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¿Dónde estabas tú en el 87?

31/05/2017

No estoy muy de acuerdo con aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí que creo que hay tiempos más memorables que otros, y, aunque ya hayan pasado tres décadas, todavía conservo un recuerdo muy nítido, imborrable, de 1987 porque fue el año en el que mis oídos despertaron. Me refiero a ese instante en el que la música pasa de ser un fondo ambiental al que no prestas demasiada atención a convertirse en una de tus principales aficiones. Yo tenía poco más de diez años en el momento en el que empecé a gastar los ahorrillos en casettes (y poco después en vinilos), a grabar vídeos y actuaciones musicales de la tele y a llenar cintas vírgenes TDK con lo que pudieran pasarme los amiguetes y con todo lo que sonaba en la radio, desarrollando una paciente habilidad para dar esquinazo al siempre inoportuno locutor de turno. Hoy día el golpe de ratón o el dedo sobre la pantalla táctil han sustituido a las cintas de audio y vídeo, y los talent-show han arrasado con los viejos programas musicales, pero supongo que las nuevas generaciones aún siguen experimentando de alguna forma ese momento en el que un tema, un artista, un disco, un vídeo, un estribillo, un riff, o todo a la vez, activan un mecanismo en el cerebro y la música se mete bajo la piel para siempre.  Eso es lo que me ocurrió a mí en 1987.

“The Final Countdown” de Europe fue la canción y el álbum que abrió de golpe las puertas de la percepción (de mi percepción, al igual que la de otros camaradas generacionales, como, sin ir más lejos, mi socio de blog Rodrigo) y por ahí ya se coló todo lo demás. Y es que por aquel entonces un servidor no tenía filtros, ni prejuicios, ni vergüenza, y disfrutaba libre de escrúpulos de todo lo que le llegaba. Podías ver a los grupos y solistas del momento en programas como “Tocata”, “A tope”, “La Bola de Cristal”,  “Número Uno”, “Sábado Noche” o algo más tarde “Rockopop”;  y escuchar “Los 40 Principales” estaba aún lejos de provocar arcadas. Porque, llamadme viejuno, la radiofórmula de entonces poco tenía que ver con la de ahora. Pasó un tiempo prudencial hasta que uno empezó a decantarse por unas cosas y a dejar de lado otras, a separar el grano de la paja, a mirar más allá del mainstream, a escarbar en el pasado, a comprar revistas “serias” y a formarse una cierta personalidad y algo parecido a un criterio, pero esa es otra historia. A lo que venimos aquí es a celebrar la música que nos trajo al mundo el año 1987, una cosecha que no tiene ni el aroma legendario de la del 67, ni el revolucionario del 77 ni el rupturista del 91, pero que es una cosecha maravillosa para aficionarse a la música en tiempo real. ¿Que no? ¿Eres de los que piensan que esa época fue un agujero negro, banal, vacuo, artificial y esencialmente hortera? Bien, déjame intentar convencerte en las próximas líneas de que aquel  87 fue un año trufado de hitos inapelables, de grandes y pequeñas obras maestras, de joyitas reivindicables, de obras de culto y de discos que en su momento hicieron poco ruido y 30 años después son clásicos, pero también, claro que sí, de grandes éxitos de entonces hoy olvidados, de eso que llamamos placeres culpables, de one-hit wonders imperecederos y de algún que otro fiasco. De todo esto y mucho más -sin filtros, ni prejuicios ni vergüenza- tendremos en este largo viaje a través de la memoria de una época, para bien y para mal, totalmente irrepetible.  Abróchense los cinturones.

 

EL SIGNO DE LOS TIEMPOS

1987 fue un año de transición entre lo que habían sido los 80 y lo que  se empezaba a adivinar a la vuelta de la esquina de los 90. Los sintetizadores, las baterías enlatadas, los cardados, la laca y la MTV seguían mandando, pero estilos que habían dominado la primera parte de la década como la new wave y el post-punk estaban mutando por un lado hacia un pop más sofisticado y pulido y por otro hacia el incipiente indie. En las discotecas el synth pop iba siendo arrinconado por un pop-dance más comercial y menos afilado en espera de la inminente llegada del acid house. El rock, en sus distintas variantes,  gozaba de estatus de superventas y  el hair-metal y el A.O.R. celebraban su momento de gloria, especialmente en EE.UU., aunque en las catacumbas del underground ya se preparaba el golpe de estado del grunge. ¿Por dónde empezar a descifrar el  vasto mapa musical de 1987? Lo más sencillo es comenzar por los gigantes que dominaron los 80, los grandes iconos de la época, la mayoría de los cuales ya habían publicado para entonces sus trabajos más emblemáticos y/o populares. Pero a la década aún le quedaban unas cuantas balas maestras, algunas de las cuales iban a dispararse precisamente este año. Es el caso de “The Joshua Tree” de U2, probablemente el disco más importante de aquella añada. El quinto trabajo del cuarteto irlandés desató un fervor inusitado en todo el mundo (también en España, donde su concierto del 7 de julio en el Santiago Bernabéu ante 115.000 personas apretujadas como en una lata de sardinas todavía es recordado como uno de los shows más míticos que ha vivido la ciudad de Madrid), convirtiendo a un grupo que hasta ese momento era medianamente conocido en la banda más grande del planeta. Una que, con su nuevo aspecto de peregrinos desastrados, su solemnidad humanista y su compromiso con cualquier causa justa, parecía venir a salvarnos a todos de los excesos estéticos y la frivolidad ochentera, para regocijo de unos y desgracia de otros. Pero más allá del mesianismo y el afán de trascendencia quedaba la música, y la épica panorámica de unas canciones inspiradas e inspiradoras, tocadas por la Gracia y la Pasión de Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr., han resistido como pocas el reto del paso del tiempo.  Los singles “With or Without You”, “I Still Haven’t Found What I’m Looking For” y “Where the Streets Have No Name” son diamantes para la eternidad que no han dejado de sonar en la radio desde entonces.

 

Mientras, otro tótem del rock masivo por excelencia de los años 80, Bruce Springsteen, sorprendía con un cambio de registro inesperado, después de haber cerrado un ciclo con la publicación a finales de 1986 de la mastodóntica caja “Live 1975-1985”. El austero videoclip de “Brilliant Disguise”, en blanco y negro, toma fija y una sencilla cocina como único decorado,  dejaba entrever por dónde irían los tiros.  “Tunnel of Love” dejaba muy atrás, ya desde su portada a lo Julio Iglesias vestido con el traje de los domingos, la contundencia expansiva de “Born in the U.S.A.” (1984) y examinaba miedos e inseguridades íntimas desde una madurez introspectiva inédita hasta entonces en su repertorio. Sin himnos de puño en alto ni la compañía de la  E Street Band como tal, de la mano de un conjunto de medios tiempos y baladas templadas, “Tunnel of Love” pudo decepcionar en su momento a parte de sus seguidores, pero significó un valiente, honesto, y a la larga, necesario paso para que el Boss se desmarcara del cliché en el que muchos pretendían encerrarle.

Quien también se sometía a reválida después de un éxito de proporciones paquidérmicas era Michael Jackson.  Casi cinco años habían pasado desde la publicación de “Thriller” (1982) y el Rey del Pop reaparecía con nueva cara, nuevo color de piel y un nuevo arsenal de hits y fantasías visuales en forma de video-movies para reafirmarse como el entertainer definitivo de la época. Lógicamente “Bad” no igualó el impacto de su antecesor, pero cuando colocas cinco singles seguidos en el número uno del Billboard (“I Just Can’t Stop Loving You”, “Bad”, “The Way You Make Me Feel”, “Man in the Mirror” y “Dirty Diana”) y tus ventas globales se estiman en más de 30 millones de copias es como para respirar aliviado. Musicalmente el álbum (que ya reseñamos por aquí en este blog) era una ambiciosa, futurista, imaginativa y pluscuamperfecta mezcolanza de pop, funk, soul, disco, góspel y rock para todos los públicos que poco tenía que envidiar a “Thriller”, si acaso un “Billie Jean”.

 

Si Jacko espaciaba sus lanzamientos más allá de lo razonable, Prince, su némesis declarada, su admirado/odiado rival púrpura, publicaba sin medida al frenético ritmo de un disco anual, sin preocuparse por si tanta hiperactividad no terminaría por saturar al público. Ni “Around the World in a Day” (1985) ni “Parade” (1986) se habían acercado a la cima popular que supuso “Purple Rain” (1984) pero la etiqueta de genio nadie se la discutía al de Minneapolis. Y “Sign ‘O’ the Times” no solo le reafirmaba como tal sino que devino en otra obra mayúscula, quizás la última que hizo a ese nivel, su “White Album” particular, un torrente sonoro tan excesivo e inabarcable (álbum doble) como exuberante y ecléctico en el que experimentaba con todos los palos conocidos de la música popular. R&B lúgubre en el tema título, pop galáctico en “U Got the Look”, soul tórrido en “Adore”, funk duro de la vieja escuela en “Housequake”, pop-rock incontestable en “I Could Never Take the Place of Your Man”, y mucho, muchísimo más.  Pero pese a “Bad” y “Sign ‘O’ the Times”, el bipartidismo del pop negro de la época se vio ciertamente amenazado en 1987 por la irrupción de un contundente aspirante al trono. Era Terence Trent D’Arby, magnético, bello y poseedor de una garganta privilegiada que brillaba en un debut avasallador, “Introducing the Hardline According To…”, plagado de hitazos como “If You Let Me Stay”, “Sign Your Name” o “Wishing Well”. El por qué el artista posteriormente conocido como Sainanda Maitreya caería tan pronto en el pozo del olvido es un misterio que mi compañero Alberto ya investigó en su post “El hombre que pudo reinar”.

Otro debut en solitario que demandaba galones de mando fue el de George Michael, el chulo guapo de de Wham!, que lograba el más difícil todavía: mantener e incluso aumentar su reputación como el terror de las nenas (cuánto cambiaría el cuento años después), y al mismo tiempo ser tomado verdaderamente en serio por la crítica. Primero con un single provocador y escandaloso llamado “I Want Your Sex” (con videoclip también provocador y escandaloso) y posteriormente con “Faith”, uno de esos discos que dignificaban el pop-rock de su época, de cualquier época, combinando calidad y olfato comercial a través de una sucesión de variados temazos -el titular, “Father Figure”, “One More Try”, “Monkey”–  con los que dominaría las listas durante todo el año siguiente. “Nothing Like the Sun” no era un disco de debut, sino el segundo que firmaba Sting en solitario (y probablemente el mejor) después de su reinado con The Police a finales de los 70 y primeros 80. Por entonces su nombre aún no era sinónimo de aburrimiento adulto, sino de madurez bien entendida, como probaban la funky  “We’ll Be Together” o la joya jazzística “Englishman in New York”. En cualquier caso, Sting llevaba mucho mejor el estatus de ‘superstar’ que David Bowie, quien después del pelotazo comercial de “Let’s Dance”  (1983) parecía haber perdido aquel mojo creativo inalcanzable de los 70 y se presentaba  con una inexcusable medianía bajo el brazo llamada “Never Let Me Down”, obra que parecía más un pretexto para poner en marcha la aparatosa “Glass Spider Tour” (con parada en nuestro país) que un trabajo que mereciera ser defendido. Aunque peor le iba a Mick Jagger, que trataba de consolidarse como estrella en solitario con “Primitive Cool” y nadie le hizo caso, salvo quizás un mosquedado Keith Richards. Eso sí, su rotundo fracaso sirvió al menos para salvar a los Rolling Stones. Entre los productores del álbum de Jagger estaba Dave Stewart, cuyo disco anual con Eurythmics, “Savage”, pasó ya bastante más desapercibido que los anteriores y no generó ningún hit para la posterioridad. Eran horas bajas también para Stevie Wonder, a quien el auge popular que tuvo con “I Just Called to Say I Love You”, “Part Time Lover” y el anuncio de la DGT  se le empezaba a quedar atrás, de modo que su flamante “Characters” pasó sin pena ni gloria, y tampoco es que mereciera más atención. Quien tampoco consiguió revalidar los oropeles de su éxito anterior fue el canadiense Bryan Adams, que con “Into the Fire” se quedaba lejos del pelotazo de “Reckless” (1984), aunque, en su caso, su momento de mayor gloria comercial aún estaba por llegar. Y los escoceses Simple Minds, que,  como U2, habían evolucionado desde el post punk hacia el rock de grandes estadios, se tomaban un respiro y exponían su gran poder de convocatoria con el fastuoso doble directo “Live in the City of Lights”, número uno en Reino Unido.

 

Entre las chicas la reina blanca seguía siendo Madonna, que aún amortizaba el bombazo atronador de “True Blue” (1986) –“La Isla bonita” se publicaba como single este año- enlazando con la banda sonora de “¿Quién es esa chica?”, una de esas películas suyas que hoy nadie recuerda a la que aportaba cuatro piezas que parecían descartes (en plan bien) del disco anterior, entre ellas los éxitos “Who’s That Girl” y “Causing a Conmotion”, y poco después con el pionero disco de remezclas “You Can Dance”. Con permiso de Tina Turner, de gira con su “Break Every Rule” aún reciente, la reina negra era sin duda Whitney Houston, que revalidaba por todo lo alto el triunfo de su debut dos años antes con “Whitney”, secuela en todos los sentidos de la fórmula patentada entonces, la de diva del R&B azucarado que se exhibe en baladones sentimentales (“Didn’t We Almost Have It All”) y efectivos artefactos de pop bailable como la irresistible “I Wanna Dance with Somebody”, fórmula que, dicho sea de paso, tantas hiperglucemias nos traería con su degeneración en los 90 de la mano de señoras como Mariah Carey, Celine Dion y la propia Whitney.

Otras bandas que hoy identificamos como emblemáticas de la década en realidad en 1987 todavía no habían llegado a su punto más alto de popularidad, o estaban a punto de dar el gran salto o lo daban ese mismo año. Posiblemente no haya imagen más icónica que la de Robert Smith al frente de The Cure con su pelo alborotado y sus labios pintados de rojo carmesí, pero en el momento al que nos referimos aún no eran la banda de culto más grande del mainstream. Sí  eran de los pocos supervivientes con pedigrí del movimiento gótico que germinó en Inglaterra a finales de los 70, y ya con su disco anterior, el fenomenal “The Head on the Door” (1985), habían permitido que se filtrara la luz pop en sus atmósferas enrarecidas y sombrías, esa tristeza feliz con la que se asocia su sonido característico y que tendría continuidad en “Kiss Me Kiss Me Kiss Me”. Cuando se revisa su obra, este ecléctico y algo caótico disco doble tiende a ser infravalorado en favor del anterior y del posterior “Disintegration” (1989) -su obra maestra más inapelable y también la más vendida- pero conviene no olvidar que aquí está el que probablemente sea el hit definitivo de la banda, “Just Like Heaven”, amén de otros singles populares como “Why Can’t I Be You?”, “Catch” o “Hot Hot Hot!!!” que les permitieron abrir brecha por fin en el mercado estadounidense –donde alcanzaron el disco de platino- y consolidarse en Europa.

 

Similar es el fenómeno de Depeche Mode, que en 1987 ya acumulaban cinco referencias de estudio y una bien ganada reputación como cabecillas del pop electrónico, pero sería el magnífico “Music for the Masses” el trabajo que, precisamente, les haría llegar a las masas. Tecnopop frío con alma negra y forma de himnos en piezas ahora tan míticas como “Never Let Me Down Again”, “Strangelove” y “Behind the Wheel” que llegaron a las radiofórmulas ganándose un gran puñado de creyentes en todo el mundo. El posterior directo grabado durante la gira, “101” (1989), demostraría hasta qué punto había crecido la devoción por una banda que alcanzaría su cumbre artística y comercial ya en 1990 con el inapelable “Violator”, y cuya trayectoria repasamos aquí. Y si hablamos de electrónica innovadora la gran referencia del momento era un dúo londinense que estaba sacudiendo las discotecas desde la excelencia melódica y una producción estratosférica, aderezándolas con grandes dosis de ironía urbanita y diatribas inteligentes contra el consumismo alienante, actitud que les alejaba decisivamente de la frivolidad vacua común en el género. Pet Shop Boys fueron omnipresentes en 1987 desde el principio, con los ecos aún recientes de la jauría de “Suburbia” -último single extraído de su debut “Please” (1986)- hasta el final, con un cover maravilloso de “Always on My Mind”. En medio aparecía “Actually”, enorme contenedor de gemas eternas como la bombástica, imperial e imbatible “It’s a Sin” -el single europeo más vendido del año-, la deliciosa “What Have I Done to Deserve This?” con una recuperada Dusty Springfield, la melancólica “Rent” o la fulminante “Heart”, todos éxitos en listas.

 

En un ámbito más rockista, aunque sin perder de vista las pistas de baile, era el año de la eclosión definitiva de los australianos INXS de la mano de su mayúsculo “Kick”, un desacomplejado y estiloso híbrido de rock, pop, funk y dance –quizás lo que Jagger habría querido para los Stones en los ochenta- a cuyo servicio Michael Hutchence puso toneladas de carisma sexual. La ristra de fantásticos singles que se extrajeron del album (“Need You Tonight”, “Devil Inside”, “New Sensation”, “Never Tear Us Apart”, “Mistify”) les permitió sonar en radios hasta bien entrado 1988 y acumular seis discos de platino en EE.UU, donde nunca repetirían un éxito tan rotundo pese a que en Europa  su popularidad durante los años 90 se mantuvo intacta.

Este era el panorama entre los grandes ídolos de la década, pero 1987 también fue un año de regreso para dinosaurios de otras eras, como el caso de Pink Floyd,  que se atrevían a volver sin Roger Waters después de que éste decidiera que “The Final Cut” debía hacer honor a su nombre y poner punto y final a la trayectoria de la banda. Entre interminables disputas legales por la posesión de la marca Floyd, David Gilmour pudo sacar a la luz “A Momentary Lapse of Reason”, un trabajo que palidecía ante el recuerdo de sus obras magnas de los 70 pero que permitía volver a ver a lo que quedaba del grupo sobre escenarios de montaje faraónico, aportaba estimables cortes como “Learning to Fly” y “On the Turning Away” y concitaba una atención mediática de la que Waters careció con su “Radio K.O.S.”. Más redondo fue el retorno de Fleetwood Mac cinco años después del flojo “Mirage” (1982) con una joya de pop sintético y adulto llamada “Tango in the Night”, plagado de hitazos como “Big Love”, “Seven Wonders”, “Everywhere” y “Little Lies”, y eso a pesar de que su grabación fue muy accidentada y de que Lindsey Buckingham, verdadero impulsor del disco, abandonó la banda a los pocos meses. Mientras, Bee Gees volvían al número uno en el Reino Unido y media Europa diez años después de la fiebre del sábado noche con el pegadizo single “You Win Again”, y George Harrison entregaba “Cloud Nine”, uno de sus mejores discos en solitario (y el último que publicó en vida) asociado con Jeff Lynne , quien reprodujo a la perfección  el sonido beatle en “When We Was Fab” y le proporcionó un último número 1 con el cover de “Got My Mind Set On You”. Grateful Dead lograban un inesperado doble platino en USA con “In the Dark”; Joe Cocker trataba de replicar el éxito de “You Can Leave Your Hat On” con “Unchained My Heart”; Mike Oldfield corroboraba con “Islands” que en España seguía teniendo su público más fiel; y precisamente por estos pagos sonaría con insistencia y casi un año de retraso (se había publicado en 1986) “In the Army Now” de Status Quo. Finalmente, Freddie Mercury, con Queen en barbecho tras el éxito del “Magic Tour” la temporada anterior, se daba un auto-homenaje con su versión de “The Great Pretender” y cumplía un viejo sueño al cantar a dúo con Montserrat Caballé la bizarra “Barcelona”.

 


 

BIENVENIDOS A LA JUNGLA

En 1987 el hard rock melódico y el glam metal vivían sus horas más felices, con sus melenas crepadas y teñidas al viento, sus pintas exageradas, sus trapitos ajustados, sus poderosos riffs y solos de guitarra, sus estribillos ultracoreables, sus power ballads y sus hedonistas  toneladas de sexo, fiesta y alcohol. Recuerden,  aquello era antes de que llegara Kurt Cobain y se cargara toda la diversión, como se lamentaba Mickey Rourke en “The Wrestler”. Algunos de los trabajos más imperecederos e influyentes del género hair se publicaron en  aquellos tiempos, aunque hablar de este año no es posible sin hacerlo de un disco publicado en 1986 pero cuyo influjo se extendió durante meses y meses, hasta el punto de ser el más vendido de 1987 en Estados Unidos si hacemos caso a Billboard. “Slippery When Wet” fue el álbum que convirtió a Bon Jovi en superestrellas y el que demostró que el heavy (o heavy light, para que no se me enfaden los integristas de la tribu) podía ser masivo. No era para menos, ya que se trataba del perfecto álbum de rock mainstream, con temas cañeros inapelables  (“Let it Rock”, “Raise Your Hands”), hitazos inmortales de los que definen en sí mismos toda una época (“You Give Love a Bad Name”, “Livin’ On A Prayer”), una balada romántica (“Never Say Goodbye”) y algún notable desvío vaquero (“Wanted Dead or Alive”). Independientemente del devenir posterior de la banda, hay que ser muy mentecato para no disfrutar con un discarral infalible que todavía hoy suena fresco, potente y sin apenas relleno. Y hablar de Bon Jovi es casi indisociable a hacerlo también de los suecos Europe, sobre todo en España, donde su “The Final Countdown” (publicado en 1986) lo petaba a lo grande durante el primer semestre de 1987, parapetado durante semanas (nada más y nada menos que 13 semanas) en el número uno de ventas de AFYVE. Indudablemente el épico tema titular y su inmortal riff de teclado fue la clave de un bombazo que llegó a todo tipo de públicos (incluso a los que, como ya dije al principio, aún no éramos público de nada), pero que estuviese acompañado de torpedos como la arrolladora “Rock the Night”, el super baladón “Carrie” o la triunfal “Cherokee” aseguró el éxito de largo recorrido, por mucho que el guitarrista John Norum se bajara del barco justo en la cresta de la ola, descontento con el cariz comercial que había tomado la banda.

 

En una onda similar de rock duro radio-friendly, pero ya sí publicado en 1987, se situaba “Hysteria”, de Def Leppard, un trabajo que tuvo una gestación más larga y costosa que la Capilla Sixtina (entre el accidente en el que el batería Rick Allen perdía su brazo izquierdo, diversos problemas de salud, sesiones infructuosas y material desechado se fueron cuatro años desde  el ya exitoso “Pyromania”) pero cuando finalmente llegó a las tiendas,  su abrumador sonido, enorme como el de un pelotón de asalto, conquistó primero Europa y después Estados Unidos, donde el disco no despegó de verdad hasta la publicación en single de “Pour Some Sugar on Me”, uno de los siete que se extrajeron de lo que casi era un “greatest hits” perfecto. Luego, ya sí, 20 millones de copias despachadas en todo el mundo. Ahí es nada.  Aplastante fue también el triunfo de unos Whitesnake remozados con una alineación de lujo y alejados ya del blues rock de sus inicios de la mano de un trabajo auto-titulado también conocido como “1987”. La celebridad se la debieron a su regrabación de la inapelable “Here I Go Again” y a una de las power ballads más populares de los 80, “Is This Love”, pero el álbum contenía también trallazos del calibre de “Still of the Night” o “Give Me All Your Love”. (Mi colega Rodrigo hizo una semblanza más completa de Bon Jovi,Europe, Def Leppard y Whitesnake en estas recomendables líneas que se marcó cuando los cuatro grupos coincidieron en escenarios de Madrid hace ya cuatro años).

 

De entre las hair bands que despuntaban en 1987 – White Lion (“Pride”), Night Ranger  (“Big Life”), Dokken (“Back for the Attack”), Autograph ( “Loud and Clear”), T.N.T (“Tell No Tales”) Cinderella (“Night Songs”) o Poison (“Look What the Cat Dragged In”), los dos últimos editados en el 86 pero todavía superventas este año-, la más representativa, genuina y pendenciera era Mötley Crüe, también la más influyente. Los pioneros del ‘sleazy’ angelino se encontraban en el apogeo de su ruta por el lado salvaje regada con indecentes cantidades de sexo, drogas y rock’n’roll y lo celebraban con su esencial “Girls, Girls, Girls”, cumbre del macarrismo, banda sonora ideal de todo bar de striptease que se precie, plagada de composiciones pegadizas y efectivas como las emblemáticas “Wild Side” y el tema título, con su inolvidable videoclip. Se quedó a un paso del número uno en USA  (se decía que la industria manipuló la lista de Billboard para impedir que unos melenudos degenerados le arrebataran el primer puesto a Whitney Houston), pero fue cuádruple platino y dos años después Mötley ya sí encabezarían los charts con “Dr.Feelgood” (más sobre Mötley Crue y su juerga eterna, aquí).

De las tripas del Sunset Strip de Hollywood iba a surgir un competidor para todas estas bandas que elevaría el juego a otro nivel y que con el tiempo sería no solo uno de los pocos grupos que soportarían el terremoto del cambio de década sino que reinaría de manera casi absolutista en el rock masivo de la primera mitad de los 90. Eran Guns N’Roses, más peligrosos, auténticos, callejeros y sucios que el resto. En julio se lanza “Apettite for Destruction”… y no sucede nada. Tienen que pasar varios meses hasta que la MTV, el oráculo que todo lo puede en esta era, empiece a rotar el vídeo de “Welcome to the Jungle” y se conviertan en la nueva sensación, las ventas del disco explosionen (hasta más allá de los 30 millones de copias) y se traduzca en el debut más exitoso de la historia. Nunca volverían al nivel de “Apettite”, más que nada porque aquello era una irrepetible colección de temazos de hard rock descarado y apabullante con ramalazos punk y blues (la Gibson LesPaul volvía a ponerse de moda en las manos de Slash), interpretados con el carisma histriónico amenazador de un exultante Axl Rose. “Paradise City”, “Nightrain”, “Rocket Queen”, “Sweet Child O’ Mine”… Estábamos en la jungla y alguien tendría que morir. Con los años el cadáver sería el de la propia banda, como no podía ser de otra forma, pero también sabemos que en este negocio no hay nada imposible y en 2017 ahí les tenemos de nuevo dando guerra. (Para recorrer la tortuosa historia de los Guns en un viaje con 20 paradas, echa un vistazo aquí).

 

Entre los veteranos rockeros con raíces en los setenta había algunos en mejor forma que otros. Entre los que se encontraban en un momento dulce destacaban Aerosmith, que habían vuelto a la palestra un año antes de la mano de Run-D.M.C con su revolucionaria revisión del clásico “Walk This Way” y aprovechaban la coyuntura inmejorablemente para entregar con “Permanent Vacation” el perfecto disco de resurrección que no fue “Done with Mirrors” (1985), el que les permitiría el acceso a una segunda juventud que se prolongaría durante los 90. Vacilón y cargado de feeling rockero con pespuntes blueseros, su noveno trabajo de estudio queda como la obra magna de su segunda etapa, de la mano de hits como “Dude (Looks Like a Lady)”, “Rag Doll” o la imbatible power ballad “Angel”. Entre tanto, Kiss seguían sumidos en su poco memorable etapa sin maquillaje con “Crazy Nights”, que aunque les proporcionó su mayor éxito de la década en USA pronto caería en el olvido;  Alice Cooper buscaba con “Raise Your Fist and Yell” sin mucha fortuna el regreso al éxito comercial que se le resistiría hasta “Trash” (1989); Deep Purple se quedaban lejos de repetir el acierto de “Perfect Strangers” (1984) con “The House of Blue Light” y Motörhead atravesaban una fase no muy inspirada con “Rock ‘N’ Roll”. Mientras muchos de estos curtidos supervivientes de la década anterior trataban de alguna forma de adaptarse al sonido de los tiempos, The Cult -que entonces estaban lejos de ser unos veteranos- proponían el camino contrario en el poderoso “Electric”, trabajo en el que  mutaban el goth rock de sus inicios en un hard clásico y compacto que miraba sin complejos a los 70 con temazos como “Love Removal Machine” o “Lil’ Devil”. Por su parte, Gary Moore conseguía en Europa cierta repercusión con “Wild Frontier” y sus aromas celtas, muy presentes en la maravillosa “Over the Hills and Faraway”, aunque el guitar hero del momento era Joe Satriani, que entregaba en “Surfing with the Alien” el trabajo a las seis cuerdas más imaginativo, virtuoso y creativo desde Eddie Van Halen, y además conseguía el nada despreciable logro de vestir de Platino en USA un álbum enteramente instrumental.

 

Escorándonos hacia el metal, Manowar, adalides de la pureza del género, firmaban con una multinacional, limpiaban su sonido e incluso lograban meter la cabeza en la MTV con “Fighting the World”. Judas Priest lanzaban “Priest…Live!”, álbum en vivo que palidecía ante el homenaje que Ozzy Osbourne le rendía al desaparecido guitarrista Randy Rhoads en el monumental directo “Tribute”. En Black Sabbath se estrenaba Tony Martin como vocalista y recuperaban parte de su respetabilidad con “The Eternal Idol”, Dio mantenía un buen nivel con “Dream Devil” y King Diamond aterrorizaba con el conceptual y opresivo “Abigail”. Pero en la época también se consolidaban subgéneros metálicos que adquirirían gran popularidad, como el power metal de la mano de los alemanes Helloween y el épico “Keeper of the Seven Keys Part I”; el trash metal que, después de los hitos de Metallica y Slayer en 1986, mantenía su empuje con  “The Legacy” de Testament  y sobre todo con el feroz “Among the Living” de Anthrax ; y el grindcore, estilo más extremo que casi inauguraban Napalm Death con el seminal y muy cabreado “Scum”. Y, aunque todavía no había llegado su momento, por ahí ya empezaban a hacer sus pinitos bandas que agitaban el metal y el rock duro con otros géneros (funk, hip hop, rock alternativo… ) y que explotarían en los 90 como Faith No More (“Introduce Yourself”), Red Hot Chili Peppers (“The Uplift Mojo Party Plan”) o Jane’s Addiction (“Jane’s Addiction”).

 


 

MÚSICA PARA LAS MASAS 

La mala fama que suelen llevar a cuesta los 80 se debe, en gran medida, al tipo de música que vamos a repasar en este bloque. Nos referimos a la radio fórmula pura y dura (al margen de los grandes nombres que ya hemos citado), a artistas que súbitamente aparecían encabezando los charts y dos temporadas después ya nadie recordaba, a la época dorada de los one-hit wonders. Ya saben, se acusa a la música de esta época de ser descaradamente mercantilista, un entretenimiento vulgar de usar y tirar, una oda a la vacuidad más superflua en detrimento del genuino compromiso artístico, pero, qué quieren que les diga, décadas posteriores fueron bastante más dudosas y mucho menos reivindicables, empezando por los 90 y, por supuesto, refiriéndonos siempre al pop para las masas. La prueba es que el fenómeno revival ochentero sigue más vivo que nunca en el mundillo catódico, independientemente de que el peso de la nostalgia nos haga ser más condescendientes a los que vivimos de primera mano aquellos tiempos. En cualquier caso, como en todas las épocas, había música mejor y peor. Canciones que aún hoy conservan una frescura admirable y pueden seguir escuchándose sin sonrojo y canciones que difícilmente se sostienen fuera de su contexto, o de los karaokes.

El single más vendido en EE.UU. en 1987 fue “Walk Like an Egyptian” de las Bangles, uno de esos clásicos que todo el mundo ha tarareado alguna vez, con su groove infeccioso, sus modélicos parones y su coreografía tontorrona. Estas chicas apadrinadas por Prince, más suaves que otros combos femeninos precedentes como The Go-Go’s o The Runaways, habían dado la campanada con “Different Light” (1986), álbum en el que se incluía el éxito de marras, y prolongarían su momentum con una versión rockera del “Hazy Shade of Winter” de Simon & Garfunkel (que llegaría al número dos de Billboard) y un disco más un año después, “Everything”, el que contenía el celebérrimo “Eternal Flame”. Poco después se produciría la desbandada y su llamativa líder, Susana Hoffs, se  lanzaría como solista tratando de seguir el ejemplo de Belinda Carlisle, que mucho antes se había emancipado de las mencionadas The Go-Go’s y que este año obtuvo un éxito global con su inmortal hit de estribillo bigger than life “Heaven is a Place on Earth”, para después ver cómo su estrella iría declinando con el paso de los discos. Pelirroja como la Carlisle era Tiffany, una adolescente de 16 años que lo petó a ambos lados del Atlántico con su single “I Think We’re Alone Now”,  pizpireta versión pop-dance de un viejo éxito de Tommy James and the Shodells incluido en su debut, “Tiffany”. Los 15 minutos de fama de la dulce princesita no alcanzaron para más (por mucho que años después tanto ella como la propia Carlisle reclamaran la atención de los nostálgicos desde la portada de la Playboy), quedando su nombre como un one-hit wonder de manual. Curiosamente el tema que desplazó del número uno en USA a Tiffany fue otra versión de Tommy James, en esta ocasión el “Mony Mony” que un Billy Idol todavía en su momento de mayor popularidad  incluyó en el recopilatorio “Vital Idol”.

 

1987 fue un año en el que se recuperaron con frecuencia viejos oldies para volver a encabezar los charts. Así, unos anuncios de Levi’s permitieron que clásicos tan clásicos como “Stand By Me” de Ben E. King y “When a man loves a woman” de Percy Sledge volviesen a los primeros puestos de las listas británicas, y un original vídeo en stop-motion con plastilina impulsó el “Reet Petite” de Jackie Wilson al número uno que no alcanzó cuando se publicó en 1957. Aunque el verdadero revival de los 60 llegaría de la mano de un fenómeno de masas tan arrollador como inesperado e inexplicable llamado “Dirty Dancing”, película justita que se convirtió en icónica para toda una generación de adolescentes que suspiraban por los huesos de Patrick Swayze y se identificaban con las tribulaciones de una Jennifer Grey que nunca dejaría de ser el patito feo, como probó su lamentable carrera posterior. No hay ninguna duda de que lo mejor de “Dirty Dancing” era su banda sonora, de la que se vendieron más de 30 millones de copias, trufada de viejos éxitos de The Ronettes, Maurice Williams and the Zodiacs o The Contours y aderezadas con un puñado de temas nuevos que se convertirían en clásicos, desde la oscarizada “(I’ve Had) The Time of My Life” de Bill Medley y Jennifer Warnes hasta la muy A.O.R. “Hungry Eyes” de Eric Carmen, pasando por una doliente balada cantada por el propio Swayze, “She’s Like the Wind”. Menos taquillera fue “La Bamba”, biopic sobre el malogrado Ritchie Valens, pero su banda sonora también dejó otro de los highlights del año de la mano del cover que los siempre infravalorados Los Lobos hicieron del tema más popular del pionero del rock’n’roll y que llegó al número uno en medio mundo, España incluida, of course.

 

Si hablamos de radiofórmula estadounidense no podemos olvidarnos de la también nominada al Oscar “Nothing’s Gonna Stop Us Now” de Starship, una especie de spin-off de Jefferson Starship, que a su vez era una escisión de los míticos Jefferson Airplane, con los que musicalmente ya no tenían nada que ver. De hecho, este macro-hit pasa por ser emblema del A.O.R. americano en su faceta más chiclosa, es decir, tan difícil no atragantarse con su azúcar como desprenderse de él. Igualmente representativos del estilo por esa época eran Heart, el ya veterano grupo de Ann y Nancy Wilson, que vendían más álbumes que nunca con “Bad Animals” y hitazos tan evidentes como “Alone” o “Who Will You Run To”. En una onda similar, aunque más cercana a Bryan Adams, se movía Richard Marx, un fulano al que en España conocimos esencialmente por el baladón “Right Here Waiting” dos años después pero que en 1987 debutaba con un álbum homónimo que alcanzaría el triple platino en los States propulsado por hits como “Should’ve Known Better” o “Hold On to the Nights”. Y aunque su éxito llegaría a Europa al año siguiente, también se publicaba la empalagosa  “Nothing’s Gonna Change My Love For You” de Glenn Medeiros,  otro de aquellos ídolos para adolescentes que triunfaron durante un cuarto de hora pero de los que sería difícil citar algún otro tema. Aunque aún más diarreico era el R&B edulcorado que abanderaban grupos como Atlantic Starr, número uno en singles con la balada “Always”.

En el Reino Unido lo que se llevaba era un pop más refinado que bebía de la new wave y el soul blanco y se acicalaba con unas gotas de funk y jazz sin cafeína. El invento recibió el nombre de sophisti-pop, aunque los más malintencionados podrían alegar que en realidad no era sino A.O.R con un toque de distinción británica. Con los últimos discos de Spandau Ballet y Duran Duran ya en retirada, los charts de la Pérfida Albión fueron invadidos en 1987 por un alud de grupos “sofisticados” como Swing Out Sister (“Breakout”), Living in a Box (“Living in a Box”),  Curiosity Killed the Cat (“Ordinary Day”), Johnny Hates Jazz (“Shattered Dreams”),  T’Pau (“Heart and Soul”) o Deacon Blue (“Dignity”). Pocas de estas bandas llegaron a calar hondo en España, pero sí lo hicieron Level 42, que empalmaron el éxito de la temporada anterior de “Lessons in Love” con el incontestable “Running in the Family” a lomos de las líneas de bajo fluidas y percusivas de Mark King. También Simply Red, porque, aunque los rojizos rizos de Mick Hucknall aún no disfrutaban de  la enorme popularidad que obtendrían en los 90, ya despuntaban de la mano de un single tan coreable como “The Right Thing”. Los ritmos funky, el saxo sensual  y los metales sintéticos propios del sophisti-pop engalanaban el “It Doesn’t Have to Be This Way” de The Blow Monkeys, pero también el “Ces’t La Vie” de Robbie Nevil, que era americano pero sonaba igual que los británicos, al igual que William Pitt, que logró un hit en toda Europa con “City Lights”. Aunque el más taciturno y melancólico era Colin Vearncombe, un chico de Liverpool con perfecto tupé rubio más conocido como Black, autor de uno de esos temazos imperecederos que dignifican la categoría de one-hit wonder. “Wonderful Life”, claro.

 

Ante este panorama, el synth-pop que había dominado en los primeros 80 empezaba a desaparecer de las radios, si exceptuamos los casos particulares de los ya mentados Pet Shop Boys y Depeche Mode. Precisamente en esta última banda había militado Vince Clarke, antes de formar Yazoo y posteriormente Erasure, que quedaban como una de las pocas formaciones del género con éxito comercial con singles como la muy popular “Sometimes”. Incluso los noruegos A-Ha se alejaban del del synth con “The Living Daylights”, el tema que aportaron a la película de James Bond de turno,  “Alta Tensión”. En realidad, el pop bailable o Hi-NRG de la época tenía un nuevo tótem que iba a tiranizar el mainstream de la segunda mitad de los 80: SAW, o lo que es lo mismo, la factoría de éxitos del trío de compositores y productores formado por Stock, Aitken & Waterman. Incontables fueron los éxitos que surgieron de esa fábrica en la época comprendida entre 1986 y 1990, casi todos intercambiables y cortados por el mismo patrón, un sonido inconfundible que hábilmente picoteaba del synth y el funk suave y se potenciaba con mucho reverb para arropar melodías pop irresistibles culminadas por estribillacos que entraban a la primera. Aunque era fácil desechar sus productos por estar descaradamente orientados a un público juvenil poco exigente, su modus operandi y su facilidad para el hit no era muy distinto al de otras míticas cadenas de montaje como la Motown de Berry Gordy o las producciones de Phil Spector. En su cosecha de 1987 figuran éxitos para el dúo Mel & Kim (“Respectable” y “F.L.M”), Bananarama (para las que habían facturado la temporada anterior el triunfal “Venus” y a las que ahora aportaban “Love in the First Degree” y “I Heard a Rumour”), Sinitta (“Toy Boy” y “GTO”), Kylie Minogue (a la que lanzaban a la fama con “I Should Be So Lucky” y que con el tiempo sería una de las pocas estrellas de la factoría que sobreviviría a su emancipación) o Samantha Fox, la chica-póster más rotunda de la época, mito erótico definitivo para toda una generación de chavales y, aunque muchos no lo recuerden, también cantante de hits como “Nothing’s Gonna Stop Me Now” . SAW estaban incluso detrás de uno de esos proyectos benéficos tan en boga llamado Ferry Aid, en el que varios artistas dispares (Paul McCartney, Boy George, Nick Kamen, Mark King, Kate Bush, Mark Knopfler o Gary Moore entre muchos otros) rehacían el “Let It Be” de The Beatles.

No obstante,  la gran joya de la corona de SAW era un muchacho de 20 años, pecoso, de aspecto sanote y abrazable, y un vozarrón imponente, casi operístico, llamado Rick Astley. Para él pergeñaron el supermegahit “Never Gonna Give You Up”, el single más vendido de 1987 en Reino Unido, una de los canciones que mejor representan el espíritu de su tiempo y que aún hoy mantiene su encanto. Se incluiría en su álbum de debut, “Whenever You Need Somebody”, en el que convivían hits de corte similar como “Together Forever” o el tema homónimo y que llevaría al pelirrojo vocalista a lo más alto de las listas de todo el mundo. La jugada no salió tan redonda un año después con “Hold Me In Your Arms”, y para cuando el chico quiso independizarse del trío y volar libre su momento ya había pasado. La influencia de SAW fue tan grande que empezaron a proliferar muchos productos que copiaban su fórmula sin rubor. Para no empachar, sólo daremos dos ejemplos de 1987 (aunque en las listas impactarían en 1988): “When Will I Be Famous?”, de aquel risible trío luego reducido a dúo de rubios guaperas llamado Bros, y, al otro lado del Atlántico, “Tell It To My Heart”, de la olvidadísima Taylor Dayne. Incluso con toda su frenética actividad, SAW tuvieron tiempo de demandar a M/A/R/R/S por usar sin permiso un sampler de uno de sus temas en el revolucionario “Pump Up The Volume”, pieza seminal del acid house que ya rondaba a la vuelta de la esquina y que en poco tiempo terminaría sacando a patadas a los productos de SAW de las discotecas.

 

En España la marca Stock, Aitken & Waterman funcionaba bien, sobre todo con un Rick Astley que se convertiría en ídolo, pero aquel año en el ámbito del pop dance nada fue comparable al furor que despertaron The Communards, curiosamente con un álbum homónimo lanzado en Reino Unido en 1986 y un single explosivo, “Don’t Leave Me This Way” (cover de un viejo éxito de Harold Melvin que también había versionado Thelma Houston), que ya había sido el más vendido en las islas británicas la temporada anterior. Aquí llegó con retraso, pero la voz de jilguero y el aspecto enclenque de Jimmy Sommerville, reconocido activista homosexual en una época marcada por el SIDA en la que pocos se atrevían a posicionarse claramente, marcó a fuego nuestra temporada de primavera-verano. La arábiga “So Cold The Night” y “Disenchanted” también lo petaban y alguien tuvo la feliz idea de juntar las tres en una primitiva remezcla que se llamaría simplemente “The Multimix”, convirtiéndose en uno de los maxis más vendidos del año en nuestro país. Como el fenómeno de The Communards nos había llegado tarde, se dio la circunstancia de que para el invierno nos topamos con un segundo álbum, “Red”, cuando todavía no se habían apagado los ecos del anterior, de modo que singles como “Tomorrow” o “Never Can Say Goodbye” (que pretendía repetir descaradamente la jugada de “Don’t Leave Me This Way” versionando el clásico de los Jackson Five y posteriormente Gloria Gaynor) volvían a copar las listas, aunque solo fuese por inercia. El dúo se separaría en 1988 tan súbitamente como había llegado, pero nadie les –nos- quitaría lo bailao.

 

Aunque EE.UU. y Reino Unido polarizaban la música más mediática, también había gratificantes excepciones surgidas de otros países europeos. Por ejemplo, en España nos pasamos el verano chapurreando en francés el estribillo de uno de los temas más emblemáticos de los 80, aquel “Voyage Voyage” de una tal Desireless de estilismo capilar imposible y de la que nunca más volvimos a saber. Fue el single más vendido del año en nuestro país y ocupó el número uno de AFYVE durante 13 semanazas. Casi todos quedamos seducidos por su evocadora (y fantástica) melodía y su sabor tecno levemente oscurillo. Curiosamente, pese a ser un exitazo en media Europa y despachar 5 millones de copias, jamás pegó en las islas británicas. Caso parecido al de su compatriota Caroline Loeb, que  también sonaba en España, Italia y Alemania con la más pop “C’est la ouate”. Y es que no eran extraños los fenómenos que arrasaban en los países centroeuropeos y mediterráneos pero que apenas rascaban bola en el mercado británico. Es lo que ocurría con el laboratorio de hits de los alemanes Modern Talking, un dúo que dio con la fórmula perfecta para dominar las pistas de baile, las de los coches de choque y los chiringuitos playeros con “You’re My Heart, You’re My Soul”,  y no la variaron ni un milímetro durante tres años de carrera en los que tuvieron tiempo para publicar nada menos que seis LP’s: euro disco con aroma germánico ligeramente deudor de Giorgio Moroder y el synth británico, melodías lánguidas y pegadizas y estribillacos dobles que invariablemente incluían sus míticos coros en falsete (que luego se supo que en realidad no hacían ellos). En 1987 la receta ya emitía síntomas de desgaste pero aún disparaban éxitos que les mantenían constantemente en el candelero como “Geronimo’s Cadillac” (número uno en singles desde las navidades del 86), “(Avenue to) Jet Airliner” y “In 100 Years”, antes de partir peras y tirar cada uno por su lado a finales de ese mismo año. Dieter Bohlen (el rubio de la pareja) aplicaba la misma machacona fórmula de Modern Talking a C.C.Catch, una embriagadora y felina preciosidad que gustaba en España casi más que en ningún otro país europeo y que también se sacaba de la manga hitazos como churros, siendo uno de los más populares el que publicó a finales de este año, la instantáneamente adhesiva “Soul Survivor”.

 

El italo-disco, que había sido inmensamente popular en años precedentes en la Europa continental, también languidecía, aunque aún era capaz de exportar bombazos como el “Call Me” de Spagna (este sí que llegó al éxito en Reino Unido), “Balla… Balla” de un tal Francesco Napoli que tuvo la brillante idea de encadenar las viejas tonadas románticas italianas a un ritmo disco, y, sobre todo, el “Boys  (Summertime love)” de Sabrina, aunque en su caso la canción casi fue lo de menos. Lo de Sabrina fue un fenómeno sociológico de proporciones neumáticas en la España de 1987, no tanto por el videoclip de la canción (que también), en el que aparecía la lujuriante italiana embutida en un minúsculo biquini blanco transparente refrescándose picaronamente en una piscina, como por su actuación en el especial de Nochevieja de TVE, en la que sus pechos cobraban vida propia y pugnaban por liberarse del ajustado corpiño, consiguiéndolo en varias ocasiones para deleite y asombro de la hipnotizada audiencia masculina, mientras interpretaba no “Boys” sino “Hot Girl”, aunque son pocos los que recuerdan ese insignificante detalle. Al día siguiente nadie hablaba de otra cosa en un país que se creía muy moderno pero que en realidad estaba muy poco acostumbrado todavía a impactos semejantes. Muchos tiernos infantes nos adentramos en la pubertad  literalmente de la mano (o del busto) de Sabrina, razón por la cual la estaremos eternamente agradecidos.

 

El “pezóngate” sería el colofón perfecto para este epígrafe, pero no querría cerrarlo sin mencionar otro de los fenómenos más populares de la época en España: los discos de mezclas o megamixes, del que la saga “Max Mix” era su mayor exponente.  Dirigida en el momento que nos ocupa por los pinchadiscos Toni Peret y José María Castells, alcanzaba ya su quinta entrega (dividida en dos volúmenes, para hacer más caja) y sus mayores cotas de popularidad, llegando ambas partes al número uno de ventas de AFYVE. Sus artesanales montajes sonoros, consistentes en pegar pacientemente decenas de trocitos de cinta para lograr diversos efectos y repeticiones, pusieron a bailar a toda una generación e inspiraría a otras sagas rivales como “Bolero Mix”, o futuras como “Ibiza Mix”, “Caribe Mix” y “Máquina Total”, todas ellas ya sin el encanto primigenio del sello Max. El “Max Mix 5” contenía menos italo-disco ignoto que entregas anteriores  y se benefició de tener las licencias de temas populares de Level 42, Communards, Mel & Kim o Kool & The Gang (de todas formas, las que no se conseguían, como “La Isla Bonita” de Madonna o el “Notorious” de Duran Duran, se versionaban sin vergüenza), lo que dio lugar a una de las entregas más recordadas de la serie, que con la llegada de los años 90 iría perdiendo relevancia hasta finiquitarse en el volumen 12.


 

CAMINOS EXTRAÑOS, AQUÍ VAMOS 

Más allá de la corriente principal, en 1987 concurrían numerosas carreteras secundarias no frecuentadas por las modas a través de las cuales transitaría parte de la música menos complaciente y más reivindicable de la época. Era música que, en su mayoría, no encontraba acomodo en las ondas corporativas ni en la MTV y tampoco traspasaba  el límite de ventas.  Salvo algunas excepciones, había que buscarla. Si uno no tenía hermanos mayores o colegas avezados muy metidos en el asunto, o acceso a los medios más especializados (como era mi caso), sencillamente era como si no existiera, pero vaya si existía, y algunos nos acercaríamos a ella mucho más tarde. Muchos de los artistas que veremos a continuación, desde ese espíritu de riesgo y desafío a las convenciones y auspiciados por pequeños e inquietos sellos independientes como SST, Dischord ,Touch & Go, Sub Pop, Rough Trade, Mute, Factory o Def Jam, tuvieron una influencia capital en el desarrollo de las tendencias que confluirían en los años 90. Hablamos de renovadores del rock americano, de arquitectos de la era alternativa y de pioneros del ruido y la distorsión, pero también de songwriters que dialogan con las esencias añejas de la tradición desde la modernidad, o de los padres fundadores de la edad dorada del Hip-Hop.

El grupo estadounidense más representativo de las trayectorias de culto que posteriormente se proyectarían hacia un público mayoritario es R.E.M., cuyo nombre hoy está plenamente asociado a la explosión alternativa de principios de los 90 con discos multiventas como “Out of Time” (1991) o “Automatic for the People” (1992) pero que en los 80 ejercía como cabeza del ratón del underground. Es en esta época cuando producen un corpus de trascendencia capital para que sucediese el cambio de guardia que luego capitanearía Nirvana. Su inicial planteamiento musical, distante de la frivolidad pop y los sintetizadores de las radiofórmulas de la época y más pegado a un college-rock de brumosa sensibilidad folk, ya había virado hacia un sonido más eléctrico y maximalista en “Lifes Rich Pageant” (1986) que tendría continuidad en “Document”, ampliación del campo de batalla con el que asoman a las puertas del mainstream. Es su último disco con el modesto sello IRS antes de firmar con Warner e incluye su primer top 10 en Billboard, la inflamada “The One I Love”, y el torbellino apocalíptico de la contagiosa “It’s the End of the World As We Know It (And I Feel Fine)”. (Más sobre la ejemplar trayectoria de R.E.M. y su sueño eterno, aquí). Nunca llegaron a alcanzar el éxito masivo de los de Athens, pero sus colegas The Replacements son otra reconocida influencia en los 90 gracias a una combinación de rock clásico, punk y power pop que retrataba certeramente el angst adolescente. En 1987, ya reducidos a trío, publican su último gran disco, el muy accesible “Pleased to Meet Me”, en el que sobresalen la brillante “Alex Chilton” y la censurada por la MTV “Can’t Hardly Wait”. En una onda similar a los primeros R.E.M. operan los 10.000 Maniacs de Natalie Merchant, que con su tercer album, “In My Tribe”, alcanzan el estatus de superventas para su poético pop-rock de raíz folk y conciencia social.

 

Pero la revolución más poderosa en los márgenes del rock la están protagonizando grupos como los neoyorquinos Sonic Youth, avanzados exploradores de los límites del ruido en el formato canción, y a la postre padrinos de la escena noise-rock que imperaría en los 90. Thurston Moore, Kim Gordon, Lee Renaldo y Steve Shelley dan con “Sister” un paso más hacia la perfecta conexión del caos y la melodía. Aquí ya hay estructuras más definidas que parten desde la crudeza de la distorsión y se expanden hacia incursiones experimentales, telúricos desagües punk y remansos pop, volviendo a hacer del rock un artefacto peligroso e insano. Procedentes del hardcore pero con similar lucidez para equilibrar agresividad y olfato melódico son Hüsker Dü, que en 1987 ya están al borde de la disolución pero aún tienen tiempo de entregar un último doble album, “Warehouse: Songs and Stories”, más pulido y frecuentemente ensombrecido por el fulgor de obras precedentes,  aunque todavía repleto de pildorazos veloces, fibrosos y apretados como “Could You Be the One” o “Ice Cold Ice”. También emite su canto del cisne la apisonadora monolítica de Big Black, antes de que el guitarrista Steve Albini se convierta en productor gurú del rock alternativo noventero. “Songs About Fucking” es hardcore industrial y punk putrefacto solo ligeramente aliviado por la corrosiva versión de “The Model” de Kraftwerk y la lectura de “He’s a Whore” de Cheap Trick. Más emparentados con una tradición agreste sazonada con calambrazos eléctricos son Dinosaur Jr., trío de Massachusetts que factura el que bien podría catalogarse como el primer disco proto-grunge, “You’re Living All Over Me”, colección de gemas en crudo e himnos lo-fi (“Little Fury Things”) que disparan riffs y solos destartalados como cañonazos en todas direcciones. Y en las alcantarillas de la industria empiezan a plantar las primeras semillas de lo que se llamaría “sonido Seattle” bandas como Melvins  (“Gluey Porch Treatments”),  Green River  (“Dry as a Bone”), Soundgarden (“Screaming Life”)  o Screaming Trees (“Even If and Especially When”), un sonido que bebe de la contundencia pesada del rock duro de los setenta y lo enmaraña con la grasienta agresividad del hardcore punk. Un sonido que unos cuantos años después, y en una versión un poco más depurada, le daría un revolcón de órdago al panorama musical. Tampoco podemos ignorar que este año se publica el debut de otra banda clave en la gestación del rock de guitarras de los 90: los Pixies. “Come On Pilgrim”  despliega en sus ocho canciones la furia estridente y maníaca y el surrealismo perverso que caracterizará la obra de la reverenciada banda de Boston, cuya trayectoria ya repasamos  en este blog con más detenimiento en “El sueño del mono loco”. Finalmente, ajenos a cualquier etiqueta o movimiento, los ahora muy venerados por los más modernos Swans de Michael Gira intimidan a la altura de su quinto álbum, “Children of God”, en el que su desasosegante magma de blues-punk desolado rezuma sombríos aires country y goticismo pastoral.

 

A este lado del Atlántico, la Pérfida Albión se queda huérfana de su estandarte más preciado. Nos referimos obviamente no a la Reina Isabel II sino a The Smiths, que después de una vertiginosa e intensa carrera de cinco años escasos se disuelven por diferencias irreconciliables entre Morrissey y Johnny Marr y dejan vacante el trono del pop independiente británico de la época.  Dueño de un discurso poético, apasionado, melodramático e irónico, el cuarteto de Manchester izaba la bandera de las guitarras en plena era del sintetizador y proponía una visión del pop enferma de romanticismo mórbido pero con los pies bien pegados a la gris realidad de la Inglaterra de Thatcher. Si no los citamos en el primer capítulo de este post, el de los iconos de la época, es porque su presencia tiene más sentido en éste y porque su popularidad, en vida, se limitó esencialmente a Gran Bretaña, ya que la banda se resistía a prodigarse más allá de las islas (y a pesar de eso Madrid disfrutó de un multitudinario y ahora mítico concierto gratuito en las fiestas de San Isidro de 1985). Lo cierto es que el culto internacional a su obra llegaría después de una separación que ya es un hecho consumado cuando se publica “Strangeways, Here We Come”, último disco de estudio oficial del grupo en el  que no llegan a la perfección absoluta del anterior “The Queen Is Dead” (1986) pero que en la variedad, sofisticación y majestuosidad de piezas como “Paint a Vulgar Picture”, “Last Night I Dreamt that Somebody Loved Me” o la pegadiza “Girlfriend in a Coma” deja adivinar un nuevo rumbo cuyo destino ya no conoceríamos.

 

Tendrían que pasar un par de años hasta que otra banda británica reclamara la corona de The Smiths y la sostuviera por un breve espacio de tiempo, antes del advenimiento del britpop. Ese grupo, también mancuniano, se llama The Stone Roses. En 1987 ya lanzan un single, “Sally Cinnamon”, con el que aún no pasa nada, pero en poco tiempo se convertirían con su trabajo homónimo en la punta de lanza del “madchester sound”, un movimiento sin precedentes que fundiría el rock de guitarras con la música de baile avivando el fuego del éxtasis por la cultura rave en todo el Reino Unido primero y Europa después. El epicentro de este fenómeno sería Manchester, desde donde opera el sello Factory, hogar de New Order, que es la formación surgida de la pila funeraria de Joy Division y la piedra angular de la electrónica de clubes desde que “Blue Monday” petara en discotecas como The Haçienda en 1983. Todos los singles en 12” de New Order y un nuevo éxito, “True Faith”, se recogen en el doble “Substance”, disco de influencia decisiva en el creciente interés del gran público por los nuevos sonidos sintéticos como el house. La otra joya de la corona de Factory Records sería Happy Mondays, cuyo contagioso hedonismo lumpen ya empieza a despuntar en un álbum de debut que contiene la emblemática “24 Hour Party People” (tema que da título a la imprescindible película de Michael Winterbotton en la que se retratan las peripecias de Tony Wilson, fundador de Factory, y todos estos grupos fundamentales de la escena indie dance).

Pero antes de que el sonido madchester estalle, el indie de la Union Jack busca el relevo de The Smiths en otros grupos de parecidas coordenadas estéticas, como The Housemartins, protagonistas de un breve fenómeno que culminaría con “The People Who Grinned Themselves to Death”, pop liviano y contagioso, tan sencillo como adhesivo, cabreado pero efervescente que brilla en piezas como “Me and the Farmer” o “Five Get Over Excited”. La banda lograría una inusitada popularidad en mercados como el español, donde su versión a capella de “Caravan of Love” sería un éxito de ventas e incluso lograrían un sospechoso número uno en singles con “Think For a Minute” (sospechoso porque a la semana siguiente bajaba al puesto 51…, consecuencia de una más que probable triquiñuela de la discográfica). Y desde Leeds debutan The Wedding Present con “George Best”, álbum con el icónico futbolista del Manchester United en la portada que acuña un power-pop musculoso en el que se dan cita limpieza melódica y urgencia punk.

 

Si las huestes de Sonic Youth experimentaban con el ruido desde EE.UU, en Gran Bretaña los escoceses The Jesus & Mary Chain son desde “Psychocandy” (1985) abanderados de la cohabitación entre la distorsión cavernícola y la dulzura del pop de los 60. La fórmula, de efecto similar al de una tarta de frambuesa rellena de esquirlas metálicas, pule sus aristas más lacerantes en “Darklands”, manteniendo la melancolía melódica, la crudeza rítmica y las guitarras opacas en piezas como “April Skies” y “Happy When It Rains”. Bobby Gillespie, que había abandonado a los hermanos Reid un año antes, apuesta definitivamente por su banda paralela, Primal Scream, cuyo dubitativo debut encuadrable en el ámbito del pop psicodélico, “Sonic Flower Groove”, queda aún muy lejos de futuras reencarnaciones tan relevantes como “Screamadelica” (1991) o “XTRMNTR” (2000). La psicodelia también se cuela en la receta del “The Perfect Prescription” de Spacemen 3, aunque adobada con blues anestesiado, space rock minimalista y góspel narcótico. Similar trasfondo experimental posee la propuesta de Mark E. Smith al frente de los hiper productivos y longevos The Fall, que en 1987 no presentan álbum pero sí los singles de trazo más pop “There’s a Ghost in My House” y “Hit the North”.

De la escena gótica, aparte de los ya mencionados The Cure, aún resisten Siouxsie and the Banshees, que se sacan de la manga un álbum de versiones de Iggy Pop, Kraftwerk o Bob Dylan titulado “Through  the Looking Glass”,  mientras que Sisters of Mercy se alían con Jim Steinman en “Floodland”, que incluye su clásico “This Corrosion”. Echo & The Bunnymen ya se habían ido alejando paulatinamente del after sombrío para inscribirse en un pop dramático y exuberante  en su obra maestra “Ocean “Rain” (1984), y con su álbum homónimo “Echo & The Bunnymen” ponen fin a su etapa clásica en un registro más sobrio y contenido con singles como “Lips Like Sugar”. En la estela de la banda de Ian McCulloch transita una banda de las antípodas, los australianos The Go-Betweens, que presentan un sonido más brillante con “Tallulah”, en un estéril intento de llegar a un público más amplio. También australianos son Midnight Oil, que ya cuentan con una larga carrera de diez años cuando publican el fantástico “Diesel and Dust”, plagado de himnos superlativos  y comprometidos que en un mundo perfecto habrían alcanzado a las mismas masas que compraban compulsivamente “The Joshua Tree”. Nunca llegarían a tanto, pero al menos logran un gran éxito internacional con la fabulosa “Bed Are Burning”, grandioso tema en el que reivindican los derechos de los aborígenes de su tierra. Más frustrante es el caso de Immaculate Fools, banda de Kent que disfruta en nuestros pagos de una popularidad mucho mayor que en su propio país gracias a gemas infravaloradas como “Tragic Comedy”.

 

Toca ahora hablar de artistas que flanquean la frontera entre el rock’n’roll, el country, el folk o el blues, buscadores de materiales nobles entre las raíces de la música popular, hacedores de canciones que siguen una ruta propia más allá de las imposiciones de las modas imperantes. Algunos de ellos ya entonces eran considerados auténticos clásicos de prestigio que perduraban lejos de las listas de ventas y los escaparates más mediáticos. En los años 70 el californiano Tom Waits ya había dado forma completamente a su personaje, el crooner noctámbulo y solitario que musita al piano historias crepusculares de perdedores bañadas en bourbon y envueltas en humo. Pero en los 80 Waits se estaba encargando de deformar ese cliché a martillazos, empeñado en pervertir su épica bohemia de tugurio de mala muerte con fanfarrias de chatarrero lunático, texturas y sonoridades de arrabal y blues torcido enmarañado con cabaret de circo ambulante, todo ello pasado por el filtro de su garganta de ventrílocuo etílico, capaz de extraer varias voces insólitas, rasposa o dulce, cavernosa o agudamente histriónica, según la ocasión. “Franks Wild Years” cierra la excelsa trilogía que había iniciado “Swordfishtrombones” (1983) y continuado “Rain Dogs” (1985). Este álbum semi-conceptual suele aceptarse como el eslabón menos firme de dicho tríptico, juicio que servidor no puede compartir en modo alguno cuando contiene algunas de las más grandes canciones del catálogo del de Pomona: “Innocent When You Dream”, “Cold Cold Ground” y “Down in the Hole”. Las tres utilizadas sabiamente por el cine (“Smoke”, “Léolo”) y la televisión (“The Wire”).

 

Con Bob Dylan perdido en su laberinto de los 80, son otros los que tiran del carro del clasicismo rock más atemporal, ese que con el tiempo acabaría tomando el nombre de “Americana”, tal es el caso de John Hiatt, que llega a su primera madurez con su octavo trabajo, “Bring the Family”, una obra maestra grabada en cuatro días con un dream team que incluye a Ry Cooder, Nick Lowe y Jim Keltner. En sus surcos habita el soul emocionante de “Have a Little Faith In Me” y el rock recio de genuino sabor americano de “Thing Called Love” o “Memphis in the Meantime”. Más escorado hacia el country está en esta época Steve Earle, que había debutado un año antes con “Guitar Town” y que con “Exit 0” se confirma como uno de los más certeros cantautores estadounidenses a ras de suelo  de la mano de piezas como “Nowhere  Road”. Warren Zevon vuelve después de una mala época de crisis personal y hundimiento en el alcohol con “Sentimental Hygiene”, respaldado por un grupo de colaboradores de postín como Dylan, Neil Young o George Clinton, y con R.E.M. como banda de acompañamiento. El resultado es su más sólida colección de canciones desde su debut en 1976, destacando el tema título con la guitarra de Young echando chispas,  la intensa “Boom Boom Mancini” y la balada “Reconsider Me”. De todos estos songwriters de inequívoco sabor a barras y estrellas el más popular, o al menos el que más discos vende (si exceptuamos a Springsteen, que juega en otro liga), es John Cougar Mellencamp, que tras el éxito de “Scarecrow” (1985) se descuelga en “The Lonesome Jubilee” con una melancólica colección de canciones más pegadas al heartland rock a base de violines, mandolinas, banjos y acordeón que le reportar un triple disco de platino en su país y éxitos radiofónicos como “Cherry Bomb” o “Paper in Fire”.

Por otra parte, Neil Young aún sigue sumido en el confuso frenesí de su etapa Geffen y, aunque este año vuelve con Crazy Horse (con parada en España incluida) en el olvidable “Life”, terminará siendo despedido de la discográfica por su persistencia en entregar “música poco representativa”. Curiosamente su marcha de Geffen coincidiría con el renacer creativo que le volvería a convertir en una figura relevante y reverenciada en los años 90. Tampoco atraviesan su mejor momento Tom Petty & the Heartbreakers, que entregan el funcional “Let Me Up (I’ve Had Enough)”, con un “Jammin’ Me” escrito junto a Dylan. El rubio de Florida tendrá que encontrarse con los Traveling Wilburys, pero sobre todo con Jeff Lynne, para reimpulsar su carrera a lo grande (historia que nos contó Alberto en “Las aventuras del Club de los Cinco del rock’n’roll”). Ya en una onda menos roots y más pegada al pop está el “High Priest” de Alex Chilton, el exlíder de Big Star, quien regresa en una buena forma después de un largo hiato de ocho años.  También convencen las guitarras enérgicas de “Flash Light” de Tom Verlaine, otro exlíder de banda de culto, Television, que retorna después de una ausencia prolongada con temas tan contundentes como “A Town Called Walker”. Aunque la gran sorpresa en el terreno de los songwritters la proporciona la californiana Suzanne Vega y su espléndida combinación de folk íntimo y pop adulto en “Solitude Standing”, segundo plástico en el que brilla resplandeciente una joya llamada “Luka”, conmovedora historia sobre malos tratos infantiles envuelta en una preciosa melodía que se convierte merecidamente en un gran éxito internacional.

 

El inclasificable e irrepetible Willy DeVille debuta con su propio nombre, ya sin el engañoso respaldo grupal de Mink DeVille, con “Miracle”, trabajo en el que se pone en las manos de un Mark Knopfler que en este momento anda bastante hastiado del fenómeno de Dire Straits (que ya reivindicamos en “Recordando la guitarra mágica de los ochenta”) y busca otros desafíos. El disco contiene el popular y nominado al Oscar “Storybook Love”, procedente de una de las películas más queridas de los 80, “La princesa prometida”, cuya hermosa banda sonora es obra del propio Knopfler. En Reino Unido, Marianne Faithfull se reinventa en su madurez como intérprete de jazz y blues tras desengancharse de la heroína con “Strange Weather”, colección de versiones de Doc Pomus, Tom Waits o Dylan que incluye una lectura distinta del viejo éxito que le cedieron Jaggers y Richards en los 60, “As Tears Go By”.  En racha sigue el “león de Belfast”, Van Morrison, con “Poetic Champions Compose”, obra pastoral recorrida por un cálido intimismo espiritual que recoge una de sus  composiciones más recordadas, “Someone Like You”,  utilizada en comedias románticas como “French Kiss” o “El diario de Bridget Jones”. Pero si hablamos de música tradicional irlandesa es imposible olvidar a The Pogues, la banda tabernaria por excelencia, que editan a finales de año como adelanto de su siguiente LP el último gran villancico que nos legó la música popular, el entrañable dueto de Shane MacGowan y Kirsty MacColl en “Fairytale of New York”.

La última carretera secundaria que transitaremos en este epígrafe es una que en breve iba a convertirse en autopista principal de la cultura popular; nos referimos al Hip-Hop, género que no frecuentamos desde este blog pero al que reconocemos su importancia capital en el desarrollo de la black-music, sobre todo en esta etapa de la nueva escuela que se estaba construyendo en la segunda mitad de los 80 gracias al impulso de pioneros como LL Cool J y Run D.M.C. Con epicentro en el Bronx neoyorquino y aledaños, el movimiento se endurece y proyecta una actitud más callejera, agresiva y fanfarrona. Musicalmente se empiezan a usar bases más minimalistas y densas, favorecidas por la novedosa técnica del sampler, que permite apropiarse de guitarras, patrones rítmicos y todo tipo de sonidos preexistentes para agitarlos y crear algo nuevo. Como la legislación al respecto es todavía inexistente en esta época, todo el monte es orégano a la hora de pillar materiales ajenos e insertarlos en un collage propio. Las rimas y los beats ganan velocidad y el rapeo llega más lejos en cuanto a compromiso y activismo afrocentrista. La primera pista de que el Hip-Hop está llamando a las puertas del mainstream con intención de irrumpir como un elefante en una cacharrería la ofrecería el número uno en Billboard que alcanza este año el debut de Beastie Boys, “Licensed to Ill”, álbum que con el tiempo vendería más de 10 millones de copias en EE.UU. Este trío de neoyorquinos blanquitos remueven rap, rock y punk en una batidora manejada por Rick Rubin luego mil veces imitada y nunca superada (desde luego no por Linkin Park o Limp Bizkit), como prueban clásicos como “(You Gotta) Fight For Your Right (To Party)” o “No Sleep Till Brooklyn”. También dan su primer paso hacia el estrellato Public Enemy con “Yo! Bum Rush the Show”, tarjeta de presentación de un expresionismo sónico que reconstruye todo el ADN de la música negra para arrojarlo en una avalancha ruidosa y taladrante. La baraja la romperían definitivamente con “It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back” (1988), pero en su debut ya se intuye el alcance de la revolución que lideraría la pandilla de Chuck D, innovador MC que introduce fuertes cargas políticas en unos textos orgullosos de su negritud. Los monumentales beats, samples de funk clásico y scratches de Eric B. y las deslenguadas pero precisas rimas de Rakim cristalizan en “Paid in Full”, otro cañonazo incontinente de influencia capital en el desarrollo futuro del género con piezas como “I Know You Got Soul” o el tema título. Boogie Down Productions también habría sido un estandarte del Hip-Hop a la altura de Public Enemy si Scott La Rock no hubiera sido asesinado en un tiroteo de bandas poco después de publicar “Criminal Minded”, otro artefacto esencial en el que el rap mestiza con el dancehall y el reggae para arropar el ingenioso flow de KRS-One y que muchos consideran precursor del subgénero Gangsta que un año más tarde popularizarían N.W.A. Y en un mundo tan falocéntrico como el del Hip-Hop, hay que destacar también al trío femenino Salt-N-Peppa, que derriba algunas barreras de género con su apuesta por una fórmula más orientada al pop en temas como su hit mundial “Push It”.

 


 

 

MI PATRIA EN MIS ZAPATOS 

No podemos dar por completa una fotografía panorámica de 1987 tomada desde España sin echar un vistazo a la música de aquí, que en esta época aún sigue inmersa en una edad de oro originada a raíz de la explosión de la ‘movida madrileña’ a principios de la década y su expansión por otros rincones del país. De hecho, a estas alturas los principales grupos de aquella “nueva ola” han crecido mucho y llegado a audiencias masivas, mientras que siguen apareciendo nuevas propuestas bajo el paraguas de sellos modestos e independientes, pero también de las multinacionales, conscientes de que la coyuntura es favorable y el filón puede seguir explotándose.

El disco patrio más vendido en 1987 es uno que se había publicado en junio del año anterior:  “Entre el cielo y el suelo” de Mecano. Tras su ruptura con CBS, que cometió el error fatal de creer que los buenos tiempos del trío ya había pasado a tenor de las ventas inferiores de “¿Dónde está el país de las hadas” (1983) y “Ya viene el sol” (1984) respecto a su exitoso debut, Ana Torroja y los hermanos Cano desembarcan en la discográfica Ariola con un cambio de registro más maduro que les convertirá en el grupo más popular de nuestro país y también en el más internacional. La clave está en abandonar el tecno pop de su primera etapa y dar más cancha a las composiciones de José María, más adultas, complejas y marisabidillas, en detrimento de las de Nacho, más livianas y comerciales. De hecho, todos los grandes éxitos de este disco, a excepción de “Ay qué pesado”, llevan la firma del mayor de los Cano. “Cruz de Navajas”, “Me cuesta tanto olvidarte”, “No es serio este cementerio” e “Hijo de la luna” (las dos últimas extraídas como singles durante este año) impulsan las ventas del LP hasta el millón de copias despachadas, en un caso sin precedentes en nuestra industria que ellos mismos se encargarán de batir con el posterior “Descanso dominical”. Hoy por hoy, mentar a Mecano puede ser lo más anticool que hay, pero baste señalar que en su momento “Cruz de Navajas” fue elegida como mejor canción del año por una revista tan cool como “Rockdelux”, por mucho que ahora les pueda pesar; y todo el mundo sabe que si Ana, Nacho y José María decidiesen volver hoy al ruedo los carteles de ‘sold out’ se colgarían en cuestión de minutos.

 

La otra gran referencia española de 1987 es el trío donostiarra Duncan Dhu, que explotan finalmente a nivel popular con “Canciones”, editado el año anterior en el sello independiente Grabaciones Accidentales y del que llegan a despachar casi 200.000 copias. Ahí están “Cien gaviotas”, “Jardín de rosas” o “Esos ojos negros”, piezas sencillas, de estribillos soleados y sin maquillaje artificial que suenan insistentemente durante el verano. En el tramo final del año publican “El grito del tiempo”,  un trabajo más pulido y pensado en el que pierden algo de su inmediatez acústica inicial pero ganan en impacto mediático de la mano de temas como “En algún lugar” o “Una calle de París”. También se produce el debut en una multinacional (EMI) de Gabinete Caligari, que no extravían sus señas de identidad de rock taurino y chulería castiza exhibidas en “Cuatro Rosas” (1984) o “Al calor del amor en un bar” (1986) con “Camino Soria”, quizás su obra maestra. Un catálogo de grandes canciones (“La sangre de tu tristeza”, “Tócala, Uli”, “Suite nupcial”, el genial tema homónimo)  impregnadas de un clasicismo atemporal cargado de rock’n’roll, swing, country y pop. Mientras, Loquillo y los Trogloditas dan un paso más hacia la aceptación multitudinaria con “Mis problemas con las mujeres”, segundo LP para Hispavox tras “La mafia del baile” (1985), en el que  el ‘gigante del Clot’ acierta a combinar su gen rockero (“Siempre libre”) con el traje a medida más swing (el tema título) de la mano de las composiciones de Sabino Méndez, pero sobre todo pasa a la historia por contener una de las canciones más impresionantes que ha dado el rock patrio, la portentosa y polémica “La mataré”. Para recorrer a golpes de rock&roll la historia del Loco, nada más recomendable que volver a este texto del compañero Sergio).

 

De importancia capital en el devenir del rock en castellano es “La Canción de Juan Perro”, disco en el que Radio Futura alcanza la cumbre de su madurez, arrimando sus raíces anglosajonas a las sonoridades latinoamericanas, en un gozoso y avanzado mestizaje en el que caben sabores caribeños, rumba, merengue o rythm & blues. Ya no tienen nada que ver con el icono de la ‘movida’ que perpetró “Música moderna” (1980) o la emblemática “La Estatua del jardín botánico”, pero se mantienen firmes como una de las bandas más importantes de nuestro país, a nivel de crítica y ventas, con temas como “37 grados”, la reggae “La negra flor” o la enorme “Annabel Lee”, sobre un poema de Edgar Allan Poe. Igualmente representativos de un sonido autóctono en el que se respira vitalidad, frescura y aromas flamencos y morunos son El Último de la Fila, la formación definitiva de Quimi Portet y Manolo García.  Unánimemente ensalzados por la crítica con sus dos primeros trabajos, es con el tercero, “Nuevas Mezclas”, cuando consiguen el estatus de grupo masivo que engordarían hasta límites exagerados en los años 90. En realidad se trata de una recopilación de temas anteriores (“Aviones plateados”, “Querida Milagros”, “Insurrección”) regrabados con más medios y profesionalidad, aunque, a raíz de su mayor exposición mediática (un año después actuarían en el concierto de Amnistía Internacional junto a estrellones como Springsteen, Sting o Peter Gabriel) y la estandarización de su fórmula, en el futuro se terminaría rompiendo el idilio entre el dúo y los medios especializados que les auparon en primer lugar.

 

También propina un incontestable golpe en la mesa Joaquín Sabina, el necesario eslabón perdido entre la vieja generación de cantautores progres y el moderno rockero urbano, que publica “Hotel, Dulce Hotel” apenas un año después del exitoso disco en directo con Viceversa. El ‘flaco de Úbeda’ se saca de la manga un puñado de brillantes viñetas costumbristas que basculan entre la melancolía repleta de inspirados símiles de “Así estoy yo sin ti” hasta la juerga rockera de la enorme “Pacto entre caballeros”, pasando por la íntima belleza poética de “Que se llama soledad”. 400.000 ejemplares vendidos certifican su definitivo ingreso en las grandes ligas, esas que nunca terminaron de acoger del todo a uno de los grupos más emblemáticos de la ‘movida’, Nacha Pop, quienes publican el que hasta hace poco era su último disco de estudio oficial, “El momento”. El tema que suena en la radiofórmula lo aporta Nacho García Vega con “Vístete”, pero el tema que pasará a la posterioridad como la última gran canción de la banda es la emocionante “Lucha de gigantes”, de Antonio Vega, muchos años después recuperada en la película “Amores perros”. Estas sentidas líneas dedicadas a ese chico triste y solitario nos las dejó en nuestro blog el compañero Marcus Versus. Y Siguiendo con la “movida”, en 1987 no hay disco de uno de sus mayores referentes,  Alaska y Dinarama, pero se publican los singles de “No es pecado” que debían dar continuidad al pelotazo de “A quien le importa”. Sin embargo, ni “Sólo creo lo que veo” ni “Un millón de hormigas” se acercan remotamente a semejantes cotas de éxito. Mientras, los Secretos mantienen un perfil más minoritario con “Continuará”, uno de sus discos más olvidados a pesar de contener “Buena chica”; La Unión siguen forjando su voluble personalidad con “4×4”, que no incluye ningún hitazo como “Lobo Hombre en París” pero sí unos cuantos apreciables números de pop sofisticado como “De aquí a allá” o “Dónde estabais (En los malos tiempos)”; y los malagueños Danza Invisible publican un doble “Directo” antes de variar hacia un estilo más accesible.

 

En una órbita abiertamente más comercial, Olé Olé ya no se acuerdan para nada de Vicky Larraz porque Marta Sánchez, ahora con un look rubio platino a lo Marilyn, se destapa como la sex symbol nacional por excelencia, la respuesta patriótica al ataque anatómico de Sabrina y Samantha Fox, y los chavales quedamos encantados de tener dónde elegir.  “Los caballeros las prefieren rubias” además les permite desprenderse de la etiqueta de ‘grupo de singles que no vende álbumes’ y sobrepasa con creces el disco de platino. Por su parte, el fenómeno de fans  de los Hombres G sigue teniendo cuerda en 1987, incluso trasladándose a América, a pesar de que en “Estamos locos… ¿o qué?” no hay ningún tema tan incontestable como “Devuélveme a mi chica”, “Venezia” o “El ataque de las chicas cocodrilo”. Sin embargo, el éxito de la película semi-autobiográfica “Sufre Mamón”, con más de un millón de espectadores, contribuye a mantener bien viva la llama, una llama que, conviene apuntar, en su inicio no estuvo alentada artificialmente por ninguna multinacional, sino que prendió espontáneamente en el corazón de miles de quinceañeras sin una gran campaña promocional detrás.  Pijitos, ñoños, julandrones  y todo lo que ustedes quieran, pero que alce la mano quien no haya cantado nunca en un garito aquello de Estoy llorando en mi habitación… A veces el pop solo necesita ser tan simple como eso. Bueno, la temida madurez todavía está lejos para los Hombres G en esta época, pero es una etapa en la que ya está inmerso un Miguel Bosé cada vez más alejado de los tiempos de ídolo de jovencitas con su ambicioso “XXX”, intento de asalto al mercado internacional que no logra la repercusión esperada.  Y en otro nivel, también empieza a ser un fenómeno lo de La Década Prodigiosa, un numeroso combo que se dedica a ejecutar pupurrís de viejos éxitos del pop español y que llega a su máxima popularidad con su entrega dedicada a “Los años 70”. En la línea de pop humorístico, cachondo e irreverente, podemos mencionar a la Orquesta Mondragón, cada vez menos orquesta y más Javier Gurruchaga, ya lejos de los tiempos explosivos de “Caperucita Feroz” pero todavía capaz de apuntarse un tanto veraniego con la verbenera “Ellos las prefieren gordas”; los Toreros Muertos de Pablo Carbonell, que siguen divirtiendo al personal con tontadas frescas como “On the desk” y “Manolito”; Un Pingüino en Mi Ascensor, que debuta armado de un simple casiotone con temas tan pegadizos como “Espiando a mi vecina”; o incluso los maños Puturrú de Fuá, que triunfan con una chorrada entrañable que dice “No te olvides la toalla cuando vayas a la playa”.

 

Pero este año aún hay más nuevas propuestas que merecen ser destacadas. Por ejemplo, debutan Los Ronaldos con un LP homónimo fresco y directo que justifica el entusiasmo que en los círculos especializados despiertan sus actuaciones en pequeños locales de la capital y que incluye el polémico “Sí, sí”, que les vale una denuncia de colectivos feministas por alentar los malos tratos contra la mujer. También se estrenan los mallorquines La Granja, que logran cierto impacto con otro controvertido single, “Sufro por ti”, y el dúo Alex y Christina con el maxi “Mil cambios de color”. Igualmente aparece el primer EP de un cuarteto zaragozano que en unos años va a ser  objeto de un culto fervoroso como nunca se ha visto en este país. Son Héroes del Silencio y el plástico es “Héroe de Leyenda”, pero de momento todavía no pasa gran cosa. Tras la ruptura de los gallegos Golpes Bajos, Germán Coppini lo intenta en solitario con “El ladrón de Bagdad” sin mucha fortuna, pero Teo Cardalda tendrá más éxito con Cómplices, que muy pronto será un one man show con María Isabel Monsonis aportando coros. También desde Vigo Os Resentidos lanzan la continuación de su célebre “Fai un Sol de Carallo” con “Música Doméstica”; Siniestro Total continúan con su ampliación del campo de batalla más allá del punk de sus inicios y logran sus mejores resultados comerciales hasta ese momento con “De Hoy No Pasa”; y Aerolíneas Federales continúa su mezcla de pachanga, ska y electrónica con “Hop Hop”. El pop ensoñador de los donostiarras La Dama se Esconde consigue repercusión con “La Tierra de los Sueños”; Esclarecidos se mantienen como niños mimados de la crítica especializada con el pop  estiloso y personal de su tercer álbum, “Por amor al comercio”; Presuntos Implicados afina su propuesta a medio tiempo bañada en soul y jazz con “De Sol a Sol”; Los Elegantes viran hacia un rock de sabor americano en “Los gatos de mi barrio” y el pop depurado de Ciudad Jardín alcanza por fin cierta notoriedad con “Toma Calidad”.

 

Giremos ahora hacia el rock más urbano, un género que en esta época no tiene mucha cabida en la radiofórmula pero que sigue siendo popular en los barrios obreros y en ciertas zonas de nuestra geografía. Por ejemplo, el éxito siempre les fue esquivo a una formación tan reverenciada como Burning, que este año publican “Cuchillo”, en el que siguen fieles a su estilo clásico y con el que obtienen el mismo nulo impacto en listas de siempre. Mejor le va a Ramoncín, que consigue por fin unas ventas respetables con “La vida en el filo”, exhibiendo solo de guitarra cortesía de Brian May en la balada “Como un susurro”. Rosendo llega a su tercer disco en solitario, “…A las lombrices”, con su solvencia habitual, y los indiscutibles reyes de heavy patrio, Barón Rojo, generan cierta controversia con “Tierra de Nadie”, trabajo en el que por primera vez empiezan a detectarse síntomas de decadencia a pesar de números tan potentes como “Pico de Oro”. Mientras, Obús, el otro estandarte del género en la época, se dan un último gran baño de multitudes con “En directo 21-2-1987”, antes de emprender el declive. Si estos grupos inician el ocaso, otros como los pamplonicas Barricada continúan su ascenso con “No sé qué hacer contigo”, primer LP para una multi producido por el propio Rosendo. Y si nos desplazamos más hacia el norte nos damos de bruces con las bandas más características del denominado Rock Radical Vasco: Eskorbuto publica el doble “Los demenciales chicos acelerados” y La Polla Records entrega “No somos nada”. El punk anti-todo y actitud beligerante de estas bandas, junto a otras como Kortatu o Cicatriz, trascenderá  el ámbito del País Vasco y logra una gran popularidad en otras áreas de la península.

 

Y ya quedan completamente fuera de los propósitos de este blog, pero no está de más señalar que en 1987 en España también siguen vendiendo discos como churros gente como Julio Iglesias, José Luis Perales, Joan Manuel Serrat o Luis Cobos. Y aunque no es un artista español sino italiano, en algún lugar de este post teníamos que mencionar al polifacético, inclasificable y siempre cambiante Franco Battiato, que publica un álbum en lengua castellana, “Nómadas”, que alcanza grandes ventas impulsado por dos gemas pop que se hacen tremendamente conocidas en nuestro país, la pieza homónima y sobre todo la irresistible “Yo Quiero Verte Danzar”, que incluso llegaría a ser parodiada en un célebre sketche de Martes y Trece. Muchos de los éxitos de los grupos que hemos repasado en este capítulo, junto a algunos de los más representativos hits internacionales del año, se reúnen  en las recopilaciones “Boom 3” y “¡Qué Locura!”, colecciones confeccionadas por EMI y Polygram respectivamente para arrasar en las grandes superficies durante la temporada navideña. Durante muchos años estas sagas recopilatorias resultaron maniobras muy lucrativas para las discográficas a la vez que útiles para el aficionado de radiofórmula, que disponía de una tacada de las canciones más comerciales de la temporada sin los enervantes cortes para eludir al locutor de turno, en una época en la que Spotify y las descargas digitales pertenecían a un futuro muy, muy lejano.

 


 

Si habéis sido capaces de llegar hasta aquí convendréis conmigo en que estos fueron buenos tiempos, los hayáis vivido de primera mano o no. Aunque pueda parecer todo lo contrario después de haber escrito este tocho, en absoluto me tengo por un abuelo cebolleta de los que desprecian el presente y viven musicalmente refugiados en su vieja colección de discos infalibles, pero, aun teniendo en cuenta todo el buen material que puede encontrarse en la actualidad, no hay más que comparar la cosecha de 1987 con la de, pongamos, 2017 para rendirse a la evidencia de que hemos perdido más que ganado. Confronten los artistas emblemáticos, las personalidades irrepetibles de aquella época, con los que pueda haber ahora. Cuenten cuántos clasicazos nos legó aquella música y jueguen a adivinar cuántos discos publicados en estos meses podrán alardear de ese estatus dentro de una década. Contrasten por géneros y díganme si el pop, el rock (alternativo o no), el heavy, el hip hop o simplemente la radiofórmula más comercial de la actualidad mejoran a sus versiones de entonces. Díganme si los U2 de “The Joshua Tree” son los mismos que 30 años después prefieren girar desempolvando aquel hito antes que sacar un disco nuevo, si los Depeche Mode de “Where’s the Revolution” les aguantarían un asalto a los de “Never Let Me Down Again”, si a The xx les daría para medirse a aquellos Pet Shop Boys, si Bruno Mars o Ed Sheeran  de verdad son los nuevos Michael Jackson y George Michael, o si hay ahí fuera algún grupo de rock con el carisma, la actitud y las canciones de los Guns N’Roses del “Apettite” (…y no vale decir Guns N’Roses). Dejémoslo porque quizás no sea justo seguir por ahí y tampoco veníamos a eso. Esto no pretendía ser una crítica destemplada al estado actual de la industria, y joder, claro que siguen haciéndose discos que nos encantan, y claro que seguiremos hablando de ellos en este blog. Esto simplemente quería ser una reivindicación de la música con la que muchos crecimos, una celebración de los sonidos que nos inocularon esta pasión o que descubrimos, fascinados, años después. Pero sobre todo pretendía ser un tributo hecho desde el cariño, la admiración y un poco de nostalgia a una época que, con sus cosas cojonudas  y cuestionables, nos apetecía traer a este rincón. Si lo hemos conseguido, aunque solo sea en una mínima parte, el viaje habrá merecido la pena.

 

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10 comentarios leave one →
  1. Mr Mustard permalink
    31/05/2017 10:59

    Muchas gracias por semejante articulazo. Yo tenia 16 años en 1987, y por entonces pasaba mucho de lo que se escuchaba en ese momento y me encontraba en pleno descubrimiento de los Beatles, Pink Floyd, Elvis, The Clash… Vuestro excelente artículo me ha hecho volver a recorder aquella época durante un rato, incluso a través de canciones que detest.

    Por eso, mission cumplida. Muchas gracias.

  2. Mr Mustard permalink
    31/05/2017 11:00

    Fe de erratas: “detesto”, no “detest”.

    • Jorge Luis García permalink*
      01/06/2017 1:03

      Muchas gracias a ti, Mr Mustard, por tu comentario. A mí todavía me quedaban unos añitos para pasar a esa fase de descubrir a los grandes clásicos en la que tú ya estabas inmerso en 1987. Un saludo!

  3. hueylewis permalink
    31/05/2017 11:31

    Me ha encantado la forma en que has demostrado que los 80s no son el cliché que se intenta vender ahora de hombreras, sintetizadores y pelos de colores. Había múltiples sonidos y tendencias y excepto lo mas comercial como SAW, los artistas trataban de sonar diferente a los demás.

    • Jorge Luis García permalink*
      01/06/2017 1:07

      Sí, en parte el objetivo era probar que los 80 fueron algo más que el cliché (que también) con el que suele representar y que había numerosas (y muy distintas) opciones musicales. Muchas gracias por tus palabras, hueylewis. Un saludo.

  4. 05/06/2017 6:41

    Reblogueó esto en Necro's Blog.

  5. 11/07/2017 23:17

    Felicidades es decir poco… he disfrutado con el artículo (que currazo) como un niño de 14 años… y esto ya lo dice todo. Muy grande, felicidades de nuevo!

    • Jorge Luis García permalink*
      12/07/2017 22:33

      Pues me alegra muchísimo que te haya gustado tanto, longshot1984. Muchas gracias por tus palabras. Un saludo.

  6. Fer permalink
    19/07/2017 12:48

    Buenas. Después de mucho tiempo leyendo esta web acabo de registrarme para daros la enhorabuena por ella y, especialmente, por este monumental artículo que firmas, Jorge. Impresionante, entretenido y muy satisfactorio. Felicidades, tras él se advierte un enorme y muy buen trabajo.

    Una chorrada que os cuento: no es que afirmes rotundamente que la canción “Venus”, que interpretaron las Bananarama, estuviera compuesta por SAW (hablas de “facturar”) pero me gustaría recordar que su autor es el guitarrista de los Shocking Blue y que fueron ellos los que la pusieron a rodar en 1969. Una excusa para que disfrutéis de la voz de Mariska Veres en el citado tema y en otra alucinante canción titulada “Send me a postcard” que pone los pelos de punta, sobre todo a los fans de Jefferson Airplane.

    Gracias y felicidades de nuevo.

    • Jorge Luis García permalink*
      20/07/2017 1:29

      Pues muchísimas gracias por entrar a comentar, Fer, y por dejarnos unas palabras tan elogiosas que de verdad apreciamos. Y bienvenido sea también el apunte de Shocking Blue. Admito que en el texto no dejé claro que el Venus de Bananarama es una versión, así que al César lo que es del César. Un saludo.

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