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“Grace”: EL DISCO

06/03/2012

Supongo que nos pasa a muchos. Llega cualquier conocido y te suelta, así, sin previo aviso, ¿cuál es tu grupo favorito? o ¿cuál es la película que te llevarías a una isla desierta? o ¿qué libro salvarías de un incendio?. El inquisidor, en busca de una posible conexión contigo, espera una respuesta rápida. No es una cuestión para darle vueltas, se supone que tiene que salir sola, sin procesar. Pues para mí, no. Resulta que una pregunta tan casual, tan de andar por casa, despierta en mí un cúmulo de dudas, comparativas, cuestiones éticas, etc. que prolongan el tiempo de mi respuesta mucho más allá de lo medianamente educado y activa la impaciencia de mi interlocutor. ¡Dios, no es tan fácil! ¡De los cientos de obras que te han maravillado, que te han acompañado en tus momentos más importantes resulta que tienes que elegir sólo una! ¡Y así, en unos segundos!

Bien, como somos animales sociales y no queremos que se nos tache de zumbados así como así, solemos dar una respuesta, pero no una respuesta firme, no. Suele ser apenas musitada, dicha con la boca pequeña, y, normalmente, añadimos la coletilla “pero hay muchos más”, esto sí, con mucho más convencimiento, como si nos fuera a servir para expiar la afrenta que acabamos de hacer a esas obras a las que tanto cariño tenemos y que, por circunstancias del momento, no han sido elegidas para salir de nuestra boca. Si la pregunta trata sobre películas, tras mucho divagar, me suelo decantar por “El Padrino”, por ser más o menos representativa del cine que me gusta. Eso sí, si añaden “¿la primera o la segunda?” ya me han vuelto a fastidiar, ya tengo que volver a navegar entre numerosas dudas. Si la cuestión es sobre mi grupo predilecto, ahí suelo variar, dependiendo del momento o de los presumibles gustos o conocimientos musicales de mi impertinente encuestador: Led Zeppelin, Wilco, Soundgarden, The Rolling Stones o The Black Crowes son normalmente los agraciados. Sólo suspiro aliviado cuando se me requiere el nombre de mi disco favorito. Ahí no hay conjeturas, es una respuesta mil veces contestada en mi intimidad. Por supuesto, es “Grace” de Jeff Buckley, la joya de la corona de mi colección discográfica. La que realmente me dolería perder si aconteciera una catástrofe.

Muchas veces, el destino se empecina en llevarte por un determinado camino, por muy inesperado que sea. Apenas un mes antes de adquirirlo, no habría apostado ni un céntimo de euro en que éste acabaría siendo mi disco favorito. Recordaba vagamente el nombre del artista por una lejana crónica del festival de Glastonbury de 1995 y, francamente, tenía en muy baja estima a cualquier cantautor, a mi me gustaba seguir a un grupo con su vocalista guaperas, sus guitarristas molones, su bajista anónimo y su batería zumbado. Vamos, la formación clásica del rock. Pero hete aquí que un día, allá por 1998, leí una crítica del álbum póstumo e inacabado de Jeff Buckley, “Sketches for My Sweetheart the Drunk” (otro disco muy recomendable) y me vi inmediatamente atraído por el personaje, recientemente fallecido tras ahogarse accidentalmente en el Mississippi. Pocos días después, en una de mis escasas excursiones a Madrid, paré ,como hacía habitualmente, en una tienda de discos y allí vi la portada que tanto me impactó. Nada de virtuosas ilustraciones, nada de ingeniosos dibujos, simplemente una foto: el cantante agarrado a su micrófono como si fuera lo único a lo que agarrarse en la vida, sujetándolo con fuerza como si perderlo supusiera el fin de la última esperanza. La Música o la Nada. La acción de coger el álbum, desechando otras apetecibles opciones, y pagarlo religiosamente en caja fue un impulso que no pude reprimir.

Mi inconsciente no se equivocó. “Grace” no era un buen disco más, no era únicamente una placentera escucha. “Grace” era un billete de ida hacia otro estado mental, hacia esa faceta mística y espiritual que todos tenemos pero que tan difícil es sacar a relucir. Es un pedazo de cielo caído a nuestro mundo de asfalto. Belleza pura. Durante los siguientes meses lo exprimí, no podía dejar pasar mucho tiempo sin “chutarme” una nueva escucha, sin huir hacia ese lugar mejor que acababa de descubrir. La fiebre fue menguando progresivamente, pero “Grace” ha seguido manteniendo su estátus privilegiado en mi colección. No suelo escucharlo a menudo, no es el disco ideal para canturrear mientras planchas. Siempre le reservo un momento especial, preferiblemente de noche, en el que pueda prestarle toda la atención que merece y vagar por esa etérea Tierra Prometida una vez más.

Jeff Buckley; curiosamente hijo de otro grande fallecido prematuramente, el cantautor folky Tim Buckley, llegó a la grabación de su primer disco con un bagaje musical importante, tras impactar en sus actuaciones en distintos cafés, incorporando a su repertorio habitual de versiones sus primeras composciones propias, y después de haber sumado a su adolescente gusto por el hard rock clásico, en especial por Led Zeppelin, influencias tanto del rock alternativo y del punk como del blues y, especialmente, de esas cantantes dramáticas que parecían escupir trozos de corazón en cada canción, ya saben, las Billie Holiday, Nina Simone, Judy Garland, etcétera. Todo ello, acompañado de los buenos músicos que había reclutado en años anteriores y bajo la producción del mago Andy Wallace, cristalizó en la maravilla que nos ocupa. La voz de tenor, tan tendente al falsete, de Buckley reinaba en la grabación. Triste, fuerte, llena de vida; cada sílaba, cada palabra, cada verso, cada estrofa salida de su boca te provocaba pequeñas taquicardias. Pero lo mejor eran las canciones, oro puro. Los temas compuestos por el propio Buckley eran fáciles de identificar. A excepción de la más rockera y contundente “Eternal Life”, se trataban de medios tiempos que combinaban la épica de Led Zeppelin, unas guitarras que pasaban de plasmar notas angelicales a sonar disonantes y rudas en la mejor tradición del rock alternativo, unos bellísimos arreglos orquestales y, como no, la voz de ruiseñor de nuestro protagonista. De este modo se sucedían tremendos temas como la inicial “Mojo Pin”, “So Real”, “Lover, You Should’ve Come Over” o “Dream Brother”, aunque el galardón máximo iría a parar al increíble in crescendo de “Grace” y a la infinita belleza de “Last Goodbye”, en mi opinión, dos de las mejores canciones que ha grabado nunca un ser humano. Pero la cosa no acababa ahí. Para redondear la obra maestra a la que nos enfrentamos, Buckley incluyó tres de los temas ajenos que solía tocar en sus inicios. La pequeña joya tradicional llamada “Corpus Christi Carol” era un recordatorio de su época infantil. Mucho más adulto era el “Hallelujah” de Leonard Cohen, un clásico del trovador canadiense que tomó una nueva dimensión en la  gloriosa versión de Buckley, la primera y la mejor con diferencia de las innumerables visiones de este tema aparecidas en los últimos años. Y para rizar el rizo, “Lilac Wine”, un “standard” popularizado por Nina Simone que se convertía en el momento más dramático del conjunto. Una versión desnuda, en la que la hipnótica voz de Buckley compungía más que nunca mientras cantaba versos tan devastadores como “I drink much more than I ought to drink, because it brings me back you…”.

La publicación de “Grace” provocó un inmediato fervor crítico (algo que ha ido en aumento según han pasado los años, raro es la lista de los mejores discos de los 90 en la que no aparezca), aunque, a nivel de ventas, exceptuando el gran éxito que obtuvo en Australia, la repercusión fue más modesta. Buckley se situó de inmediato como una de las grandes promesas de la música de la época, aunque el disco no obtuvo cifras millonarias de ventas. Pero qué importan los números si puedes acceder al paraíso con sólo pulsar el “play”.

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9 comentarios leave one →
  1. Hanyczka permalink
    06/03/2012 18:43

    Hola Alberto! Me ha encantado tu artículo y la verdad que estoy totalmente de acuerdo contigo sobre este hombre..para mí también es muy especial..gracias por escribir sobre él..seguramente esta noche me pondré su disco para recordarlo. Un beso. H.

    • Alberto Loriente permalink*
      07/03/2012 12:19

      Muchas gracias por los elogios, Hanyczka, y, sobre todo, por seguirnos. Mira tú, no sabía que te gustaba tanto Jeff Buckley, me encanta que tengamos eso en común. Y si el post ha servido para que te pongas el disco, ya me ha merecido la pena escribirlo. Un saludo!

  2. Jorge Luis García permalink*
    06/03/2012 21:19

    Enhorabuena por el espléndido post, Alberto. La verdad es que “Grace” tiene algo que le hace único y atemporal. La voz de Buckley es la más emocionante y expresiva de los 90. Lástima que estuviera tan poco tiempo con nosotros.

    • Alberto Loriente permalink*
      07/03/2012 12:21

      Gracias por la felicitación, Jorge, y totalmente de acuerdo en lo que dices.

  3. Rodrigo Martín permalink*
    07/03/2012 11:06

    ¿Lo mejor que se ha publicado hasta ahora en El Cadillac Negro? Pues muy probablemente, pero es que cuando se escribe desde el corazón a veces pasan estas cosas.

    Alberto ha dejado el listón muy alto a sus compañeros… Enhorabuena.

    • Alberto Loriente permalink*
      07/03/2012 12:25

      Me voy a ruborizar al final! Y no creo que haya listón suficientemente alto para vosotros, compañeros! Y como diría Harvey Keitel en “Pulp Fiction”: “dejemos de….”!

  4. Arzu permalink
    08/03/2012 21:23

    Buen artículo, ¡felicidades! Sin duda es un maravilloso disco de un gran artista. Además, comparto tu opinión sobre Hallelujah, la otrora “canción de la semana” en L.A.

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