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“Borgen” y “Baron Noir”: idealismo vs realismo en la ficción política

30/11/2020

La política ha sido desde tiempos inmemoriales una de las actividades humanas más importantes y, sí, también una de las principales fuentes de conflicto. Como no podía ser de otra manera, la televisión no ha sido ajena a este peso político en la sociedad y alguna de sus obras más señeras (“El ala oeste de la Casa Blanca”, sin ir más lejos) han profundizado a fondo en este tema. Pero si hay un lugar donde han florecido en los últimos años las series de cariz político ha sido en Europa. Y, si hiciéramos un estricto escrutinio, la danesa “Borgen” y la francesa “Baron Noir” se erigirían como claras triunfadoras en cuanto a repercusión y fervor crítico. De ellas y de su certero modo de reflejar dos modos de hacer política tan diversos como el nórdico y el galo versa este post que nos ofrece una experta seriéfila que ya nos ha halagado anteriormente poniendo su conocimiento al alcance de nuestros lectores: Noelia García.

Al volante: NOELIA GARCÍA

A Netflix y HBO han llegado en los últimos meses las temporadas completas de dos series que, sin ser una novedad -“Borgen” se estrenó un 26 de septiembre de 2010 en la televisión danesa y “Baron Noir” lo hizo en 2016 en la francesa-, sí que siguen estando de plena actualidad por su reflejo de la realidad y de las intrigas políticas de las altas esferas.

“Borgen”, a la que el boca a boca hizo la serie política por antonomasia de hace unos años y que tendrá una cuarta temporada en Netflix en 2022, cuenta la historia de Birgitte Nyborg, la líder de un partido de centro que, tras un escándalo del primer ministro previo a las elecciones generales, se convierte en la primera mujer en llegar al poder en Dinamarca, presidiendo un complejo gobierno de coalición que nos permite ver las difíciles alianzas entre partidos, los intereses económicos de las empresas y los gobernantes y las relaciones de la prensa con el poder.

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AC/DC y “Power Up”: Malcolm, puedes estar orgulloso

22/11/2020

La susodicha magia también ha obrado sus poderosos efectos en el hecho de que en pleno 2020 estemos disfrutando de un nuevo disco de AC/DC, algo que apenas hace dos años parecía pura ciencia ficción. Excepción hecha de la fatídica muerte del nunca olvidado Bon Scott en plena ascensión a la gloria, nunca el combo oceánico ha sufrido un periodo tan convulso como el que se inició en 2014, año en el que precisamente fue lanzado “Rock or Bust” (lee aquí la reseña que publicamos en su día), el predecesor de “Power Up”. Al abandono forzado del grupo de uno de sus dos pilares fundamentales, Malcolm Young, por el imparable avance de su demencia, se le unió el arresto con graves cargos de Rudd que también le obligó a dejar la banda, la enfermedad de oído de Brian Johnson que hizo que se tuviera que recurrir a Axl Rose como solución de emergencia para cubrir los compromisos restantes de la gira mundial que desarrollaban en esos momentos, el anuncio de la retirada del bajista Cliff Williams y, ya para acabar de rematarlo todo, el fallecimiento de Malcolm en 2017. Siendo razonables, todo parecía más que acabado.

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“Patria”: el ayer no termina nunca

16/11/2020

Hay muchas series importantes…pero, desde luego, “Patria” lo es mucho más. Desde su misma concepción, la gran apuesta de HBO España como productora se postulaba como la definitiva prueba de Selectividad (EBAU, si así lo quieren los más jóvenes) para comprobar la mayoría de edad de la ascendente ficción nacional. Porque “Patria”, el libro de Fernando Aramburu, no es solo un multipremiado ‘bestseller’, es seguramente el libro más importante, sociológicamente hablando, de lo que va de siglo en España.

Al frente de este embrollo se puso uno de los personajes más poderosos y exitosos de la ficción televisiva nacional, un Aitor Gabilondo plenamente identificado con la narración de Aramburu y que parece subirse su listón de exigencia un peldaño más, después de triunfar con propuestas de entretenimiento para la televisión convencional, que iban desde la comedia más cañí al ‘thriller’ más negro (“Allí Abajo”, “El Príncipe”, “Vivir sin permiso”).

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“Letter to you”: la (enésima) resurrección de Bruce Springsteen

03/11/2020

Pocos universos son tan inasibles y caprichosos como el de la crítica musical. Cuando el pasado 10 de septiembre Bruce Springsteen nos sorprendía con el anuncio de un nuevo disco en estudio con la E Street Band y el lanzamiento de su primer ‘single’, no generó un gran entusiasmo. “Letter to You”, el tema que da nombre al álbum, fue considerado como poco más que un agradable medio tiempo muy en la línea del reciente -y acogido con cierta frialdad- “Western Stars”. Apenas dos semanas después, “Ghosts”, el excelente segundo adelanto, irrumpía en nuestras vidas y las plumas de los críticos empezaron a calentarse, de repente la expectación era ya considerablemente mayor. Y todo se desbordó a una semana del lanzamiento oficial del disco, cuando se publicaron las primeras reseñas del álbum completo, que le auparon con pocos matices a la categoría de los mayores clásicos de la trayectoria del de New Jersey. De los bostezos condescendientes a la euforia más desatada en apenas mes y medio. Bienvenidos al siglo XXI.

Mientras que numerosos músicos coetáneos son adorados como maestros intocables y parecen tener una bula perpetua pese a que, como todo hijo de vecino, alternen obras más inspiradas con otras bastante menos elogiables, Springsteen -quizá por su popularidad intergeneracional- se ve sometido a un perpetuo y severo escrutinio que le recuerda constantemente que sus mejores momentos quedaron muy atrás, allá por mediados de los 80. Parece que se olvida que este señor de 71 primaveras, con suficientes obras maestras en su zurrón como para poder llevar 30 años degustando margaritas en su mansión, nos ha ido proporcionando en lo que va de centuria unas cuantas obras al menos notables (“Devils & Dust”, “Magic”, “Wrecking Ball”) e incluso alguna que roza el sobresaliente (aquel mágico homenaje a Pete Seeger en “We Shall Overcome”). Un trayecto contemporáneo que puede rivalizar perfectamente con los de Neil Young o Bob Dylan, por ejemplo, aunque éstos le ganen por goleada en cuanto a favor de la crítica.

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“El juicio de los 7 de Chicago”: tan lejos, tan cerca

26/10/2020

Porque sabemos que es un viejo proyecto de Steven Spielberg que se ha ido activando y desactivando en varias ocasiones y que finalmente fue rodado hace más de un año, pero es inevitable pensar en el don de la oportunidad que ha mostrado “El juicio de los 7 de Chicago”, la segunda película de Aaron Sorkin como director, a la hora de aparecer en nuestras pantallas, concretamente a través de Netflix.

Mientras vivimos uno de los años más convulsos socialmente en EE.UU de los que tenemos recuerdo -polarización extrema, pandemia desbocada, explosión de indignación ante el racismo instalado en las fuerzas de seguridad, una larga campaña electoral precediendo a unos esperados comicios… -, es imposible que no se nos venga a la mente otro año, concretamente el que ha sido elevado a los altares de la historia estadounidense como el más inestable y difícil: aquel incendiario 1968.

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Llorando a Van Halen

08/10/2020

Recuerdo la única vez que pude verle en vivo y en directo, la noche en la que le tuve delante de mí durante un par de horas, a escasísimos metros. Fue el 14 de junio de 1995, en la gira de presentación de “Balance”, aún con Sammy Hagar como vocalista y apenas un año antes de que ellos mismos dinamitaran la banda, asestándole un golpe tan brutal que ya nunca volverían a recuperarse del todo. Pero eso ahora ya no tiene importancia. Entonces vivíamos días felices, y la tarde antes del concierto fui a casa de mi amigo Diego para hacer una pancarta. Teníamos 15 años y aquel habría de ser mi tercer concierto, tras haber visto previamente a Brian May y a Deep Purple con Joe Satriani. Usamos pintura negra sobre una sábana blanca, en la que escribí en letras bien grandes y visibles “EVH IS GOD”. La madre de Diego llegó cuando estábamos terminando y, además de no entender nada, dejó bien claro que esa ocurrencia nuestra no le había hecho ninguna gracia.

Cómo podría ella entender la inmensa felicidad que aquellos mocosos de 15 años sentirían al día siguiente mientras entraban en el Palacio de los Deportes, después de un montón de horas de cola para asegurarnos la primera fila, envuelto yo en aquella pancarta. Tras los primeros teloneros, los madrileños Lizard, una banda muy prometedora que como tantas otras tuvo una vida demasiado efímera, y un buen show de Pretenders, aparecieron ellos en escena. Éxtasis absoluto. Durante el arranque del concierto levantamos y enseñamos unas cuantas veces la pancarta, pero fue a la altura de “Dreams”, una de mis canciones favoritas de siempre, cuando la arrojamos al escenario. Sammy la cogió, se la echó sobre los hombros a Eddie y éste tocó el resto de la canción y el solo final (uno de los momentos que más me emocionan de su discografía) envuelto en mi pancarta. Al terminar Eddie se la quitó, la leyó, nos miró levantando el pulgar, la dobló y se la guardó. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. 

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Alberto Torres, del Chaminade al cielo

28/09/2020

El autor de este post conoce a Alberto Torres desde hace 23 años y eso ahora mismo, a sus 41 años, viene a ser más de la mitad de su vida. No sólo le conoce sino que como músico le profesa una admiración profunda y absoluta, y en lo personal es un tipo al que quiere mucho. Muchísimo. Y quizás por ese motivo, paradójicamente, nunca se había decidido antes a abrirle las puertas de El Cadillac Negro. Por todas esas veces que Alberto Torres se hubiera merecido, como artista, haber encontrado algún hueco en este blog, y no han sido pocas, siempre hubo algún estúpido “se van a pensar que hablo bien de él porque es mi colega”, o peor aún, esa autocensura de quien se cree incapaz de escribir con objetividad sobre algo o alguien que le toca muy de cerca, sin que se le vea demasiado el plumero. Qué tontería, visto ahora con perspectiva, pues si uno lo piensa, ¿cuándo demonios hemos tenido la obligación de ser objetivos en este blog? Y sobre todo, ¿cuándo nos ha importado antes lo que los demás pensaran, cada vez que hemos escrito algo desde el corazón?

Por suerte, el tiempo a veces acaba poniendo las cosas en su sitio, y Alberto Torres se merece por fin toda la atención de este blog (y deberían tomar nota el resto de medios nacionales) tras haber sido candidato en la noche de este domingo 27 de septiembre al premio a la mejor música original en la 62.° edición de los Premios Ariel (los Oscar mexicanos, para que nos entendamos), por la banda sonora de “Cómprame un revólver”, cinta dirigida por Julio Hernández Cordón. No ganó, pero sigue teniendo un mérito bestial, y además era el único extranjero entre los nominados en una categoría con un nivel muy alto que, tradicionalmente, suele barrer para casa. En sus seis décadas de historia apenas la han conquistado compositores no mexicanos, entre ellos el español Javier Navarrete en 2007 por “El laberinto del fauno”, o nada menos que Nick Cave, Warren Ellis y Atticus Ross en 2012 por “Días de gracia”. Sí, en esa liga es en la que juega ahora mi colega, que de hecho este año fue, junto con Pedro Almodóvar, el otro único español presente (es un decir, pues se celebró de forma virtual) en la gala. Leer más…

The Jayhawks: música para días lluviosos

08/09/2020

En la actualidad es difícil encontrar un autoproclamado rockero que no tenga en su colección una importante proporción de discos que se puedan relacionar -de forma más o menos directa- con la música de raíces de la America blanca, el country y, sobre todo, ese fértil terreno fronterizo que se ha venido llamar el ‘americana’, algo que hace dos décadas no era ni mucho menos habitual. Siempre hubo una relación evidente e indivisible entre ambos géneros, desde los tiempos de pioneros como Johnny Cash y Ricky Nelson hasta la labor congraciadora entre esos dos mundos de clásicos como Gram Parsons y su labor en The Byrds, Neil Young, Tom Petty o The Eagles, por decir solo unos pocos. En los años 80 el nexo de unión más evidente fue la ingente labor de esa esplendida generación de bandas que se englobó en el llamado ‘Nuevo Rock Americano’, liderado popularmente por R.E.M. pero con integrantes tan lustrosos como Jason & The Scorchers, The Long Ryders, The Dream Syndicate o Green On Red. Pero, para los que tuvimos nuestro bautismo de fuego con el rock en los años 90, los grandes culpables de nuestra pasión por esos sonidos ancestrales fueron, ademas de grandes como Lucinda Williams, Whiskeytown o Mike Ness, especialmente dos bandas tan brillantes como Wilco y The Jayhawks, los protagonistas del presente artículo.

Ya son 35 los años los que la banda de Minneapolis lleva facturando una de las aleaciones más afortunadas que se recuerdan entre pop, rock y country -elementos que han ido variando en su proporción en cada disco del grupo- , siempre con un mimo casi artesanal destinado a hacer la mejor canción posible. Puede ser la oportuna entrada de un piano, un inesperado arreglo de viento, un estribillo memorable o un bonito ritmo acústico, pero The Jayhawks casi siempre encuentran ese elemento mínimo que logra convertir una composición aparentemente sencilla en una maravilla para los oídos. Con una trayectoria marcada por las idas y venidas de Mark Olson, con el que el eterno Gary Louris forma una de esas legendarias parejas compositivas al estilo Lennon/McCartney, la banda siempre ha sabido sobrellevar sus sucesivas crisis a base de grandes composiciones, acabando por configurar una amplia discografía que, con sus inevitables picos y valles, no puede calificarse de otro modo que de ejemplar. Insertos ahora en un plácido y estable momento de su carrera, no podíamos dejar pasar más tiempo para honrar a una de nuestras bandas predilectas con un repaso a su espectacular trayectoria. Que ustedes lo disfruten.

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