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La inesperada decepción de “The Americans”

05/06/2017

 

(ALERTA SPOILER: Este artículo hace alusión a detalles importantes de la quinta temporada de “The Americans”)

Llevamos tiempo proclamando a los cuatro vientos que “The Americans” es uno de los shows más sólidos de la actualidad, y la verdad es que ya no nos importa que el público masivo y los grandes premios la vengan ignorando sistemáticamente porque nos hemos acostumbrado a que el programa de Joe Weisberg y Joel Fields sea un placer minoritario para disfrute de un puñado de fieles. Admitamos que su ritmo pausado y densidad argumental no son para todos los públicos, y que para entrar en el mundo de los Jennings se necesita cierta paciencia y predisposición que el espectador medio no siempre está dispuesto a conceder. Dicho lo cual, “The Americans” este año no ha estado a su nivel habitual. Cuando en 2016 se anunció la renovación por parte de FX  de dos temporadas más que disipaban el fantasma de la temida cancelación y aseguraban una conclusión apropiada para la serie, nos felicitamos por la valentía del canal a la hora de apostar por un producto de indiscutible calidad a pesar de que los datos de audiencia no eran todo lo buenos que deberían. Y aunque 23 capítulos más nos parecían muchos teniendo en cuenta el punto en el que había quedado la historia tras el cierre de la cuarta temporada, también pusimos toda nuestra confianza en el equipo de showrunners que nos había traído hasta aquí sin dar un paso en falso y elevando el listón con cada nueva entrega sabría cómo abordar el tramo final sin dar la sensación de marear la perdiz. Pues bien,  lo que nos ha enseñado la quinta temporada de “The Americans” es que tan frustrante es que una gran serie no pueda cerrarse como sus creadores habían concebido inicialmente como que se alargue más allá de lo que la lógica recomienda.

La sensación que nos queda es que la tranquilidad de tener dos seasons por delante antes de echar el cierre definitivo ha sido contraproducente para el show, que ha perdido tensión, urgencia y punch, no ha sabido o querido dar el paso adelante que se necesitaba para mantener la progresión que traía y se ha extraviado en tramas que esperábamos pacientemente que nos llevaran a algún sitio pero que terminaban diluyéndose o siendo apartadas prematuramente. Tampoco es que “The Americans” se haya traicionado a sí misma o haya entregado una mala temporada, porque hemos seguido teniendo actuaciones sensacionales, dilemas éticos, poderosas escenas y el mismo mimo por el detalle en la reconstrucción de la época de siempre. Pero es la primera vez que una tanda de esta serie parece más preocupada en dejar las piezas preparadas para lo que vendrá después que de construir un arco argumental sólido con un propósito definido. Ha sido una temporada anticlimática, temerosa de precipitarse hacia algún punto que sugiriese algún posible desenlace y celosamente dedicada a salvaguardar el status quo. Una temporada  que de tanto cocerse a fuego lento ha terminado requemándose en la olla. En ese sentido, aquella larga escena con la que concluía el primer capítulo,  “Amber Waves”, en el que los protagonistas se dedicaban a cavar la tierra durante 15 extenuantes minutos para crear una supuesta tensión que explotara en un final impactante que no lo era tanto, se antoja la mejor metáfora posible de estos 13 episodios.

Argumentan Weisberg y Fields que el objetivo era construir una temporada más emocional en la que Philip y Elizabeth llegaran al punto de decidir abandonar una labor que ya les sobrepasa y regresar a casa, pero parecen olvidar que ese ya era el tema central de las dos temporadas anteriores. Hace un año escribí que “a estas alturas del show el foco cada vez está más puesto sobre el aspecto humano, en cómo sus protagonistas tienen que lidiar con conflictos morales delicadísimos y decisiones éticas más que cuestionables, y en cómo durante ese proceso se van desmoronando muchos de los principios que les sostenían. Los Jennings, esos dos agentes de la KGB infiltrados en Washington fingiendo vivir el sueño americano, están emocionalmente exhaustos, cada vez más al filo de ser descubiertos o de acabar muertos, y el precio que tienen que pagar por mantenerse a flote cada vez es mayor, y más inasumible. La sombra del desaliento, la fatiga y la culpa se ha adueñado de los rostros de unos Philip y Elizabeth muy conscientes de estar atrapados en una diabólica espiral de la que ni pueden ni saben escapar”. Bien, pues esas mismas palabras siguen siendo válidas para resumir los aspectos más relevantes vistos esta temporada, con la diferencia de que los casos de espionaje y operaciones de este año (la misión en Topeka, la familia de exiliados rusos) han sido menos apasionantes que en ocasiones precedentes. No es casual que los mejores momentos de la tanda, como el clímax de “Dyatkovo” con la ejecución a sangre fría de una antigua colaboracionista nazi (que tanto recordó al asesinato de “Do Mail Robots Dream of Electric Sheep”), incidan en esos dilemas éticos que ponen a prueba la conciencia de los Jennings, pero estando tan cerca de final uno esperaba que la serie hubiese dado un par de pasos más allá en lugar de recrearse en los mismos conflictos. Ya sabemos que los dos están muy jodidos y que de los dos es Philip el eslabón más débil. No necesitábamos una temporada entera para remachar esa idea.

Aunque tampoco ha podido esquivar del todo el inmovilismo general, sí se antoja interesante la evolución de Paige, que ya no puede conciliar sus antiguas convicciones religiosas con la nueva realidad que está empezando asumir y que abunda en el concepto de padres e hijos luchando por conocerse y descubrir quiénes son en realidad. La secuencia en la que Paige les muestra las páginas del diario del pastor Tim en las que éste reflexiona sobre el irreparable daño que los Jennings le han infligido a su hija resulta reveladora, sobre todo porque arroja sobre éstos la duda devastadora de que quizás podría estar en lo cierto. Y también es aplaudible que los creadores del show le hayan dado por fin algo parecido a una subtrama con cierta enjundia (bueno, tampoco tanto) a Henry, el olvidado hijo menor del que sus padres apenas saben nada y que demuestra tener también sus propias inquietudes.

Por otra parte, uno se pregunta qué ha estado haciendo Stan Beeman este año, trabajándose  junto al agente Aderholt  fuentes soviéticas en terreno americano sin que al final de la temporada hayamos sabido exactamente para qué. Más estimulante ha sido la ambigüedad que se ha cernido sobre Renee, la mujer que bien podría ser la novia más comprensiva y adorable del mundo o una espía que va a complicarle la vida al bueno de Stan. En este caso sí parece una jugada inteligente mantener esa duda hasta la próxima temporada. Tampoco es muy comprensible que en  los primeros capítulos se dedicasen más minutos de los razonables a documentar el viaje de Mischa, el hijo perdido de Philip, de entre las catacumbas del régimen soviético hacia EE.UU. para terminar frustrando el reencuentro con el padre y olvidarse completamente de él hasta una breve escena en el capítulo 12. Hablamos de un personaje que al final de la cuarta temporada prometía poner el mundo de los Jennings patas arriba, y cuya única función final ha sido precipitar la retirada de Gabriel antes de tener que seguir mintiéndole en la cara a Philip.

Y entiendo que seguir las peripecias de Oleg Burov en el ministerio de Alimentación soviético tenía como objetivo abrir el campo de acción y permitir al espectador echar un vistazo a ese gris y deprimente hogar en descomposición al que desean volver unos Jennings ajenos a la triste realidad de la Madre Rusia por la que luchan, pero nuevamente es mucho metraje para una trama demasiado desconectada de la principal. De hecho, ese ha sido otro de los problemas de la temporada, su incapacidad para conexionar  a los antiguos personajes, cada uno perdido en sus propias historias sin relación con las de los demás, y de dotar de relevancia a los nuevos (Tuan, Sofia, Mischa), que parecen más simples piezas para que funcione el engranaje que figuras con entidad propia como sí eran Martha, Nina o el agente Gaad.  De hecho, bastan apenas tres secuencias en las que tenemos de vuelta a Martha, triste, solitaria e infeliz en Moscú, para evidenciar que las nuevas caras no resisten la comparación con las antiguas. Esa última escena en la que se vislumbra un futuro para ella como madre adoptiva de una pequeña huérfana bien podría ser la más emotiva de la temporada (gracias sobre todo a la interpretación de Alison Wright) y no creo que eso diga mucho a favor de la tanda.

Incluso el giro final de “The Soviet Division” que impide a los Jennings volver a la URSS y les obliga a seguir en el juego es un deus ex machina de manual que parece surgido de ninguna parte. Que Kimmy, que llevaba un par de años casi ausente de la serie pese a que en teoría su relación con Philip se había mantenido durante todo este tiempo, devenga en la clave del clímax de la temporada resulta un tanto forzado. Si tan sólo le hubieran dedicado a ella algo del tiempo que han invertido en los viajes de Mischa o en las pesquisas de Burov en suelo soviético habría tenido más justificación esa decisión argumental. En cualquier caso, si hay que hacer un pronóstico, no creo que Philip vaya a aceptar el ofrecimiento de Elizabeth de encargarse ella de todo el trabajo duro y relegarle a él a la simple tarea de quedar ocasionalmente con Kimmy pare recoger las cintas, con lo cual la situación de cara al inicio de la próxima temporada podría ser más o menos la misma que la del principio de ésta.

Pese a todo lo dicho, “The Americans” ha seguido teniendo grandes momentos, incluso grandes episodios como “Lotus 1-2-3”, pero no han cristalizado en una temporada sólida y demoledora en la forma que el show nos tenía acostumbrados. Puede que en el conjunto de la serie, cuando haya acabado, esta tanda tenga más sentido, pero seguirla semana tras semana ha sido frustrante en muchos momentos (más con la competencia seriéfila que existe en la actualidad), lo cual no significa que se haya resquebrajado nuestra fe en que la sexta temporada que llegará en 2018 sea la gran conclusión que la obra merece. Puede que efectivamente 23 episodios fuesen demasiados, pero ahora solo quedan diez, y Weisberg y Fields ya no pueden guardarse nada. Quizás necesitábamos un patinazo en la quinta temporada para tener una sexta sublime.

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