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"Pavarotti": el cielo en la Tierra

09/01/2020

Parece empeñado Ron Howard en establecer el documental musical como nueva faceta de su carrera, paralela a su dilatada trayectoria en largometrajes de ficción, estrenando ahora “Pavarotti” tras sus recientes “The Beatles: Eight Days a Week” (2016) y “Made in America” (2013). Pero aunque Howard se vista de seda, Howard se queda. Ese cineasta que tanto conocemos, ese capacitado artesano que de forma tan regular nos ha proporcionado buenos entretenimientos -con inesperados picos de inspiración como “El desafío: Frost contra Nixon” y también algún que otro descenso a los ‘infernos’ (permitanme el chiste fácil) con la saga de “El Código Da Vinci”- , es exactamente el mismo cuando se entrega a documentar vidas reales en sus producciones de no ficción.

En su visión de la biografía del tenor más popular que haya dado la ópera desde Caruso, Howard vuelve a exhibir su talento narrativo, un contagioso brío que permite al espectador entrar en materia -ya sea aficionado o un absoluto profano en tan delicado arte- inmediatamente. Y también vuelve a mostrar su aversión a indagar en los claroscuros de sus personajes y meterse en los territorios más incómodos del alma humana, proporcionando un producto tan agradable como meramente epidérmico.

Es “Pavarotti” un filme que cuenta con la aprobación y el apoyo de los herederos del mediático tenor y de su fundación benéfica, con lo que no es extraño asistir a una euforizante primera mitad de metraje, en la que se narra el fulgurante ascenso al más absoluto estrellato de un humilde joven criado en una Módena marcada por los estragos de la II Guerra Mundial y su posterior dura recuperación. El acceso a un ingente material permite a Howard jugar con mucha gracia, a través de un excelente montaje, con grabaciones caseras, otras profesionales, reveladoras fotos, documentos informativos y declaraciones tanto pasadas como realizadas ‘exprofeso’ para el documental.

El inmenso carisma de Pavarotti, un hombre lleno de vida y pasión, amante insaciable de los placeres de la vida (cómicas y oportunas son las referencias a su voraz apetito culinario), marido y padre amantísimo, que transforma su sencilla bonhomía en arrebatador fulgor artístico cuando se sube al escenario (un virtuosismo que, según una cita directa del filme, era capaz de aposentar “el cielo en la Tierra”) y que directamente niega ese mito casi incontrovertible que determina que todo artista de gran calado debe tener su correspondiente tormento interior llena la pantalla y se lleva al espectador de calle a través de esa biografía aparentemente perfecta.

Sin embargo, todos sabemos que ninguna vida es perfecta y el celo y el acierto que exhibe Howard en mostrar el lado más luminoso de tan magna figura se torna mucho más huidizo al tratar sus aspectos más contradictorios o definitivamente negativos.

Es sorprendente la ligereza con la que se habla de la primera relación extramarital de un Pavarotti imbuido en los años ochenta en una interminable gira -especialmente por EE.UU- y sensiblemente alejado de su mujer e hijas justo cuando apenas unos minutos antes se había resaltado tanto su ídilica vida familiar.

Ese mismo tono ligero -aunque innegablemente entretenido- se mantiene a la hora de entrar en los años 90 y en la época de mayor esplendor mediático del tenor. Años en los que la crítica operística más especializada denunciaba el alejamiento de ese mundo a veces tan cerrado de su antiguo ídolo y su renuncia al esplendor artístico en pos de encabezar shows multitudinarios a lo largo de todo el mundo, especialmente a partir del tremendo éxito de su asociación con los españoles Plácido Domingo y José Carreras en esa entente única que fueron Los Tres Tenores. Un jugoso conflicto que afectó hondamente a Pavarotti pero del que aquí apenas se pasa de enumerarlo.

El metraje también recuerda .con un aporte especialmente interesante de Bono (U2)- los masivos conciertos benéficos organizados por la fundación del protagonista en los que unía sin rubor mundos tan aparentemente opuestos como la ópera y el pop y el rock más multitudinario y la especial conexión -casi platónica- que surgió, al calor de estos eventos, entre el tenor y otro gran icono como Lady Di.

Más profundo se torna el tratamiento del último amor de su vida, su joven asistenta personal Nicoletta Mantovani, un flechazo amoroso torrencial por el que Pavarotti luchó con todas sus fuerzas pese a la incomprensión que provocó tanto entre su familia como, sobre todo, en los medios que anteriormente le habían dedicado tantos elogios y que, a partir de ese momento, se dedicaron a ensañarse contra él y a intentar defenestrar su beatífica imagen pública. En este sentido, son especialmente significativos los testimonios de primera mano tanto de Mantovani como de su primera esposa e hijas, cuya comprensiva actitud no hace sino emocionar y recordar la grandeza que puede alcanzar el ser humano cuando se dedica a cultivar ese valor tan escaso que es la empatía.

Ante este nuevo repunte en el interés, decepciona especialmente que la enfermedad y la muerte de este mito de la música vuelvan a despacharse en unos pocos minutos y sin apenas abordar sus circunstancias, quedando así un documental muy estimable y, sobre todo, especialmente entretenido -bastante superior al dedicado a los Beatles- pero también demasiado desigual y con lagunas llamativas que le impiden llegar a ser el gran filme de referencia sobre Pavarotti que aspira a ser. Howard progresa adecuadamente en su incursión en el mundo del documental pero aún le queda demasiado lejos el sobresaliente.

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