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‘Red Army’: ¡Que vienen los rusos!

26/02/2015

Red Army

Si la firma del alemán Werner Herzog es ya toda una garantía en la ficción (no olvidemos títulos míticos como ‘Aguirre o la cólera de Dios’ o ‘Fitzcarraldo’), lo es más aún en los últimos años en el terreno del documental. Seguramente desanimado por los problemas financieros que le implica a un autor como él realizar una película en los tiempos actuales, seguramente también por razones meramente artísticas, Herzog ha dedicado la mayor parte de sus esfuerzos en retratar la realidad y poco tiempo le bastó para ser uno de los grandes referentes del género. Obras tan redondas como ‘Grizzly Man’ o ‘Encuentros en el fin del mundo’ le permitían seguir explorando sus temas de siempre: los visionarios, los excéntricos, aquellos que necesitan apartarse de una vida convencional y vivir sus sueños hasta en los modos más extremos e incluso ridículos, todo ello filmado desde la admiración pero sin perder el necesario distanciamiento, no dudando en remarcar las contradicciones e ironizar sobre los aspectos cómicos de su ‘héroe’. No es hombre Herzog de elogio fácil ni de bajas miras. Por ello, cuando un servidor comprobó que estampaba su firma como productor y ‘padrino’ del debutante Gabe Polsky en ‘Red Army’, un documental sobre la legendaria selección soviética de hockey hielo que desde finales de los años 70 a finales de los 80 embelesó al mundo, no dudó en que era una obra a paladear, aunque la experiencia que tiene uno sobre este deporte no vaya más allá de unas cuantas partidas a algún videojuego.

La mayoría de grandes documentales deportivos de la historia (ahora me viene a la cabeza el fastuoso ‘Olimpia’ de Leni Riefenstahl) lo son porque no se quedan en las hazañas en los terrenos de juego, sino que extrapolan su visión al contexto político y social del acontecimiento retratado. Y ‘Red Army’ se inscribe precisamente en esa confluencia. En unos años 70 en los que aún la URSS está en fase expansionista y compite de tú a tú con EE.UU por el ser el país más influyente del mundo, partido en dos por la Guerra Fría, el aparato comunista centra en el deporte gran parte de su esfuerzo propagandístico, Y entre numerosas disciplinas, el hockey sobre hielo es la que sale más beneficiada de entre los juegos en equipo. Tras castings tan gigantescos como la propia extensión del país, un buen número de prometedores chicos son sometidos a duros entrenamientos y a los revolucionarios métodos de Anatoli Tarasov, que incidía en el aspecto más estético y bello de este deporte (vamos, un Guardiola de otro tiempo) para convertirse en fantásticos jugadores que formarán una selección que marcará época. Red army winning Fetisov

Es de esta manera cómo nos encontramos con un grupo de estrellas en ciernes (Vladimir Konstantinov, Vladimir Krutov, Igor Lorionov) encabezado por un líder natural, el carismático defensa Slava Fetisov, cuyo testimonio será el que mayoritariamente nos guíe por una historia que fluye prodigiosamente, siempre plena de interés. Caído en desgracia Tarasov, la selección queda en manos del exjugador y general del Ejército soviético Viktor Thikonov (a cuyo lado, Mourinho parece una monja teresiana), que, en un claro paralelismo con la situación real de la URSS, mantendrá a unas personas brillantes en una agobiante semiesclavitud (concentrados sin ver a sus familias durante once de los doce meses del año), aunque ello no perjudique el desarrollo de un dominio casi total de su deporte en los años ochenta.

Red Army Tikhonov

La mayor virtud de ‘Red Army’ es su perfecto equilibrio entre sus distintos componentes, el lograr un todo sin fisuras con el que el espectador logra tanto conocer las vicisitudes políticas del relato, conmoverse con sus derivas más personales y, como no, profundizar en detalles meramente deportivos. No solo es que cualquier no familiarizado con el hockey podrá disfrutar del virtuoso juego de los soviéticos y sus bellísimas jugadas coreografiadas con todo detalle, sino que aprenderá de la importancia de fundamentos tan esenciales como el entrenamiento, la únión en un equipo y el peligro que supone la confianza excesiva (materializada en la humillante derrota en la final de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980 ante un equipo estadounidense plagado de universitarios, en lo que se vino a llamar ‘Milagro sobre el hielo’).

La narración del documental explota cuando Fetisov decide romper con esa férrea disciplina que no le deja aprovechar su estátus de estrella mundial en pos de llegar a la NHL estadounidense, coincidiendo con los inicios de la ‘perestroika’ y un relativo mayor aperturismo del régimen. El tortuoso proceso que emprende para ello  se ve afectado y se va desarrollando en paralelo al progresivo desplome de la URSS y a las diferentes e inesperadas reacciones de sus compañeros de equipo, hasta ese momento, una verdadera piña. Las traiciones ejercidas por un Tikhonov cada vez más metido en el papel de supervillano sobreactuado, sus kafkianas discusiones con los altos cargos soviéticos, sus decepciones con su entorno más cercano se siguen con el corazón en un puño, al igual que, una vez conseguido su ansiado traslado a EE.UU, el resquebrajamiento de su sueño dorado en forma de fracaso deportivo y gélida acogida en sus primeros años norteamericanos. El pulso certero se mantiene en un tramo final que podría ser proclive al triunfalismo dado el resurgimiento final de Fetisov y sus compañeros como grandes estrellas en América y la consolidación de una relativa libertad con el advenimiento de la democracia en Rusia. Polsky sabe excavar como pocos en los matices y señala sabiamente las contradicciones presentes tanto envel propio Fetisov como en el nuevo y capitalista país, concluyendo una visión tan llena de claros como de oscuros, como la vida misma.

Red Army Fetisov

Herzog acertó al apostar por Polsky. Hay que ser muy buen cineasta para hallar pozos de fina ironía como todo un ex KGB agobiado por las interrupciones de su inquieta nieta o un spot que deja claro el absoluto desprecio de los jóvenes rusos por su pasado y sus símbolos. Hay que ser un narrador de verdadera enjundia para lograr exponer con tanta claridad y fluidez un relato repleto de complejidades. En definitiva, hay que tener mucho talento para que tu primera película pueda competir de tú a tú con una obra maestra del género como ‘Cuando eramos reyes’ y solo caiga derrotada por no contar, como esta última, con un protagonista tan bombástico como Muhammad Alí. Amantes de los documentales, tenemos nuevo director a seguir.

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