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Amaral: entre el cielo y el suelo (acopio de aciertos y desatinos)

17/10/2017

Al parecer, Amaral hace tiempo que dejó de ser esa banda lo necesariamente amable, lo convenientemente accesible y lo suficientemente buena para gustar a una amplísima parcela de público, siendo posiblemente el último gran grupo multimegavendedor de nuestro país, allá por el primer lustro del siglo XXI. La banda no ha variado excesivamente sus credenciales desde entonces, aunque más o menos con el cambio de década esa amplísima parcela de público cambió su parecer (o se cansó, o vete tú a saber qué mueve a esa amplísima parcela de público). Sin embargo, su propuesta amable, accesible y lo suficientemente buena sigue siendo idónea para los ‘mass media’ (siendo uno de los habituales ‘grupos de telediario’) y para ser premiada en los galardones más populares (su extensa colección de Premios de la Música y Premios Ondas pueden dar fe), por lo que el altavoz siguen teniéndolo y cada paso en su carrera tiene por segura una mínima repercusión. Además, conservan un buen puñado de fieles seguidores y su nombre se mueve con cierta destreza entre los carteles veraniegos, en una suerte de equilibrismo entre el mainstream más de libro y el panorama indie (tan de libro como a veces igualmente mainstream). Pero el trono del pop español ya lo ocupan otros (cantantes guapetes con más o menos un aire flamenquito parece que son los que ahora más gustan a esa amplísima parcela de público. Dios santo).

De esta forma, aunque el grupo quizás ya no esté en la cresta de la ola musical, sí sigue conservando una importante popularidad, en el buen y en el no tan buen sentido de la palabra. Y con esta mochila a sus espaldas, Amaral se mueve entre las muecas de esa escena alternativa, a la que trata de seducir pero que creo que aún no ha sido convencida, y esa música más popular pero de la que ya hace varios discos que dejó de ser bandera. No voy a pretender reivindicar ni menospreciar nada. Creo que Amaral tiene un buen puñado de grandes canciones, incluso algunos de sus discos son bien defendibles, pero también es cierto que en casi 20 años de carrera su evolución ha sido mínima, su riesgo demasiado fiable y su estilo (esto ya como gusto personal) un poco falto de colmillo. A continuación, los ejemplos, trazando un recorrido por algunos de sus mayores éxitos y mejores temas pero sin dejar pasar con sonrojo otras composiciones menos afortunadas.

Procedentes de Zaragoza, bajo el abrigo de Enrique Bunbury y la producción de Pancho Varona, Amaral se presentó en sociedad allá por 1998 con un disco homónimo excesivamente tibio, correcto, pero sin nada lo demasiado relevante que aportara algo realmente nuevo al panorama. Con Eva Amaral protagonizando en exclusiva la portada, guitarra en ristre, y dando con su apellido nombre al grupo y al disco, parecía tratarse de una nueva cantautora pop, algo demasiado manido e insuficiente si no se tiene detrás un buen puñado de enormes canciones. No era el caso aún, si bien “Rosita” fue una buena presentación, un tema sencillo que servía para mostrar las credenciales de su sonido: la potente voz de Eva Amaral y los precisos arpegios de Juan Aguirre a la guitarra bajo un importante manto de acústicas.

En apenas dos años, el cambio cualitativo se hizo evidente con “Una pequeña parte del mundo”. El que para mí es su mejor y más redondo disco redundó en el pop suave y amable pero inyectándole una buena de aristas a su sonido, dándoles así un ropaje más apañado a unas canciones que además subían un punto (como poco) en calidad y madurez, aunque conservaban en esencia su sencillez pop. De esta forma, este segundo disco es posiblemente el más regular de toda su carrera, y regular en el sentido de que es en el que menos altibajos podemos encontrar, manteniéndose casi a lo largo de sus 50 minutos en un buen nivel de notable, eso sí, llegando al sobresaliente con el clásico “Cómo hablar”, una delicia de canción que bien pudo haber sido ya SU canción, (si no lo es). Pero además, se puede destacar el country que adereza “Una pequeña parte del mundo”, el aire de vals-folk de “Botas de terciopelo” y la melancólica “Siento que te extraño”, todo dentro de una colección bastante homogénea donde quizás los cortes más flojos pudieran ser la demasiado candorosa “El mundo al revés” y la evitable versión de Cecilia “Nada de nada”, si bien se la llevan con bastante tino a su sonido, un sonido que ya empezaba a ser bastante identificable.

En el año 2002 llegaría el estallido definitivo, su ascenso a las grandes ligas de la mano de “Estrella de mar”, un disco ya bastante más comercial, irregular y, paradójicamente, juvenil. Con más de dos millones de copias vendidas, el disco se abría, y con él las puertas del estrellato, con “Sin ti no soy nada” y “Moriría por vos”, dos buenas y accesibles canciones que les daban, con toda justicia, el trono del pop español (justo en el momento en el que aquel primer Operación Triunfo lo inundaba todo, por lo que la proeza fue más celebrada si cabe). A continuación, más hits, la muy ‘bowieana’ pero sobretodo ‘adolescéntica’ “Toda la noche en la calle”, con la que llega el primer sonrojo importante, y la mucho más defendible y personal “Te necesito”. De ahí hasta casi el final el disco se encamina por bastante medianías y temas simplones, cuando no reprochables, como ese reggeae-naif “Qué será?” o esa igualmente pueril llamada a la solidaridad, a la ecología y a todo el buenrrollismo que es “Rosa de la paz”. La cosa mejora en su tramo final, firmando con “El centro de mis ojos” y “En un solo segundo” algunos de los temas más arriesgados de su carrera hasta ese momento, especialmente el segundo, que además del riesgo sí tiene la calidad para ser uno de los puntos más altos de su discografía.

Su estatus de estrellas máximas del pop español lo mantendrían un disco más, con “Pájaros en la cabeza”, en el que repetían la fórmula, alternando buenos temas con otros demasiados cándidos. Así, en este saco de temas inofensivos entraría el primer single, la efusiva, efectiva y fabulosamente comercial pero inocua “El universo sobre mí” o la llamada a la rebelión con fuegos artificiales de “Revolución” o el sonrojo mayúsculo de “Marta, Sebas, Guille y los demás”, una canción perfectamente firmable por Parchís, al igual que “Salta”, tema con una melodía casi denunciable. Afortunadamente, el disco contaba también con alguna canción notable, especialmente “Días de verano”, tema que podría ser la quintaesencia de los Amaral más inspirados, un tema que contiene todo lo bueno que se podría esperar de ellos, una potente y pasional voz, la precisa guitarra de Juan Aguirre y una apabullante producción, esta vez llenando con una tormenta de cuerdas el tema. Del grueso de “Pájaros en la cabeza” podrían defenderse, por ser benévolos,  también las enérgicas y eléctricas “Big Bang” y “Resurrección”. Y nuevamente en el final, la única sorpresa (positiva), “No soy como tú”, con Enrique Morente, en un gran duelo de voces, intenciones y sentimientos.

El último trabajo de Amaral en la primerísima línea de la música nacional sería “Gato Negro Dragón Rojo”, un doble trabajo en  el que se comprueban apuntes de madurez pero también una falta de precisión, resultando un disco innecesariamente largo. Nuevamente acertaron comercialmente con el primer single, y es que ahí pocas veces fallan. En su relativa facilidad para producir ‘pelotazos’, casi siempre atinan al colocar uno lo suficientemente impactante y punzante en la apertura del álbum y como presentación del mismo. En esta ocasión fue “Kamikaze” el que hizo llamar la atención. Sin embargo, a pesar del extenso listado de temas, solo este y el que sería segundo sencillo, la nuevamente adolescente y costumbrista “Tarde de domingo rara”, poseían esa pegada para mantenerles en el candelero una temporada más. El trabajo se movía mejor en los temas medios, aquellos que en otra ocasión hubieran sido más o menos de relleno, en esta ocasión escondían los mejores momentos. De esta forma, a la bellísima “Rock & Roll” la tengo como una de mis muy favoritas de todas sus canciones; “Biarritz”, compuesta por Juan Aguirre en su anterior banda, Días de Vino y Rosas, es otra de las destacadas, en las que se ve evolución musical, dentro de unos parámetros de los que nunca se han movido demasiado, pero que en esta ocasión se muestran sólidos; y “El artista del alambre” también intuye una madurez bien entendida. Pero el disco tiene también muchos peros, como “La barrera del sonido”, como “Alerta” o como “Es sólo una canción”, con la que Juan Aguirre debutaba en las tareas vocales, no del todo afortunadamente.

La segunda parte de la carrera de Amaral llegaría con la creación de su propio sello discográfico, Antártida, huyendo de las multinacionales y abrazando al fin con su siguiente disco, “Hacia lo salvaje”, esa madurez tan esperada, especialmente en las letras. Así, tres años después de “Gato Negro Dragón Rojo” (estamos en 2011) llegaría “Hacia lo salvaje”, de nuevo un single potente, pero con los suficientes arreglos para comprobar que algo había cambiado. Efectivamente, el sonido de este disco se presentaba más orgánico, de nuevo compacto, atisbando en él a una pareja de músicos más seguros de sí mismos. Entre unos cortes que, como ya sucediera en aquel “Una pequeña parte del mundo”, vuelven a mostrarse muy parejos, destaca, además del sencillo de presentación, la canción “Cuando suba la marea”, nueva demostración de folk-pop acústico, sencillo y de calidad que estalla en un irresistible estribillo en el que Eva Amaral vuelve a demostrar, esta vez con contención, ser la mejor voz del pop nacional, un estatus que también atestigua en la épica “Hoy es el principio del final”“Esperando un resplandor” y “Van como locos” son las canciones que recogen aún lo más olvidable de sus anteriores trabajos, aunque afortunadamente ya son solo ecos que no llegan a ensuciar el resultado final.

Volviendo a espaciar mucho sus trabajos, hasta 2015 no llegaría “Nocturnal”, un disco que sigue la senda de “Hacia lo salvaje”, pero más oscuro y con menos suerte en la composición de la canciones. El pelotazo de inicio lo dio en esta ocasión “Llévame muy lejos”, de nuevo de forma irrefutable, con unas guitarras más afiladas que nunca. No obstante, en este trabajo sí hay más diferencia entre las canciones más destacadas y las menos afortunadas, alcanzando las primeras cotas muy pocas veces igualables en sus anteriores discos. Así, entre los aciertos, además del primer single, estarían “La ciudad maldita”, con todas las hechuras de clasiquísima del grupo, y el gran final que forman la dupla “En el tiempo equivocado” y “Noche de cuchillos”, en las que vuelven a experimentar con los sonidos y estructuras, como hicieran tiempo atrás. Sin embargo, vuelven los resbalones en cortes como “500 vidas”, “Chatarra” o “Cazador”, posiblemente la canción del grupo a la que más manía tengo (y en esos extremos ya solo pueden actuar temas personales y sin razón).

De todas formas, como somos (casi siempre) de quedarnos con lo bueno, vamos a insistir en nuestro caprichoso posicionamiento y os vamos a servir una playlist con todas las canciones destacadas a lo largo de este texto en azul, dejando las rojas para que los ‘haters’ de turno hagan su pertinente trabajo. Y así, seguiremos esperando noticias de Amaral (y a buen seguro que las tendremos porque, otra cosa no, pero que seguirán saliendo en las noticias, eso fijo), a ver si finalmente firman ese disco redondo que su calidad merece pero que muchas veces queda oculta, antes por concesiones demasiado comerciales y ahora por una pizca de falta de riesgo. Y es que a veces les mataría, y otras en cambio les quiero comer.

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