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“American Horror Story: Cult”: un sinsentido sin sentido

20/11/2017

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Vaya por delante que por aquí somos mucho de excesos, de provocaciones, de absurdos e incluso de sinsentidos. No vamos a poner el grito en el cielo por puñaladas masivas, tiroteos indiscriminados o escenas de sexo incluso incestuosas. Es decir, el problema no lo tenemos con la forma sino con el fondo. En su día celebramos la llegada de “American Horror Story” loando las dos primeras entregas (aquí la primera y aquí la segunda), con las que disfrutamos sobremanera de esta propuesta de terror, sangre y sexo. Todo se torció en “Coven”, una muy ligera e intrascendente entrega que ya tratamos aquí, y se precipitó de forma asombrosa con “Freak Show” y “Hotel”. Personalmente disfruté mucho con “Roanoke”, especialmente por ese juego que se creó con el espectador, por esa deconstrucción del género y esos giros de guión elevados al infinito. En esta séptima temporada, “Cult”, todo lo apuntado antes, lo de la sangre y el sexo, se ha mantenido, y aunque la profundidad de guión o personajes no fueran en las temporadas más celebradas ni mucho menos sus elementos más importantes, algo de coherencia (de loca coherencia) en el planteamiento sí que había, dentro del juego con el espectador que planteaba la serie. No vamos a continuar comparando ni a intentar justificarnos para plantear lo que hemos venido a decir: “AHS: Cult” llega a ser un coñazo. Y eso es lo peor que se puede decir de esta saga, planteada como un entretenimiento puro y duro, muy duro.

No niego que el planteamiento era, o me resultaba, interesante. El terror del que había hecho gala hasta ahora a través de escenarios tan clásicos como mansiones encantadas, circos, hoteles, etcétera, lo llevaban en esta ocasión a una sociedad americana rota con la llegada del tal Donald Trump a la Casa Blanca, realmente uno de los episodios más terroríficos de la edad moderna. Además, la inclusión de unos payasos por ahí dando martillazos le otorgaba la dosis del miedo más instintivo y natural que se pide a la serie. Pero el problema de la temporada ha sido su desarrollo, un batiburrillo de ideas, intenciones y pérdida de interés conforme pasaban los episodios, 11 episodios que se me han hecho un mundo y que me han parecido una eternidad dando tumbos con los desvaríos de Kai y compañía. Imagino que buena parte de los que estáis leyendo lo haceis porque os mola la serie y seguramente os haya gustado la temporada, pero tampoco quiero proponer un combate para defender mi postura ya que creo que esta propuesta se basa básicamente en divertir al espectador apelando muchas veces a sus instintos más ocultos, pero es que a mí esta vez no me ha divertido. Al final todo es así de sencillo.

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“Mismo sitio, distinto lugar”: recalibrando a Vetusta Morla

16/11/2017

Bien podría haber introducido Vetusta Morla su último disco, “Mismo sitio, distinto lugar”, con aquel “disculpad mi osadía” de su pretérito éxito “Valiente”. Y es que el grupo madrileño ha dado un pequeño salto mortal con su cuarto álbum de estudio, un pirueta con la que dar un paso al frente y salirse del encorsetamiento en el que se podía vislumbrar que podrían caer en un futuro cercano. Vetusta Morla lideró el que podría considerarse nuevo indie, y a estas alturas son ya casi unos veteranos en él, atreviéndome a atisbar cierto desdén hacia ellos por una parte de los más recientes seguidores de este movimiento (“hay tanto idiota ahí fuera”…). Pero Vetusta Morla siempre fueron más que eso, y lo han vuelto a demostrar. Ya con la vitola de ser uno de los grupos más importantes en habla hispana de todo el mundo, había llegado el momento de arriesgar sonoramente, si bien el riesgo y la independencia siempre fueron sus puntas de lanza en cuanto a la forma de gestionar su carrera (recordemos que sus primeros discos los lanzaron bajo su sello propio a pesar de tener numerosas ofertas, por lo que el que ahora se hayan aliado con Sony para la distribución a nivel mundial no es más que una herramienta para intentar hacerse más grandes, habiéndose ganado el no ser sospechosos de nada más).

Todo ese nuevo escenario que se han construido, ese nuevo rumbo en su carrera, ese replantearse su posición y la dirección que tomar, queda latente en “Mismo sitio, distinto lugar”, disco que me atrevo a colocar como únicamente el punto de salida de una nueva etapa. Y en ese punto de reinvención nunca está de más hacer acopio de lo logrado hasta el momento, de echar un último vistazo a lo que han sido, para así poder obrar la transformación desde dentro hacia fuera, partiendo del germen de lo que ha sido el grupo para plantearse nuevos retos sonoros. Por lo tanto, la tan cacareada revolución que se ha vendido de este álbum yo no la veo tan exagerada, ya que la esencia de Vetusta Morla sigue siendo reconocible en casi todos los cortes del disco, esta vez vestida con nuevos ropajes, pero hasta que no veamos cómo han quedado cuando se despojen (si lo hacen) de toda esa avalancha sónica, no podremos comprobar hasta qué punto ha llegado la transformación. Por ahora, lo que los nuevos temas presentan es, casi siempre, la estructura e intención de siempre pero con un esbelto y apabullante trabajo de producción detrás, adornando y engrandeciendo las canciones con abundante material electrónico, que es la parte que más ha podido epatar en sus seguidores (para bien o para mal, que hay de todo).

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“A Ghost Story”: el alma en pena

15/11/2017

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“Whatever hour you woke there was a door shutting”

(Virginia Woolf, A Haunted House)

¿Cómo se habla de lo que no se puede hablar? ¿Cómo intentar transformar en caracteres los conceptos más abstractos? ¿Cómo tratar de hacer justicia a un filme que se encuentra entre las filas de los mejores estrenos del año y ha pasado de puntillas casi sin hacer ruido? Como un fantasma. Todo es cuestión de tiempo, sí, pero también es cuestión de palabras. Unas palabras que se esconden por el miedo a ser obvias y porque no es tarea sencilla la de sentarme a escribir sobre “A Ghost Story” sin alterar en absoluto vuestra experiencia de visionado. Sin embargo, siempre me han gustado los retos y podéis respirar tranquilos.

Probablemente sea esta la película menos reseñable de la historia. “Un músico muere en un accidente de coche y vuelve como un fantasma a la casa en la que vivía con su mujer.” Eso es lo que nos cuentan todas los sitios web especializados y todas las fichas cinematográficas habidas y por haber. ¿Una historia clásica de fantasmas de ambiente lúgubre? ¿Un drama romántico desmesuradamente lacrimógeno? ¿Una “modernez” de esas que tanto molestan a la crítica menos abierta a la innovación? No. No. Tampoco. Imaginé mil posibilidades acerca de la trama real de esta cinta para encontrarme con algo completamente diferente. Con algo maravilloso que me siento en la necesidad de reivindicar, reitero, sin alterar vuestra futura experiencia y sin un sólo atisbo de destripe.

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“Mindhunter”: los hombres que no amaban a las mujeres

13/11/2017

He de confesar que en El Cadillac Negro algunos sentíamos cierta pereza frente a “Mindhunter”. Ni siquiera la presencia como maestro de ceremonias de David Fincher, un tipo al que idolatramos por aquí, terminaba de disipar la desconfianza con la que nos aproximamos a lo que temíamos que fuese poco más que otro thriller con asesino en serie. Lo último que nos apetecía era tragarnos un nuevo policíaco procedimental del tipo “Mentes criminales” o “CSI”, por mucho que viniese auspiciado por el cineasta que revitalizó el subgénero hace más de 20 años con la emblemática “Seven” y que le dio otra brillante vuelta de tuerca hace algunos menos con “Zodiac”. Por supuesto, las dudas iniciales quedaron completamente despejadas cuando, ya metidos en harina, pudimos constatar que “Mindhunter” era otra cosa, y que Fincher no estaba ahí simplemente para figurar o cubrir el expediente, sino que se había involucrado a fondo para convertirlo en un nuevo vehículo con el que explorar desde otro ángulo las obsesiones que de una forma u otra han nutrido toda su filmografía. Y aunque la serie no es solo suya -poco mérito se está concediendo a Joe Penhall, principal desarrollador y artífice del proyecto- y “sólo” dirige cuatro de sus diez episodios, estamos ante una obra que lleva impreso en sangre su particular sello, tanto en lo temático como en el aspecto formal. Fincher se ha asegurado de que “Mindhunter” contenga su ADN cinematográfico; su apuesta por una narrativa limpia y sobria, el rigor del plano milimétricamente calculado para sugerir más allá de su significado evidente, su ya característica paleta de colores, la fascinación por la atmósfera malsana y perturbadora y su sutil manejo de la tensión dramática. El resto de directores de la serie, personalmente elegidos por el maestro, se limitan a copiar, y muy bien, su libro de estilo. “Mindhunter” es un producto plenamente integrado en el universo Fincher, y el resultado queda a la altura de sus producciones para el cine. Así que sí, nos alegramos sinceramente de que nuestras reservas iniciales fuesen completamente infundadas al constatar que estamos ante una de las series importantes de 2017, otra más en una cosecha especialmente jugosa.

Basada en el libro “Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit”, de John E. Douglas y Mark Olshaker, la serie de Netflix propone una deconstrucción de la típica visión que el mundo catódico ha arrojado durante tantos años sobre la figura del serial killer (y que el propio Fincher contribuyó a forjar), al mismo tiempo que también se desmarca de aproximaciones renovadoras recientes como las series “True Detective” o “Hannibal”. Se trata de volver al principio y revisar el contexto en el que este tipo de homicidas empezó a fraguarse en Estados Unidos en las décadas de los 60 y 70. Un tiempo y un lugar en el que ni la sociedad ni los obsoletos métodos del FBI estaban preparados para lidiar con un modelo de conducta criminal que ya no se escudaba en las motivaciones tradicionales. En ese sentido, la obra glosa la gesta de aquellos pioneros que abrieron camino en territorios inexplorados, los precursores de la moderna psicología criminal aplicada en la incipiente Unidad de Análisis de Conducta (UAC), y que siguieron adelante pese a las trabas de un sistema poco comprensivo y enclaustrado en su propia burocracia, un poco de la misma forma que Masters & Johnson daban un audaz salto adelante en el estudio del comportamiento sexual en “Masters of Sex”. Aquí la investigación consiste en sumergirse en la mente del asesino para comprender su (mal)funcionamiento y, con suerte, obtener las herramientas para identificarlos y atraparlos a tiempo. Y para ello no se echa mano de persecuciones, tiroteos, brutales asesinatos explícitos o macabras escenas del crimen cubiertas de sangre, sino del arte del diálogo y su capacidad para sugerir los mayores horrores. Que un planteamiento así termine siendo tan hipnótico, inquietante y absorbente forma parte esencial de la grandeza de “Mindhunter”, y también supone un efectivo elemento disuasorio para los espectadores que solo lleguen aquí buscando más de lo mismo. Leer más…

“Stranger Things”: de la nostalgia a la discordia

10/11/2017

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Netflix ha sido calificada como “churrería de series” en unas cuantas ocasiones y todo crítico frustrado o cineasta colérico se empeña en que ésta sea a las plataformas lo que los millenials somos al mundo: culpables de todo. Sin embargo, y pasando por alto el primer chiste, si algo ha logrado este mastodonte del contenido audiovisual con el trascurrir del tiempo es hacerse respetar con un puñado de producciones propias (hablamos del ámbito de las series en este momento), no sólo disfrutables e imanes de audiencia, sino de un buen hacer intachable y una calidad innegable. Además de sus primeros éxitos (“House of Cards” u “Orange Is The New Black”, por nombrar algunos), la Netflix productora puede presumir de contar en sus filas con ficciones de la talla de “Bojack Horseman”, esa maravilla de la animación; con “Master of None”, obra maestra en sólo dos años; “Por trece razones”, un desgarrador retrato adolescente; o “Mindhunter”, la última gran sorpresa que bien podía haber nacido en HBO, entre otras series que ya conocéis de sobra y no es necesario seguir enumerando.

Pero si Netflix ha conseguido hacerse con una gallina de los huevos de oro, esa es el producto del que hablaremos hoy, “Stranger Things”, esa serie que en el verano del pasado año nos conquistó a todos con su encanto, su buena dosis de nostalgia, su ciencia ficción a la antigua usanza sin perder los elementos más modernos y su vuelta a la preadolescencia de muchos de nosotros, niños de los 80 y principios de los 90. Esta propuesta hizo gala de una calidad indudable sin dejar de ser accesible a todo tipo de público, amante o no del género, picoteando de grandes clásicos de la época, del cine de Spielberg, de las novelas de Stephen King, de unos clichés bien utilizados que no chirriaban. Y todo ello sin caer en la vulgar copia, con un resultado muy personal y con carácter. Aquella primera entrega de esos niños en bicicleta fue todo un bombazo y, como todo éxito que se abre camino entre las masas, habría de despertar reacciones contrarias en su regreso.

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Luces y sombras de “El Ministerio del Tiempo”

06/11/2017

El Ministerio del Tiempo Aura Garrido Hugo Silva Nacho Fresneda

No lo vamos a negar. La relación entre el Cadillac y “El Ministerio del Tiempo” ha sido más bien distante. Nunca hemos sido detractores de una de las ficciones españolas más importantes de todos los tiempos ni hemos ignorado su asombrosa repercusión en redes sociales, pero nunca nos habíamos decidido a dar el paso de analizarla. Lo cierto es que, ante la avalancha de estrenos interesantes con que nos asola la televisión reciente, son mayoría en este blog los redactores que han preferido centrarse en otras opciones, pero siempre ha quedado alguno que ha continuado disfrutando/sufriendo sus ascensos/descensos durante su ajetreada existencia.

Por fin, el momento ha llegado. Una vez concluida la tercera temporada y con su continuidad prácticamente descartada, al menos a corto plazo, hemos decidido hacer balance y mojarnos sobre la ambiciosa producción de TVE, que ya tiene asegurado su billete para la posteridad, no sólo por su mayor o menor calidad, sino por ser claro testimonio del ‘cambio de régimen’ de la ficción televisiva española. Enmarcada en una de las factorías de ficción más inmovilistas del pais, el ente público; “El Ministerio del Tiempo” parecía constituir -pese a su anunciada modernidad y sus elevadas ambiciones- un nuevo contrapeso de TVE para contener la pujanza que ya iban teniendo allá por 2015 las novedades que traían a la ficción las revolucionarias plataformas de ‘streaming’. Sin embargo, el nuevo producto se empezó a llevar muy bien con esas nuevas vías y acabó mutando en un extraño híbrido de transición. El sorprendente resultado fue que su emisión convencional fue declinando drásticamente en audiencia -algo a lo que contribuyeron notablemente sus continuos cambios de día y sus retrasos en los comienzos de temporada- mientras que el posterior visionado de sus capítulos en la web y aplicaciones de RTVE crecieron exponencialmente, evidenciando claramente el cambio de paradigma del espectador. Ese estátus de pionera en el nuevo mercado audiovisual no hizo más que confirmarse con su triunfo absoluto y enorme prestigio en las redes sociales. La paradoja final resultó ser el hecho de que su continuidad no fuera posible hasta que el ‘antiguo régimen’ -TVE- y el ‘nuevo’ –Netflix– llegaran a una histórica alianza de producción y explotación conjunta. Leer más…

Detrás de la máscara: una oda al “slasher”

31/10/2017

Sin título

Llega Halloween un año más, y con él, decoración festiva de color naranja y máscaras de todo tipo. Telarañas, calabazas, sábanas flotantes, calderos de hielo seco, sangre falsa. Por más que algunos quieran alzar el puño al cielo para gritar a las nubes como Abe Simpson, acoger una fiesta donde todo es terror, diversión y caramelos, por mucho que sus orígenes sean tan diferentes, no deja de ser la sal de la vida. Es una fecha, además, muy especial y propicia en la blogosfera, donde se habla de series y episodios terroríficos de manera incansable, de cine con el que atiborrarse de palomitas. Aquí, en el Cadillac, ya os acompañamos un par de años con especiales sobre Edgar Allan Poe o sobre el cine de terror clásico de la Universal. Y hoy, para recuperar tradiciones, os traemos un post sobre uno de los subgéneros que más horas de diversión sádica nos han proporcionado: el slasher.

Para sus admiradores más fervientes, esta introducción podría resultar algo carente de sentido, pero me tomaré unos minutos para explicar brevemente qué es el slasher por si algún aficionado que acabe de iniciarse en la materia o incluso algún profano se anima con la lectura de este post. El slasher es un subgénero del cine de terror que se caracteriza por tener a un asesino serial como pieza central, alguien con unos traumas infantiles, ganas de venganza o simplemente una psique infernal y carente de empatía. Dicho asesino persigue a sus víctimas, normalmente jóvenes estereotipados sin vigilancia parental o adulta, sin más pretensión que la de acabar con sus víctimas de manera rápida y sin demasiados rituales, habitualmente con un arma de hoja (cuchillos, sierras, machetes, etc…)

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“Expectativas”, de Bunbury: un mismo rumbo a un nuevo paso

30/10/2017

Hace 20 años Enrique Bunbury arrancaba su carrera en solitario con “Radical Sonora”, un trabajo que en su doble objetivo de soltar amarras de manera abrupta con el legado de Héroes del Silencio y sonar rabiosamente contemporáneo se quedaba un poco en tierra de nadie. Porque si comparamos aquellas canciones con las muchas que vendrían después, constatamos que la huella heroica allí todavía era muy perceptible, si no tanto en la forma sí en el fondo. Y, ciertamente, aquel disco sonaba muy moderno en 1997 -de hecho yo siempre defendí que aquel fue un paso en la dirección adecuada en el momento preciso y con la actitud correcta- pero, visto con perspectiva, lo cierto es que su abigarrado rock electrónico era muy producto de su tiempo y envejeció rápidamente. Tanto este trabajo como el “Earthling” de su/nuestro amado Bowie se abrazaron sin mesura al sonido tecnológico del drum ‘n’ bass de la época y terminaron presos de la fecha de caducidad inmediata del género, más allá de la calidad de sus canciones. Tanto fue así que hasta el propio artista se olvidó frecuentemente de él en posteriores revisiones de su catálogo, como en la antología “Canciones 1996-2006”. Dos décadas después y muchas reinvenciones, giros estilísticos y mutaciones de por medio, la mayoría de ellas gozosas, casi siempre admirables cuanto menos (documentadas todas en este imprescindible post), el aragonés errante es ya una institución en sí mismo que nada tiene que demostrarle a nadie, pero en su nuevo álbum, “Expectativas”, hay algo que no ha cambiado respecto a 1997: su apuesta decidida por continuar el camino hacia adelante, sin vuelta atrás, y su pretensión de seguir sonando rabiosamente contemporáneo. Y quizás se deba a la experiencia acumulada en toda una trayectoria marcada por la inquietud y la búsqueda, pero en esta ocasión Bunbury ha sabido tomar el viento a favor, llegar a buen puerto y entregar uno de los discos más redondos, avanzados y mejor enfocados de su carrera, y por ende, de este 2017.

“Expectativas” es el disco que muchos necesitábamos, o al menos yo necesitaba, para renovar la fe en el chico que observaba el infinito, después de aquel “Palosanto” que personalmente recibí con cierta tibieza (impresión que quedó registrada aquí) y del que nunca llegué a prendarme del todo. Allí había varias perlas a reivindicar y una producción impecable pero también mucha dispersión y temas medianos que no llegaban a cuajar en una obra mayor. Entre aquel disco y el que ahora nos ocupa Bunbury publicó “MTV Unplugged. El libro de las mutaciones”, un desenfuchado para la otrora emblemática cadena musical que, como ya reseñamos en su momento, no era la manida maniobra comercial dedicada a cubrir el expediente y sí una imaginativa vuelta de tuerca a parte de su repertorio menos evidente, en cuyo mimo por el detalle y cuidado por el paisaje sonoro se intuye el germen de su trabajo de 2017. Leer más…