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“Jackie”: el Olimpo ha caído

17/02/2017

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El siglo XX está plagado de imágenes que resumen perfectamente la evolución de nuestra especie, entre las que podríamos destacar tres de ellas por la singularidad del mensaje que dejaron a las generaciones posteriores. Por un lado, Auschwitz (o el holocausto en general), uno de los más aterradores y definitivos ejemplos de cómo el hombre se convierte en un lobo para el hombre. Por otro, la imagen de Neil Armstrong en nuestro satélite natural, uno de los puntos culminantes de nuestro avance tecnológico e interminable ambición por superar nuestros límites. Y, por último, el magnicidio del primer presidente de Estados Unidos nacido en ese siglo XX, John Fiztgerald Kennedy, perpetrado el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas. Aquella mañana, con la muerte del presidente más joven de aquel país, la nación no sólo despertaba trágicamente del eterno sueño americano llorando amargamente su pérdida; su asesinato era además la prueba de cómo un sistema (en el que el país tenía una fe inquebrantable hasta entonces) era capaz de eliminar a aquellos que pretendían reformarlo (como pocos años después volvería a demostrar con los casos de Martin Luther King y Robert Kennedy).

La historia (con ayuda de la televisión y el cine) ha mantenido imborrable en la memoria de la sociedad americana la impactante imagen de su cuarto presidente norteamericano asesinado, así como el posterior funeral emitido a toda la nación (por no hablar de la muerte en directo de su asesino Lee Harvey Oswald). El fallido informe de la comisión Warren, junto con la teoría de la conspiración, se encargaron de nutrir con todo tipo de detalles los últimos minutos de Kennedy. Sin embargo, los detalles acerca del duro papel que su difunta esposa, Jacqueline Kennedy, tuvo que afrontar durante los días posteriores se mantuvieron siempre a la sombra de su marido.

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Para muchos, Jackie Kennedy es recordada como la Primera Dama que más énfasis puso en abrir las puertas de la Casa Blanca a su pueblo, no sin antes revestirla con toda la pompa e historia que sus pertenencias acumulan (ella fue la responsable de rescatar del olvido y restaurar el famoso escritorio Resolute que preside el despacho oval). Su paseo por la Casa Blanca televisado a toda la nación en 1961 fue uno de los primeros pasos estudiados para conquistar la atención (y adoración) de una inmensa parte de la sociedad americana que empezaba a ver en el matrimonio Kennedy una especie de pseudo-realeza americana.

Con el asesinato de su marido, Jackie se verá inmersa en el ojo de un huracán de poder alimentado por políticos, familiares, envidias y sus propios conflictos internos derivados de su peculiar matrimonio. A pesar de su terrible situación, Jackie se verá obligada a defender el legado político de su marido e impedir que los últimos actos en la Casa Blanca empañen la imagen que acompañará a su familia en la posteridad; a luchar para poder ejercer su derecho a tomar decisiones respecto a las conmemoraciones y entierro de su propio marido, pues los hombre de confianza de la administración de su difunto esposo, junto con los que forman la administración del nuevo presidente, querían tomar las riendas de tan delicado tema. Todos ellos recomendaban no realizar a pie el recorrido hasta el cementerio de Arlington por motivos de seguridad (la imagen de otra personalidad cayendo bajo las balas habría sido una situación aún más funesta); pero ella antepuso la historia de ese momento a su propia seguridad.

Por si el despertar a golpe de percutor del sueño en el que su vida se había convertido no fuera suficiente, Jackie deberá encontrar fuerzas para evitar que se difumine en el tiempo lo poco que queda de aquel Camelot que ella y su marido crearon de forma idílica el día que entraron en la Casa Blanca como Presidente y Primera Dama del país.

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Su director, el chileno Pablo Larraín (“Neruda”, “El club”, “No”), se enfrentaba con “Jackie” a un doble desafío. Por un lado, afrontaba su primera película rodada en inglés con unos diálogos que, ni eran suyos, ni estaban rodados en su lengua materna; pero además, este es su primer título con una protagonista femenina, por lo que la forma de mostrar a un personaje de la fuerza de Jackie Kennedy requería encontrar la sensibilidad y emoción adecuada. Y, en este punto, Pablo tenía las ideas muy claras. En contra de las intenciones del estudio, (que tenía prácticamente atada a Rachel Weisz), Larraín puso como única condición que fuera Natalie Portman quien abanderara el reparto de la película.

En este film no hay tramas que mantengan al espectador a la espera de desvelar detalles ocultos sobre el asesinato de Kennedy, ni se trata de forma analítica los detalles del magnicidio. Jackie es un film puramente emocional, analizando la reacción y el comportamiento de los protagonistas ante la enorme tragedia de ver como su presidente, hermano, esposo, compañero o amigo es asesinado. La escena de Jackie frente al espejo intentando quitarse la sangre de su marido, bañada en lágrimas de miedo, desesperación y angustia, es uno de los mejores motivos para ver que la insistencia de Larraín era acertada y que Portman es, con toda justicia, la gran favorita para obtener una estatuilla el próximo 27 de febrero.

La película imagina (importante detalle a tener en cuenta a la hora de analizar el realismo y veracidad con el que se ha diseñado esta producción) la difícil existencia de la Primera Dama tras el brutal asesinato de su marido, hasta una semana después de su entierro. Y no sólo se centra en los momentos históricos más conocidos; sino que aporta un notable espacio dedicado a reflejar la intimidad familiar y la soledad que empieza a dominar la vida de Jacqueline. Emotivos (y a menudo oscuros) momentos rodados mediante largas escenas sin diálogos, paseos llenos de desesperación y tristeza por los pasillos de la Casa Blanca que poco a poco van mostrando los trastornos que el trauma y el estrés vivido empiezan a causar en el comportamiento de Jackie Kennedy. Paseos que contrastan brutalmente con los que formaban el tour televisado (y utilizado frecuentemente por Larraín) y que Jackie realiza ahora por los vacíos pasillos de la Casa Blanca todavía con la sangre de su marido en sus ropas. Aquí, la influencia de “El resplandor” es innegable.

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Jackie va alternando conocidos momentos históricos (como el propio asesinato del presidente, mucho más explícito de lo que uno esperaría de un título intimista como es este), con escenas de menor trascendencia pero de gran tensión y sufrimiento (como la escena de la ducha en la que Jackie, finalmente desvestida del legendario Chanel rosa, observa como el agua va limpiando de su cuerpo la sangre de su marido).

Larraín coloca la cámara siempre al servicio de Jackie, convirtiendo al espectador en un sempiterno testigo de cada uno de los últimos momentos que la Primera Dama vivió en la Casa Blanca; utilizando principalmente para ello el primer plano, enmarcando así cada una de las expresiones de los actores, potenciando sus emociones e impidiendo que otros elementos distraigan nuestra atención. Mostrando de forma singular la belleza que yace casi oculta en cada tragedia.
En ningún momento perderemos de vista a Jackie Kennedy. Desde su papel de anfitriona para los espectadores del documental por la Casa Blanca, hasta que se convierte en la viuda de América tras el asesinato de su esposo, nos convertiremos en espectadores de primera fila (con un marcado componente voyeur con el que invadimos su intimidad, que la película no oculta en algunas escenas) del dolor que inundó esos días la residencia oficial y a la propia Jackie Kennedy en narradora, tanto en aquellos planos en los que habla mirando directamente a la cámara, como durante esa entrevista que concede, una semana después de que ella haya abandonado la Casa Blanca, al periodista Theodore H. White (Billy Crudup) en la que relata todo lo sucedido, aplicando eso sí la carta blanca que tiene para decidir qué se publica y qué no.

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A diferencia de lo que ocurría años atrás, resulta llamativo como cada vez son más numerosos los títulos que apuestan todo por un detallismo exacerbado en la recreación de una época o un hecho histórico, dejando en un segundo plano elementos fundamentales como el guión o las interpretaciones. Afortunadamente, no es el caso de “Jackie” pues, a pesar de una meticulosidad casi enfermiza por los detalles de cada escena rodada (con un diseño de producción y vestuario que rozan la perfección y consiguen por momentos dar la sensación de estar visitando un museo de cera viviente), el gran baluarte de la película son las interpretaciones de su excelente reparto y el enorme guión de Noah Oppenheim (no olvidemos que, a pesar de los hechos históricos que rodean la trama; en su mayoría, las escenas y diálogos que ocurren a puerta cerrada son ficticios). Pablo Larraín no pretende en ningún momento rivalizar con títulos como “JFK: Caso abierto”, pues el verdadero objetivo es formar un retrato de la primera dama a lo largo de la semana posterior al asesinato de su marido.

Entre los numerosos momentos fieles a la historia, hay uno particularmente importante que acaba formando una de las escenas más memorables de la película: la jura en cargo del nuevo presidente Lyndon B. Johnson (John Carroll Lynch), en la que cada actor involucrado mide milimétricamente sus reacciones. Siendo digna de destacar la que Natalie Portman refleja, inmersa en la pesadilla que está viviendo, parece despertar cuando oye por primera vez que alguien se dirige a la mujer de Johnson con el título de señora Presidenta.

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Y es que la comprometida interpretación de Natalie Portman con su personaje derrocha complejos detalles repletos de personalidad e inteligencia a la hora de abordar este desafío. Sabiendo reflejar y equilibrar sus delicadas maneras mezcladas con la ansiedad que Jacqueline Kennedy tuvo que sufrir esos días; dibujando un poderoso y sobrecogedor retrato de una mujer siendo arrollada por momentos absolutamente extraordinarios.
Ella misma sostiene por completo el título con una interpretación omnipresente, que en ningún momento abandona la pantalla y que acaba siendo el único punto de vista que tendrá el espectador. Ella será nuestros ojos y el suyo será nuestro único punto de vista de los terribles hechos que acabarán por romper en pedazos su vida. Quizás la aparente fragilidad de Natalie Portman no la situaría como nuestra primera opción si pensamos en interpretar a una esposa capaz de tener a su marido en su regazo, con la cabeza destrozada, sin entrar en shock. Sin embargo, la actriz consigue hacer suyo el personaje, convertirse en ella. Portman ha convertido en oro la información que extrajo de las biografías que consultó y de las horas de película sobre Jackie que analizó. Según avanza el metraje, Portman se va disolviendo hasta que sólo vemos a la Primera Dama en pantalla, devastada y superada por todo lo que la rodea. Logrando mostrar las diferentes capas que esta mujer tenía frente a la opinión pública, su familia, su esposo, su familia, sus hijos. Una interpretación que Portman mantiene bajo control en todo momento, pues habría sido muy fácil caer en la mera imitación de sus ademanes y limitarse a interpretar la parte más pública de Jackie. Y, aunque Portman refleja fielmente los aspectos de su personalidad más conocidos (incluido un acento y cadencia de voz que, a veces, puede resultar una distracción para el espectador), Natalie es capaz de dotar de intimidad al personaje, capturando perfectamente la agonía de la versión más fragmentada y devastada de Jacqueline, sin caer en la imitación de tics tan manidos cuando hablamos de películas biográficas.

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Junto a Portman, destaca Peter Sarsgaard en el papel de Robert, el hermano de JFK (interpretado a su vez por Caspar Phillipson) y uno de sus principales puntos de apoyo, junto con Kenny O’Donnell (el consejero personal del presidente que, hace 17 años, interpretó Kevin Costner en la película “13 días”, aquel film dirigido por Roger Donaldson sobre la crisis de los misiles de Cuba) interpretado ahora por Aidan O’Hare. En uno de sus últimos papeles, John Hurt es el sacerdote en el que Jackie encontrará un confidente con el que compartir sus miedos y recelos acerca de las infidelidades de su marido. El único que conocerá a la Jackie más humana, la esposa que ha perdido a su marido, la madre que ha perdido a sus hijos, su inseguridad ante la tarea de intentar conciliar la imagen pública que el matrimonio forjó y los crudos recuerdos de una pareja rota por las infidelidades.

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No obstante, hay un protagonista más que no figura en el reparto principal: el guión.
Obra de Noah Oppenheim, el libreto dibuja una Jackie desde numerosos ángulos. Algunos de ellos mantienen la imagen institucional que tenía la Primera Dama (solemne, educada, hospitalaria, consciente de su imagen pública, madre y esposa dedicada), mientras otros reflejan a una mujer fría y calculadora. Cada una de estas mujeres irá aflorando en presencia de cada uno de los personajes con los que ella compartirá estos duros momentos. Oppenheim crea un detallado retrato psicológico de una mujer que, aún devastada por la tragedia, es capaz de encontrar un sentido a sus últimos días en la casa blanca. Resultando sorprendente que un guión de esta calidad se paseara por los despachos de Steven Spielberg y Darren Aronofsky (a la postre, productor del film), hasta que llegó a manos de Larraín.

Por último, la hipnótica composición musical a cargo de Mica Levi nos va sumergiendo de manera inexorable en la tristeza en la que Jackie y la nación están sumidas. Con una minimalista partitura (nominada también al Oscar) que nos recordará mucho a la compuesta para su anterior trabajo en “Under the Skin”, Levi refleja el estado mental de Jackie, potenciando el desorden que empieza a reinar en la vida de la protagonista.

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Acontecimientos recientes en los Estados Unidos nos demuestran que no hace falta una bala para poner en riesgo los anhelos de una sociedad civilizada y moderna. Jackie es un título que nos enseña el lado más desconocido y humano de una mujer que abanderó, junto a su marido, un sueño que conquistó a toda una nación; mostrando el doloroso fin de una época cuando dicho sueño concluyó.

Habrá grandes presidentes nuevamente,
pero no habrá otro Camelot.

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2 comentarios leave one →
  1. Mercedes permalink
    17/02/2017 11:32

    El personaje de Jackie Kennedy Onassis nunca ha sido especialmente atractivo para mi, quizás porque tenía la impresión de que era un personaje frívolo y clasista, y de entrada la película me daba pereza. Sin embargo, este post me ha hecho cambiar de idea. Si la pelicula busca (y logra) transmitir los múltiples matices de la reacción psíquica y emocional del personaje tras el asesinato de su marido, merece la pena verla. Ademas, es una forma de dar profundidad y matices a un personaje del que siempre se ha destacado su aspecto más superficial. Gracias por la sugerencia, José Manuel.

  2. José Manuel Loscertales permalink*
    17/02/2017 14:34

    Hola, Mercedes.

    Puedo decir que me pasaba exactamente igual que a ti. Consideraba a Jackie una mujer que, por su estatus social, disfrutó de una vida extraordinaria (en todos los sentidos, pues la tragedia también se cebó con sus seres queridos). De igual forma que, hace muchos años, pensaba en JFK como un ejemplar presidente, marido, padre de familia, etc…al final, la vida está repleta de matices y muy pocas cosas suelen ser blancas o negras.
    De igual forma que Kennedy tuvo muchas sombras en su vida, Jackie tampoco fue la “muñeca Barbie” que muchos señalaron.

    Eso sí, a pesar de que gran parte del film es una recreación de hechos en los que no había testigos, sí podrás comprobar que tu apreciación sobre ella (“frívola y clasista”) sigue apareciendo en algunos momentos de la película y, muy seguramente, fue parte importante de su forma de ser incluso en momentos tan trágicos. Eso no impide que, tras las puertas de su residencia oficial, alejada de las cámaras, pudiera dejar salir las emociones propias de la pérdida que acababa de sufrir.

    Ese contraste considero que es también uno de los principales atractivos de la película y de la portentosa interpretación de Portman.

    Mercedes, cuando hayas tenido ocasión de verla, estaremos encantados de volver a leer tus impresiones acerca de la misma.

    Un saludo y gracias a ti por leernos.
    JM.

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