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Pixies: el sueño del mono loco

18/11/2016

pixies

“Me enfadé mucho el día en que me enteré de que Pixies se separaban. Vaya desperdicio. Les veía un futuro inmenso. Igualmente, me enfadé cuando escuché “Nevermind” de Nirvana. La estructura de las canciones era un saqueo a Pixies en toda regla.”  David Bowie

“Intenté escribir la canción pop perfecta, y básicamente me dediqué a copiar a Pixies.”  Kurt Cobain

El riff de guitarra agrio y agresivo de la entrada, la estrofa calmada sostenida sobre un pulso rítmico muy subrayado, la repetición de una frase como un mantra obsesivo  y el estallido de energía del estribillo violento, vociferante, consciente de ser el instante culminante de toda canción pop que se precie. Loud-Quiet-Loud. Esa era  la fórmula de “Smells Like Teen Spirit”, la canción que dinamitó la barrera que separaba el underground del mainstream y definió las reglas del planeta rock para la década de los 90.  El tema, sí, era de Nirvana, pero la fórmula era un atraco perfecto, aunque ese pequeño detalle en realidad no le importaba a nadie, salvo quizás al puñado de fans de los Pixies que, como el propio Bowie, se percataron de la descarada maniobra de rapiña. Pero, amigo, triunfar en el juego discográfico no es una cuestión de llegar primero sino de saber llegar, y Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering llegaron demasiado pronto. En los Pixies colisionaba la velocidad agresiva del punk, el calambre electrizante del rock y la dulzura melódica del pop, todo ello mezclado y agitado en un brebaje lunático que sabía a veneno y a antídoto, y era (continúa siendo) peligrosamente adictivo. Sin embargo también eran demasiado bizarros, demasiado psicóticos, demasiado adelantados a su tiempo, a una industria que en la segunda mitad de los 80 todavía necesitaría unos años para asimilar la transformación que se estaba cociendo en los sótanos del rock alternativo, a espaldas del top 100 de Billboard y las radiofórmulas convencionales. Para cuando apareció “Nevermind” en 1991 las cargas de dinamita ya estaban colocadas y sólo se necesitaba encender la mecha. La MTV contribuyó con la rotación intensiva del vídeo del gimnasio y las animadoras anarquistas, y el oportuno aura de hermoso maldito de Kurt Cobain (tan opuesto al de Black Francis) hizo el resto. La ironía es que para cuando la coyuntura por fin era la idónea  para que el mundo acogiera y abrazara a los Pixies, éstos ya estaban a punto de desaparecer.

Pero el tiempo, a veces, también sirve para corregir injusticias históricas, y al igual que ocurrió antes con la Velvet Underground, durante el transcurso de los 90 prácticamente todo aquel que pintaba algo en la escena independiente (desde Radiohead hasta Pearl Jam, pasando por Smashing Pumpkins o PJ Harvey) admitió sus deudas y su gratitud hacia el legado de los de Boston. El boca a oreja permitió que muchos aficionados descubrieran a la banda y se generara un fenómeno de culto, de modo que empezó a disfrutar de una popularidad impensable durante el tiempo en el que estuvo en activo. Una recopilación publicada en 1997, “Death to the Pixies”, reunía un puñado de aldabonazos imbatibles que funcionaba como perfecto pórtico de entrada al universo de los duendes para todos aquellos que, como un servidor, no pudieron o no supieron escucharles en vida. Ya en pleno siglo XXI, Pixies también fue de los primeros grupos indies emblemáticos que se acogieron al fenómeno del revivalismo nostálgico (tradicionalmente adscrito a los viejos dinosaurios de los 60, 70 y 80), es decir, el de reunirse, tocar sus viejos “hits” ante un público que en su inmensa mayoría no llegó a verles en directo en su época de esplendor, tomar el dinero y a correr. Y en los últimos años la publicación de nuevas canciones han dividido al fandom entre quienes se rasgan las vestiduras ante unos anexos indignos e innecesarios a una discografía que se consideraba perfecta y entre los que acogemos de buen grado el nuevo material a sabiendas de que en el mejor de los casos será un decente eco de tiempos infinitamente mejores. Aprovechando la nueva visita a nuestro país (Barcelona, este 20 de noviembre) y que todavía está reciente su último disco, “Head Carrier”, os invitamos a acompañarnos en un recorrido por la trayectoria de los Pixies de la mano de 15 de sus mejores temas.

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The Holiday Song (“COME ON PILGRIM”, 1987)

Se busca chica bajista a la que le guste el folk de Peter, Paul and Mary y el hardcore de Hüsker Dü. Así rezaba el anuncio que colgaron Black Francis y Joey Santiago al que únicamente respondió una entusiasta Kim Deal, quien cumplía con la exigente demanda de sentir pasión por dos estilos tan opuestos pero que no había tocado un bajo en su vida. La insólita anécdota sirve para ilustrar también el sonido de los Pixies en su EP de debut, “Come On Pilgrim”, síntesis de una maqueta grabada con Gary Smith en la que ya se perciben los rasgos esenciales de la banda:  una furia estridente tan maníaca como traviesa que se sustenta en los sonidos torcidos de la guitarra de Santiago, músico técnicamente limitado pero asombrosamente creativo, una base rítmica dinámica y compacta, la voz histriónica, como de dibujos animados, de Francis y unas letras surrealistas que desgranan un universo de perversiones teñidas de inocencia y humor negro. De este primer disco podría haber elegido “Caribou”, que quizás sea el tema mejor representa la singularidad primigenia de la banda, o la desquiciada “Vamos”, su canción en spanglish más emblemática, pero mi favorita sin duda es “The Holiday Song”, quizás la más convencional del lote, pero también la más contagiosa, la que tiene la mejor melodía de guitarra (y ese arpegio de entrada que parece robado a Peter Buck) y el estribillo más glorioso. Una píldora pop-rock de poco más de dos minutos absolutamente vigorizante.

 

Bone Machine (“SURFER ROSA”, 1988)

En “Surfer Rosa” Pixies se ponen en manos de Steve Albini, que más que producirles lo que hace es potenciar el aspecto más crudo e incivilizado de su sonido. El resultado es un álbum capital en la gestación de lo que terminaría denominándose como rock alternativo. De hecho, en los 90 casi todo dios quiso en algún momento que sus discos sonaran como “Surfer Rosa”. Este trabajo se compone de trece disparos abruptos, certeros y dañinos  que en su aparente aleatoriedad definen para siempre la personalidad de un grupo imprevisible, rebosante de imaginación, capaz de pasar de la dulzura a la barbarie en un solo cambio de acorde. “Bone Machine” abre el plástico con la batería explosiva de Lovering precediendo a la marcada de línea de bajo de Deal, las dentelladas chillonas de Santiago y el recitado enmarañado de Francis hasta llegar a ese estribillo chiflado a dos voces que de repente se para un momento al borde del acantilado antes de precipitarse al vacío.

 

Gigantic (“SURFER ROSA”, 1988)

Cuesta creer que un tema tan irresistible como “Gigantic” no fuese un hit mundial en 1988, así que hay que concluir que si esto no lo petó a saco en su momento fue porque sencillamente las radios masivas no lo pincharon. ¿Qué habría pasado si se hubiese publicado cinco años más tarde? Lo cierto es que “Gigantic” supone una pequeña rareza en el catálogo de los bostonianos, pues es (junto a “Into the White”) la única canción cantada íntegramente por  la carismática Kim Deal en la voz principal y no deja de ser una lástima que eso no sucediese con más frecuencia. Compuesta a medias entre Francis y Deal, la pieza nace sobre una línea de bajo maravillosa, crece con esa nota de guitarra que se suspende en el aire más allá de lo razonable y  explota en un estribillo expansivo que invita a dejarse los pulmones. Si algo distinguía definitivamente a los Pixies de otros francotiradores marginales de su misma quinta como Sonic Youth era la capacidad de hacer algo como esto. Po cierto, el “gigantic” de la letra es, efectivamente, una referencia fálica.

 

Where Is My Mind (“SURFER ROSA”, 1988)

En las postrimerías de los 90 “Where Is My Mind” ya era una de las canciones más populares de los Pixies, pero su inclusión en el final de “El club de la lucha” (1999) la elevó prácticamente al estatus de leyenda, siendo versionada por artistas de todo pelaje y condición (Placebo, Maxence Cyrin,  Sunday Girl, The Coral Sea, Trampled By Turtles, Emily Browning, Telepathic Teddy Bear, Professor Green, Kings of Leon, Nada Surf, James Blunt,  Milky Chance), apareciendo en más películas y series de televisión (Mr. Robot, The Leftovers) y sirviendo de puerta de entrada a una nueva generación al universo de la banda. El embrujo del tema proviene de una conjunción de elementos tan sencillos como mágicamente combinados: el rasgueo de acústica inicial, el aullido de Deal como si proviniese del espacio exterior, el   sinuoso riff eléctrico de Santiago, la melodía evocadora, las subidas y bajadas de intensidad, los parones y arrancadas, la enigmática letra… Todo ello hace de “Where Is My Mind” el himno por excelencia de los Pixies.

 

Debaser (“DOOLITTLE”, 1989)

“Doolittle” está considerado casi por unanimidad la gran obra maestra de los Pixies. Reúne su paquete de canciones más redondo y exhibe un sonido más limpio y accesible que “Surfer Rosa”, cortesía del productor Gil Norton, que ya se había colocado tras los controles en la versión single de “Gigantic” y que aquí se encarga de limar los contornos más ásperos de su obra anterior sin que eso signifique domesticar a la bestia. La tensión entre grupo y productor (Norton quería canciones más largas y  Francis insistía en no pasarse de los dos minutos de los éxitos de Buddy Holly) posibilitan que los Pixies sigan sonando maravillosamente furibundos y enajenados, como demuestra “Debaser”, quintaesencial trallazo en el que se equilibran la delirante fiereza de la interpretación de Francis y el pulso melódico que acentúa la voz dulce e inocente de Deal. Inspirada en el surrealismo de “Un perro andaluz” de Luis Buñuel y la icónica escena del ojo rasgado por una navaja, “Debaser” es una celebración de la excéntrica locura de una banda que se sabe en su punto más alto.

 

Monkey Gone to Heaven (“DOOLITTLE”, 1989)

Norton sabe muy bien que las canciones de los Pixies poseen un perfil pop que queda enterrado entre distorsiones y arañazos eléctricos y se propone sacarle brillo a esa faceta. “Monkey Gone to Heaven” es la prueba de que no está equivocado. Un tempo más lento, embellecido por la inclusión de una sobria sección de cuerda, una letra críptica que calza temática ecológica y guiños a la numerología hebrea (“If man is five, and the the Devil is six, then God is seven”) y un estribillo maravilloso del que se adueña Deal (a estas alturas queda claro que sus coros eran el arma secreta de la banda) para el primer tema con el que los Pixies se asoman (discretamente, eso sí) a las listas. En realidad, el grupo nunca tuvo éxito en los Estados Unidos (“Doolittle” apenas entró por los pelos en el Top 100 de Billboard), pero en Europa sí consiguió cierta relevancia y se granjeó una base de fans que sería el germen de su culto posterior, especialmente en el Reino Unido, donde el álbum alcanza un meritorio octavo puesto. Rock me Joe!

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Gouge Away (“DOOLITTLE”, 1989)

Si hablamos de la célebre dinámica de calma-tormenta que caracteriza el sonido prototípico de los Pixies, “Tame” sería el tema de “Doolittle” en el que más violentamente se pone de manifiesto, y lo hace en menos de dos minutos absolutamente desenfrenados y libidinosos (memorable ese puente de jadeos y gemidos psicosexuales de Francis y Deal), pero si tengo que elegir  me quedo con su hermana mayor, “Gouge Away”, porque posiblemente sea mi canción Pixie más favorita de todos los tiempos. Inspirada en el mito de Sansón traicionado por Dalila, el tema arranca persiguiendo el surco sensual y elástico que deja el bajo, al que van alcanzando las caricias atmosféricas de las guitarras y los coros espectrales de Deal en un tenso crescendo que  choca abruptamente con el épico estribillo berreado y vuelta a empezar. Intensidad y emoción a borbotones.

 

Here Comes Your Man (“DOOLITTLE”, 1989)

La canción que en un mundo ideal habría convertido a los Pixies en estrellas, y lo más cerca que estuvieron en el mundo real de conseguir un hit. Curiosamente ya aparecía entre los 18 cortes de su primera demo, pero no llegó ni a “Come On Pilgrim” ni a “Surfer Rosa”. Tanto mejor, porque así tuvieron tiempo de pulirla y convertirla en su pieza más encantadoramente popera, trufada de ganchos melódicos, en el bajo, en las guitarras, en las estrofas, en el estribillo. Todo aquí es gozosamente  pegadizo y no habría desentonado entre las tonadas más luminosas de R.E.M., compañeros generacionales que a estas alturas estaban a un paso del éxito masivo que a los Pixies se les negaría. Tal vez por decisiones tan controvertidas como oponerse a tocar “Here Comes Your Man” en actuaciones promocionales y programas de máxima audiencia por considerarlo poco representativo.

 

“Hey” (“DOOLITTLE”, 1989)

Si “Doolittle” es la cumbre de la inspiración de los bostonianos, su grabación también supone de alguna manera el inicio del fin. Las discusiones entre Francis y Deal cada vez son más frecuentes, entre otras cosas porque el egocéntrico cantante considera que el grupo es suyo y no tolera que su bajista se le suba a la chepa. De hecho, en esta ocasión sólo le deja componer a medias un tema, y en el futuro no le permitirá ni eso. Con el inicio de la nueva gira las tensiones se acrecientan hasta el punto de que Kim está a punto de ser expulsada de la banda. Para cuando el tour finaliza, el grupo, exhausto después de encadenar en dos años tres discos y sus correspondientes tandas de conciertos, se toma un merecido descanso, aunque Deal aprovecharía para formar las Breeders y volcar ahí todas las ideas que no tenían cabida en los Pixies. Con la perspectiva del tiempo, hay que admitir que Francis se equivocaba al limitar a su lugarteniente, pues el toque que aportaba era muchas veces la chispa que llevaba un tema a otra dimensión, como ocurre con sus turbadores ‘chain’ en “Hey”, una pieza oscura, enfermiza, paranoica y desesperadamente arrastrada que con el tiempo se ha convertido en una de las más celebradas por sus seguidores.

 

Velouria (“BOSSANOVA”, 1990)

Tradicionalmente eclipsado por el fulgor de sus dos ilustres precedentes, “Bossanova” sigue siendo un enorme disco de Pixies en el que sus trazos más estridentes quedan ligeramente difuminados en favor de una atmósfera más expansiva y una apertura del campo de batalla hacia la ciencia ficción, la fantasía, los ovnis, los extraterrestres o la surf music. Gil Norton continúa como productor, pero Black Francis toma definitivamente las riendas y compone todos los temas, lo que no contribuye precisamente a aligerar las tiranteces en el seno de la banda, que a pesar de todo sigue facturando aciertos tan incontestables como la irascible “Rock Music”, la enérgica “Alison”, la arrolladora “Is She Weird” o la inquieta “Dig for Fire”, aunque la pieza clave es “Velouria”, impulsada  desde su poderoso riff inicial a navegar entre corrientes circulares en el espacio tiempo a lomos de una melodía que oscila entre lo ensoñador y lo triunfal. Y además tiene el delicioso detalle del theremin (ausente en las interpretaciones en directo) que apuntala su sabor a película de scifi de serie B.

 

The Happening (“BOSSANOVA”, 1990)

Que en “Bossanova” Pixies evolucionan hacia estructuras, dinámicas y ambientes inéditos en su repertorio anterior queda patente en dos piezas tan espléndidas y creativas como “All Over the World”, opresiva epopeya de más de 5 minutos (duración absolutamente inhabitual en el grupo) partida en dos partes igual de brillantes, y, sobre todo, “The Happening”, que sería algo así como su propia versión de “Encuentros en la Tercera Fase”. Una genial vuelta de tuerca a su fórmula de griterío histérico en contrapunto a sus maravillosos juegos vocales melódicos que se eleva al hiperespacio en su emotivo tramo final. Seguramente no será una opinión muy compartida, pero hay días en los que “Bossanova” es mi disco preferido de los Pixies, aunque sólo sea por llevar dentro estos dos temazos.

 

Alec Eiffel (“TROMPE LE MONDE”, 1991)

“Trompe Le Monde” cierra la discografía clásica de los Pixies con una nota inevitablemente más baja que sus antecesores, con la sensación de que la inminente explosión del rock alternativo que tanto habían ayudado a hacer posible (“Nevermind” se publica el mismo mes) no les pilla en su mejor momento, y en realidad es así, porque el grupo cada vez es más Black Francis y menos Kim Deal. Aún así se trata de un trabajo muy reivindicable, que también tiene sus encendidos defensores, pero en el que se echa en falta los ganchos que sí que había en discos anteriores y que de haber estado aquí seguramente se hubiesen beneficiado del nirvanazo. Por ejemplo “Planet of Sound”, el áspero primer single, carece del poder de seducción inmediato de sus temas más emblemáticos. “Trompe Le Monde” no tiene una personalidad tan definida, es menos accesible en un primer contacto y, en general, no es tan divertido como su trabajo previo; necesita su tiempo para encontrarle el punto a joyitas como “Motorway To Roswell” o “The Sad Punk”. Mi preferida es “Alec Eiffel”, una melodía pop irresistible y guitarrera que se desvía hacia una fenomenal coda final conducida por un novedoso sintetizador y un mágico dueto entre Francis y Deal, el último que protagonizaron. Tras la publicación del álbum, ni siquiera el hecho de telonear a U2 en el tramo americano del Zoo TV sirve para rebajar una tensión ya irrespirable y a principios de 1993 Francis anuncia la disolución sin tomarse la molestia de dar explicaciones previas al resto del grupo. Un feísimo detalle del que Deal se tomaría simbólica venganza al conseguir con las Breeders y su “Cannonball” el hitazo que Francis, rebautizado ahora Frank Black, jamás conseguiría en su errática carrera en solitario.

 

Wave of Mutilation (UK Surf) (“COMPLETE B-SIDES”, 2001)

Hagamos ahora una enorme elipsis y pasemos por encima de los años de deriva de Frank Black, al principio tratando de desmarcarse por completo del sonido Pixies y poco a poco abrazándose de nuevo a él, de las adiciones a la heroína de Kim Deal, de las bandas sonoras de Joey Santiago y de los espectáculos de magia de David Loveing. Nos plantamos en 2004, el año en el que el cuarteto se reúne de nuevo para recoger los frutos de lo que sembraron tanto tiempo atrás. Por supuesto, no hay intención de grabar nuevo material, y tampoco es que las relaciones entre ellos hayan mejorado mucho desde su separación. La comunicación sigue siendo complicada, como queda claro en el documental “LoudQuiteLoud” que registra los entresijos de la gira. Deal va un poco por libre y se refugia emocionalmente en su hermana gemela Kelley, que la acompaña durante toda la gira, mientras que  Lovering busca en las drogas evadirse de sus problemas familiares. Realmente solo hay un motivo para este regreso al ruedo y es el económico, por mucho que también suponga un regalo para devotos fans y aficionados a la música en general que agotan con avidez las entradas allá por donde la banda se presenta. Con varios kilos de más y unos cuantos pelos menos, los Pixies desgranan sobre las tablas con suma profesionalidad su ahora mítico repertorio, y pese a todas sus diferencias seguirán haciéndolo de manera intermitente hasta 2011. Sirva para ilustrar este periodo “Wave of Mutilation” en su versión lenta, no porque la considere superior a la toma de “Doolittle”, que no lo es, sino porque nos permite para conectar con el surtido de caras B desperdigadas en singles y Eps, un material desigual pero curioso e imprescindible para los más acérrimos que quedó recopilado en “Complete B-Sides”.

 

Bagboy (“INDIE CINDY”, 2014)

Después de varios años de giras por todo el mundo, Pixies se deciden finalmente a volver a grabar nuevas canciones que legitimen su regreso, aunque no es precisamente una buena señal que justo en este momento Kim Deal se baje del barco. De alguna forma su marcha cuestiona cualquier material que aparezca bajo la marca Pixies. Para ser honesto, nadie puede esperar que los nuevos temas estén a la altura de su época dorada y, efectivamente, no lo están. Ni las de “EP1”, ni las de “EP2” ni las de “EP3”, paquetes que van publicando entre 2013 y 2014 y que finalmente se juntan en “Indie Cindy”, un esfuerzo baldío por capturar la antigua magia en el que casi cada canción pretende remitirse a un hito pretérito, pero que si se encara sin dramatismos ni posturas integristas resulta aceptable como mero ejercicio de auto reciclaje de una banda que ya ofreció lo mejor de sí misma. Lo más destacable quizás sea el primer tema que dieron a conocer, “Bagboy”, en el que al menos hay cierta tensión creativa y una mirada hacia delante, aunque los coros de Deal tengan que ser imitados por Jeremy Dubs y el bajo quede en manos de Simon Archer.

 

Classic Masher (“HEAD CARRIER”, 2016)

Empeñados en demostrar que lo de “Indie Cindy” no fue un simple capricho pasajero, los Pixies integran definitivamente a la argentina Paz Lenchantin como miembro de pleno derecho de la banda y entregan un nuevo puñado de canciones que, esta vez sí, les muestran en mejor forma (aunque, irónicamente, Santiago haya tenido que abandonar varios actos promocionales y conciertos para ingresar en rehabilitación). “Head Carrier” resuelve con más acierto la reformulación de su sonido clásico y aunque siga faltando la locura esquizoide y la energía primigenia se las arregla para que las melodías y los estribillos golpeen con más fuerza y las guitarras hagan más pupa. Aunque siguen dando un poco de vergüenza autoplagios tan pueriles como “All I think about now” (un hurto sin escrúpulos a “Where is my mind” del que Francis se vale para rendirle una ¿sentida? disculpa a Deal),  temas como “Talent”, “Tenement Song”, “Baal’s Back” o la contagiosa “Classic Masher” pueden sonar entre sus grandes clásicos sin que la gente aproveche para abalanzarse sobre las barras de bebida. Tampoco sería justo pedirles más a estas alturas. Por muchos capítulos que añadan a su historia, lo verdaderamente importante ya está contado, y eso ocupa un párrafo destacado dentro de la enciclopedia del rock.

 

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5 comentarios leave one →
  1. 18/11/2016 10:45

    SIMPLEMENTE ME ENCANTA! Me pillaron con qué ¿?¿? ¿veintipocos años? Me quedé sin verlos cuando vinieron a Madrid. Fue mi tío y flipó en colores. Hace un par de años curé esa espinita clavada y aluciné con el nonstop de una canción seguida de otra. Sin pausa. Pixies son una era para mí. Tan importante! Aún hoy, cuando hay tormenta, tarareo Stormy Weather. Gracias por el post!

    • Jorge Luis García permalink*
      18/11/2016 19:53

      Gracias a ti, tumpitula, por dejarnos unas palabras. Un saludo!

  2. Mario Martín Caballero permalink
    04/12/2016 18:22

    Magnífica síntesi. Totalmente de acuerdo en que el arma secreta eran los coros de Kim Deal. Paz Lenchantin no le da alternativa a Black Francis con su voz, tal como Deal hacía. Pixies, para una inmensa minoría!

    • Jorge Luis García permalink*
      05/12/2016 1:16

      Muchas gracias por comentar, Mario. Es obvio que Lenchantin está ahí para hacer de Deal, y, aunque pueda dar el pego, también es obvio que no es ella. Un saludo!

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