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“The Tribe”: cuando el lenguaje universal es la violencia

06/06/2016

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(AVISO: Resulta difícil hablar de un producto tan gráfico sin aludir a algunos detalles. Si eres extremadamente sensible a esa delgada línea que separa el spoiler de lo inevitable, vuelve tras ver “The Tribe” para comentar con nosotros.)

Hace un par de años y con la intención de acercar a nuestros lectores a la producción griega “Miss Violence” hablaba de ese tipo de cine que nos deja en un estado posterior desapacible, que llega para mostrarnos lo peor del ser humano y reducirnos a la condición de espectadores frustrados que de manera evidente no pueden actuar ante lo que están contemplando. Cine del que hace daño, del que nos deja en el organismo la misma sensación de las malas vivencias. Un tipo de cine que nuestra naturaleza morbosa y nuestra sed de experiencias con la pantalla nos arrastra a mirar.

Así llega “The Tribe” a algunas salas españolas, dos años más tarde de lo que debería y con una promesa de incomodidad que en general logra verse cumplida. Una cinta ucraniana mayúscula dirigida por Miroslav Slaboshpitsky  no carente de retos a lo largo de sus dos horas de duración. Parte de la premisa del ingreso de un estudiante sordomudo en un internado especial que casi se nos antoja un campo de batalla, donde por cuestión de supervivencia sólo tardará unas horas en unirse a la organización delictiva que controla la institución. Como particularidad no existen doblajes, subtítulos, ni traducciones. Nuestra relación con la obra trascurrirá con el sonido ambiente de la realidad en la que intentamos entrar y todas las conversaciones se llevarán a cabo en lenguaje de signos.

Este uso del lenguaje de signos obliga al espectador a adoptar una perspectiva, a presenciar una historia desde un punto de vista que le es ajeno como consumidor de cine, dotándolo de una empatía social (creo que este punto es la primera intención en su realización) y haciendo que cada cual como individuo mastique su propia presa. Esa empatía, además, ha de extenderse a todos los matices. La dureza de lo que se trata de contar requiere de una inmersión lo más completa posible. Poderoso es el silencio, sobre todo cuando viene de la mano de los contrastes, cuando somos conscientes de que esos personajes que se mueven en nuestras pantallas no pueden captar el sonido que les envuelve (y que nosotros sí estamos escuchando) ni enfrentarse a situaciones tanto cotidianas como extraordinariamente violentas sin un aviso previo: el acecho humano, el ensordecedor ruido de la maquinaria de un tren, un claxon. Entramos en un universo en que las relaciones de desigualdad son una realidad palpable, empezando por el público y la ficción.

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La película es, sin embargo, lo suficiente gráfica y dolorosamente expresiva como para que llegar a entrar en ella no suponga el esfuerzo que cabe imaginar de manera previa. Con sus escenas lentas, sus silenciosos diálogos sin cortes y sus continuos planos secuencia, resulta difícil no llegar a pisar ese terreno en plena guerra en que se convierte el internado, con su deprimente azul grisáceo, sus paredes desconchadas como un ejemplo gráfico más de que quienes lo habitan importan un carajo y una frialdad material que se huele y se siente desde el otro lado. La dominación constante para no dejarse languidecer ni encoger en tal lugar no llega a considerarse una opción sino un contexto asumido y repartido según los roles de género aceptados. De ese modo, es el sexo femenino el que de nuevo ha de adoptar el papel de moneda de cambio para sobrevivir. Ellos roban y dan palizas para volver al infierno con lo que quieren o se les ha exigido según la ocasión, ellas se suben a los camiones estacionados de un polígono industrial para dejarse follar a cambio de un trato controlador y paternalista. Todos son víctimas de la desprotección del sistema.

En un ambiente tan hostil como el descrito, el espectador necesita de una adaptación al entorno tanto como el personaje principal que llega para encontrarse en medio de algo que lo obliga a posicionarse si no quiere ser carne de bullying. “The Tribe” es violencia que se respira, es la delincuencia que comienza como obligación y que en ocasiones continúa como costumbre, que funciona como el símbolo perfecto de un problema social que nadie quiere mirar con atención. Un problema del que es más cómodo no oír hablar, sordos por voluntad propia.

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Reza el cartel del filme aquello de “El amor y el odio no necesitan traducción” y hablar de amor en medio de todo ese odio no contenido parece necesario. Es sólo que no es amor lo que se trata de vender, que la historia que enmarca a ese protagonista perdido que evidentemente sufre una transformación no es amor, sino la antítesis. Es violencia sexual y control, es superioridad pretendida y sentimiento de posesión disfrazado de protección. Encaja perfectamente en toda esa maraña de batalla campal contra los derechos humanos que se ha venido a narrar aquí.

No puedo dejar de incentivar a la audiencia activa a ver “The Tribe”. Puede que resulte incómoda, que algunas escenas punzantes consigan destemplar nuestras defensas en mayor o menor medida, ¿pero no es eso lo que se le ha de pedir al buen cine? ¿No afirma Lars Von Trier que “el cine ha de ser como una piedra en el zapato”? Esa piedra tiene nombres diferentes y a veces anuncia como una perdición que en realidad el lenguaje universal es la violencia.

 

 

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2 comentarios leave one →
  1. 14/06/2016 11:24

    Tengo curiosidad (y temor) por ver esta película. Excelente crítica

    • Irene B. Trenas permalink*
      20/06/2016 11:15

      Espero que lo primero gane a lo segundo porque de verdad merece la pena. ¡Gracias por leernos!

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