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“Fe de etarras”: costumbrismo a prueba de bombas

19/10/2017

No busquen la polémica por favor, y no se dejen llevar por eso de “una comedia sobre ETA”, porque vamos a intentar demostrar que no es así. Y en principio no es así porque “Fe de etarras” es mucho más, pero también mucho menos. Es mucho más porque, más allá de que los protagonistas de la película sean miembros de ETA, la cinta habla de la esperanza, de la fe, de la necesidad de aceptación y de crear vínculos, de la frustración, de la soledad… ; pero también es mucho menos porque no será en esta cinta en la que pongamos a prueba eso tan en boca de todo el mundo últimamente que es los límites del humor, ya que no se trata de una cinta irreverente, transgresora ni controvertida.

Borja Cobeaga insiste en su particular prisma del conflicto y costumbras vascas (después de “Vaya semanita”, “Negociador” u “Ocho apellidos vascos”), y de la mano de Diego San José firma un guión en el que los momentos de comedia se mezclan con episodios de casi reflexión, sin llegar a haber un fuerte contraste entre la risa y el drama, pero sin que ninguno de estos dos desaparezca casi nunca de la pantalla (de la pequeña pantalla, ya que la película, producida y emitida por Netflix, no ha podido verse en las salas de cine). El guión presenta un escenario ya de por sí casi esperpéntico: en los últimos coletazos de luchar armada de ETA, un comando espera órdenes en un piso franco en Madrid mientras se disputa el Mundial de Sudáfrica, y con él el latente y cada vez más desatado españolismo.

Y sí, la película está llena de clichés, de acuerdo, pero esa es la gracia del costumbrismo, reflejar las costumbres típicas de un elemento (personas y/o lugares), y “Fe de etarras” es, sobre todo, una película costumbrista, un reflejo deformado por exageración (como muchas veces lo es el costumbrismo) de un modo de vida, en esta ocasión el de unos terroristas, con todos sus conflictos y luchas internas. Ciertamente resulta divertido el ver a tales elementos en su día a día, organizándose en el piso franco, intentando llenar las horas muertas, todo eso en perpetua convivencia con un nacionalismo español cada vez más omnipresente. Sin embargo, la profundidad de la cinta no reside en esos elementos, sino que ahonda en la esperanza y en las creencias (sean las que sean) como modo de vida, como elección de un destino que poco a poco va perdiendo consistencia ante los ojos de los protagonistas. Y es en ese punto en el que entran en juego la frustración, los replanteamientos e incluso los enfrentamientos por intentar llevar (o no) su fe adelante.

Pero, por encima de todo, “Fe de etarras” es una comedia, y como tal posee cuatro o cinco momentos francamente tronchantes. La iniciática conversación en la primera comida en el piso franco, con el sentencioso “antes en ETA se comía de puta madre” es un ejemplo de algunos de los gags más celebrados, al igual que la memorable escena jugando al Trivial, que además sirve para dar un par de hostias a unas creencias asentadas en verdades de frágiles cimientos. La llamada de teléfono con el personaje interpretado por Julián López (ese etarra de Albacete que es sin duda el elemento más cómico de la película) y la compra de la bandera española “para disimular” serían otras de las escenas en las que la carcajada se convierte en protagonista. En el otro extremo, el tenso enfrentamiento entre los personajes de Javier Cámara y Miren Ibarguren en uno de los momentos de más debilidad de la operación tiene en esa pistola sobre la mesa toda una declaración de intenciones, al igual que el patetismo del atentado con petardos refleja en la cara de Javier Cámara una frustración absoluta al comprobar en lo que se ha convertido todo por lo que había luchado hasta ese momento. Así, aunque hay contrastes y unas secuencias apuntan más a la comedia y otras a la denuncia, durante casi todo el metraje está presente ese tono satírico, pero también ese aire de tristeza y a veces hasta de melancolía.

En una cinta casi teatral, con escasas salidas al exterior, lógicamente cobran una importancia significativa los actores, y estos no fallan. Desde la ya casi veteranía y con su indudable facilidad para el humor tan importante en sus comienzos, Javier Cámara convierte a su Martín (y a su conflicto por ser de La Rioja) en el vértice en el que se vertebran el resto de relaciones, llevando sobre sus hombros buena parte de las escenas más importantes de la película. En una especie de rombo, su personaje sería el nexo de unión de los interpretados por Miren Ibarguren (Ainara) y Gorka Otxoa (Álex), ella la más idealista del grupo, él, el más dispuesto a terminar con todo y largarse bien lejos (a Uruguay, por ejemplo), pero con ella. Y como último punto, y equidistante con el líder que es, o pretende ser, Javier Cámara, aparece ese terrorista de Chinchilla, Pernando, que encarna Julián López, el más caricaturesco de todos, quien en su infinito deseo por ser etarra no tiene realmente motivos para serlo, pero tampoco le importa, o ni se entera. Y al final, las dos líneas que unen a Martín con Pernando y a Ainara con Álex terminan concentrándose en ese piso franco, en esa llamada que no llega y en ese futuro que deberán reinventar.

Si bien es ETA la principal diana de los dardos de “Fe de etarras”, no acaban ahí las denuncias. El nacionalismo de bandera o casual o de fútbol o de interés o como quiera llamarse es tratado con la misma ironía, como también hay crítica a las ideas preconcebidas, a los prejuicios, a los “yo no digo que… , pero por si acaso…”. De esta forma, la cinta se muestra especialmente punzante cuando trata aspectos más universales que los propios de la banda terrorista, quedando la crítica a ETA en una deformación esperpéntica, pero dejando espacio para la reflexión cuando la denuncia alcanza aspectos más cercanos al resto de los mortales. Por lo tanto, una vez pasada la necesaria controversia causada por la publicidad y promoción de la cinta, el principal mérito de la película ha sido, no tanto el hacer una comedia sobre ETA, sino el haber hecho una comedia con ETA.

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2 comentarios leave one →
  1. Herr Garrote Vil permalink
    20/10/2017 15:53

    No es un peliculón desde luego,pero no podemos negarla su valentía.
    Sobre todo nos muestra el desencanto, la frustración y la soledad de Martín, el intentar seguir creyendo en algo que ya no es lo que era y que en el fondo todo fue una gran patraña que dejó muertos innecesarios.

    • Sergio Almendros permalink*
      21/10/2017 22:06

      Hemos visto básicamente los mismos puntos fuertes en la película. Sin olvidar los momentos cómicos, que los hay. Un saludo

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