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Juan José Millás: “La mujer loca” y el síndrome del sustantivo

01/09/2014

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Millás es uno de esos autores que uno llega a reconocer de manera irremediable, que imprime su sello en cada uno de sus trabajos creando un estilo narrativo realmente propio. Cualquiera de sus lectores frecuentes sabría adivinar que una novela es suya aunque se la entregaran en mano sin firmar y sin ninguna información previa. Ese sello tan propio consiste en un uso magnífico de la metaliteratura, un amor profesional y vocacional evidente por las letras, un surrealismo moderado en todo lo cotidiano y unos personajes complejos con particularidades psicológicas que suponen un reto en cualquier estudio narratológico. Aún no he encontrado una obra del autor que no haya disfrutado, que no lo haya confirmado como mi escritor vivo nacional favorito. Es por eso que cuando sostuve su última novela se me extendieron por la piel unas buenas expectativas que, adelanto, han terminado por verse cumplidas.

“Una novela que miente, una novela de verdad”, reza esa falsa cubierta que a veces colocan sobre las solapas del libro. Palabras que el lector entiende una vez se ha zambullido sin miramientos en la historia. Julia es una mujer un tanto peculiar que se gana la vida como pescadera en el mercado de un centro comercial. En sus ratos libres, la joven estudia gramática con el propósito de seducir a su jefe, que aunque se gane la vida destripando besugos para el consumo de los vecinos del barrio, es filólogo. Esto es todo lo que sabemos del personaje antes de comenzar con la lectura. Esto, y que un tal Juan José Millás que nos suena de algo se ha empeñado en escribir una novela sobre ella, cuando la conoce al ir a la casa en la que tiene una habitación alquilada para entrevistar a su enferma dueña, ya que pretende hacer un reportaje sobre la eutanasia. Suena casi surrealista pero la premisa es tan propia del escritor que casi dan ganas de abrazarse al argumento. La mujer loca es un libro para todos, pero en una evidente cuestión de perspectiva casi parece escrito para que todos los filólogos del mundo se vean a sí mismos como encantadores psicópatas absolutamente obsesionados con el lenguaje, su funcionamiento y su construcción. Sí, indudablemente hay algo de cierto en esto, lo afirmo desde la experiencia propia. Es una cuestión que esta novela sabe explotar, convirtiéndose casi en un tratado de semántica rodeado de ficciones, en un pequeño estudio sobre la verosimilitud, en una autopsia del proceso de escritura y una delicia para los amantes de las letras.

Un mundo sin plural sería terrible, sí- confirmó entonces excitándose, como si la filología contuviera componentes afrodisíacos.

Decía al principio que el jefe de Julia, con una carrera de filología de la cual no ejerce, se gana la vida limpiando pescado en una gran superficie. Creo que como filóloga esta es una de las punzadas más intensas, algo que Millás pretende, como hombre de letras, criticar. El autor ha incidido en múltiples y honrosas ocasiones en el hecho de que las carreras pertenecientes a la rama de humanidades y letras, como filología, filosofía, periodismo y demás ejemplos, siempre se han visto infravaloradas por la sociedad gracias a las manipulaciones de un gobierno que prefiere que sus ciudadanos no piensen y así tener que lidiar con menos llantos. Creo que es de aplastante lógica que no pretendo frivolizar y ni muchísimo menos desvirtuar ningún tipo de empleo, pero, en una época donde sea cual sea tu intento de realización en la vida lo vas a llevar difícil, los que de algún modo intentamos convertirnos en profesionales del lenguaje, la comunicación o la literatura, sólo encontramos carcajadas y dedos que nos señalan como innecesarios.

Es filólogo, pero trabaja aquí porque en su sector hay mucho paro. De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología.

Como contrapunto a lo que acabo de mencionar, el escritor insiste en la idea de que el arte nos hace humanos y las expresiones del lenguaje nos construyen como entes completos. Se produce así cierta similitud entre las estructuras lingüísticas y la humanidad. El personaje de Julia recibe continuas visitas de palabras y oraciones que necesitan cirugía para encontrar un significado y no destacar, siendo así aceptadas por el resto. Estos pasajes, las conversaciones que el personaje llega a tener con cada palabra que se cuela por su ventana, casi funcionan mejor que un par de horas en un aula.

Pues Julia venía observando que la mayoría de las oraciones, como la mayoría de las personas, no sabían nada acerca de sí mismas.

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El rasgo estrella en la escritura de Millás siempre ha sido su fantástico uso de la metaliteratura, tratada en pequeñas pinceladas en algunas de sus novelas y a lo grande en otras como la magnífica El desorden de tu nombre. Ha vuelto a hacerlo, por supuesto, La mujer loca es una novela que habla de sí misma en una desesperación evidente por encontar inspiración, porque más vale acabar creando una “falsa novela” que oxidarse por culpa de la neblina de los años. Se introduce a sí mismo en la novela, al más puro estilo del gran Paul Auster (de hecho, comparten unos cuantos rasgos en sus creaciones), en un fingido estado de esterilidad creativa que le lleva a buscar en Julia algo con lo que llenar páginas y páginas, algo que al menos nos llene con la falsa ilusión de trabajo literario.

Por entonces, a Millás se le habían podrido dos novelas, una detrás de otra, apenas comenzadas. Dos abortos que le habían dejado sin ganas de iniciar la gestación de una tercera, pese a que, al revisar sus cuadernos de apuntes, tropezó con alguna anotación sugestiva. No es problema de las ideas, se dijo al fin, es problema del aparato reproductor, que está viejo, ya no soporto más ficción. Aún felicitándose por el coraje del diagnóstico, que le ponía a salvo de cometer sin ganas un tercer proyecto narrativo condenado al fracaso, cayó en una apatía creadora que contaminó enseguida los demás aspectos de su existencia. No hallaba placer en nada, ni siquiera en la lectura. Los libros se le caían de las manos como las hojas de los árboles. Los libros seguramente estaban vivos; sus manos, tal vez no. Dejó de madrugar, de dar sus paseos matinales, de controlar lo que comía, y al poco había engordado siete u ocho quilos. Ocho quilos, dice él, de carne podrida, como las novelas a cuya escritura había renunciado.

Realidad y ficción, los conceptos de falso y verdadero, se mezclan en La mujer loca con el fin de demostrar que nuestros pasos, nuestras acciones, tratan de imitar la realidad cuando más perdidos nos encontramos. Y el arte, de manera consciente, ha tratado de conseguir lo mismo desde sus orígenes. Este desdoblamiento, esta diferenciación de conceptos, está especialmente presente en las conversaciones que el Millás de la novela mantiene con su psiquiatra, resultando estos diálogos una parte fundamental y una de las más disfrutables. Pero no olvidemos el tratamiento de la eutanasia, que se esconde entre sus párrafos disfrazado de historia menor cuando en realidad es el corazón de todo, un soporte para la estructura narrativa de la obra.

He de reconocer que en un principio La mujer loca me pareció el menos ambicioso de los trabajos de Millás, de una intensidad menor a grandes novelas como Tonto, muerto, bastardo e invisible, El mundo o No mires debajo de la cama. La impresión fue la de estar ante una historia con muy buena base, pero no desarrollada con el potencial necesario. Impresión que afortunadamente llega a cambiar cuando, como lectores, nos damos cuenta de la verdadera intención del escritor y somos conscientes de que ha conseguido exactamente lo que se proponía. Aún no me he topado con un libro del autor que no considere recomendable para todo amante de la literatura, pues Juan José Millás siempre está dispuesto a seducirnos con su humor inteligente, su provocativa escritura, su continuo desafío a la realidad y su absoluta convicción de que las letras son la vida y la vida son las letras, que la escritura es un bálsamo capaz de calmar la herida justo después de reabrirla.

Resultó sencillo e indoloro, porque la tinta, inadvertidamente, poseía virtudes analgésicas.

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3 comentarios leave one →
  1. 03/09/2014 13:04

    Escribo para animar a explorar las letras, una carretera poco explorada encima de este Cadillac, lo que le convertiría a un vehículo perfecto para ver paisajes extraordinarios.
    ¿Qué más se le podría pedir?
    Durante mucho tiempo, era un lector fiel a los libros de Millás pero tenía la sensación que, al final, la historia costaba de cerrar. Ningún libro suyo me ha convencido del todo. Quizás el mejor Millás está en los recorridos cortos, en esos artículos maravillosos que dejaban desconcertado a más de uno.

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  2. Cuando el corte de un papel duele más que un cañonazo | El Cadillac Negro

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