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“Mira lo que has hecho”: el apocalipsis según Berto Romero

02/03/2018

Como oyente fiel de su programa de radio, “Nadie sabe nada”, siempre me han fascinado las anécdotas que Andreu Buenafuente y, especialmente, Berto Romero suelen relatarnos sobre sus hijos. Al tratarse de un espectáculo puro y duro de improvisación, sin la red de seguridad que da tener un guión previo y aunque en teoría el ritmo lo marquen las cuestiones que les hacen llegar sus oyentes, resulta lógico que ambos se apoyen con frecuencia en sus propias vivencias personales para sacar adelante, en esas condiciones, una hora de radio a la semana. Algo al alcance de muy pocos, por cierto. En el caso de Berto, padre por partida triple, entendemos que su vida personal parezca girar casi permanentemente en torno a sus tres críos. Un servidor comparte con el humorista además la experiencia de ser padre de mellizos, así que aviso que mi nivel de empatía, hacia una persona a la que ya admiraba en el plano profesional, es absoluto. En un mundo en el que sobran gurús de toda índole y condición sobre cualquier cosa que podamos imaginar, uno tiene derecho a escoger los referentes que le den la gana.

Un ejemplo. En uno de sus programas Berto respondía de forma brillante a un oyente que aseguraba que no se sentía preparado para tener hijos. Cito de memoria: «NADIE puede estar NUNCA preparado para tener hijos. Hay que asumir que uno la cagará muchas veces, igual que nuestros padres la cagaron muchas veces con nosotros. La cuestión es intentar cagarla lo menos posible». Puede que en el contexto de un programa de humor y pronunciadas por un cómico, a algunos les cueste reconocer que sus palabras son tan atinadas y elocuentes como oportunas y necesarias, más aún en una época como la nuestra, en la que estamos tan empeñados en revestir a eso tan antiguo de la maternidad y la paternidad con mucha, demasiada literatura, un exagerado misticismo, una epicidad (la mayoría de las veces) irreal y toneladas de gilipollerío. Es muy fácil, por no decir inevitable, ser arrastrado por todo eso cuando uno se ve, literalmente de la noche a la mañana, arrojado a una aventura impredecible que habrá de cambiarle la vida, a todos los niveles y para siempre. Aprender a separar el grano de la paja, a quedarse con lo verdaderamente útil e importante y a despreciar tantísima tontería sólo se consigue (si es que se consigue) con la perspectiva que da la experiencia y el paso del tiempo. Por eso voces como la de Berto Romero, precisamente porque tampoco busca sentar cátedra, se nos antojan tan saludables y valiosas. Sucedía ya en su programa de radio y sucede ahora, y de qué manera, con la maravillosa “Mira lo que has hecho”, cuya primera temporada Movistar estrenó íntegra el pasado 23 de febrero.   Leer más…

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“The end of the f***ing world”: j***das cosas de críos

28/02/2018

Realmente, si le quitamos a “The end of the f***ing world” su espectacular, irresistible y molón envoltorio (y su sangre), posiblemente lo único que quede sea la típica historia de huida y búsqueda de unos adolescentes inadaptados, unos adolescentes inadaptados además en unos escenarios más que habituales, por lo que la serie a priori no tendría demasiados alicientes para llamar nuestra atención. Pero es que no hay ninguna necesidad de prescindir de ese vistoso y tan disfrutable envoltorio (ni de la sangre). De acuerdo con que su estética tampoco es original, con que la sombra de Tarantino está presente casi en cada plano, con que el arte y el grafismo pretendidamente (o pseudo) punk no debería de ser tampoco elemento suficiente para agarrar la propuesta, con que todo esto ya lo vimos hace 25 años (dios!) en “True romance (Amor a quemarropa)” y en “Natural born killers (Asesinos natos)”; pero es que todo esto sigue molando mucho. Pero “The end of the f***ing world” tampoco es todo fachada. Que no contenga un océano de interrogantes metafísicas no significa que si se rasca un poco no se puedan encontrar ciertas preguntas con pocas o complicadas respuestas. Y por encima de todo está una pareja protagonista entrañable, con todos sus encantadores defectos y con alguna que otra virtud, con un poder de atracción indiscutible, entre ellos y de ellos con la cámara, y con una torpeza tan necesaria como comprensible.

James (Alex Lawther) no pierde tiempo en presentarse en los primeros minutos de la serie como un psicópata que está cansado de matar animales y que desea ir un paso más allá y asesinar a una persona. La declaración de intenciones tanto de James como de la serie llega de esta forma de forma inmediata, directa y descarada. No tardará demasiado en entrar en escena Alyssa (Jessica Barden) en forma de rebelde sin causa, quien ve en la inadaptación de James a su entorno una especie de alma tan gemela como complementaria y necesaria para su rebeldía. James, por su parte, fantasea con Alyssa como la víctima perfecta para saciar sus deseos de sangre (humana). La unión de intereses queda servida.

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Vuela alto, “Lady Bird”

26/02/2018

Lady-Bird

“Una joven dirige la mejor película del año”, decían algunos titulares de prensa a comienzos de este 2018. Pero ni Greta Gerwig (guionista, actriz y directora) es una joven anónima y desconocida a la que le ha salido bien un proyecto de instituto, ni “Lady Bird” ha de ser el mejor filme del año para ser tratado con el respeto merecido ni para justificar todas sus nominaciones. Al fin y al cabo, los premios están llenos de directores cuyos nombres son una aparición fija hagan lo que hagan, por mediocre que sea. Estamos, en este caso, ante uno de los focos que más ha llamado mi atención en los últimos meses debido a mi pasión por este género en auge y cada vez tratado con mayor destreza en el cine que es el coming of age.

Algunas de nuestras entregas favoritas del pasado año, sin ir más lejos, estarían ubicadas dentro de ese grupo de retratos de personajes (femeninos, en este caso) en pleno crecimiento. En el ámbito nacional, “Verónica”, de Paco Plaza, supuso un distinguido retrato social, familiar, y, sobre todo, personal. Un aporte magnífico al género de terror como también lo fuera “Crudo”, de Julia Ducournau, tan extrapolable a todo. Incluso a finales de este marzo próximo tendremos la suerte de contar con el estreno de “Thelma”, otra imprescindible que se mueve en los terrenos del horror fantástico y de la que hablaremos en el Cadillac.

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“Todo el dinero del mundo”: el secuestro de la dignidad

23/02/2018

Sí, has acertado, en las próximas líneas vamos a hablar de esa película en la que Kevin Spacey ha sido sustituido de urgencia por Christopher Plummer para encarnar a John Paul Getty. No cabe duda de que “Todo el dinero del mundo” quedará para la historia como uno de los ejemplos más paradigmáticos de uno de los mayores escándalos que ha vivido Hollywood en las últimas décadas, El hecho de haber contado entre sus créditos con Spacey -el mayor implicado en la polémica generada por las acusaciones de acoso sexual, Harvey Weinstein mediante, al acumular múltiples demandas e investigaciones a cargo de Scotland Yard- y el de la rápida reacción de sus productores a la hora de denigrar al protagonista de “House of Cards” para incorporar a Plummer aseguran al filme su futura omnipresencia en futuros libros y artículos sobre el tema y la posibilidad de formar parte de las preguntas de próximas ediciones de Trivial Pursuit.

Pero no sería justo quedarnos ahí cuando un veterano de la talla de Ridley Scott ha mostrado un arrojo y una rapidez de reflejos impropia de su edad, pero sólo comparable a la que han demostrado en los últimos tiempos -con mayor o peor suerte- dos cuasi contemporáneos suyos como Clint Eastwood o Steven Spielberg, por lo que pasaremos a centrarnos en lo que la película en sí misma nos ofrece, no sin antes apuntar que con ese fulgurante cambio de casting -y sin ver más que unas pocas imágenes promocionales de una actuación de Spacey que seguramente quede para siempre inédita- el filme no ha empeorado, más bien muy al contrario: una vez presenciada se nos hace prácticamente impensable imaginar a otro actor que no sea Plummer en la piel de Getty y parece una opción bastante más apetecible que ese Spacey metamorfoseado completamente por el maquillaje.

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“Yo, Tonya”: puñalada al ‘biopic’ convencional

22/02/2018

Mira que uno, cuando comenzó a escrutar las películas que se perfilaban como candidatas a los Oscar, consideraba a “Yo, Tonya” como el posible ‘patito feo’ de la terna. Esa combinación letal que suele suponer un ‘biopic’ -más aún si es deportivo- junto a una actriz en faceta de productora hambrienta de la estatuilla no hacía esperar nada demasiado excitante. Y sí, Margot Robbie ha logrado su objetivo y se ha colado entre las cinco nominadas, y sí, se trata de una película biográfica sobre la patinadora Tonya Harding…pero a partir de aquí acaba toda semejanza con lo que esperaríamos contemplar. Estamos ante un animal muy diferente.

En un vistazo superficial, Robbie parece apostar por la fórmula ‘sex symbol se afea para ganar credibilidad’ que tan bien le funcionó a Charlize Theron en “Monster”. Sin embargo, la australiana -relanzada tras sobrevivir al fiasco de “Suicide Squad” después de que su carrera pareciera haberse estancado tras su explosión en “El lobo de Wall Street”– ha demostrado ser mucho más inteligente. Aquí no hay épica deportiva -pese a que haya, claro, diversas escenas de patinaje- , el tono es de todo menos elegíaco  y ni siquiera se trata de un ‘one woman show’ dedicado a ensalzar sus capacidades interpretativas, sino que su personaje sólo es un -importante- eslabón dentro de un filme netamente colectivo. Leer más…

Oasis: no miréis atrás con rencor

21/02/2018

Les propongo un juego muy sencillo. Piensen en bandas míticas del mundo del rock cuyo comeback coparía grandes titulares en los medios y desataría todo tipo de histerias a la hora de conseguir una entrada. ¿Led Zeppelin? ¿Pink Floyd? ¿The Smiths? ¿Dire Straits?… Bien, ahora elijan por cuál de esos hipotéticos retornos apostarían una considerable suma de dinero a que efectivamente se producirá, tarde o temprano. Si han elegido Oasis tienen premio. Y no importa que no hayan transcurrido ni siquiera diez años desde su disolución oficial, o que las diferencias entre Liam y Noel Gallagher sean tan irreconciliables como siempre, o que ambos disfruten actualmente de sendas exitosas carreras en solitario que harían completamente innecesario un regreso al redil. Por mucho que digan o hagan, tengan por seguro que cuando el cheque tenga los suficientes ceros y el momento sea propicio, esa reunión será un hecho. Ni siquiera será necesario que solucionen sus problemas, cosa que, por otra parte, sí parece más improbable. Y, claro, cuando se junten de nuevo lo petarán. De hecho, la sensación que hemos tenido a lo largo de los años es que si de Liam dependiera, esa reunión ya se habría producido, y que es Noel quien se hace de rogar. Aunque también es cierto que a cada arranque de sinceridad conciliadora de Liam (“la gente sigue olvidando que nuestro chico y yo no hablamos, y eso es lo más triste de todo, sin importar quién tiene la razón y quién no. Antes de que Oasis se reúna, él y yo tenemos que volver a ser amigos y hermanos. No se trata sobre dinero”) le ha seguido uno de sus típicos exabruptos (“Noel y Bono son los más grandes gilipollas de la música. Son ellos dos en este momento quienes se me han metido debajo de la piel. Simplemente pueden jugar al ping pong de ida y vuelta”). De modo que es hasta comprensible que Noel no quiera saber nada de los vaivenes emocionales de su ilustre hermano pequeño (“necesita ver a un psiquiatra. Creo que no está bien”), que proclame estar muy feliz lejos de su órbita (no hecho de menos a Liam ni un jodido nanosegundo”) y que insista en que no cambiará de opinión ni por todo el oro del mundo (Vale, lo haríais por el dinero. ¿Pero si ya tuvierais el dinero? Que le den”). ¿Lo ven ustedes muy difícil? Torres más altas han caído. Repito, apuesten por ese regreso porque se producirá, no ahora pero dentro de unos años, y aunque solo sea una gira de pocas fechas en tierras británicas.

¿Pero es Oasis realmente una de esas bandas legendarias a la altura de Led Zeppelin o Pink Floyd? ¿Estamos hablando de ese nivel? Bueno, quizás eso sean palabras mayores, pero lo que sí que es incuestionable es que Oasis fueron una de las últimas bandas de guitarras que disfrutaron del éxito masivo a nivel global. Quizás el último gran grupo del rock de masas antes del advenimiento de la era de Internet, que democratizó de tal forma a artistas, géneros y el modo de consumirlos que ya nada nunca fue realmente igual. Y si nos ceñimos exclusivamente al Reino Unido, Oasis allí son una institución prácticamente a la altura de The Beatles o Queen. Amados y reverenciados por el vulgo como si de un equipo de la Premier se tratase. Tal vez porque a mediados de aquellos añorados años 90 dominados por el nihilismo y la pesadumbre grunge del otro lado del Atlántico ellos recuperaron la bandera de la Union Jack y el orgullo working class para conectar con una juventud necesitada de unos héroes a pie de calle con los que poder identificarse. Eso, una actitud arrolladora y un puñado de canciones inmortales, de esas que empiezan siendo generacionales y terminan grabadas en piedra en la memoria colectiva, bastaron para dominar el mundo, al menos por un instante. Cuando su estrella empezó a declinar fue más fácil hacer sangre y pasarle factura a los Gallagher por su prepotencia. Siempre fueron vilipendiados por la prensa más “cool” y moderna, acusados de ser vulgares copistas al carboncillo del legado del rock británico, saqueadores de guante blanco con mucha caradura o inmovilistas con la originalidad del asa de un cubo. Pero aunque todo eso fuese verdad, nadie puede rebatir que en su mejor momento, en ese pico creativo que va de 1994 a 1997, escribieron una de las páginas más memorables de la música popular. Leer más…

“Call Me by Your Name”: de melocotón

19/02/2018

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Existen pocas cosas más poderosas en el universo que nuestras emociones y ningún arte las imita como el cine, convirtiéndose éste en un reflejo existencial de lo que, en ocasiones, nunca existió, pero forma parte de nosotros. El año se va adentrando en sus profundidades, pasito a pasito, y con él todos los estrenos que esperamos con ganas y se agolpan en listas que disminuyen muy lentamente entre las apretadas líneas de nuestra agenda. El comienzo del año cinéfilo, con sus premios y sus expectativas, con la poesía de filmes como el que hoy me roba un ratito por puro derecho.

Bajo la dirección de Luca Guadagnino, “Call Me by Your Name” necesita, a estas alturas, muy pocas presentaciones. Pero las merece todas, así como sus aspiraciones a Oscar, si se les concede alguna importancia real. Esta adaptación cinematográfica de la novela homónima es un sueño veraniego que Shakespeare habría imaginado con animales y dioses, pero que en el guión de James Ivory apela a lo más humano, y ahí es donde nos seduce.

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“La forma del agua”: el mismo cuento de siempre (en remojo)

16/02/2018

Históricamente los Oscars y el género fantástico no se han llevado bien. Desde que en 1982 la maravillosa y eterna “E.T., el extraterrestre” de Steven Spielberg hincara la rodilla ante aquel mamotreto hoy olvidado hasta por los que la votaron que era el “Gandhi” de Richard Attenborough, quedó meridianamente claro que la Academia era reacia a tolerar que el escapismo mágico sin coartada realista, a todas luces un ‘arte menor’ según su anquilosado criterio, recibiera un premio destinado a productos más serios e “importantes”. A estas ‘peliculitas’ para las masas se les podía reconocer sus méritos artísticos de vez en cuando en forma de galardones técnicos que siempre son bienvenidos, pero los gordos -película y director- iban a estarles permanentemente vedados. Cierto es que en una ocasión, en 2003, la Academia se permitió abrir el puño, y lo hizo con la mano bien abierta, cubriendo de récord de estatuillas doradas a “El Señor de los Anillos: El retorno del Rey”, quizás más por vergüenza torera que por otra cosa, pero desde entonces cualquier propuesta fantástica ha tenido las de perder a la hora de la verdad, por muchas nominaciones que la arropasen. Pienso en la extraordinaria “El curioso caso de Benjamin Button” de David Fincher, dolorosamente ninguneada en favor de aquella efectista “Slumdog Millionaire”, o incluso en la sonora (y más justificada) derrota de “Avatar” frente a “En Tierra Hostil”. Podríamos hacer una excepción, apurando los límites genéricos, con el premio para Ang Lee por “La vida de Pi”, cinta más de aventuras que de fantasía, pero la verdad es que está comúnmente aceptado que una nominación a mejor película o mejor director ya sería suficiente recompensa para una cinta de corte puramente fantástico. Por eso la sorpresa de la presente edición no es tanto que “La forma del agua” de Guillermo del Toro exhiba el mayor número de candidaturas (13) como que tenga muy serias opciones de llevarse un premio mayor, sobre todo el de mejor dirección.

Y es una buena noticia que la cinta que nos ocupa (junto con alguna otra un tanto alejada de los estándares habituales de la Academia como “Déjame salir”) vaya a tener auténtico protagonismo en la gran noche de Hollywood. Es muy saludable que empiece a normalizarse la presencia del fantástico en el escaparate de los grandes premios, más allá de los FX visuales y sonoros o la dirección artística, aunque la fiesta sería completa si “La forma del agua” fuese una película que realmente aportara algo novedoso en su género, si no se tratara de la enésima revisión del mismo cuento que ya hemos presenciado infinidad de veces sólo que presentado con una caligrafía muy hermosa y exquisita. Y sí, puede que esta sea el filme más equilibrado de Del Toro, el más perfecto desde un punto de vista formal y el más digerible para todo tipo de públicos, pero en muchos sentidos también es el más rutinario y previsible que haya firmado nunca. Todo está donde el espectador supone que debe estar, todo llega cuando y como debe, perfectamente medido, empaquetado y servido, pero sin apenas espacio para el arrebato, el riesgo, la osadía, lo inesperado, el verdadero asombro. “La forma del agua” puede ser disfrutable, claro que sí, pero de una cinta que se ha llevado el León de Oro en Venecia, ha entusiasmado de forma casi unánime a la crítica y ha salido a hombros de la temporada de premios, con dos Globos de Oro y la bendición de los Sindicatos de Productores y Directores incluida, un servidor esperaba una Obra Mayúscula del cine fantástico. Aunque bien pensado, si hubiese sido esa película visionaria y audaz que yo imaginaba, probablemente no habría recibido tantos parabienes de una industria que se sigue revelando muy acomodada en la repetición de viejas fórmulas y esquemas trillados. Leer más…