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“Gloria Mundi”: retrato de un mundo en llamas

29/11/2019

Apenas ya hay primavera u otoño, cada vez son menos las colecciones de fascículos que salen en septiembre, poco a poco desaparecen nuestras certezas vitales a medida que el tiempo pasa y el mundo evoluciona, pero aún tenemos a directores como Woody Allen, Clint Eastwood o Ken Loach -veteranos que no pueden pasar su jubilación sin una cámara al lado- que ya sea anual o bianualmente nos siguen proporcionado una cita periódica con los cines que nos ayuda a seguir manteniendo unas agradecidas rutinas sobre las que aposentar nuestros pasos. Somos conscientes de que todos ellos ya filmaron sus mejores obras hace bastantes años, pero en cada una de sus entregas aún seguimos reconociendo unas constantes que nos hacen rememorar glorias pretéritas y seguir dando por bueno nuestra cita con ellos.

Si extrapolamos estos casos al cine francés, el paralelismo más evidente se da con Robert Guédiguian, el director marsellés que lleva casi cuarenta años enfrentando la humanidad de las clases trabajadoras contra el todopoderoso e insaciable sistema capitalista, acostumbrado a dejarnos con esa sonrisa agridulce con la que se asiste a reiteradas derrotas honrosas. Sus películas ya no consiguen el alcance emocional de clásicos como “Marius y Jeannette” o “La ciudad está tranquila”, pero títulos recientes como “Las nieves del Kilimanjaro” o “La casa junto al mar” supieron proporcionaron agradables recuerdos de su mejor cine. Incluso una excursión fuera de su ruta habitual como “Una historia de locos” (que aquí analizamos en su día) supuso una agradecida bocanada de aire fresco.

Nada hacía presagiar cambios, dado que el cineasta vuelve a contar con su ‘troupé’ habitual (los sempiternos veteranos Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan y los ya habituales jóvenes Annaïs Demoustier, Robinson Stévenin, Lola Naymark y Grégoire Leprince-Ringuet). Pero ha llegado 2019 y su nueva obra “Gloria Mundi” y tenemos que constatar que Guédiguian ha contemplado el mundo actual…y se ha rendido. Toda la película es la crónica de una derrota definitiva, sin paliativos, Ha habido lucha, sí, pero las fauces del capitalismo han acabado por atrapar de una vez por todas a su escurridiza prisa. Astérix ha acabado por entregar la llave de oro de su aldea a Julio César. Baste apuntar que, mientras que los protagonistas de Guédiguian siempre eran los que iniciaban o incitaban a la huelga, la de “Gloria Mundi” es la que se niega a secundarla.

Guédiguian se dedica durante todo el metraje de su nuevo filme a resquebrajar con saña la idílica estampa inicial que presenta la felicidad con la que acoge una familia el nacimiento de una niña en su seno. La primera impresión es sugestiva: observamos con cierta sutileza a dicha familia y al mundo circundante -una Marsella a la que se tilda, no sin cierto sarcasmo, como “la ciudad más bonita del mundo”- a través de los ojos ascéticos y serenos de Daniel (Meylan), un exconvicto que acaba de salir de prisión tras largos años en la cárcel y desea conocer a esa recién nacida, su nieta.

Sin embargo, todo se desmorona de forma irremisible cuando Guédiguian decide cargar las tintas al máximo. Para ello no duda en focalizar gran parte del conflicto en Bruno (Leprince-Ringuet), que no es un personaje sino el capitalismo con patas. Mujeriego irrefrenable que no conoce límite alguno, voraz sediento del elixir del triunfo que destila el dinero ganado gracias a aprovecharse de las desdichas de los demás en su tienda de productos de segunda mano, Bruno no tiene matiz alguno, encarna sin rubor todos los males de la sociedad actual sin ni siquiera darle una fugaz motivación que pueda justificar tan despreciable comportamiento.

Atraídas por ese imán del sexy triunfador se precipitan hacia el abismo su novia y socia en la tienda Aurore (Naymark) y Mathilda (Demoustier), precaria trabajadora de una tienda de moda. Ambas son las hijas del matrimonio protagonista, formado por Sylvie (Ascaride), explotada empleada de una empresa de limpieza, y Richard (Darroussin), conductor de la estricta empresa de autobuses públicos de la ciudad, quien, con una loable bonhomía, ha aceptado como suya a Mathilda, en realidad nacida de la anterior relación entre su esposa y Daniel. Padre y madre intentarán tapar numerosos problemas logísticos (el cuidado del bebé) y económicos surgidos al albor del triunfo de las políticas tendentes al descenso de los sueldos, la disminución de garantías de los contratos y el aumento de las horas laborales. Mientras, el ingenuo y bienintencionado Nicolas (Stévenin), padre primerizo y esposo cornudo de Mathilda, va acumulando en su ser todas las desgracias imaginables hasta que acaba, claro, por explotar.

La cómplice y resurgida relación entre un Daniel necesitado de redención y una comprensiva Sylvie es el único salvavidas de inspiración que se nos aparece en una “Gloria Mundi” maniquea en exceso, tremendista hasta el hartazgo, falta de progresión, carente de cualquier atisbo de humor y llena de lugares comunes, que culmina su recorrido en un final aún más desaforado que el resto del metraje, que ya es decir.

Más allá de un gran Meyland, poco puede hacer el virtuoso reparto con unos personajes a su cargo tan planos más que defenderlos con su habitual profesionalidad. En este sentido, la excesiva Copa Volpi a la Mejor Actriz otorgada en el pasado Festival de Venecia a Ascaride más parece un merecídisimo homenaje a una excelente carrera que un mero galardón a su labor en la película.

Bien pensado, va a resultar que Guédiguian tiene razón en su apocalíptico discurso. El fin del mundo debe estar muy cerca si ya ni siquiera podamos contar con él para que nos alegre la vida y nos infunda su espíritu de lucha al ver sus películas. Toca descansar en paz pues.

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