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“Todo el dinero del mundo”: el secuestro de la dignidad

23/02/2018

Sí, has acertado, en las próximas líneas vamos a hablar de esa película en la que Kevin Spacey ha sido sustituido de urgencia por Christopher Plummer para encarnar a John Paul Getty. No cabe duda de que “Todo el dinero del mundo” quedará para la historia como uno de los ejemplos más paradigmáticos de uno de los mayores escándalos que ha vivido Hollywood en las últimas décadas, El hecho de haber contado entre sus créditos con Spacey -el mayor implicado en la polémica generada por las acusaciones de acoso sexual, Harvey Weinstein mediante, al acumular múltiples demandas e investigaciones a cargo de Scotland Yard- y el de la rápida reacción de sus productores a la hora de denigrar al protagonista de “House of Cards” para incorporar a Plummer aseguran al filme su futura omnipresencia en futuros libros y artículos sobre el tema y la posibilidad de formar parte de las preguntas de próximas ediciones de Trivial Pursuit.

Pero no sería justo quedarnos ahí cuando un veterano de la talla de Ridley Scott ha mostrado un arrojo y una rapidez de reflejos impropia de su edad, pero sólo comparable a la que han demostrado en los últimos tiempos -con mayor o peor suerte- dos cuasi contemporáneos suyos como Clint Eastwood o Steven Spielberg, por lo que pasaremos a centrarnos en lo que la película en sí misma nos ofrece, no sin antes apuntar que con ese fulgurante cambio de casting -y sin ver más que unas pocas imágenes promocionales de una actuación de Spacey que seguramente quede para siempre inédita- el filme no ha empeorado, más bien muy al contrario: una vez presenciada se nos hace prácticamente impensable imaginar a otro actor que no sea Plummer en la piel de Getty y parece una opción bastante más apetecible que ese Spacey metamorfoseado completamente por el maquillaje.

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“Yo, Tonya”: puñalada al ‘biopic’ convencional

22/02/2018

Mira que uno, cuando comenzó a escrutar las películas que se perfilaban como candidatas a los Oscar, consideraba a “Yo, Tonya” como el posible ‘patito feo’ de la terna. Esa combinación letal que suele suponer un ‘biopic’ -más aún si es deportivo- junto a una actriz en faceta de productora hambrienta de la estatuilla no hacía esperar nada demasiado excitante. Y sí, Margot Robbie ha logrado su objetivo y se ha colado entre las cinco nominadas, y sí, se trata de una película biográfica sobre la patinadora Tonya Harding…pero a partir de aquí acaba toda semejanza con lo que esperaríamos contemplar. Estamos ante un animal muy diferente.

En un vistazo superficial, Robbie parece apostar por la fórmula ‘sex symbol se afea para ganar credibilidad’ que tan bien le funcionó a Charlize Theron en “Monster”. Sin embargo, la australiana -relanzada tras sobrevivir al fiasco de “Suicide Squad” después de que su carrera pareciera haberse estancado tras su explosión en “El lobo de Wall Street”– ha demostrado ser mucho más inteligente. Aquí no hay épica deportiva -pese a que haya, claro, diversas escenas de patinaje- , el tono es de todo menos elegíaco  y ni siquiera se trata de un ‘one woman show’ dedicado a ensalzar sus capacidades interpretativas, sino que su personaje sólo es un -importante- eslabón dentro de un filme netamente colectivo. Leer más…

Oasis: no miréis atrás con rencor

21/02/2018

Les propongo un juego muy sencillo. Piensen en bandas míticas del mundo del rock cuyo comeback coparía grandes titulares en los medios y desataría todo tipo de histerias a la hora de conseguir una entrada. ¿Led Zeppelin? ¿Pink Floyd? ¿The Smiths? ¿Dire Straits?… Bien, ahora elijan por cuál de esos hipotéticos retornos apostarían una considerable suma de dinero a que efectivamente se producirá, tarde o temprano. Si han elegido Oasis tienen premio. Y no importa que no hayan transcurrido ni siquiera diez años desde su disolución oficial, o que las diferencias entre Liam y Noel Gallagher sean tan irreconciliables como siempre, o que ambos disfruten actualmente de sendas exitosas carreras en solitario que harían completamente innecesario un regreso al redil. Por mucho que digan o hagan, tengan por seguro que cuando el cheque tenga los suficientes ceros y el momento sea propicio, esa reunión será un hecho. Ni siquiera será necesario que solucionen sus problemas, cosa que, por otra parte, sí parece más improbable. Y, claro, cuando se junten de nuevo lo petarán. De hecho, la sensación que hemos tenido a lo largo de los años es que si de Liam dependiera, esa reunión ya se habría producido, y que es Noel quien se hace de rogar. Aunque también es cierto que a cada arranque de sinceridad conciliadora de Liam (“la gente sigue olvidando que nuestro chico y yo no hablamos, y eso es lo más triste de todo, sin importar quién tiene la razón y quién no. Antes de que Oasis se reúna, él y yo tenemos que volver a ser amigos y hermanos. No se trata sobre dinero”) le ha seguido uno de sus típicos exabruptos (“Noel y Bono son los más grandes gilipollas de la música. Son ellos dos en este momento quienes se me han metido debajo de la piel. Simplemente pueden jugar al ping pong de ida y vuelta”). De modo que es hasta comprensible que Noel no quiera saber nada de los vaivenes emocionales de su ilustre hermano pequeño (“necesita ver a un psiquiatra. Creo que no está bien”), que proclame estar muy feliz lejos de su órbita (no hecho de menos a Liam ni un jodido nanosegundo”) y que insista en que no cambiará de opinión ni por todo el oro del mundo (Vale, lo haríais por el dinero. ¿Pero si ya tuvierais el dinero? Que le den”). ¿Lo ven ustedes muy difícil? Torres más altas han caído. Repito, apuesten por ese regreso porque se producirá, no ahora pero dentro de unos años, y aunque solo sea una gira de pocas fechas en tierras británicas.

¿Pero es Oasis realmente una de esas bandas legendarias a la altura de Led Zeppelin o Pink Floyd? ¿Estamos hablando de ese nivel? Bueno, quizás eso sean palabras mayores, pero lo que sí que es incuestionable es que Oasis fueron una de las últimas bandas de guitarras que disfrutaron del éxito masivo a nivel global. Quizás el último gran grupo del rock de masas antes del advenimiento de la era de Internet, que democratizó de tal forma a artistas, géneros y el modo de consumirlos que ya nada nunca fue realmente igual. Y si nos ceñimos exclusivamente al Reino Unido, Oasis allí son una institución prácticamente a la altura de The Beatles o Queen. Amados y reverenciados por el vulgo como si de un equipo de la Premier se tratase. Tal vez porque a mediados de aquellos añorados años 90 dominados por el nihilismo y la pesadumbre grunge del otro lado del Atlántico ellos recuperaron la bandera de la Union Jack y el orgullo working class para conectar con una juventud necesitada de unos héroes a pie de calle con los que poder identificarse. Eso, una actitud arrolladora y un puñado de canciones inmortales, de esas que empiezan siendo generacionales y terminan grabadas en piedra en la memoria colectiva, bastaron para dominar el mundo, al menos por un instante. Cuando su estrella empezó a declinar fue más fácil hacer sangre y pasarle factura a los Gallagher por su prepotencia. Siempre fueron vilipendiados por la prensa más “cool” y moderna, acusados de ser vulgares copistas al carboncillo del legado del rock británico, saqueadores de guante blanco con mucha caradura o inmovilistas con la originalidad del asa de un cubo. Pero aunque todo eso fuese verdad, nadie puede rebatir que en su mejor momento, en ese pico creativo que va de 1994 a 1997, escribieron una de las páginas más memorables de la música popular. Leer más…

“Call Me by Your Name”: de melocotón

19/02/2018

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Existen pocas cosas más poderosas en el universo que nuestras emociones y ningún arte las imita como el cine, convirtiéndose éste en un reflejo existencial de lo que, en ocasiones, nunca existió, pero forma parte de nosotros. El año se va adentrando en sus profundidades, pasito a pasito, y con él todos los estrenos que esperamos con ganas y se agolpan en listas que disminuyen muy lentamente entre las apretadas líneas de nuestra agenda. El comienzo del año cinéfilo, con sus premios y sus expectativas, con la poesía de filmes como el que hoy me roba un ratito por puro derecho.

Bajo la dirección de Luca Guadagnino, “Call Me by Your Name” necesita, a estas alturas, muy pocas presentaciones. Pero las merece todas, así como sus aspiraciones a Oscar, si se les concede alguna importancia real. Esta adaptación cinematográfica de la novela homónima es un sueño veraniego que Shakespeare habría imaginado con animales y dioses, pero que en el guión de James Ivory apela a lo más humano, y ahí es donde nos seduce.

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“La forma del agua”: el mismo cuento de siempre (en remojo)

16/02/2018

Históricamente los Oscars y el género fantástico no se han llevado bien. Desde que en 1982 la maravillosa y eterna “E.T., el extraterrestre” de Steven Spielberg hincara la rodilla ante aquel mamotreto hoy olvidado hasta por los que la votaron que era el “Gandhi” de Richard Attenborough, quedó meridianamente claro que la Academia era reacia a tolerar que el escapismo mágico sin coartada realista, a todas luces un ‘arte menor’ según su anquilosado criterio, recibiera un premio destinado a productos más serios e “importantes”. A estas ‘peliculitas’ para las masas se les podía reconocer sus méritos artísticos de vez en cuando en forma de galardones técnicos que siempre son bienvenidos, pero los gordos -película y director- iban a estarles permanentemente vedados. Cierto es que en una ocasión, en 2003, la Academia se permitió abrir el puño, y lo hizo con la mano bien abierta, cubriendo de récord de estatuillas doradas a “El Señor de los Anillos: El retorno del Rey”, quizás más por vergüenza torera que por otra cosa, pero desde entonces cualquier propuesta fantástica ha tenido las de perder a la hora de la verdad, por muchas nominaciones que la arropasen. Pienso en la extraordinaria “El curioso caso de Benjamin Button” de David Fincher, dolorosamente ninguneada en favor de aquella efectista “Slumdog Millionaire”, o incluso en la sonora (y más justificada) derrota de “Avatar” frente a “En Tierra Hostil”. Podríamos hacer una excepción, apurando los límites genéricos, con el premio para Ang Lee por “La vida de Pi”, cinta más de aventuras que de fantasía, pero la verdad es que está comúnmente aceptado que una nominación a mejor película o mejor director ya sería suficiente recompensa para una cinta de corte puramente fantástico. Por eso la sorpresa de la presente edición no es tanto que “La forma del agua” de Guillermo del Toro exhiba el mayor número de candidaturas (13) como que tenga muy serias opciones de llevarse un premio mayor, sobre todo el de mejor dirección.

Y es una buena noticia que la cinta que nos ocupa (junto con alguna otra un tanto alejada de los estándares habituales de la Academia como “Déjame salir”) vaya a tener auténtico protagonismo en la gran noche de Hollywood. Es muy saludable que empiece a normalizarse la presencia del fantástico en el escaparate de los grandes premios, más allá de los FX visuales y sonoros o la dirección artística, aunque la fiesta sería completa si “La forma del agua” fuese una película que realmente aportara algo novedoso en su género, si no se tratara de la enésima revisión del mismo cuento que ya hemos presenciado infinidad de veces sólo que presentado con una caligrafía muy hermosa y exquisita. Y sí, puede que esta sea el filme más equilibrado de Del Toro, el más perfecto desde un punto de vista formal y el más digerible para todo tipo de públicos, pero en muchos sentidos también es el más rutinario y previsible que haya firmado nunca. Todo está donde el espectador supone que debe estar, todo llega cuando y como debe, perfectamente medido, empaquetado y servido, pero sin apenas espacio para el arrebato, el riesgo, la osadía, lo inesperado, el verdadero asombro. “La forma del agua” puede ser disfrutable, claro que sí, pero de una cinta que se ha llevado el León de Oro en Venecia, ha entusiasmado de forma casi unánime a la crítica y ha salido a hombros de la temporada de premios, con dos Globos de Oro y la bendición de los Sindicatos de Productores y Directores incluida, un servidor esperaba una Obra Mayúscula del cine fantástico. Aunque bien pensado, si hubiese sido esa película visionaria y audaz que yo imaginaba, probablemente no habría recibido tantos parabienes de una industria que se sigue revelando muy acomodada en la repetición de viejas fórmulas y esquemas trillados. Leer más…

“The Cloverfield Paradox”: la partícula del sindiós

15/02/2018

Acaba de cumplir su primera década de existencia y la ¿saga? “Cloverfield” sólo nos ha dejado una certeza clara: J.J. Abrams sabe vender su mierda (la buena, la menos buena y la mala) como nadie. Al menos las tres películas estrenadas hasta la fecha es probable que sean recordadas en años venideros casi más por sus rompedoras y muy eficaces estrategias de marketing que por sus propios méritos o deméritos cinematográficos, y eso que dos de ellas son francamente notables. Tres películas… ¿o podrían ser cuatro? Aún hay hoy en día quien se empeña en incluir a la también reivindicable “Super 8” en el llamado ‘Cloververso’, por más que Abrams se haya empeñado en negarlo por activa y por pasiva. ¿Pero acaso deberíamos creer al gran prestidigitador de nuestros tiempos, al rey del despiste, a quien nos la ha metido doblada y hasta el fondo tantas veces? Hagamos un poco de memoria. “Cloverfield” (lo siento, me resisto a llamarla por su chusco y spoileante título en español, “Monstruoso”) llegó en 2008 precedida por una inteligentísima campaña viral, casi antes de que existiese lo viral, tan intrigante y enigmática que tuvo durante meses a todo el personal haciendo cábalas y preguntándose de qué demonios iba la vaina. Incluso muchos llegaron a pensar que aquel proyecto tan misterioso de Abrams estaría relacionado de alguna forma con una “Perdidos” por entonces en pleno apogeo. Lo que nos encontramos finalmente fue una clásica película de ‘monstruo destroza ciudad’ que, y ese sí era su mayor atractivo, se encuadraba dentro del ‘found footage’, en un momento en el que esta fórmula aún no olía a podrido. Es posible que “Cloverfield”, y eso es una opinión muy personal, sea el film que más y mejor haya exprimido los recursos de este género. Terrorífica, trepidante y muy bien facturada, había mucho talento en esa cinta, y la mejor prueba es el carrerón posterior de sus grandes responsables, el director Matt Reeves y el guionista Drew Goddard. Costó alrededor de 25 millones de dólares y recaudó más de 170 en todo el mundo.

Aunque polarizara mucho a los espectadores, pues a algunos nos encanta y otros la detestan, “Cloverfield” fue un éxito mediático y económico rotundo, así que el regreso en forma de secuela parecía asegurado. Pero los años fueron pasando y, con Abrams, Reeves y Goddard metidos en otros mil fregados y una ausencia absoluta de noticias, nos fuimos olvidando del tema. Hasta que en enero de 2016 nos llegó a traición el tráiler de “Calle Cloverfield 10”, con el estreno previsto para… ¡dos meses más tarde! Acostumbrados como estamos a masticar mediáticamente futuros films desde dos o tres años antes de su estreno, y a larguísimas e insistentes campañas de promoción, la estrategia de Abrams y su productora Bad Robot volvía a romper el molde. Más aún cuando aquel avance nos sugería una cinta con un enfoque y un género radicalmente distinto al de su predecesora. Había truco: el proyecto inicial, nacido con el título de “The Cellar”, y también conocido como “Valencia” (¿?) durante su desarrollo, no tenía absolutamente nada que ver con el ‘Cloververso’ hasta que, de algún modo, fue adaptada para que fuera, en palabras del propio Abrams, una secuela ‘espiritual’. Y es precisamente su encaje forzado en el mundo de “Cloverfield” lo que se antoja más problemático. Dirigida por Dan Trachtenberg, con guión de Josh Campbell, Matthew Stuecken y (ojo) Damien Chazelle, y un mínimo reparto encabezado por un notable John Gallagher Jr. y unos soberbios John Goodman y Mary Elizabeth Winstead, “Calle Cloverfield 10” es un magnífico y claustrofóbico thriller que no sólo habría funcionado a las mil maravillas por sí mismo, sino que su cuestionado final se antojaba postizo, casi fuera de lugar. Y si lo que se buscaban eran respuestas, no dejaba de añadirle más lío al asunto. Es más, el simple hecho de saber que estábamos ante un film relacionado con “Cloverfield” ya arruinaba de antemano una de las más jugosas posibilidades con las que podría haber jugado su argumento: que esa horrible amenaza más allá de las puertas de ese búnker fuese… ninguna. Esto no empaña sin embargo los enormes aciertos de una película que, además, volvió a ser un éxito: más de 110 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de apenas 15 millones. La viabilidad del proyecto parecía asegurada. Leer más…

“Un hombre rubio”, de Christina Rosenvinge: nueve canciones y un par de fantasmas

14/02/2018

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Volvemos a ponernos en manos amigas para que determinados temas los aborden mentes y experiencias más preparadas para ellos. En este caso, a punto de perpetrar la crítica del nuevo disco de Christina Rosenvinge, decidimos parar nuestro impulso y ofrecerle las letras a alguien que indudablemente lo iba a hacer con más conocimiento y tino. María Teresa Cerón López es seguramente una de las mayores y más fieles seguidoras de la artista en cuestión, y además lo es no desde el fanatismo sino desde el análisis y, como no puede ser de otra forma, desde la fuerza que da el conectar con algo desde y para siempre. Como siempre, es un placer ceder las llaves de El Cadillac, presentaros una nueva firma invitada y llenar este rincón de opiniones ajenas y enriquecedoras.

 

Al volante: MARÍA TERESA CERÓN LÓPEZ

Es difícil hablar de Christina Rosenvinge y no volver la vista atrás. Es prácticamente imposible que pase desapercibido el momento exacto en el que esta madrileña de ascendencia danesa decide salir por la puerta de al lado para exorcizar casi todos los fantasmas que le venían torturando desde su más tierna infancia, tomando las riendas de una exquisita banda de rock llamada “Los Subterráneos” (que en realidad iban y venían) capitaneada por ella. Desde ese momento, enclavado en aquel maravilloso páramo musical que para muchos fueron los noventa, hasta hoy, la Rosenvinge ha esquivado un par de balas poco certeras y a algún que otro demonio emplumado en una carrera larga e irregular pero sólida cual roca pesada.

Su más reciente producción se llama “Un hombre rubio” (El Segell de Primavera) y es una huida hacia delante, una escapada, un ajuste de cuentas con todo aquello que la atormenta, pero ante todo con la memoria de su padre. Muy a pesar de ella y muy a pesar del progenitor, cuyo espectro aparece y desaparece a lo largo de las nueve canciones que redondean un disco de riesgo y mucha altura. Contaba la autora de “La distancia adecuada” que la semilla de su nuevo trabajo empieza a germinar tras una llamada recibida por parte de la cantaora Rocío Márquez en la que propone a Rosenvinge escribir un romance flamenco para su último disco, encargo y proposición que dejan algo noqueada a la protagonista de este artículo hasta que, como por arte de magia y volviendo la vista atrás, se topa con el recuerdo pétreo de un padre en vida ausente a la par que autoritario, pero romántico y bohemio hasta el punto de atesorar una maravillosa colección de vinilos, muchos de ellos dedicados a la cante jondo, que sirven a la benjamina de la familia para hilar fino y reencontrarse con su raíz.
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“The X-Files” (II): quiero recordar todo como era

12/02/2018

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(ALERTA SPOILERS: Continuando con el post anterior, hablamos de los episodios 11×04,  11×05 y 11×06 de “Expediente X”. Asegúrate de haberlos visto antes de leernos.)

Casi sin percatarnos hemos pasado el ecuador de lo que será la despedida de esta serie y como era de esperar, aunque el tiempo no se haya consumido a la velocidad desorbitada de la temporada anterior, todo esto nos está sabiendo a poquísimo. Es un momento particular. Muy particular. No creo que en otra ocasión, en lo referente al programa, haya habido en juego tanta carga emocional y tan contradictoria como la que estamos viviendo estas semanas (o, al menos, no dirigida al mismo contexto circunstancial) donde se están expresando tantas alegrías como reproches, tantas satisfacciones como miedos, tanta plenitud y tanta tristeza y nostalgia. Decimos querer ese final digno que Chris Carter se niega a darle al show por voluntad propia, pero lo de dejar ir se nos da fatal, y mientras creemos estar preparados, conforme más cerca está el momento de presenciar una series finale que nos aterroriza imaginar (por razones varias), más patente queda el hecho de que de una manera u otra, a través de nosotros, los expedientes X seguirán vivos siempre.

Parece un chiste que un producto ficcional pueda suponer, para tantas personas alrededor del mundo, una situación tan compleja de analizar y un cúmulo de vivencias de tal envergadura. Son muchos años. Muchos, muchos años para algunos de nosotros. Tantos, que las dimensiones de este fenómeno se nos escapan, así como los lazos emocionales que con él tenemos. Quizá habría sido distinto el prisma con el que estamos viendo esta tanda de episodios si el arranque de temporada, “My Struggle III”, no se nos hubiera antojado a todos un despropósito. O si no hubiéramos tenido que asumir como final forzoso lo que está por venir. Sea como sea, y sin la más mínima pretensión de hacer de abogada del diablo, traer un producto de culto, de esta talla y tan querido, con un fandom gigantesco y tan importante en la cultura e historia friki del globo terráqueo (y más allá) era de todo menos fácil. Ha de ser harto complicado volver con frescura cuando ya lo has hecho prácticamente todo, adaptarse a los tiempos modernos cuando la mayoría sólo queremos morir de nostalgia con Mulder y Scully y, al mismo tiempo, cumplir con un intento de actualización del formato cuando se exige “lo de siempre y lo de antes” una y otra vez. Claro, se pueden traer de vuelta a esta década obras maestras como el parto de David Lynch que presenciamos el pasado año. Son casos de naturaleza tan diferente, en lo externo y lo interno, que la comparación no sería de justicia para ninguno de los dos creadores. Tampoco demandamos eso, sólo que tenga un poco de piedad con estos personajes, que ponga un poco de cuidado en su tratamiento y que el final no nos duela mucho.

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