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“Toy Story 4”: hay una voz en mí

02/07/2019

¿No os ha pasado nunca? Ese día/esa noche genial con un grupo de amigos con el que habéis ido cogiendo confianza progresivamente y que finalmente ha llegado a una jornada de comunión absoluta. Además de la lógica euforia…¿no os ha entrado cierta melancolía porque en el fondo sabéis que habéis asistido al cénit de una relación que a partir de ese momento irá sufriendo un lógico declive? Pues esa sensación tuve cuando disfruté de la majestuosa “Toy Story 3”, que ya nada podía llegar a ser de esa magnitud con esa panda de amigos juguetes que me eché en mi tardía adolescencia -edad poco propicia para abrazar ídolos infantiles- con el estreno de la entrega fundacional de la saga de Pixar y que nos ha ido acompañando a todos durante tantos años.

Por todo esto, no salté de alegría cuando se confirmó la existencia del proyecto para hacer una cuarta parte de la historia de Woody y cia y menos aún cuando su desarrollo se fue dilatando en el tiempo y su estreno retrasándose mientras que una numerosa serie de catastróficas desdichas fueron asolando su producción, siendo entre ellas la más notoria el cambio forzado en la dirección tras el escándalo acontecido en torno a John Lasseter, realizador previsto inicialmente. A consecuencia de todo esto, teníamos una de las películas más importantes de la compañía del flexo en manos de un cineasta debutante como Josh Cooley y un guión escrito por numerosas manos, bajo el mando de Andrew Stanton, entre ellos los actores Rashida Jones y Will McCormack. La terca realidad parecía imponerse a la más optimista de las expectativas.

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“Matrix”: todo bajo control

01/07/2019

matrix portada

Hace pocos días se cumplían veinte años del estreno en nuestras salas de una de las seis piedras angulares del cine de acción (otro día hablaremos al respecto de esto). Un título concebido, escrito y dirigido a partes iguales por las hermanas Lana y Lilly Wachowski (en aquellos años, los hermanos Larry y Andy) que supuso un revulsivo en tantos aspecto de la vida cultural y social que, en El Cadillac Negro, se nos antojaba ineludible realizar la crítica que no pudimos veinte años atrás. No obstante, dado que el título que hoy tratamos es sobradamente conocido por todos, no haremos especial hincapié en las aventuras del programador diurno y hacker nocturno Thomas Anderson; sino que intentaremos diferenciarnos un poco del resto de análisis que el aniversario del film ha generado,para dedicar algo de tiempo a reflexionar sobre aspectos no tan íntimamente relacionados con la trama y sí con los efectos y consecuencias que veinte años después podemos comprobar nosotros mismos a nuestro alrededor.

1999 fue el año que los fans de la ciencia-ficción llevaban largo tiempo esperando, pues un título revolucionaría completamente el género, renovaría las ilusiones de toda una generación y marcaría un nuevo camino a seguir para el resto de superproducciones en años venideros. Sin embargo, contra todo pronóstico, ese esperado título no sería “La amenaza fantasma” (primera producción del universo “Star Wars” desde “El retorno del jedi” en 1983). El elegido sería un film de mucho menor presupuesto; pero con toneladas de imaginación y talento. Ese año se produjo la alineación de planetas necesaria (léase: combinación perfecta de filosofía, religión y cultura de masas) para generar el masivo éxito que supuso “Matrix” a escala global. La taquilla fue claramente ganada por “La amenaza fantasma”; pero ese año fue, indiscutiblemente, el año de Neo, Trinity, Morfeo, del bullet-time y de la Inteligencia Artificial. Cuando cinematográficamente hablamos de 1999, hablamos sin duda alguna de “Matrix”.

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La noche en que Rosalía embrujó a Córdoba

16/06/2019

Hace ya once años que se viene celebrando en Córdoba la Noche Blanca del Flamenco, un festival que trae consigo a célebres cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras. Artistas del cante jondo y sus variantes que se despliegan por las calles de la ciudad andaluza como una reivindicación cultural maravillosa. De raíces y de barrio. El Cigala, Chambao, José “El Francés”, Rosario Flores, Medina Azahara, José Mercé, Enrique Morente y su Estrella, Eva Yerbabuena, Niña Pastori, Pepe de Lucía, Marina Heredia, Raimundo Amador o Remedios Amaya son sólo una pequeña muestra del arte que la provincia ha acogido durante muchas madrugadas.

Cuál fue mi sorpresa cuando a comienzos de año se anunció a Rosalía como la estrella de esta edición. Y no es que la aparición de la artista en cualquier festival del mundo sea en este preciso momento una rareza, pero saber que la vas a tener en casa, después de haberte dejado emocionar profundamente por su “Los Ángeles” y desgarrar por “El mal querer” una y otra vez, tanto como para dedicarle prácticamente una oda en el Cadillac tras su publicación, se antoja un regalo. No tengo claro cuántas veces me he perdido en su último álbum pero voy a dejar caer que han sobrepasado el centenar. Verla iba a ser harto complicado, más a medida en que se acercaba la fecha y se conocían las condiciones para acceder a su concierto. Un concierto que ha traído cola (literal y metafórica) por producirse en un recinto limitado como es la plaza de toros, porque la pureza del flamenco y blá blá blá, porque el caché de la artista y blé blé blé. Nada nuevo bajo el sol, salvo que a servidora le gustan los retos y se le pone la piel de gallina cuando canta Rosalía, así que hacer cola de madrugada para conseguir entradas y volver a repetir horas de cola para verla en condiciones eran cosas que, simplemente, tenían que ocurrir. Y cómo ha merecido la pena, lectoras y lectores del Cadillac. Aquí, en esta Córdoba, lejana y sola, que escribiera un día Lorca en su “Canción del jinete”, anoche se nos rompió algo.

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Cuando nosotras escribimos (I)

11/06/2019

Hace un par de años decidí comenzar un pequeño ciclo de autoras que acabó por dilatarse y mutar de ciclo a cambio en mi consumo lector. Más relevante que dicha decisión, que al fin y al cabo sólo afecta a mi propio hábito, son las razones que me llevaron a tomarla. De repente me di cuenta de que, cuando alguien me preguntaba por mis escritores preferidos y mis ficciones predilectas, siempre hacía mención a la narrativa gótica de Poe (a la que dediqué un post un Halloween cualquiera), a la “transgressive fiction” de Palahniuk que hace mucho se me empezó a agotar, al realismo mágico de García Márquez o la maravillosa metaliteratura de Paul Auster. Me di cuenta, sí, de que entre el puñado enorme de autores enumerado que para mí destacaban por encima del resto sólo se colaban unas cuantas autoras. Pensé en mis aportaciones al Cadillac en la categoría de letras: todas sobre autores masculinos, a pesar de que Anne Sexton es mi imagen identificativa en este blog. Pensé en los libros que había leído el año anterior: la inmensa mayoría, a excepción de El cuento de la criada de Margaret Atwood, y un par más, los habían escrito hombres. Se antoja una simpleza, pero percatarse de esto es percatarse de que algo funciona obscenamente mal.

Dando aún más vueltas al tema, porque a servidora es más fácil arrancarle la cabeza que una idea, pensé en que siempre se habla de las mismas autoras, de aquellas que el canon literario que se estudia en los centros educativos se molesta en enseñarnos. Salen a colación Virginia Woolf, Jane Austen, Simone de Beauvoir, las hermanas Brönte, o Mary Shelley entre otras figuras fundamentales. Se habla de que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno para quitarse la vida. Una muestra importantísima en calidad pero una mota ínfima de polvo en un universo de grandes montañas. Y lo que es más grave aún, repasando mis años de cursar filología inglesa, donde la literatura es una pieza fundamental, me vuelvo a dar de bruces con la realidad al llegar a la conclusión de que sí, claro que me hicieron estudiar y analizar a unas cuantas autoras, pero son un porcentaje bajísimo dentro los autores estudiados en el plan de enseñanza.

 

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Enredado en Sad Hill (sin poder salir)

09/06/2019

No lo voy a negar: la celebérrima ‘Trilogía del Dólar” de Sergio Leone y, sobre todo, su tercera y última entrega, “El bueno, el feo y el malo”, es uno de mis más gratos recuerdos de niñez. No recuerdo haberla disfrutado entera en esa época más que una vez, pero el número de ocasiones en que vi fragmentos suyos son innumerables. Se trata de una de las películas preferidas de mi progenitor, que no desaprovechaba ninguno de sus numerosos pases televisivos para volver a presenciarla y ahí estaba un servidor para volver a asistir a las andanzas de Rubio, Tuco y ‘Ojos de ángel’ de nuevo. Asimismo, el tema principal de la maravillosa banda sonora original que pergeñó Ennio Morricone era uno de los mejores momentos de un gastado recopilatorio de música de películas del Oeste (lo de llamarlas ‘westerns’ era entonces cosa exclusiva de unos cuantos estupendos) que era uno de los pocos hallazgos salvables que podía esquilmar de la vieja colección de casettes de mis padres.

Sin embargo, el tiempo pasó, mis descubrimientos fílmicos cada vez eran mayores en cantidad y calidad y aquella gran película se quedó en eso, un bonito recuerdo, convirtiéndose en mi único contacto con ella durante muchos años “The Ecstasy of Gold”, la legendaria composición de Morricone convertida por Metallica desde sus inicios en la mejor sintonía de apertura de un concierto de la historia. Cualquiera que haya esperado durante horas de pie el inicio de un recital de los de San Francisco o, incluso, con que se disponga a presenciar uno de sus directos por YouTube sabe de la enorme carga emotiva de ese momento cargado de épica antes de la descarga metálica de Hetfield y cía.

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“Juego de tronos”: tributo

24/05/2019

Portada

Las redes están plagadas de montajes a modo de tributos. Cualquier motivo sirve para publicar un vídeo con el que ensalzar los parabienes de una serie, película o celebridad. Desde que en el Cadillac empezamos con nuestro propio canal en YouTube, sabíamos que pronto deberíamos aportar nuestra pequeña colaboración a la causa… sólo teníamos que encontrar el motivo adecuado para estrenar nuestro primer tributo. Y la lista de candidatos que manejábamos para la inauguración era extensa; pero, como ocurre con todas las primeras veces en la vida, el elegido debía ser muy especial.

Si ayer era nuestro compañero Rodrigo el que analizaba la última temporada de “Juego de tronos” en su portentosa entrada “El fin de una era“; hoy en el Cadillac hincamos la rodilla ante esta serie y publicamos nuestro especial primer tributo. Nos inclinamos ante sus logros, ante su dominación del panorama televisivo durante ocho años, ante sus descomunales cifras, sus enormes virtudes y defectos, ante la polarización inmediata de una gigantesca producción que nos ha tocado el corazón, el alma y las vísceras como (casi) ninguna otra. Ante una historia que detuvo el mundo en su conclusión y añadió  unas valiosas pulgadas extras a una caja cada vez menos tonta y cada vez menos pequeña. El invierno pasó… y ya lo echamos de menos.

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“Juego de tronos”: el fin de una era

23/05/2019

(AVISO SPOILER: La noche es oscura y alberga spoilers. Y este post, como ya te habrás imaginado, también)

Corría el año 2011 de nuestra era, el domingo 17 de abril de aquel año para ser más exactos, cuando HBO estrenó la que habría de convertirse en la serie más importante, en cuanto a impacto mediático y popular, de esta década. Quién sabe si de la historia. De momento, puede que lo sea. «Tenemos que ver esto, pues lo va a petar muy fuerte en los próximos años», le dije un día después, el lunes 18 de abril, a mi prometida, hoy esposa, en el piso que acabábamos de estrenar y que entonces, pues faltaban unos añitos para que llegaran los críos, era aún un lugar meticulosamente diseñado para el ocio, el esparcimiento y el solaz más absoluto. Así que vimos el primer capítulo de “Juego de tronos”, titulado “Winter is Coming”, ese mismo lunes. Lo vimos descargado, por supuesto. Muchas pestes se han echado contra la piratería, pero allá por 2011 si querías estar al tanto de las series, y decidir cómo y cuándo ver cualquier cosa, lo que hoy nos parece normal, vamos, tocaba bajarse los capítulos y los subtítulos de algún sitio (a poder ser) fiable, pasar los archivos al disco duro o a un pendrive, enchufarlo a la tele y a tirar. Las series más de moda aún tardaban semanas, cuando no meses, en llegar de alguna forma a nuestro país, cuando llegaban. Y las que llegaban lo hacían generalmente en condiciones de programación y emisión muy mejorables, por no decir que eran maltratadas, o masacradas, por la cadena de turno. Netflix, o al menos la Netflix que conocemos hoy en día, no funcionaba ni siquiera en EE.UU, y el resto de plataformas creadas a su imagen y semejanza, internacionales y nacionales, irían naciendo a la sombra de su éxito en años venideros. Así que sí, no nos quedaba más remedio que… Qué demonios, qué hago intentando justificarme ahora. Desde el bombazo de “Perdidos” y algunos aún a día de hoy, todos nos hemos bajado gigas y gigas de series y películas como si no hubiera un mañana.

El caso es que, volviendo a 2011, aquella noche mi prometida, hoy esposa, y yo vimos el primer capítulo, y nos flipó. Y así, desde ese día, fuimos siguiendo “Juego de tronos” semana a semana. Ya entonces todos estábamos más que acostumbrados a meternos unos maratones seriéfilos de aúpa, bien fuera porque nos bajábamos temporadas o series enteras, o porque nos las pillábamos o nos las dejaban en DVD, que aún se estilaba aquello. Pero lo de los maratones quedaba para temporadas pasadas, o series ya finalizadas. Las series nuevas, en 2011, aún se seguían degustando semana a semana. Algunas no daban para mucho, pero otras te permitían comentarlas durante días, hasta la emisión del capítulo siguiente (y desde “Perdidos”, no encontrábamos nada que pudiera llenar tanto nuestras tertulias como “Juego de tronos”), con las personas de tu entorno o con las del otro lado del planeta vía foros y redes sociales. Cierto es que las discusiones fuera de madre, las salidas de tono, la mala educación, las faltas de respeto y el troleo han formado parte de este fenómeno desde su origen, pero la crispación a comienzos de esta década no era tan asfixiante y, más o menos, se podía debatir de lo que fuera con una relativa tranquilidad. A enriquecer la experiencia general contribuían, también, los blogs. Los numerosísimos blogs que nacieron y proliferaron en aquellos días. Como, sin ir más lejos, El Cadillac Negro.

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“Los hermanos Sisters”: el sinfín de la violencia

16/05/2019

No hace mucho leía a un viejo amigo lamentarse en Twitter de los pocos grandes ‘westerns’ notables rodados en los últimos años. Tampoco es que la situación me parezca angustiosa -ahí están las muy destacables visitas al género de realizadores como Quentin Tarantino, los hermanos Coen, Tommy Lee Jones o incluso Kevin Costner, por no hablar de series como “Deadwood” o “Godless”- , pero sí que es verdad que, ya solo por la mucha menor frecuencia con la que se filman historias del Viejo Oeste, el número de clásicos de espuelas y pistolas se ha venido reduciendo sensiblemente en las últimas décadas.

Es por esto por lo que resulta tan agradecido el estreno de “Los hermanos Sisters”, la nueva cinta del director francés Jacques Audiard, porque incorpora un título más a la nómina de ‘westerns’ clásicos del siglo XXi y se convierte, además, en un firme aspirante a los primeros puestos de la lista. Sí, así de buena es.

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