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“Life”: en el espacio nadie puede oír tus lamentos

07/04/2017

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El cine (y más el género de ciencia ficción) siempre debe contextualizarse a la época en la que se rueda. Así, donde unos dibujaban un futuro de coches voladores y robo-cordones, otros imaginaban una distopía alienante para el ser humano o incluso una sociedad en perfecta armonía (por increíble que parezca). En el caso de “Life“, si se hubiese estrenado en 1978 estaríamos hablando de uno de los mejores referentes del género. Si se hubiese estrenado hace apenas cinco años sería un nuevo y sorprendente punto de vista que redefiniría el género espacial, aportándole un realismo sin precedente y nuevos caminos por los que desarrollarse. Pero el cruel paso del tiempo ha hibernado a este film hasta llegar a nuestro actual 2017 (otro tema que veremos será si “Life” contaba con el talento suficiente para haber podido existir antes); por lo que él mismo condiciona su análisis en base a los numerosos referentes a los que no se limita a homenajear. Y esos son, entre otros, los inmensos y poderosos títulos de Ridley Scott, John Carpenter y Alfonso Cuarón, “Alien“, “La cosa” y “Gravity“, respectivamente. No es casualidad que, en mi anterior critica de la semana pasada, indicara que los dos principales errores de “Ghost in the shell” fueran haberse estrenado en una época equivocada y quedar muy lejos (cualitativamente hablando) de sus fuentes de inspiración; pues esos mismos defectos vuelven a resaltar en la película de ciencia ficción “Life”, que hoy se estrena en nuestras pantallas. Aunque pueda parecer en un principio una simple coincidencia, estamos nuevamente ante uno de los principales síntomas de la (generalizando un poco) triste época actual en el cine comercial: la falta de ideas originales y sus consecuencias en forma de innecesarias secuelas y remakes.

Al igual que sucedió el año pasado con “Passengers” (interpretada por dos actores en la cresta de la ola como Jennifer Lawrence y Chris Pratt), “Life” cuenta con sus tres grandes interpretes como principal atractivo. Obviamente, ni en el título de Morten Tyldum, ni con éste de Daniel Espinosa estamos ante un “2001: Una odisea del espacio“, un film que exija la constante concentración del espectador en la trama, para entender las retorcidas maniobras del tiempo y del espacio…no obstante, cualquiera podría esperar que tras esta superproducción espacial, (que fue capaz de atraer a Ryan Reynolds, Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson a trabajar en este film por delante de otras propuestas), al menos también hubiese un guión a la altura. Afortunadamente, “Life” no es un nuevo “Passengers”; aunque se queda lejos también de ser un “Interstellar” que (con sus aciertos y fallos), posea el coraje de montar una buena historia con la que intentar renovar un género. Como veremos a continuación, la aspiración de “Life” es la misma que tenía inicialmente la doctora Ryan Stone en “Gravity”: orbitar muy cerca de la Tierra, aferrándose bien fuerte al brazo robótico de su nave nodriza para no alejarse por espacios inexplorados.

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Tras una secuencia inicial en la que vemos como una sonda espacial es dañada por basura espacial, el director sueco Daniel Espinosa nos deleita con un plano-secuencia de casi diez minutos (primera de muchas similitudes con “Gravity”) en la que va llevando al espectador a través de cada módulo de la claustrofóbica Estación Espacial Internacional (nuevamente, “Gravity”), mientras presenta a cada personaje y su labor en esta misión denominada ‘Pilgrim 7’. La tripulación está formada por la comandante rusa Ekaterina Golovkina (Olga Dihovichnaya), el ingeniero de sistemas japonés Sho Murakami (Hiroyuki Sanada), el doctor americano David Jordan (Jake Gyllenhaal, quien al igual que Matt Kowalsky en “Gravity” también está a punto de batir un récord en el espacio) y su compatriota el técnico Rory Adams (Ryan Reynolds en su segunda colaboración con Espinosa tras El anfitrión), los británicos Hugh Derry (Ariyon Bakare) y Miranda North (la siempre excelente Rebecca Ferguson), científico y doctora del centro de control de enfermedades respectivamente. El objetivo de la misión es rescatar la sonda que abría el film, procedente de Marte y que en su interior alberga muestras recogidas de la superficie marciana, entre las que la propia sonda ha identificado posibles restos biológicos. Por tanto, en manos de Rory Adams y del brazo robótico que él manejará, está la posibilidad de demostrar de forma empírica que hay vida más allá de nuestro planeta. Por cierto, durante la misión de rescate no faltará un personaje que comente ‘I´ve got a good feeling about this’, otra referencia casi literal a un clásico espacial como Star Wars y que también realizaba George Clooney en (seguro que lo aciertan) “Gravity”.

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Una vez capturada la sonda y las muestras siendo analizadas en el módulo con funciones de laboratorio, Hugh confirma la existencia de una célula inerte con núcleo y citoplasma. Tras descongelarla (con cierta referencia a “Re-animator“) y crear una atmósfera óptima (con menos oxígeno, más dióxido de carbono y glucosa para su desarrollo), la célula sale del letargo y empieza a desarrollarse. El día 12 de misión, las células ya se nutren rápidamente con la glucosa y se han convertido en una red neuronal con actividad eléctrica. Lo cual demuestra que no es una colonia de organismos celulares, sino un gran organismo. Cada célula puede realizar todas las funciones somáticas, es decir, es al mismo tiempo una célula nerviosa, muscular, y fotorreceptora (cerebro, ojos y músculo al mismo tiempo). La noticia recorre todo el planeta, siendo precisamente una escuela norteamericana la que, por sorteo, sea seleccionada para dar nombre a la criatura: ‘Calvin’, quien a las pocas semanas ya tiene el tamaño y estructura similar a una estrella de mar translúcida.

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Es obvio que, en algún momento, Calvin tendrá que abandonar la incubadora y el aislamiento del laboratorio. Y ese momento llega tras un (posiblemente) fingido letargo de Calvin aprovechando un descuido de Hugh. El británico se considera responsable de la pérdida de una oportunidad única. Piensa que por su negligencia ha eliminado la posibilidad de conseguir una evolución de las células madre terrestres, quién sabe si incluso de lograr algún día poder curar lo incurable. Y es precisamente a través de la fascinación inicial de Hugh y su posterior sentimiento de culpabilidad como Calvin logrará liberarse y, más adelante (en un momento de inspiración por parte de los guionistas), aprovechar la condición física del personaje inglés para lograr una brillante e inesperada escena de terror.

Desde el momento en el que el alienígena campa a sus anchas por la estación espacial, y por gentileza del guión escrito a cuatro manos entre Rhett Reese y Paul Wernick, (responsables de “Zombieland” y “Deadpool“, y cuyas referencias humorísticas pueden verse también brevemente en el personaje que precisamente interpreta Reynolds), el espectador podrá empezar a deshojar la margarita para adivinar el orden en el que los miembros de la tripulación irán siendo eliminados. Eso, junto con el triste espectáculo de ver cómo lo mejor de lo mejor que la NASA puede enviar a nuestra termosfera va cayendo en un error tras otro (algunos de los cuales, como romper voluntariamente el aislamiento de la estación y el laboratorio, son verdaderamente sonrojantes) en su intento de frenar al alienígena; pone en evidencia a este equipo frente a lo que ocurría en “Alien”, “Gravity” o “La cosa”, donde sus protagonistas tomaban decisiones racionales con las que el espectador podía sentirse representado, aunque finalmente algunas de ellas salieran mal.

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Sí es destacable el hecho de que no todos los personajes tendrán el destino que cualquiera de nosotros les atribuiría antes de comenzar el film; nuevamente en una maniobra similar a la utilizada en “Alien”. No obstante, este elemento sorpresa fue debido más a un conflicto de agenda con otros proyectos comprometidos por ‘esa persona‘ (que no desvelaremos aquí) más que a una maniobra voluntaria de los guionistas. Lo que sí se agradece es la clasificación “R” conseguida por el film que, si bien no incide en el gore, sí se permite subir un poco el tono truculento, olvidándonos de las producciones espaciales más recientes y pudiendo remontarnos hasta títulos como “Sunshine” o incluso “Horizonte final“.

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También es una pena comprobar como los efectos visuales, que ciertamente se mantienen a la altura incluso en escenas comprometedoras como la destrucción parcial de la E.E.I. (nuevamente con “Gravity” en mente), no consiguen generar el realismo necesario para que Calvin imprima en el reparto el necesario pavor que sumerja al espectador en la oscura pesadilla que debería ser este film. Y es que, aunque el entorno cerrado y reducido de la estación espacial funciona correctamente, el desafío de enfrentar a actores con elemento irreales que serán añadidos posteriormente en post-producción sigue sin ser efectivo. Títulos como “Depredador” y las ya repetidamente mencionadas “Alien” o “La Cosa”, demostraron con creces que la presencia física en el plató del alienígena es fundamental.
Incluso la banda sonora compuesta por Jon Ekstrand, que consigue sincronizarse con los diferentes ritmos de la historia mediante las oscuras sonoridades que la percusión y la generosa proliferación de notas sostenidas aportan, termina siendo una singular combinación de la composición de Jerry Goldsmith para “Alien”, Jóhann Jóhannsson para “Sicario” y Steven Price para “Gravity”.

A pesar de su (desacertado) título, “Life” no compone ninguna reflexión sobre la existencialidad o la reacción que la humanidad mostraría ante el mayor descubrimiento de la historia; sino un sencillo film de terror que, en función de la cultura cinematográfica del espectador, podrá ser un espectáculo para pasar el rato o una agotadora amalgama de copia-pegas de grandes pilares del género. Su mayor fallo consiste en no saber contar una historia nueva. Demuestra que sabe articular buenas escenas de suspense; pero no componer una identidad que le permita diferenciarse de sus referencias. Intenta mezclar el mejor horror espacial de “Alien” con el tono realista de “Gravity”, situando además la historia no en un futuro lejano, sino en nuestros días. Con esta base, “Life” ya partía de un buen punto para ir un poco más allá y marcar un nuevo rumbo, una nueva formula. Sólo faltaba que el guión hubiese podido aportar cosas propias a esa mezcla de estilos para evitar acabar siendo lo que finalmente mejor la define: un elogio abusivo a la referencialidad cinematográfica.

Mi lugar es aquí arriba.
No quiero volver ahí abajo con esos 8.000 millones de hijos de puta.

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