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“El fundador”: (no tan) happy meal

10/03/2017

El fundador_poster

Sabido es que cada uno de los ingredientes de una hamburguesa no estimulan nuestras papilas gustativas más allá del nivel que lo haría cualquier otro alimento que guardemos en nuestro frigorífico; sin embargo, la combinación de la carne, la lechuga, el tomate, la cebolla, el queso, el pepinillo, el ketchup y los panecillos crean una fiesta de sabores en nuestra boca conocida por todos (en mayor o menor medida). Pues un proceso similar ocurre con “El fundador“. Por un lado tenemos a Michael Keaton, Nick Offerman, John Carroll Lynch y Laura Dern que se encargan de poner la carne en el asador (perdón, no he podido evitar el chiste fácil), tenemos a John Lee Hancock como director, a Robert D. Siegel como guionista, a Jeremy Renner como productor y a los todopoderosos hermanos Weinstein como distribuidores. Por separado, ninguno de ellos aportaría suficientes motivos para que la gente acuda en masa a las salas; pero todos juntos, forman un significativo reclamo que puede llevarnos a comprar una entrada de cine.

Al igual que “La red social” nos decía que no puedes tener quinientos millones de amigos sin crearte algunos enemigos, en “El fundador” se transmite un mensaje muy parecido: no pasas de tener una pequeña empresa familiar perdida en el quinto pino, a alimentar cada día al 1% de la población mundial, sin traicionar a unos cuantos. Es innegable que la historia tras la creación de una de las mayores empresas alimentarias del mundo (casi 37.000 restaurantes) tiene su atractivo. Más aún cuando detrás del ‘happy meal’ hay una oscura trama de traiciones orquestada por Ray Kroc, el tipo que hizo por la compañía McDonald´s lo mismo que sus productos estrella hacen por nosotros: aumentar el tamaño.

Michael Keaton El fundador

La hamburguesa es para la sociedad americana no sólo uno de sus referentes alimentarios (“la piedra angular de todo nutritivo desayuno” que decía Jules Winnfield), sino también un icono cultural y empresarial . Un alimento ligado a la industrialización y uno de los primeros productos relacionados con la globalización (culinaria, en este caso, abriendo una senda que más tarde seguirían otros productos como la pizza o el hot-dog).
La carne picada (o filete tártaro) es un plato que ya mencionaba Julio Verne en la novela “Miguel Strogoff” (1875). El nombre de hamburguesa proviene de Hamburgo, uno de los puertos más utilizados en la vía que comunicaba por mar a Europa y América, allá por mediados del siglo XIX. Por lo que eran abundantes los locales de Nueva York (principal ciudad de destino de la travesía transoceánica) que ofrecían el filete al estilo Hamburgo a los inmigrantes recién llegados.

El caso concreto de “El fundador” nos sitúa en 1954, en plena venta de una batidora múltiple industrial de cinco ejes al dueño de un restaurante. El vendedor es Ray Kroc, y se dirige directamente al espectador, explicando las excelencias de su producto y cómo ahorrará tiempos de espera a sus clientes. Como muchas anteriores, esta venta no llegará a realizarse. A pesar de los libros y vinilos de auto-ayuda y motivación (“The Power of Positive Thinking” entre otros) que Kroc devora con absoluta fe; con cada negativa que recibe a sus ofertas de venta, la frustración y el miedo al fracaso se van abriendo camino poco a poco en su persona.
Hasta que un buen día, tras el enésimo rechazo, un pedido de una cantidad desorbitada de batidoras le llega desde un restaurante de San Bernardino (California). Lo que en un principio iba a ser un presunto error de papeleo a la hora de tramitar el pedido (¿qué restaurante necesita hacer 30 batidos al mismo tiempo?) se transformará en una oportunidad única en la vida de Kroc, pues efectivamente, no querían seis batidoras múltiples…querían ocho.

El fundador hermanos mcdonald

En la visita al restaurante tendrá la oportunidad de conocer a sus dueños, los hermanos Richard y Maurice McDonald (Nick Offerman y John Carroll Lynch) quienes no tienen el menor reparo en dar a Ray una visita guiada por sus modestas instalaciones. En ella, Ray observa estupefacto como todos los trabajadores trabajan con precisión milimétrica en su desempeño particular, como los engranajes de un reloj. De hecho, los hermanos McDonald reconocen haber adaptado a su negocio la cadena de montaje que Henry Ford diseñó a principios del siglo XX para su fábrica de vehículos. El resultado es asombroso. El cliente obtiene su pedido (hamburguesa y bebida) antes de terminar de sacar el dinero de la cartera. Los hermanos McDonald habían añadido por primera vez el concepto “rápida” a la comida (“basura” llegaría después). La comparativa con el resto de restaurantes de la época, incluidos aquellos que servían el pedido directamente en tu coche, era demoledora.

El principal responsable de esta revolución es Richard McDonald, quien aplicó una estandarización de procesos, un análisis pormenorizado de los gustos de los clientes (redujeron los menús a los que el 87% de sus clientes pedían: hamburguesa, patatas y refresco), una ingeniería industrial diseñada ad-hoc para su negocio y unas normas muy estrictas respecto a la calidad de los productos y la limpieza de todas las instalaciones. Motivo por el cual no quisieron ceder apenas derechos de franquicia de su modelo de negocio (“es mejor tener un gran restaurante, que cincuenta mediocres”). La pérdida de control sobre sus pocos franquiciado significó para los estrictos hermanos un fracaso en el pasado, por lo que ahora se niegan en redondo a la idea de Ray de abrir más restaurantes.

Pero Ray Kroc ya ha visualizado en su cabeza el enorme potencial que tiene esa novedosa metodología y no va a aceptar una negativa tan fácilmente. Les ofrece abrir un restaurante que él mismo dirigirá con mano de hierro, sin salirse ni un milímetro de los estándares fijados por los McDonald, firmando para ello un contrato que le atará de pies y manos a las exigencias de los hermanos McDonald. Les vende la idea de que sus restaurantes serán la nueva iglesia americana, un lugar decente y con valores donde las familias puedan reunirse con el resto de la comunidad y compartir el pan. Alimento para el cuerpo y el alma. Una irresistible imagen en la que los McDonald ven la oportunidad de resarcirse de sus errores del pasado. En pocas semanas, Ray cuenta con su propio establecimiento.

El fundador franquicia

A raíz de su fabuloso éxito, Ray va licenciando franquicias a ritmo frenético, saltándose a los hermanos y poniéndose él como principal responsable de la compañía (en este punto, Ray ya veía a los McDonald como dinosaurios de un modelo de negocio caduco, basado más en la calidad del servicio por encima de los beneficios); mientras que para Ray cualquier negocio es una declaración de guerra. Cualquier arma que tengas tú y no el enemigo, es una victoria. Y el arma que representará el principio del fin será un compuesto al que basta añadirle agua para obtener un batido. Dicho producto ahorraría numerosos gastos, empezando por eliminar los gastos de electricidad para mantener refrigerada la leche. Pero los McDonald son tajantes, su cadena no servirá un batido que no tiene a la leche como materia prima. Ray desoye esta norma básica y distribuye el compuesto por la ya numerosa cadena de restaurantes McDonald´s.
El divorcio entre las partes ya es inminente y cada uno de ellos blandirá sus mejores armas para quedarse con el control de la compañía. Frente a los principios de los hermanos McDonald, Ray atacará con la enorme productividad de su gestión.

Muchas personas acabarán sufriendo la falsa sonrisa de este avaricioso ladrón de ideas; empezando por su esposa Ethel (una terriblemente desaprovechada Laura Dern) en quien su marido se apoyó en los malos tiempos, hasta que ya no la necesitó más.

Lynch y Offerman representan eficazmente la cándida versión de unos eficaces y perfeccionistas artesanos de la hostelería. Con un pasado humilde, pero repleto de iniciativa y perseverancia, son lo que hoy en día llamaríamos ‘emprendedores’, (a los que cualquier fondo de inversión intentará mantener cerca por si surge la oportunidad de hacerse con el control de su negocio). Hermanos que confiaron en las buenas palabras de Ray hasta que fueron conscientes (demasiado tarde) de haber dejado que un lobo entrara en su gallinero.

Tanto estos personajes, como el resto del reparto (curiosamente, todos lo que tienen un significativo sentido de la moralidad), se ven perjudicados por un guión firmado por Robert D. Siegel (“El luchador“) que les mantiene permanentemente alejados del espectador, sin permitirnos conocer un punto de vista distinto al de Ray Kroc. Un guión que, en ningún momento, se preocupa de dibujar un mínimo arco narrativo que nos permita conocerles, más allá de las dos o tres escenas en las que son necesarios para potenciar la insaciable ambición de Kroc (con el matrimonio formado por Patrick Wilson y Linda Cardellini como principal exponente).

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Tras los éxitos de “Spotlight” y “Birdman“, la carrera de Michael Keaton había renacido oficialmente; por lo que la oportunidad de protagonizar un film que gira permanentemente en torno a su figura era el paso más lógico para aprovechar la fama adquirida. Y más si ese papel era el de una figura tan polémica y poderosa como Ray Kroc.
Keaton consigue que ángeles y demonios convivan en su interpretación, permitiendo al espectador identificar simultáneamente al brillante empresario y al ladrón de ideas. La personificación del capitalismo salvaje que domina nuestra economía actual. Michael Keaton vendría a ser en este film la foto de la muy sugerente hamburguesa que vemos antes de realizar nuestro pedido, “El fundador” es lo que nos acaban sirviendo.

Aunque son más que evidentes las referencias que “El fundador” tiene, principalmente, de recientes biografías de famosas y egocéntricas figuras como Mark_Zuckerberg (“La red Social”) o Steve Jobs (“Steve Jobs“), que resultaron ser grandes éxitos de crítica y público; su principal inspiración proviene de la reciente historia de un país que fue la principal potencia económica del mundo, referente en el campo de la industria y la investigación. Años en los que ‘Made in USA’ representaba un cuidado por la calidad de sus productos y sus consumidores, sin tener que anteponer los beneficios.
Una época en la que América no se preocupaba por ser la más grande; sino por ser la mejor.

El_fundador_Cartel

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