o viceversa). Hace ya tiempo que Andrés Calamaro firmó su mejor canción, su mejor disco y su mejor gira. Y hace ya tiempo que Andrés Calamaro perdió mucha de su inspiración, quizás en alguna calada. Sin embargo, cuando Andrés Calamaro se sube a un escenario y tira de repertorio, muy pocos nombres del rock en castellano le pueden hacer sombra. Porque desde sus inicios en Argentina con Los Abuelos de la Nada su talento no pasó desapercibido, si bien no fue hasta su llegada a Madrid y la irrupción de Los Rodríguez cuando empezó a crecer exponencialmente en una enorme banda no del todo reconocida aún pese al éxito alcanzado. Poco duró aquella formación, Calamaro necesitaba derribar muros, quitarse grilletes. “Alta suciedad” fue su incursión definitiva en las grandes ligas, palabras mayores. Y después, el dolor. Las 37 canciones de “Honestidad brutal” son un compendio de estilos y emociones, siempre a flor de piel, una de las más grandes obras nunca paridas. La honestidad se transformó en una especie de simulacro de suicidio con “El salmón”, una locura de más de 100 canciones, un trabajo valiente y autodestructivo, un disco en el que no es fácil entrar, pero en el que si entras, buena parte de ti quedará en él, como mucha parte de Calamaro quedó en esas sesiones de grabación, en esos días con varios amaneceres. Atrás quedaron ya sus épocas de excesos, de incontinencia creativa, esa que le granjeó una fama salvaje bien merecida, una inspiración desbocada, un sitio en el Olimpo y casi en el infierno.

Poco queda de aquel compositor en permanente estado de gracia, carismático sobre las tablas, locuaz incluso para un argentino, ingenioso en sus ‘speechs’, malabarista de las melodías en directo. La emoción de unos instantes que entonces se sabían irrepetibles ha dejado paso a un músico más profesional (quizás en el peor sentido de la palabra), más calmado, seguro y confiado en un puñado de canciones que sabe que ellas solas serán suficientes para ganar la partida.

entrada

Se presentaba de nuevo Calamaro en Madrid un par de meses después de llenar dos noches seguidas La Riviera, y volvió a colgar el sold out esta vez en el Circo Price. A pesar de que la gira está enmarcada en la presentación de su último disco, el correcto “Bohemio”, el show no deja de ser un greatest hits con alguna concesión a la sorpresa y  nuevos vestidos para algunas canciones que son de agredecer. Comenzar el concierto con dos temas del primer y menos exitoso disco de Los Rodríguez (“Buena suerte”) es un síntoma de que, pese a todo, en el fondo el argentino sigue siendo un poco salmón y continúa haciendo lo que le apetece. Así, la enorme “Mi enfermedad” y “A los ojos” dieron el pistoletazo de salida para, a continuación, acometer una versión blusera de “¿Quién asó la manteca?”, tema del “Alta suciedad”, su primer disco en solitario tras la disolución de Los Rodríguez y el primero de una trilogía insuperable. Y precisamente este álbum fue la base del concierto, cayendo hasta siete temas de él, lo que hizo relegar al “Honestidad brutal” a un injusto segundo plano con únicamente dos canciones. Tras casi quitarse de encima “Crímenes perfectos”, un clásico venido a menos que quizás necesitaría un descanso, firmó de una tacada las tres únicas canciones que sonarían de “Bohemio” (“Cuando no estás” “Rehenes”“Dentro de una canción”). Se trata éste de un disco en el que poco sobra, que se escucha de forma agradable e incluso emocionante en algunos pasajes, pero al que le falta colmillo, sangre y humo. El disco está lleno de autoreferencias, de guiños a su pasado pero también a su presente, tomando conciencia del nuevo lugar que ocupa e intentando ajustarse a él. Conciso, equilibrado y coherente. Pero no duele. Vamos, la cara opuesta del incendiario “El salmón”. Precisamente la primera píldora de este quíntuple disco sería “Tuyo siempre”, una emotiva composición a ritmo de reggae en su original con una letra a corazón abierto. “Loco” es otro de los clásicos del “Alta suciedad” que tampoco ya es indispensable, y más teniendo en cuenta que con un cancionero como el que acumula la criba es importante. Y como canción número 10 del concierto, “Maradona”, lógicamente, tema futbolero-festivo que siempre es celebrado más por lo que representa que por la canción en sí, que no deja de ser un divertimento menor. Si casi denunciable es que “Honestidad brutal” sea demasiado olvidado, más lo es que una de sus dos únicas incursiones en él sea el homenaje al astro argentino. Tras esta pseudotropelía, la banda, durante toda la noche tan efectiva como falta de carisma, tiene su primer momento de gloria con una prolongada jam jazzístico-blusera-experimental que a más de uno descoloca pero que marca un punto de inflexión y sirve para tomar aire ante lo que se avecina.

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“El tercio de los sueños”, nueva incursión en el “Alta suciedad” más insospechado, en una versión blues ciertamente conseguida, da paso a uno de los momentos álgidos de la velada, “Todavía una canción de amor”, una canción de Los Rodríguez que Calamaro ha decidido mantener casi fija en sus giras y que supone un acierto absoluto, ya que se trata de un inmenso tema, con una letra desgarradora de Joaquín Sabina (“Estoy tratando de decirte que me desespero de esperarte, que no salgo a buscarte porque sé que corro el riesgo de encontrarte”), y con un estribillo que en directo supone un subidón sin parangón (perdonen el ripio). “Output-input”, tema con el que se abría “El salmón”, sirve para que la banda carbure definitivamente en busca de una recta final en la que ya no habría concesiones a la duda.

“Me arde”, rock ‘n roll stoniano + “El salmón”, más rock ‘n roll, más pegada, más vibra que dirían por allá. Luces bajas. Rasgueo de acústicas. “Prendido a tu botella vacía, esa que antes nunca tuvo gusto a nada”. “Estadio Azteca”. Brazos en alto. Mares de brazos en alto. Sin descanso, compases más que reconocidos, palmas, recuerdos en cada uno de los presentes, “Sin documentos. “Entre no me olvides me dejé nuestros abriles olvidados”. Puñales en la espalda. “Flaca”. Más mares. Pelos de punta que dejan paso a ojos vidriosos con “Paloma”, posiblemente la favorita del 90% de los seguidores de Calamaro, una canción que con su distorsión de guitarras inicial ya pone el corazón en la boca, posiblemente una de las canciones más emocionantes escritas nunca en castellano, posiblemente la canción de una vida.

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Tras esta tanda la partida ya ha sido ganada. Los bises sirven para terminar bien alto, subiendo los decibelios, recargando la batería de buen rock, ese que en algunos parece flaquear, muchas veces en el propio Calamaro. “Alta suciedad” marca el cénit de la banda en la noche, para terminar con “Los chicos”, el clásico más reciente de la carrera del gaucho, un tema enmarcado en “La lengua popular” que sirve para homenajear a los amigos ausentes y que demuestra que, aunque como decíamos arriba seguramente el mejor disco de Calamaro ya haya sido escrito y disfrutado (quédense con el que quieran, “Alta suciedad”, Honestidad brutal” o “El salmón”), que siga de vez en cuando pariendo canciones que consiguen hacerse un hueco entre las grandes de su repertorio (véase “Los chicos”, “Estadio Azteca” o “Cuando no estás”), significa que hay espacio para la esperanza, para recuperar al mejor Calamaro, para que vuelva a doler.

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One Comment leave one →
  1. Alberto permalink
    10/12/2014 17:26

    Muy bueno! Estuve allí en ese concierto y no podré olvidar jamás como sonó Paloma… Ni la mismísima Bombonera.

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