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“La comunidad de los corazones rotos” (Asphalte): mientras no pasa nada

13/03/2017

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Un aburrido James Stewart mira por la ventana a través del objetivo de su cámara para buscar fuera todas las emociones que no están teniendo lugar dentro. Mientras tanto, el espectador sabe que el centro de todo es esa sospecha de asesinato que va a mover la película al ritmo del romance que el protagonista mantiene con una bellísima Grace Kelly. No obstante, tampoco escapa al encanto de todo lo que están captando esos ojos curiosos, esa “Ventana indiscreta” a lo que se antojan universos diferentes, esas viviendas que parecen formar parte de una obra de teatro en la que ocurren otras historias paralelas. Y llega a preocuparnos ese caniche que baja en un cubo a hacer sus necesidades, y esa pobre mujer que no encuentra el amor y habla sola, y ese pianista que siempre tiene invitados.

Esos collages tan humanos tienden a convertirse en la metáfora perfecta de la condición de voyeur de todo cinéfilo, que encuentra la catarsis en un amasijo de historias que le son ajenas pero bien podrían ser propias. Si pudiéramos hacer zoom en esas cajitas llenas de vida que Hitchcock utilizó como telón de fondo para uno de sus crímenes, habríamos encontrado algo como lo que hoy nos trae aquí, sólo que casi setenta años más tarde y en un barrio francés de la periferia.

Bajo la dirección de Samuel Benchetrit, “La comunidad de los corazones rotos” (Asphalte) podría encuadrarse en el género dramático de manera muy comedida, con matices muy sutiles de comedia e incluso me atrevería a decir que con tintes suaves de cine social. La película se basa en Las crónicas de asfalto, escritas por el propio director, y cuenta con un reparto que brilla con luz propia a pesar de que los nombres más subrayados sean los de la gran Isabelle Huppert y Michael Pitt. De hecho, la interpretación de Tassadit Mandi es una de las cosas más entrañables y conmovedoras que he tenido la fortuna de ver últimamente.

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Benchetrit toma a su público de la mano y lo lleva, como mencionaba, a un barrio a las afueras de una ciudad francesa donde el hormigón se olvida de ornamentos que no sean manchas de pintura en spray y desconchones por todas partes. Edificios que se asemejan a esa colmena de la que habló Cela y que son hogar de un buen puñado de almas que por circunstancias vitales no pueden permitirse algo mejor, ni más céntrico, ni más accesible, ni más lujoso. Un humilde muestrario de personajes cargados de dolor y de sueños. Una señora argelina que visita a su hijo en prisión, un hombre solitario que no logra congeniar con el resto de la comunidad, un adolescente que pasa los días sin ver a su madre porque ésta sale a trabajar antes que el sol, una actriz venida a menos, una enfermera del turno de noche de mirada triste y un astronauta norteamericano que por un cambio de planes del destino aterriza en una azotea.

El motor, durante sus aproximadamente noventa minutos de metraje, viene a ser el impacto que unos tienen en las vidas de los otros, la suerte de encontrarse. Una de las peculiaridades que más me han atraído siempre de la literatura de Paul Auster es su capacidad de introducir lo extraordinario en lo ordinario, algo muy significativo que viene a decirnos que la vida está hecha de esos momentos surrealistas que se cuelan mientras nos peleamos con los platos del lavadero, mientras llenamos el carro en el supermercado o utilizamos el transporte público para ir al trabajo. De eso habla esta cinta, del momento en que un extraño se cuela en nuestras vidas, ya no para darles la vuelta, sino para enseñarnos algo, para regalarnos un momento que necesitábamos vivir o simplemente para estar menos solos.

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La trascendencia de “Asphalte” yace en el hecho de que no trascienda, de que se mantenga precisamente donde pretenden sus honestas intenciones, en esa exploración del “todo ocurre” mientras no ocurre nada. En un tiempo donde muy desacertadamente se afirma que es difícil hacer algo original (que se lo digan a Leos Carax con su “Holy Motors“, al David Lynch de “Mulholland Drive” o al Ari Folman de “El congreso”, por mencionar algunos títulos significativos del siglo XXI), en ocasiones la grandeza se encuentra en las ideas pequeñas bien realizadas.

En este filme todo se mueve en la calidad y el significado de los diálogos, en lo austero de su fotografía, en el encanto y la sensibilidad que desprende el testimonio de unos días en la vida de cualquiera. Quién sabe, en cualquier momento nos podemos ver haciendo la cena para un astronauta. Mientras tanto, sigamos con lo nuestro.

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