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“Penny Dreadful”: la estaca en el corazón

29/07/2016

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(ALERTA SPOILER: Si has visto la tercera temporada de “Penny Dreadful” hasta la emisión de su último capítulo, puedes leer este post. En caso contrario, prepárate para ver un final que, a buen seguro, no te dejará indiferente (nosotros apostamos directamente por la palabra “decepción”).

Tres años han sidos, finalmente, los que hemos podido disfrutar de Eva Green en uno de los papeles que marcarán su trayectoria artística. Y, aunque su nivel interpretativo en esta serie ha sido sorprendente (lo que tiene aún más merito, pues ya venía de cotas notables); por desgracia, no vamos a poder decir lo mismo del conjunto de la serie, que se ve muy resentido por esta última temporada. Mientras que en su primer año se situaba en la cabeza del panorama televisivo con una propuesta, ambición y puesta en escena arrebatadora que apostaba fuerte por ser la mejor muestra de terror clásico; para continuar evolucionando a todos sus personajes y ampliando el universo de la saga en su segunda temporada…el cierre  se estanca en la mayor parte de las tramas, ahogándose en un mar revuelto de nuevos personajes, a los que no es capaz de aportar entidad suficiente para justificar su presencia, introduciendo más figuras clásicas que, por sí mismas deberían captar poderosamente la atención del espectador, si no se hubiese decidido erróneamente mantenerlos en la sombra durante gran parte de la temporada, ocultos y con poco que aportar al desenlace final.

“Penny Dreadful” siempre ha adolecido de uno de los más típicos males de las series contemporáneas: intentar mantener alrededor de la trama a más personajes de los que realmente son necesarios y (peor aún) de los que son capaces de justificar de forma coherente. La tercera temporada ha supuesto una auténtica travesía por el desierto (no sólo en sentido figurado) para algunos de ellos, perdidos en tramas menores que, supuestamente, explicarían su pasado y que terminaron por encorsetar su desarrollo natural, privándoles de un desenlace coherente. Es inexplicable que contando con nuevos personajes clásicos como el doctor Jekyll, insinuando levemente al principio de temporada una futura conexión egipcia al sugerir una futura aparición de Imhotep (la momia), tirando directamente del clásico de Bram Stoker para introducir a nuevos personajes como el doctor Seward (convertido ahora en la doctora Seward), Renfield (actual secretario de la doctora Seward y, si todo hubiese seguido su cauce, futuro interno del psiquiátrico dirigido por la doctora) y hasta el mismísimo Drácula, así como creando nuevos personajes como Catriona (imposible mezcla de Abraham Van Helsing y “Buffy cazavampiros“), se quisiera al mismo tiempo intentar tejer un desenlace para todas las tramas existentes. Quizás por ello al final son conscientes del asombroso desafío que este objetivo suponía y John Logan (show runner de la serie) se limita a dar una conclusión al personaje principal, abandonando en el limbo al resto del reparto. Decisión que, salvando las innumerables distancias, bien podría recordarnos a lo sucedido años atrás con “Perdidos“.

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“Orange Is The New Black”: la historia tras cada apellido

27/07/2016

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(ALERTA SPOILERS: Este post analiza la cuarta temporada de Orange Is The New Black. Si aún no te has sentado a disfrutar del último episodio emitido, “Toast Can Never Be Bread Again” (lo cual parece poco probable a estas alturas), vuelve después de hacerlo.)

Alrededor de once meses me llevó el visionado de la tercera temporada del que un día fue uno de los primeros grandes éxitos de Netflix. Una demora a ratos propiciada por la escasez de tiempo para el audiovisual e impulsada por una desmotivación que finalmente acabó por esfumarse en los últimos episodios. En ese período de tiempo se anunció la renovación por nada más y nada menos que cuatro temporadas (hasta una séptima), asegurando a su audiencia más fiel (que viene siendo una buena parte de la población mundial) una continuación de las historias de Litchfield a la que todavía queda rato. Quizá esa falta de interés vino de la mano de una apreciación individual de que venían ofreciendo más de lo mismo en un punto del producto ficcional en el que hay que arriesgar un poco. Y eso, sumado al tener que escoger con más minuciosidad las series que vemos para poder utilizar nuestros huecos de relativo relax disfrutando de nuestras favoritas, estuvo a punto de desembocar en el abandono.

Por supuesto, eso fue antes de que Piper se tatuara a sí misma un infinito y de manera ridícula se colgara la etiqueta de gansta con “A”, antes de que Alex Vause y Lolly se vieran unidas en un pacto de sangre de la manera más surrealista, antes de que Sophia probara la injusticia del más absoluto encierro y, evidentemente, antes de ese baño purificador en el lago con sabor a libertad y un poquito de cistitis que protagonizaron las reclusas al ritmo perfecto de “I Want to Know What Love Is”. Leer más…

“The Americans”: espías surgidos del frío

22/07/2016

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Ha necesitado cuatro temporadas durante las que ha sido olímpicamente ignorada por la industria de los grandes premios televisivos y por gran parte del público a pesar de las loas y alabanzas de la crítica y de unos seguidores que proclamamos a quien quiera escucharnos que esta es la serie que probablemente no estás viendo y que no deberías perderte, pero finalmente “The Americans” ha recibido el reconocimiento que llevaba tiempo mereciendo en forma de múltiples nominaciones a los Emmy (mejor drama, actor y actriz principales, guión y actriz invitada ). Que gane alguno de los galardones gordos ya será harina de otro costal, pero, repasando la lista de candidatos, la serie de Joe Weisenberg y Joel Fields no es en modo alguno inferior a ninguna de las otras propuestas en liza, y menos aún cuando lo que se está valorando es su sensacional cuarta temporada, en la que el show ha exhibido su mejor forma, algo aún más meritorio teniendo en cuenta la insultante regularidad que siempre ha lucido y el alto nivel al que ya llegó el año anterior. Ojalá que esta exposición mediática signifique que más espectadores se animen a darle una oportunidad a una serie que, en todo caso, no está dirigida a todos los públicos ni enamora cegadoramente a primera vista. “The Americans” demanda cierta paciencia, no sólo por sus alambicadas tramas de espionaje ochentero, su densidad argumental o su tono generalmente pausado, sino porque su grandeza se percibe en el largo recorrido y no tanto en las distancias cortas. De lo que no me cabe duda es que es una de las ficciones imprescindibles en un panorama actual no tan sobrado de productos adultos capaces de recoger el testigo de las grandes series que han marcado esta Edad Dorada de la Televisión (que se lo digan a la HBO, a quien tanto le cuesta encontrar relevos de garantías a su legendario catálogo, “Juego de Tronos” aparte).

(A partir de aquí, SPOILERS sobre la cuarta temporada)  El programa de FX siempre ha equilibrado admirablemente el drama de personajes, la intriga de las misiones sobre el terreno y la delicada partida de ajedrez que juegan los dos bloques de la Guerra Fría, pero a estas alturas del show el foco cada vez está más puesto sobre el aspecto humano, en cómo sus protagonistas tienen que lidiar con conflictos morales delicadísimos y decisiones éticas más que cuestionables, y en cómo durante ese proceso se van desmoronando muchos de los principios que les sostenían. Los Jennings, esos dos agentes de la KGB infiltrados en Washington fingiendo vivir el sueño americano, están emocionalmente exhaustos, cada vez más al filo de ser descubiertos o de acabar muertos, y el precio que tienen que pagar por mantenerse a flote cada vez es mayor, y más inasumible. La sombra del desaliento, la fatiga y la culpa se ha adueñado de los rostros de unos Philip y Elizabeth muy conscientes de estar atrapados en una diabólica espiral de la que ni pueden si saben escapar. Pocas veces se ha retratado tan bien como en esta temporada la infinita soledad del espía que ya casi ni siquiera puede recordar  con claridad la causa, el ideal al que sirve. Y ese clima de abatimiento se hace extensible a todos los rincones de la serie, desde ese agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich) hastiado de perseguir sombras hasta Gabriel (Frank Langella), el enlace de la Central que no sabe cómo seguir protegiendo a los Jennings, pasando por el trágico William Crandall (Dylan Baker), el gran hallazgo de la season, otro agente de la KGB cuyos 25 años de servicio a la madre patria solo le han reportado aislamiento, cansancio, escepticismo y nostalgia. Leer más…

“Mi amigo el gigante”: el grande y bonachón Spielberg

20/07/2016

The BFG

No es difícil imaginar que, años después de que Roald Dahl publicase en 1982 “The BFG (The Big Friendly Giant)“, Steven Spielberg se encontrase buscando buenas historias que contar en la cama a su primogénito Max, fruto de su primer matrimonio con Amy Irving; y probablemente este cuento de Dahl fuese una de sus historias favoritas. Roald Dahl ha sido un popular escritor y guionista que ha gozado de varias adaptaciones de sus obras al cine, entre las que destacan “Matilda“, “James y el melocotón gigante” y “Willy Wonka y la fábrica de chocolate“, que años después Tim Burton volvería a adaptar bajo el título “Charlie y la fábrica de chocolate“. De su novela “El hombre del sur” también bebieron el maestro Alfred Hitchcock y posteriormente Quentin Tarantino para rodar una de las historias que formaba “Four Rooms“. Como guionista, triunfó adaptando al cine tanto a Ian Fleming en “Sólo se vive dos veces” y “Chitty Chitty Bang Bang“, como a sí mismo en “Willy Wonka y la fábrica de chocolate”.

Aunque “Mi amigo el gigante” sea la primera colaboración entre Steven Spielberg y Disney, de alguna forma Roald Dahl ya sirvió de nexo de unión entre el director y la factoría; pues uno de sus cuentos publicado en 1943 y encargado por Disney para promocionar una película que nunca llegó a estrenarse, serviría de inspiración para el episodio “Pesadilla a 20.000 pies de altura”, cuarto fragmento de “En los límites de la realidad” que , aunque lo dirigía George Miller, Steven Spielberg también formaba parte del equipo de dirección al responsabilizarse de dirigir el segundo fragmento. Ese mismo cuento sería también la base para otra gran película producida por Steven Spielberg en 1984…el cuento de Roald Dahl se llamaba “Los gremlins“. Sin embargo, si había algo importante que Steven Spielberg estuviese haciendo en aquel 1982 en el que Roald Dahl publicaba su obra más popular, era terminar el rodaje del que sería uno de los títulos más reconocibles y determinantes en la carrera del Rey Midas de Hollywood. Un film que ayuda a entender aún más la implicación del director en la adaptación de la obra de Dahl. Una película con la que Spielberg inició un largo camino que hoy, con “Mi amigo el gigante”, concluye. Esa línea de salida era “E.T. El extraterrestre“.

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“The Smashing Pumpkins”: fundación e imperio (de Billy Corgan)

18/07/2016

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Mi memoria está plagada de la cultura popular de los noventa. Esa década que se ha vuelto a poner de moda en todo tipo de industrias contempló buena parte de mi infancia, mi preadolescencia y los primeros años de mi adolescencia. Crecí con esa cuestión televisiva de “¿quién mató a Laura Palmer?” de fondo, siempre acompañada por Mulder, Scully y los monstruos de Chris Carter. Mis años escolares vieron las peores coreografías de las bandas pop del momento y el slasher petardo llegó a convertirse en una forma de vida. Pero si algo agradezco a estos últimos diez años del siglo XX es el haber parido unas cuantas propuestas musicales que, si bien mi corta edad apartaba a un lado, supieron esperarme para ser apreciadas y convertirse en mi banda sonora unos añitos más tarde. Así acabaron llegando a mi vida varias bandas de rock alternativo (que a unos meses de la treintena puedo confirmar como el género que más he consumido a lo largo de mi existencia) de las que no logré desprenderme. Otras, por supuesto, se quedaron en el cajón del recuerdo en la transición a la etapa adulta.

Demos un paseo. Nos encontramos con los primeros discos de Radiohead, que con el transcurrir del tiempo han ido abandonando el género para centrarse en su amadísima electrónica (no olvidéis pasar por la crítica de su último álbum). El Britpop de Oasis, Blur o The Verve al que nunca he logrado encontrar la chispa o el Punk Pop de Placebo (a los que dedicamos un post recientemente con motivo de su veinte aniversario). Los tardíos ochenta de los Pixies que por aquel entonces seguían haciendo ruido (en el mejor de los sentidos). Por supuesto, este autobús destartalado cuenta con una parada en la estación de Seattle y el nuevo florecimiento del Grunge con Nirvana (el efímero gigante del eternamente adorado Cobain) o Pearl Jam. El Industrial de Nine Inch Nails, el movimiento Riot Grrrl, PJ Harvey, los Foo Fighters, el Punk Rock demasiado adolescente de Green Day, The Offspring, los enormes Alice in Chains, Rage Against The Machine, The White Stripes… Pero de todos ellos, hoy hemos venido a hablar de  Smashing Pumpkins, que si bien presenciaron su pico más alto en los noventa y después de unas cuantas idas y venidas (en realidad la única constante es Corgan), han visto pasar los años con una dignidad musical asombrosa. Además, este 2016 marca veinticinco años en su carrera. Leer más…

“Buscando a Dory”: encontrando la felicidad

01/07/2016

Buscando a Dory_cabecera

En mi caso, puedo decir que “Buscando a Nemo” fue la película que lo empezó todo en mi relación con Pixar. “Toy Story” y “Bichos” ya habían pasado por la cartelera cinco años atrás; pero no fue hasta que se estrenaron las aventuras de esos pequeños peces payaso, cuando cambiaría definitivamente mi actitud ante los títulos que llegarían desde el estudio comandado por John Lasseter, convirtiéndose durante muchos años en la vara con la que medir el resto de películas animadas; en el referente del género. Y no porque “Buscando a Nemo” consiguiese convertirse en la mejor película de animación (tampoco lo buscaba); sino porque abrió la senda a través de la cual las películas de animación de la compañía contarían historias profundas, difíciles, protagonizadas por personajes complejos, realizadas con el coraje e inteligencia necesaria para tratar temas tabú para toda su competencia y, por encima de todo, permitiendo que los adultos acudieran a ver una película de dibujos sabiendo que sería una experiencia enriquecedora para ambos espectadores, niños y mayores. Su historia estaba repleta de detalles que permitían divertir a los más pequeños y emocionar a los más veteranos; consiguiendo ser un título apreciado por todos ellos en similares proporciones. De alguna forma, “Buscando a Nemo” representa para Pixar el primer día de su madurez en el cine de animación, el título que inicia una asombrosa e interminable (r)evolución emocional en una compañía volcada en grandes y pequeños a partes iguales. Con “Buscando a Nemo” comenzaría también una de las más asombrosas rachas de Pixar, compuesta por “Los Increíbles“, “Ratatouille“, “Wall-E” y “Up“; aunque tiempo después también daría muestras de tener ciertos problemas con las precuelas y secuelas de algunos de sus éxitos (la saga “Toy Story” sería la excelente excepción, que confirmaría la regla).

10 años después de asombrar a propios y extraños con esas aventuras bajo el mar, Pixar anunciaba una (a priori) innecesaria secuela bajo el título “Buscando a Dory“. En ese momento, y tras cierta decepción con “Cars 2” y “Monstruos University“, se disparaban todas mis alarmas por el extraño intento de extender una historia ya conclusa (nunca sentí la necesidad de que la historia de Nemo necesitara una continuación, muy al contrario de lo que me sucede con “Los Increíbles”, de la que llevo pidiendo una secuela desde el mismo momento que salí de la sala de cine). Con una de las principales reglas del cine dándome vueltas en la cabeza (‘si no vas a mejorar lo existente, no hagas una secuela‘), me preguntaba qué necesidad tenía Pixar de volver a uno de sus grandes referentes. Una secuela es algo, en teoría, sencillo. Basta con expandir el universo creado previamente y, al mismo tiempo, evolucionar a los personajes originales de una forma natural. Sin embargo, las escasas secuelas que recordamos con cariño demuestran que, en la práctica,  extender el legado de tu predecesor de forma efectiva es una tarea reservada a pocos elegidos. En el caso concreto de Pixar, estaríamos hablando principalmente de “Toy Story 2” y “Toy Story 3“…a la que ahora se suma con pleno derecho “Buscando a Dory”, que logra enriquecer, profundizar, completar y (por momentos) superar a la historia que la originó.
Ahora sí podemos esperar con un sentimiento de confianza aún más férreo la oleada de secuelas que Pixar tiene preparada para nosotros en los próximos tres años, con la cuarta entrega de “Toy Story”, la tercera de “Cars” y la segunda de “Los Increíbles”.

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…y “Juego de tronos” rozó la perfección (y la mediocridad)

29/06/2016

GOT Season 6 - 1

(ALERTA SPOILER: Si a estas alturas no sabes cómo funciona esto, mal lo llevas. Prohibido leer si no has visto hasta “The Winds of Winter”, décimo y último capítulo de la sexta temporada de “Juego de tronos”)

¿No sé nos ha ido un poquito de las manos el fervor exacerbado hacia “Juego de tronos”? A ver, no me entendáis mal, pues esto además puede sonar muy raro cuando todos estamos aún maravillados por el apabullante final de traca que la serie nos ha endiñado en los últimos compases de su sexta temporada. No hablo tanto de la serie en sí misma como de todo lo que la rodea. Ni digo que no tengamos motivos para extasiarnos y pregonarlo cuando la ficción raya a su mejor nivel, como ha sucedido este año, ni a indignarnos y desahogarnos cuando nos muestra su peor cara, como también hemos visto, en bastantes ocasiones, a lo largo de estos diez últimos episodios. Me refiero al excesivo, por momentos insoportable ruido mediático que genera. En los últimos meses, no ha habido un solo día que no nos hayamos topado con diez, quince ¿noticias? en torno a la serie, a cual más estúpida y absurda. Titulares tipo «Carice van Houten pasa un fin de semana en familia en Aspen… ¡en la nieve! Se disparan los rumores» o «Una pareja de Villafranca de los Osos discute y él le suelta… ¡un spoiler de “Juego de tronos”! ¡¡¡Increíble!!!». No, en serio, nos hemos pasado. Como también hemos sacado de quicio, precisamente, lo de los dichosos spoilers, tanto por un extremo como por el otro. Se te ocurre escribir «Pues a mí me ha gustado mucho el último capítulo de “Juego de tronos”» y habrá quien se te lance enrabietado a la yugular al grito de «¡¡Spoiler!! ¡¡¡Avisa antes!!!». Vamos a ver, un poquito de tranquilidad. Luego, en el lado contrario, están los que te cascan en redes un lunes a primera hora de la tarde, pocas horas después de su estreno en USA y antes de su emisión oficial en España, cosas como «¿Qué muerte te ha resultado más satisfactoria, la de Joffrey o la de Ramsay?», acompañado de sendas fotos del rostro morado del joven rey Lannister, perdón, Baratheon, y de uno de los perritos del bastardo Bolton a un centímetro del rostro de su querido amo… Hay cosas que no se hacen, coño. Eso no. Pero al grano. La explicación de todo esto es muy sencilla: “Juego de tronos” es mucho más que una serie, es un fenómeno social y mediático sin precedentes. Pero algunos, en realidad, sólo buscamos disfrutar de un buen capítulo cada semana y comentarlo, por qué no, con pasión pero sin fanatismos, y eso de habernos tirado dos meses y medio esquivando filtraciones, patochadas y rencillas no diría que ha enturbiado la experiencia, pero sí ha resultado un tanto cansado y estresante.

Que no parezca que estoy renegando en ningún momento de la serie. En este blog, en el que no hacemos reseñas semanales, hemos hablado de “Juego de tronos” casi más que de ninguna otra cosa. Éste es el décimo post que le dedicamos, y el noveno que escribe un servidor. Así que sí, por aquí somos fieles seguidores de la joya de la corona de HBO, aguardamos expectantes la llegada de cada nueva temporada, la disfrutamos a lo grande durante su emisión, a pesar de los pesares, y es inevitable que nos aflijamos cada vez que (¡y qué rápido pasa el tiempo!) vuelve a cerrar el telón para no reabrirlo hasta casi diez meses más tarde. Y si es precisamente tras una finale cuando nuestras emociones suelen estar más a flor de piel, no resulta nada descabellado afirmar que, tras la dupla “Battle of the Bastards”/“The Winds of Winter”, todos o casi todos nos hemos quedado con la sensación de que esta sexta temporada es lo más excelso que han hecho David Benioff y D. B. Weiss desde su estreno allá por 2011. Y tampoco ha sido así. Conviene tener memoria, más allá de estas dos últimas semanas, y no pasar por alto que, como decía más arriba, “Juego de tronos” puede habernos regalado sus momentos más sobresalientes, pero también muchos, demasiados, minutos insustanciales, cuando no directamente sonrojantes. Leer más…

No habrá paz para los “Peaky Blinders”

27/06/2016

Peaky Blinders_Season 3

(ALERTA SPOILER: Revela detalles importantes de la trama de la serie, hasta el sexto capítulo de su tercera temporada)

Sin armar mucho ruido y ajena al bombo y platillo mediático que acompaña a otros productos que marcan la temporada televisiva,  “Peaky Blinders” nos ha confirmado en su tercer año en antena que sigue siendo una de esas series que no hay que perderse. Al menos lo es en El Cadillac Negro, donde somos conscientes de que el programa de la BBC 2 británica tiene un público fiel y numeroso a pesar de que en muchos medios y blogs especializados siga siendo semi-ignorada. No es casualidad que el post que el amigo Rodrigo le dedicó en su día, “Peaky Blinders: gángsters, cuchillas y rock’n’roll”, sea uno de los más vistos de nuestra historia, principalmente gracias a multitud de lectores que nos llegan buscando información sobre ella. Cuando la serie irrumpió en 2013 lo que más destacaba de ella, más allá de estar inscrita en un género que siempre nos ha dado enormes alegrías a los cinéfilos, era su estética rompedora y tremendamente estilizada, combinada con una anacrónica banda sonora en la que se sucedían sin parar trallazos de rock contemporáneo disparados por Nick Cave y Jack White (grupo de francotiradores al que se añadirían en la segunda temporada Arctic Monkeys, PJ Harvey o The Kills). La Birmingham de los años 20 del siglo pasado lucía como un escenario de pesadilla atravesado por fogonazos de violencia, vicio, pecado y corrupción que nos impedían dejar de mirar la pantalla. Pero afortunadamente “Peaky Blinders” no lo fió todo a la carta de efectismo (aunque es justo reconocer que una parte sí) y supo demostrar en su segundo round que lo suyo no era simplemente el efímero triunfo de la forma sobre el fondo, sino que albergaba un enorme potencial para el largo recorrido. Las comparaciones con ese otro serión de la HBO llamado “Boardwalk Empire” proliferaron desde el primer momento (quizás prematura y equivocadamente), aunque es ahora, vista su tercera temporada, cuando  la equiparación resulta más razonable, pues el invento de Steven Knight ha tomado el trazo y el tono de un auténtico clásico moderno sin traicionarse nunca a sí misma y a sus señas de identidad. Ahora, más que nunca, “Peaky Blinders” parece una serie (de las buenas) de la HBO.

La única forma de que un producto como este pueda sobrevivir con éxito al paso de las temporadas es ponerse a prueba a sí misma, aventurarse a salir de su zona de confort y rascar más hondo en los recovecos de sus personajes y las circunstancias político-sociales de la época que retrata.  En ese sentido, la tercera temporada, con sus pequeñas imperfecciones, ha sido todo un triunfo y una lección de madurez. Habrá quien haya echado de menos pasar más tiempo en las sucias y mugrientas calles de Small Heath, pero la historia en este punto demandaba ampliar el campo de batalla y el microcosmos de los Shelby, y ese es el cometido en el que han afanado los responsables de la serie.  Leer más…