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“The Cloverfield Paradox”: la partícula del sindiós

15/02/2018

Acaba de cumplir su primera década de existencia y la ¿saga? “Cloverfield” sólo nos ha dejado una certeza clara: J.J. Abrams sabe vender su mierda (la buena, la menos buena y la mala) como nadie. Al menos las tres películas estrenadas hasta la fecha es probable que sean recordadas en años venideros casi más por sus rompedoras y muy eficaces estrategias de marketing que por sus propios méritos o deméritos cinematográficos, y eso que dos de ellas son francamente notables. Tres películas… ¿o podrían ser cuatro? Aún hay hoy en día quien se empeña en incluir a la también reivindicable “Super 8” en el llamado ‘Cloververso’, por más que Abrams se haya empeñado en negarlo por activa y por pasiva. ¿Pero acaso deberíamos creer al gran prestidigitador de nuestros tiempos, al rey del despiste, a quien nos la ha metido doblada y hasta el fondo tantas veces? Hagamos un poco de memoria. “Cloverfield” (lo siento, me resisto a llamarla por su chusco y spoileante título en español, “Monstruoso”) llegó en 2008 precedida por una inteligentísima campaña viral, casi antes de que existiese lo viral, tan intrigante y enigmática que tuvo durante meses a todo el personal haciendo cábalas y preguntándose de qué demonios iba la vaina. Incluso muchos llegaron a pensar que aquel proyecto tan misterioso de Abrams estaría relacionado de alguna forma con una “Perdidos” por entonces en pleno apogeo. Lo que nos encontramos finalmente fue una clásica película de ‘monstruo destroza ciudad’ que, y ese sí era su mayor atractivo, se encuadraba dentro del ‘found footage’, en un momento en el que esta fórmula aún no olía a podrido. Es posible que “Cloverfield”, y eso es una opinión muy personal, sea el film que más y mejor haya exprimido los recursos de este género. Terrorífica, trepidante y muy bien facturada, había mucho talento en esa cinta, y la mejor prueba es el carrerón posterior de sus grandes responsables, el director Matt Reeves y el guionista Drew Goddard. Costó alrededor de 25 millones de dólares y recaudó más de 170 en todo el mundo.

Aunque polarizara mucho a los espectadores, pues a algunos nos encanta y otros la detestan, “Cloverfield” fue un éxito mediático y económico rotundo, así que el regreso en forma de secuela parecía asegurado. Pero los años fueron pasando y, con Abrams, Reeves y Goddard metidos en otros mil fregados y una ausencia absoluta de noticias, nos fuimos olvidando del tema. Hasta que en enero de 2016 nos llegó a traición el tráiler de “Calle Cloverfield 10”, con el estreno previsto para… ¡dos meses más tarde! Acostumbrados como estamos a masticar mediáticamente futuros films desde dos o tres años antes de su estreno, y a larguísimas e insistentes campañas de promoción, la estrategia de Abrams y su productora Bad Robot volvía a romper el molde. Más aún cuando aquel avance nos sugería una cinta con un enfoque y un género radicalmente distinto al de su predecesora. Había truco: el proyecto inicial, nacido con el título de “The Cellar”, y también conocido como “Valencia” (¿?) durante su desarrollo, no tenía absolutamente nada que ver con el ‘Cloververso’ hasta que, de algún modo, fue adaptada para que fuera, en palabras del propio Abrams, una secuela ‘espiritual’. Y es precisamente su encaje forzado en el mundo de “Cloverfield” lo que se antoja más problemático. Dirigida por Dan Trachtenberg, con guión de Josh Campbell, Matthew Stuecken y (ojo) Damien Chazelle, y un mínimo reparto encabezado por un notable John Gallagher Jr. y unos soberbios John Goodman y Mary Elizabeth Winstead, “Calle Cloverfield 10” es un magnífico y claustrofóbico thriller que no sólo habría funcionado a las mil maravillas por sí mismo, sino que su cuestionado final se antojaba postizo, casi fuera de lugar. Y si lo que se buscaban eran respuestas, no dejaba de añadirle más lío al asunto. Es más, el simple hecho de saber que estábamos ante un film relacionado con “Cloverfield” ya arruinaba de antemano una de las más jugosas posibilidades con las que podría haber jugado su argumento: que esa horrible amenaza más allá de las puertas de ese búnker fuese… ninguna. Esto no empaña sin embargo los enormes aciertos de una película que, además, volvió a ser un éxito: más de 110 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de apenas 15 millones. La viabilidad del proyecto parecía asegurada.

No tardó de hecho mucho tiempo en llegar a nuestros oídos que un film aún en desarrollo conocido como “God Particle” (“La partícula de Dios”) sería el siguiente paso dentro de la franquicia “Cloverfield”. El caso era muy parecido al de “Calle Cloverfield 10”: un proyecto independiente, esta vez ambientado en una estación espacial, que las garras de Bad Robot habían atrapado para modificarlo a su antojo y encajarlo en el ‘Cloververso’. ¿Abrams repitiendo y, más raro aún, anticipando su jugada? Esta vez tendría muy difícil, por no decir imposible, volver a pillarnos por sorpresa. ¡Ja! Aunque algo ya empezaba a mosquearnos: sin ningún tráiler ni material promocional que llevarnos a la boca, su estreno, previsto inicialmente para febrero de 2017, fue pospuesto hasta octubre de ese mismo año, movido posteriormente a febrero de 2018 y, hace sólo unas semanas, aparentemente retrasado hasta el próximo 20 de abril. Y llegó la noche de la Super Bowl y la maniobra volverá a quedar en los libros de historia: durante la noche del año más codiciada por todos los anunciantes y productoras cinematográficas del planeta, Netflix reveló de forma inesperada el primer teaser del film, su nuevo título, “The Cloverfield Paradox”, y que estaría disponible para todos sus suscriptores nada más terminar el partido. Cómo fabricar de la nada un hype monumental en apenas 30 segundos, robarle impacto mediático a todos los gigantes de tu gremio, y meterle de paso un gol por la escuadra a la propia NBC, endosándole un anuncio que animaba a millones de espectadores a cambiar de canal tras el evento.

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Aunque los más avezados ya se lo llegaron a oler casi de inmediato, en cuanto trascendieron las primeras (y desastrosas) reacciones de los espectadores quedó confirmadísimo que la jugada les había salido redonda, especialmente y una vez más a Abrams. Tras el reciente patinazo en taquilla, sobre todo en Norteamérica, de una superproducción argumentalmente muy similar, un reparto mucho más llamativo y una respuesta crítica no tan negativa como “Life”, Bad Robot y Paramount parecían irremediablemente avocados a pegarse un colosal batacazo en las salas con un film cuyo presupuesto había acabado superando los 40 millones de dólares, más que los dos anteriores juntos. Si como ha trascendido, Netflix ha acabado acoquinando 50 millones por los derechos del film, más los 5 millones de ese anuncio de medio minuto durante la Super Bowl (nunca el dicho de «el tiempo es oro» cobró más sentido), sus productores han podido salvar los muebles, recuperando al menos la inversión y ahorrándose cualquier desembolso extra en la promoción. Y haciendo mucho ruido, que al fin y al cabo es medio partido ganado.

Ahora, ¿es “The Cloverfield Paradox” tan abominablemente horrenda como nos haría pensar ese 16% en Rotten Tomatoes, ese 37 sobre 100 en Metacritic, ese 5,8 en IMDb o ese 4,9 en Filmaffinity? Pues claramente estamos ante un film fallido a muchos niveles, que supone un más que evidente bajonazo respecto a sus dos antecesores y que no le abrirá las puertas de Hollywood de par en par ni a su director, Julius Onah, ni a su guionista, Oren Uziel. Pero quizás con el chip adecuado, que no necesariamente tiene que ser el de «voy a reírme de ella», sino el de «no me la voy a tomar nada en serio», puede ser hasta disfrutable. Y al ser ágil y corta para los estándares actuales (102 minutos) es difícil que uno sienta que esta película le ha llegado a robar una parte valiosísima de su tiempo. Vale que con un presupuesto muy superior, aunque luzca muy bien en algunos momentos, su acabado puede ser mucho menos vistoso (¿más televisivo?) que los de “Cloverfield” o “Calle Cloverfield 10”. Y también es más que evidente que desaprovecha un plantel muy apañado, con un par de estrellas internacionales (aunque quizás con más tirón hace cinco o diez años) como Daniel Brühl y Zhang Ziyi, nombres al alza como David Oyelowo y Elizabeth Debicki, uno de los mejores actores cómicos de su generación como Chris O’Dowd (al que esperábamos ver fuera de su zona de confort… pero no) y una joven promesa con una interesante carrera televisiva como Gugu Mbatha-Raw, quien como gran protagonista tiene más posibilidades de lucirse y es quien mejor parada sale del envite. El resto poco más puede hacer que sacar adelante, sin alardes, unos personajes meramente funcionales y cargados de estereotipos y clichés.

(SPOILERS a partir de este punto. Sigue leyendo sólo si ya has visto la película o si ésta te importa un pimiento)

Y es que puede que su premisa, que recordemos inicialmente nada tenía que ver con “Cloverfield”, no sea para tirar cohetes, pero podría haber dado para mucho más que lo que hemos acabado viendo. Que al fin y al cabo no ha sido más que un artificioso, indisimulado y perezoso pastiche que acaba evocando continuamente a films como “Horizonte final”, “Alien”, “Sunshine”, la mencionada “Life”, “Interstellar”, “Prometheus”, “Gravity”, “Apollo 18”, “Europa One”, “Otra Tierra”… ¡incluso “Evil Dead 2”! Con todos estos ingredientes, “The Cloverfield Paradox” tiene el dudoso mérito de ser tan previsible como incoherente. Porque el film destaca por pasarse por el forro cualquier atisbo de lógica interna, pues casi nada de lo que sucede acaba teniendo el más puto sentido, pero al mismo tiempo sentimos que todo lo hemos visto ya antes, y mejor contado. Al principio son pequeños detalles. Que Hamilton (Mbatha-Raw), la inglesa dentro de una tripulación internacional y multicultural, tenga el mismo trauma que Sandra Bullock en “Gravity”, o aún mayor, porque ella ha perdido a dos hijos y por su propia negligencia, que la veamos tan abatida por la pérdida y consumida por la culpa, nos hace pensar que quizás no tenga la mejor estabilidad mental y emocional para embarcarse en una misión tan vital para el futuro de la Humanidad, pero bueno, quiénes somos nosotros para cuestionar a las agencias espaciales. Que en su torpe intento por emular a “Firefly” veamos siempre a Tam (Zhang), la china, hablándoles a todos en mandarín y todos entendiéndola, mientras todos le hablan a ella en inglés y ella les entiende a todos, pero salvo dos frases sueltas jamás se les ocurra ponerse de acuerdo a hablar el mismo idioma, con el paso de los minutos acaba resultando casi risible. Que las escenas de la Tierra se esfuercen de forma tan descarada en no enseñarnos absolutamente nada de nada, que el enfoque sea tan minimalista que se note a la legua que no querían (o no podían) gastarse muchas perras, hace que las peripecias de Michael (Roger Davies), el marido de Hamilton, tengan tan poco interés que al final lo único que nos importa es saber la marca de su teléfono (tiene un móvil mágico con batería infinita y resistente a todo tipo de Apocalipsis) o si ese búnker es o no el mismo de “Calle Cloverfield 10”.

El mayor descaro de la película no obstante es esa entrevista que, oh casualidad, todo el personal a bordo de la Estación Espacial Cloverfield está viendo de forma tan conveniente, mientras se prepara para uno de los momentos decisivos de su misión, con un tal Mark Stambler (el siempre inquietante Donal Logue), que además de su espíritu catastrofista y conspiranoico comparte apellido con el Howard Stambler de John Goodman en el anterior film, mientras su entrevistadora es la misma actriz (Suzanne Cryer), no sabemos si también el mismo personaje, que intentaba entrar sin éxito en el búnker. El bueno de Mark nos explica en qué consiste eso de la ‘Paradoja de Cloverfield’ que tan preocupados tiene a muchos en la Tierra: «Este acelerador es mil veces más potente que cualquier otro. Cada vez que lo prueban podrían quebrar la membrana del espacio y el tiempo y hacer chocar múltiples dimensiones, lo que destruiría la realidad. No sólo en esa estación. En todas partes. Este experimento podría desatar un caos de una magnitud que nunca hemos visto antes. Monstruos, demonios, bestias marítimas… (…) Y no sólo aquí y ahora, sino en el pasado, en el futuro, en otras dimensiones… No se imaginan cuánto desearía estar equivocado». Pero no, nosotros sabemos que no lo está porque el guionista nos ha tirado a la cara, de forma tan oportuna como poco sutil, no sólo una justificación para todo el ‘Cloververso’, sino una excusa para que Abrams nos cuele lo que le venga en gana a partir de ahora, y de paso nos han anticipado media película.

Porque por supuesto que se produce ese choque entre dimensiones y se desata ese caos inimaginable, y esto le da a los responsables de “The Cloverfield Paradox” carta blanca para un ‘todo vale’ tan chiflado e insostenible que, vuelvo a insistir, sólo si no te lo tomas nada en serio podremos llegar a consentir como espectadores. El primer locurón llega con el hallazgo de Jensen (Debicki) con medio cuerpo fusionado a las paredes de la estación, y no tardamos en enterarnos de que ella formaba parte de la tripulación, en lugar de Tam, en OTRA dimensión, en la que Hamilton además se había quedado en tierra con su marido y sus dos hijos NO fallecidos. Como aún estamos estableciendo las reglas que deberán imperar a lo largo del resto de metraje lo damos por bueno y asumimos que la cosa irá a partir de entonces por ahí… pero qué va. Porque como mandan los cánones del género y el 95% de las películas que Uziel ha visto antes de escribir este guión, llega el momento de que los tripulantes de la Cloverfield empiecen a ir cayendo uno por uno, aunque aquí lo harán de la forma más arbitraria y variopinta posible. El encargado de abrir las hostilidades será Volkov (Aksel Hennie), que tenía todas las papeletas desde el principio porque es ruso y malencarado. Empieza contemplando aterrado como uno de sus ojos parece cobrar vida propia y bizquear a su antojo, para después tener algo parecido a una conversación ¿consigo mismo? ¿su otro yo? ¿una entidad malvada?, fabricarse una pistola en una impresora 3-D e intentar asesinar a Schdmit (Brühl), el alemán, fracasando en su intento al empezar a convulsionar para, finalmente, morir reventado por dentro por unos gusanos, que previamente habían desaparecido sin explicación de un tanque de la nave en el que los guardaban por algún motivo que tampoco se nos revela, y que acaban saliendo despedidos grotescamente de su boca. Terrorífico y asqueroso, sí, y como en realidad no deja de ser la primera víctima pensamos que esa, ahora sí, será la dinámica desde ese momento… y volvemos a equivocarnos.

Porque llega el turno de Mundy (O’Dowd), el irlandés, y ya todo se va de madre. Las paredes de la estación, que de repente parecen haberse convertido en chicle, tratan de engullirle y terminan arrancándole (¡de forma totalmente indolora!) su brazo derecho. Y él es el primero que se lo toma a cachondeo, comenzando aquí el recital de chistes de un O’Dowd reconvertido en el Ash de “Evil Dead”, más aún cuando su brazo perdido reaparece reptando graciosamente por la nave y, después de ser hecho prisionero, les escribe que deben abrir el cuerpo de Volkov, en donde además de los gusanos también se había escondido un giroscopio vital para el funcionamiento de la estación, que igualmente había desaparecido minutos antes porque sí. ¿Quién maneja a ese jodido brazo? ¿O tiene entidad propia? ¿Y cómo sabía lo del giroscopio, y por qué sabía que los otros no lo sabían, y qué hacía el giroscopio…? Nada. Menudo follón. En este momento es cuando ya tenemos claro que debemos dejar de hacer preguntas e intentar disfrutar, en la medida de lo posible, del festival. Que continúa cuando por algún motivo muy científico llegan a la conclusión de que, si el encendido del acelerador de partículas les ha mandado a otra dimensión, si consiguen volver a ponerlo en marcha éste les devolverá a su dimensión original como si nada hubiera pasado, y pelillos a la mar. Aquí hubiese quedado de madre haber oído a O’Dowd recitar la frase más mítica de su carrera: «Have you tried turning it off and on again?», pero tampoco, en lugar de eso justo en ese momento a Tam se le enciende la bombilla y por fin da con la clave para solucionar los problemas con el acelerador que llevan dos años, DOS AÑOS intentando resolver infructuosamente. La inspiración llega cuando llega, oye. Y nosotros ya sabemos que la china será la siguiente en caer. Y lo hará cuando a todas las reservas de agua a bordo de la Cloverfield les dé por inundar la estancia en la que había quedado convenientemente atrapada. Pero no va a morir ahogada, no, que ordinariez, sino que las compuertas exteriores revientan y queda congelada como un carambanito. Su novio Schmidt (que en otra dimensión es malo pero en ésta es bueno) sufre mucho aunque el duelo parece que le dura poco.

Y es que ay, amigos, los gusanos reventones, las paredes caníbales y el agua maléfica no son los únicos enemigos empeñados en acabar con ellos. Mundy, que sigue llevando muy bien lo de su brazo, es víctima de un repentino… ¡ataque de magnetismo! Aunque en realidad viene a ser una maniobra de despiste, porque la sustancia gelatinosa con la que le hemos visto reparar todo tipo de cosas desde el principio de la peli también cobra vida propia y, pillándole desprevenido, le atrapa y comienza a introducirse por los orificios de su cuerpo, pero de nuevo estamos ante una distracción gratuita porque su muerte se producirá cuando sí, sea ese magnetismo el que acabe haciendo volar por los aires media estación. Esto obligará a nuestros aguerridos supervivientes a enfundarse sus trajes espaciales, que aún no les habíamos visto de esa guisa, e intentar separar parte de la estructura para que toda la nave no se vaya al garete. La cinta emprende ahí su tramo final y para enconces no hemos visto aún el pertinente sacrificio heroico. Y cómo no éste correrá a cargo del capitán Kiel (Oyelowo), el americano, que engañará a sus compañeros para que no puedan impedir que dé la vida por ellos.

Pues ya lo tenemos todo, ¿no? Pues, no. Lo de Volkov se nos quedó a medias así que necesitamos como colofón una buena ración de ‘puto loco a bordo que intenta asesinar a todos sus compañeros’, o sus no compañeros, porque el papel recae en Jensen, la inglesa de la otra dimensión, que lleva prácticamente todo el metraje observando los sucesos desde la enfermería como una mera espectadora hasta que por fin se requieren sus servicios. Es entonces cuando decide que debe matar a todos los que quedan con vida para impedir que se lleven la estación y pueda así salvar su mundo, porque allí la cosa está aún mucho más malita: la Tierra ya está en guerra y la Cloverfield se ha estrellado. Así, Jensen coge la pistola que se fabricó el ruso y se cepilla a Monk (John Ortiz), el médico brasileño que le salvó la vida, tirotea por dos veces a Schmidt y se enzarza en una lucha a cara de perro con Hamilton, que terminará resolviendo la contienda disparando a uno de los ventanales de la estación, por donde la repentina villana es expulsada al espacio. El despropósito es aún mayor cuando vemos que Jensen no tenía ningún motivo para montar semejante pitote, pues todo se podría haber resuelto de forma mucho más sencilla y pacífica. Hamilton, que a lo largo del film parecía decidida a quedarse en esa otra dimensión que no es la suya para poder reencontrarse con sus ¿hijos?, aunque éstos viviesen ya felizmente con otras versiones de sí misma y de Michael (importándole por cierto un carajo su marido de verdad), entra por fin en razón y se conforma con enviarle a su otra yo un mensaje muy conmovedor. Y muy práctico también, porque le da los datos necesarios para solventar todos los problemas de esa Tierra ya al borde de la extinción. Schmidt, que ha sobrevivido, y nuestra heroína ponen en marcha el acelerador de partículas de los cojones, que funciona a las mil maravillas gracias a la última ocurrencia que tuvo Tam, regresando así a su propia dimensión, felices de haber arreglado todos los problemas del mundo mundial. O eso  creen ellos, pues Michael al menos tiene el honor de echar el telón con las mejores líneas de diálogo del film, cuando se entera de que su mujer está regresando a la Tierra: «¿La traes para que vea esas cosas? ¡Diles que no vuelvan! ¿Me oyes? ¡¡Diles que no vuelvan!!», le grita a su móvil mágico. Y justo cuando vemos a la cápsula espacial de Schmidt y Hamilton traspasar las nubes terrestres, entre ellas emerge un bicho clavadito al de la “Cloverfield” original, pero como veinte mil veces más grande. Y fin.

Ahora ya podemos darle todas las vueltas que queramos a los guiños, easter eggs y conexiones con las otras películas que encontramos en “The Cloverfield Paradox”, incluso a esa presunta sincronización a los 18 minutos y 20 segundos que parece existir entre este film y la “Cloverfield” de 2008 (otra vacilada sin mucha más intención), pero no hay discusión posible en la que alguien pueda convencernos con algo de criterio de que los delirios argumentales de la cinta de Julius Onah tienen la más mínima consistencia. Algunos aún lo intentan y se apoyan en la tesis de que es el propio Universo el que está intentando corregir, a su manera, la paradoja espaciotemporal provocada por el colisionador de partículas, pero a mí no me vale, pues la cinta sigue naufragando narrativa y estructuralmente a muchísimos niveles. Si nos esforzamos en contemplar el panorama completo, se supone que esta “The Cloverfield Paradox” sería la encargada de darle coherencia a toda la saga y de explicarnos muchas cosas, pero analizándolo también con un poco de rigor ahora todo es más confuso y sus explicaciones tramposas. Cuando ya nos habían convencido de que el monstruo del film original era una criatura marina con muy mal despertar tras la caída de un satélite al océano, en “Calle Cloverfield 10” nos sorprendieron con que la invasión, al menos en aquella cinta, era de origen alienígena, y ahora nos salen con la teoría del Multiverso y de un choque interdimensional que ha desatado el infierno en forma de infinitas amenazas, en infinitas realidades posibles y en infinitos planos temporales. De ser así, cualquier película nos valdría para incluirla a partir de ahora e incluso con efectos retroactivos dentro del ‘Cloververso’, ya no sólo la citada “Super 8”, sino el próximo Episodio IX de “Star Wars” o “Phantasma” (uno de los films favoritos de Abrams) o los “Gremlins” o “King Kong” o “Re-Animator” o hasta “Harry Potter”. Las posibilidades son ilimitadas. Somos conscientes de que nunca debimos tomarnos muy en serio lo que comenzó, al fin y al cabo, con una película de monstruos, pero qué le vamos a hacer, a algunos nos gusta buscarle el sentido a las historias aunque pertenezcan a eso tan tonto de la fantasía y la ciencia ficción. Igual en la ya confirmada cuarta entrega de la saga, de momento conocida como “Overlord” (quién sabe cuándo y por qué vía nos llegará) nos enteramos de que en realidad todo ha sido culpa de los nazis… Pero qué más da, ahora que ya tenemos claro que esto no deja de ser una gigantesca broma de J.J. Abrams y su troupe, seguiremos haciendo cábalas sobre posibles futuros títulos dentro de este invento, que casi es lo más divertido, y con el chip adecuado, y mejores o peores películas, intentaremos disfrutar de todas las “Cloverfield” por venir.

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2 comentarios leave one →
  1. 15/02/2018 10:38

    Genial la entrada! estoy muy de acuerdo con todo lo que nos cuentas! el título me parece lo más acertado del multiverso! y procuraremos como bien dices no tomarnos las cosas tan en serio para poder disfrutar de lo que venga! genial entrada gracias por compartirla! saludos!!

    • Rodrigo Martín permalink*
      15/02/2018 17:36

      Muchas gracias a ti, Silvia, por leernos y por tus elogios. ¡Un saludo!

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