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La noche en que Rosalía embrujó a Córdoba

16/06/2019

Hace ya once años que se viene celebrando en Córdoba la Noche Blanca del Flamenco, un festival que trae consigo a célebres cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras. Artistas del cante jondo y sus variantes que se despliegan por las calles de la ciudad andaluza como una reivindicación cultural maravillosa. De raíces y de barrio. El Cigala, Chambao, José “El Francés”, Rosario Flores, Medina Azahara, José Mercé, Enrique Morente y su Estrella, Eva Yerbabuena, Niña Pastori, Pepe de Lucía, Marina Heredia, Raimundo Amador o Remedios Amaya son sólo una pequeña muestra del arte que la provincia ha acogido durante muchas madrugadas.

Cuál fue mi sorpresa cuando a comienzos de año se anunció a Rosalía como la estrella de esta edición. Y no es que la aparición de la artista en cualquier festival del mundo sea en este preciso momento una rareza, pero saber que la vas a tener en casa, después de haberte dejado emocionar profundamente por su “Los Ángeles” y desgarrar por “El mal querer” una y otra vez, tanto como para dedicarle prácticamente una oda en el Cadillac tras su publicación, se antoja un regalo. No tengo claro cuántas veces me he perdido en su último álbum pero voy a dejar caer que han sobrepasado el centenar. Verla iba a ser harto complicado, más a medida en que se acercaba la fecha y se conocían las condiciones para acceder a su concierto. Un concierto que ha traído cola (literal y metafórica) por producirse en un recinto limitado como es la plaza de toros, porque la pureza del flamenco y blá blá blá, porque el caché de la artista y blé blé blé. Nada nuevo bajo el sol, salvo que a servidora le gustan los retos y se le pone la piel de gallina cuando canta Rosalía, así que hacer cola de madrugada para conseguir entradas y volver a repetir horas de cola para verla en condiciones eran cosas que, simplemente, tenían que ocurrir. Y cómo ha merecido la pena, lectoras y lectores del Cadillac. Aquí, en esta Córdoba, lejana y sola, que escribiera un día Lorca en su “Canción del jinete”, anoche se nos rompió algo.

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Cuando nosotras escribimos (I)

11/06/2019

Hace un par de años decidí comenzar un pequeño ciclo de autoras que acabó por dilatarse y mutar de ciclo a cambio en mi consumo lector. Más relevante que dicha decisión, que al fin y al cabo sólo afecta a mi propio hábito, son las razones que me llevaron a tomarla. De repente me di cuenta de que, cuando alguien me preguntaba por mis escritores preferidos y mis ficciones predilectas, siempre hacía mención a la narrativa gótica de Poe (a la que dediqué un post un Halloween cualquiera), a la “transgressive fiction” de Palahniuk que hace mucho se me empezó a agotar, al realismo mágico de García Márquez o la maravillosa metaliteratura de Paul Auster. Me di cuenta, sí, de que entre el puñado enorme de autores enumerado que para mí destacaban por encima del resto sólo se colaban unas cuantas autoras. Pensé en mis aportaciones al Cadillac en la categoría de letras: todas sobre autores masculinos, a pesar de que Anne Sexton es mi imagen identificativa en este blog. Pensé en los libros que había leído el año anterior: la inmensa mayoría, a excepción de El cuento de la criada de Margaret Atwood, y un par más, los habían escrito hombres. Se antoja una simpleza, pero percatarse de esto es percatarse de que algo funciona obscenamente mal.

Dando aún más vueltas al tema, porque a servidora es más fácil arrancarle la cabeza que una idea, pensé en que siempre se habla de las mismas autoras, de aquellas que el canon literario que se estudia en los centros educativos se molesta en enseñarnos. Salen a colación Virginia Woolf, Jane Austen, Simone de Beauvoir, las hermanas Brönte, o Mary Shelley entre otras figuras fundamentales. Se habla de que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno para quitarse la vida. Una muestra importantísima en calidad pero una mota ínfima de polvo en un universo de grandes montañas. Y lo que es más grave aún, repasando mis años de cursar filología inglesa, donde la literatura es una pieza fundamental, me vuelvo a dar de bruces con la realidad al llegar a la conclusión de que sí, claro que me hicieron estudiar y analizar a unas cuantas autoras, pero son un porcentaje bajísimo dentro los autores estudiados en el plan de enseñanza.

 

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Enredado en Sad Hill (sin poder salir)

09/06/2019

No lo voy a negar: la celebérrima ‘Trilogía del Dólar” de Sergio Leone y, sobre todo, su tercera y última entrega, “El bueno, el feo y el malo”, es uno de mis más gratos recuerdos de niñez. No recuerdo haberla disfrutado entera en esa época más que una vez, pero el número de ocasiones en que vi fragmentos suyos son innumerables. Se trata de una de las películas preferidas de mi progenitor, que no desaprovechaba ninguno de sus numerosos pases televisivos para volver a presenciarla y ahí estaba un servidor para volver a asistir a las andanzas de Rubio, Tuco y ‘Ojos de ángel’ de nuevo. Asimismo, el tema principal de la maravillosa banda sonora original que pergeñó Ennio Morricone era uno de los mejores momentos de un gastado recopilatorio de música de películas del Oeste (lo de llamarlas ‘westerns’ era entonces cosa exclusiva de unos cuantos estupendos) que era uno de los pocos hallazgos salvables que podía esquilmar de la vieja colección de casettes de mis padres.

Sin embargo, el tiempo pasó, mis descubrimientos fílmicos cada vez eran mayores en cantidad y calidad y aquella gran película se quedó en eso, un bonito recuerdo, convirtiéndose en mi único contacto con ella durante muchos años “The Ecstasy of Gold”, la legendaria composición de Morricone convertida por Metallica desde sus inicios en la mejor sintonía de apertura de un concierto de la historia. Cualquiera que haya esperado durante horas de pie el inicio de un recital de los de San Francisco o, incluso, con que se disponga a presenciar uno de sus directos por YouTube sabe de la enorme carga emotiva de ese momento cargado de épica antes de la descarga metálica de Hetfield y cía.

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“Juego de tronos”: tributo

24/05/2019

Portada

Las redes están plagadas de montajes a modo de tributos. Cualquier motivo sirve para publicar un vídeo con el que ensalzar los parabienes de una serie, película o celebridad. Desde que en el Cadillac empezamos con nuestro propio canal en YouTube, sabíamos que pronto deberíamos aportar nuestra pequeña colaboración a la causa… sólo teníamos que encontrar el motivo adecuado para estrenar nuestro primer tributo. Y la lista de candidatos que manejábamos para la inauguración era extensa; pero, como ocurre con todas las primeras veces en la vida, el elegido debía ser muy especial.

Si ayer era nuestro compañero Rodrigo el que analizaba la última temporada de “Juego de tronos” en su portentosa entrada “El fin de una era“; hoy en el Cadillac hincamos la rodilla ante esta serie y publicamos nuestro especial primer tributo. Nos inclinamos ante sus logros, ante su dominación del panorama televisivo durante ocho años, ante sus descomunales cifras, sus enormes virtudes y defectos, ante la polarización inmediata de una gigantesca producción que nos ha tocado el corazón, el alma y las vísceras como (casi) ninguna otra. Ante una historia que detuvo el mundo en su conclusión y añadió  unas valiosas pulgadas extras a una caja cada vez menos tonta y cada vez menos pequeña. El invierno pasó… y ya lo echamos de menos.

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“Juego de tronos”: el fin de una era

23/05/2019

(AVISO SPOILER: La noche es oscura y alberga spoilers. Y este post, como ya te habrás imaginado, también)

Corría el año 2011 de nuestra era, el domingo 17 de abril de aquel año para ser más exactos, cuando HBO estrenó la que habría de convertirse en la serie más importante, en cuanto a impacto mediático y popular, de esta década. Quién sabe si de la historia. De momento, puede que lo sea. «Tenemos que ver esto, pues lo va a petar muy fuerte en los próximos años», le dije un día después, el lunes 18 de abril, a mi prometida, hoy esposa, en el piso que acabábamos de estrenar y que entonces, pues faltaban unos añitos para que llegaran los críos, era aún un lugar meticulosamente diseñado para el ocio, el esparcimiento y el solaz más absoluto. Así que vimos el primer capítulo de “Juego de tronos”, titulado “Winter is Coming”, ese mismo lunes. Lo vimos descargado, por supuesto. Muchas pestes se han echado contra la piratería, pero allá por 2011 si querías estar al tanto de las series, y decidir cómo y cuándo ver cualquier cosa, lo que hoy nos parece normal, vamos, tocaba bajarse los capítulos y los subtítulos de algún sitio (a poder ser) fiable, pasar los archivos al disco duro o a un pendrive, enchufarlo a la tele y a tirar. Las series más de moda aún tardaban semanas, cuando no meses, en llegar de alguna forma a nuestro país, cuando llegaban. Y las que llegaban lo hacían generalmente en condiciones de programación y emisión muy mejorables, por no decir que eran maltratadas, o masacradas, por la cadena de turno. Netflix, o al menos la Netflix que conocemos hoy en día, no funcionaba ni siquiera en EE.UU, y el resto de plataformas creadas a su imagen y semejanza, internacionales y nacionales, irían naciendo a la sombra de su éxito en años venideros. Así que sí, no nos quedaba más remedio que… Qué demonios, qué hago intentando justificarme ahora. Desde el bombazo de “Perdidos” y algunos aún a día de hoy, todos nos hemos bajado gigas y gigas de series y películas como si no hubiera un mañana.

El caso es que, volviendo a 2011, aquella noche mi prometida, hoy esposa, y yo vimos el primer capítulo, y nos flipó. Y así, desde ese día, fuimos siguiendo “Juego de tronos” semana a semana. Ya entonces todos estábamos más que acostumbrados a meternos unos maratones seriéfilos de aúpa, bien fuera porque nos bajábamos temporadas o series enteras, o porque nos las pillábamos o nos las dejaban en DVD, que aún se estilaba aquello. Pero lo de los maratones quedaba para temporadas pasadas, o series ya finalizadas. Las series nuevas, en 2011, aún se seguían degustando semana a semana. Algunas no daban para mucho, pero otras te permitían comentarlas durante días, hasta la emisión del capítulo siguiente (y desde “Perdidos”, no encontrábamos nada que pudiera llenar tanto nuestras tertulias como “Juego de tronos”), con las personas de tu entorno o con las del otro lado del planeta vía foros y redes sociales. Cierto es que las discusiones fuera de madre, las salidas de tono, la mala educación, las faltas de respeto y el troleo han formado parte de este fenómeno desde su origen, pero la crispación a comienzos de esta década no era tan asfixiante y, más o menos, se podía debatir de lo que fuera con una relativa tranquilidad. A enriquecer la experiencia general contribuían, también, los blogs. Los numerosísimos blogs que nacieron y proliferaron en aquellos días. Como, sin ir más lejos, El Cadillac Negro.

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“Los hermanos Sisters”: el sinfín de la violencia

16/05/2019

No hace mucho leía a un viejo amigo lamentarse en Twitter de los pocos grandes ‘westerns’ notables rodados en los últimos años. Tampoco es que la situación me parezca angustiosa -ahí están las muy destacables visitas al género de realizadores como Quentin Tarantino, los hermanos Coen, Tommy Lee Jones o incluso Kevin Costner, por no hablar de series como “Deadwood” o “Godless”- , pero sí que es verdad que, ya solo por la mucha menor frecuencia con la que se filman historias del Viejo Oeste, el número de clásicos de espuelas y pistolas se ha venido reduciendo sensiblemente en las últimas décadas.

Es por esto por lo que resulta tan agradecido el estreno de “Los hermanos Sisters”, la nueva cinta del director francés Jacques Audiard, porque incorpora un título más a la nómina de ‘westerns’ clásicos del siglo XXi y se convierte, además, en un firme aspirante a los primeros puestos de la lista. Sí, así de buena es.

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Cuando el cine español se dejó de historias (y empezó a contarlas)

15/05/2019

Españolada: Término despectivo usado para referirse a una mala película española que tiene su origen en un subgénero cinematográfico iniciado en los años 30 y desarrollado durante el Franquismo, pero que frecuentemente (y especialmente durante algunas épocas) ha servido para referirse a cualquier film rodado de Francia, Portugal, África y el Mediterráneo pa dentro. Y es que durante mucho tiempo las películas españolas tuvieron colgado el sambenito de títulos menores (siendo educados) por el mero hecho de haber sido producidas en el segmento territorial arriba acotado. Es cierto que durante una época el grueso de la cinematografía patria se movió en unos parámetros ciertamente sonrojantes, precisamente los títulos que se englobaban en ese subgénero llamado españolada, pero no se puede olvidar que a lo largo de la historia España también había sido cuna de nacimiento de genios de la talla de Luis Buñuel o Luis García Berlanga. Sea como fuera, el cine español estuvo muy mal visto durante demasiado tiempo, lo que cambió en la década de los 90 (más especialmente en su segunda mitad), cuando se vivió toda una eclosión de nuevos creadores que al fin lograron conectar con el gran público y, casi por primera vez, con la juventud de un país que hasta entonces solo disfrutaba con el cine americano (¿americanadas?). Además, junto a estos nuevos directores, los más veteranos lograron algunos de sus mayores éxitos gracias a algunas de sus mejores obras. Ya no era una broma proponer ir a ver una película española.

Los nuevos realizadores a los que nos referimos lograron atraer la atención de una nueva audiencia gracias a una renovada forma de hacer cine, de entender el cine, huyendo de los patrones preestablecidos en nuestro país para abrir las miras sin ningún tipo de complejos, lo que hizo posible la identificación de los espectadores, llegando incluso a producirse, además de éxitos de taquilla, ademanes de fenómenos sociales con algunas películas de las nuestras, algo nunca visto por estos lares. Mientras, esos directores ya asentados dieron buena cuenta de su experiencia y del buen momento que vivía la cinematografía española para brindar enormes cintas que conectaban con una audiencia más madura pero también en algunos casos con ojos más jóvenes. No hemos ejemplificado todavía con ningún nombre porque de eso va el texto, de recordar las películas que hicieron que en la década de los 90 se obrase el milagro de que el cine español se quitara la etiqueta de españolada y fuera juzgado por sus propios méritos (o deméritos, según el caso). Y a ello vamos, a recordar los 30 títulos más importantes del cine español en los años 90, una clasificación sin un orden concreto pero dividida en dos bloques, uno con las películas de los más incipientes directores y otro con las de los cineastas más veteranos.

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“¿A quién te llevarías a una isla desierta?”: el desengaño total

08/05/2019

La mirilla de Netflix se está empeñando cada vez con más insistencia en buscar la diana en un más o menos definido sector de espectadores, una porción de dimensiones importantes no obstante, y sus producciones propias cada vez van dirigidas en un mayor porcentaje a un público joven ávido de consumo rápido de títulos (para así poder inundar sus storys con sus últimos visionados), títulos de enganche fácil pero fondo cuestionable, y esto es así en las series, la principal razón de ser de la plataforma a día de hoy, y también en las películas. Tras “7 años”, en 2016, en lo que fue la primera producción española de Netflix, comentada en su día aquí, llegan de golpe a la plataforma de la N dos nuevos títulos que dejan a aquella película como, por ahora, la mejor aportación de Netflix a la cinematografía española, lo cual no es decir mucho bueno. Vamos a dejar de lado “A pesar de todo” para no sumergirnos en un torrente de improperios y descalificaciones para centrarnos en “¿A quién te llevarías a una isla desierta?”, un título más interesante pero que a duras penas salva el aprobado.

Dirigida por Jota Linares, la cinta es una adaptación de la obra teatral que el propio Linares, junto a Paco Anaya, estrenó en Madrid en 2012, un texto que muestra el súbito desencanto de cuatro jóvenes que descubren de golpe cómo su aparentemente idílica vida y prometedor futuro no es para nada como ellos han pretendido creer. “¿A quién te llevarías a una isla desierta?” pone la mirada en los millennials, esa generación acostumbrada a recibir tantos halagos como menosprecios y azotes, y eso es lo que plantea la película, un sopapo de realidad en la cara de unos personajes que abren los ojos a un paisaje desolador, tanto por el escenario en el que se han visto obligados a vivir como por el castillo de naipes que han ido construyendo en él.

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