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“La comuna”: Enredos de familia

15/12/2016

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Compañero de generación de Lars von Trier y cómplice básico dentro del Movimiento Dogma gracias a su ya clásica “Celebración”, el danés Thomas Vinterberg es uno de esos cineastas marcados por la irregularidad, de los que, antes de ver cada uno de sus estrenos, uno nunca sabe como va a salir el melón, es capaz de rozar el máximo nivel como caer en terrenos demasiado pobres para un cineasta al que se rifan los mejores festivales del mundo. Vinterberg, situado en una escurridiza equidistancia dentro de los herederos del Dogma -lejos de la radicalidad de Von Trier y menos acomodaticio que la ya clasicista Susanne Bier- , nos dejó bastante tibios con su poco más que correcta adaptación de “Lejos del mundanal ruido” después de que hubiera regresado súbitamente a la élite con aquella excelente “La caza”, Era hora de comprobar si había recuperado su ‘mojo’ en su regreso al cine danés con la prometedora “La comuna”.

No se puede decir que la primera impresión sea muy favorable: el proceso por el que un matrimonio acomodado y su hija adolescente reciben como herencia una gigantesca casa y se decidan, ante la insistencia de la mujer, a pasar a habitarla y a compartirla -¡regalando incluso la copropiedad!- con algún amigo cercano, otros más lejanos y algún completo desconocido es de todo menos mínimamente creíble, una mera excusa para arrancar la trama que, de tan forzada, comienza a alejar al espectador de lo que acontece en pantalla.

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De un verdadero especialista en estudiar el funcionamiento de las colectividades -desde la familia de “Celebración” a una sociedad entera como “La caza” pasando por el violento club de “Querida Wendy”– uno se esperaba una devastadora disección de los males de a humanidad a través del fracaso del funcionamiento de este grupo. Sin embargo, Vinterberg huye de todo determinismo, apuesta por combinar los claros y los oscuros y ahí, pese a ganar en singularidad, “La comuna” pasa a pecar de una indefinición que la acabará dañando mortalmente.

Muy oportunamente ambientada a mediados de los años 70, justo cuando la sociedad occidental se había despertado -crisis del petróleo y distintas guerras mediante- del sueño progresista de los años 60, la trama escarba en el funcionamiento del grupo desde la euforia inicial hasta los muy previsibles conflictos que genera una organización muy precaria reflejada en sus cómicas asambleas -nula igualdad a la hora de sufragar los gastos, consumo dionisiaco de cerveza- , pero no se queda únicamente en el pesimismo y también resalta ventajas como la compañía en momentos difíciles o la diversión en sus periódicas reuniones. Mientras, Vinterberg va tocando numerosos temas -la imprevisibilidad de los efectos de los cambios repentinos, la eternidad de los sufrimientos humanos frente a lo avanzado de su organización social, la mezquindad, la necesidad de compañía íntima, el hastió y el miedo que provocan la edad madura- , planteadas más en forma de pregunta que de respuesta y demasiadas en su cantidad como para poder entrar en ellas con la suficiente profundidad.

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Uno esperaría de un filme que analiza una colectividad un tratamiento más o menos equitativo de los personajes. No es así: el juerguista Ole, un matrimonio hippy con un niño con graves problemas de corazón, la muy progresista amiga y el inmigrante (un Fares Fares que hace un curioso doblete en la cartelera española al intervenir también en “Rogue One”) apenas aparecen como circunstancial telón de fondo de la familia protagonista. Es en la crisis marital en la que se adentran Erik y Anna en la que se centra Vinterberg, desarrollando -ahora sí- ricos personajes que permiten lucirse a dos colosos del cine danés como el siempre sólido Ulrich Thomsen y la excelente Trine Dyrholm (Oso de Plata en el Festival de Berlín), cuyo ‘infantilismo’ contrasta con la sorprendente madurez de su hija, quizás el rol mejor perfilado de todos.

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Es innegable que “La Comuna” está muy bien rodada y ambientada y contiene tanto interpretaciones de enjundia como temas muy interesantes en su argumento. Es una pena, por tanto, que la puesta en conjunto de todos estos factores adolezca de una dispersión alarmante, provocando esa profusión de asuntos a tratar una pérdida de brújula y una falta de conexión emocional, que acaba tirando por la borda las citadas virtudes y dando por resultado una obra tan sólo correcta, muy lejos de sus ambiciosas aspiraciones. Algo a lo que no ayuda precisamente el sorprendente adocenamiento de una puesta en escena que pide insistentemente la supresión de esa excesiva acumulación de canciones para ambientar las secuencias (ni siquiera una joya como “Goodbye Yellow Brick Road” de Elton John acaba haciendo algo de pupita emocional).

De esta manera, Vinterberg  nos da una nueva dosis de arena, la segunda consecutiva, en su carrera. En una situación normal, esto sería muy alarmante de cara al futuro, pero, conociendo al realizador escandinavo como le conocemos, lo realmente bueno es que a la siguiente le tiene que tocar la de cal. Esperemos que sea así, puesto que, si no, su situación ya sería insalvable.

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