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“Bojack Horseman” o (La inesperada virtud de la ignorancia)

25/09/2017

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Vivimos una era donde los horizontes del panorama televisivo se expanden hacia el infinito sin miedo a topar con una pared de ladrillo. Una etapa donde David Lynch ha vuelto a revolucionar el formato, donde las plataformas de contenido crecen y crecen, donde la diversidad, tanto temática como humana, cada vez es mayor en las historias contadas y donde los puntos de vista han dejado de ser exclusivos. Sin embargo, sigue existiendo cierto tabú a la hora de hablar de las series de animación para adultos. Un tabú que cada vez es más pequeñito, pero que sigue estando ahí, detrás de cada “no empatizo con dibujos animados”. Es, en cambio, un género muy reivindicable que cada vez nos brinda productos de mayor calidad y complejidad, que tras décadas de recorrido se ha ido ganando su credibilidad por mérito propio.

Podríamos quedarnos a divagar en el rotundo éxito y la longevidad de “Los Simpson”, en los maratones de sobremesa de “Padre de familia”, en los innumerables animes que ha dado parido la historia del audiovisual, en el humor gamberro de “Rick y Morty” o un sinfín de productos que forman parte del canon televisivo. Hoy, en cambio, venimos a hablar de “Bojack Horseman”, que lejos de ser sólo una serie, es ni más ni menos que la razón más concluyente de que a veces este formato es necesario, y una obra a reivindicar porque, por más que el mundo haya oído hablar de ese potro decadente de Netflix, sigue siendo una gran desconocida con menos espectadores de los que cabría esperar.

Bojack es un caballo antropomorfo que allá en los noventa protagonizó una exitosa comedia de sobremesa, “Horsin’ Around”, y desde entonces vive como una vieja gloria. Un antihéroe que vomita todas las mañanas en su mansión en California, que olvida días completos por el abuso de las drogas (la referencia a “Birdman” del título no era gratuita), que boicotea todos y cada uno de sus trabajos y se considera a sí mismo un trozo de basura que hace polvo todo lo que toca. Pero lo adoramos, claro que lo adoramos. Porque en muchos de los matices de este personaje brillantemente construido nos vemos nosotros y es casi tan doloroso como terapéutico.

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Decía que había una razón por la que el recurso de la animación resulta indiscutiblemente útil. “Bojack Horseman” nos muestra una sociedad prácticamente igual a la nuestra, con la particularidad de que en ella conviven seres humanos con animales antropomorfos que desempeñan exactamente los mismos roles sociales que éstos. Y eso lo hace más fácil. Por eso es una serie tan inteligente. Por eso sus guionistas van un paso más allá, por eso llega más lejos de lo que llegan otras y se atreve a tratar sin tapujos temas delicados y polémicos sin ponerse moralista. Porque aquí hemos venido a cagarla todos.

A través de sus protagonistas, el show ahonda sin tabúes en el aborto, las relaciones, el sexo, la enfermedad mental en general y la depresión en particular, el espectáculo dantesco en el que se ha convertido la política, los entresijos del mundo laboral, las redes sociales, la manipulación de los medios, el feminismo, la falta de seguridad del género femenino en todos los ámbitos, la disfuncionalidad familiar y los infiernos vividos en la infancia en el hogar. Habla de la asexualidad y la amistad, de las consecuencias y los finales que nunca son felices. Se atreve a ser más realista que cualquier serie de la parrilla con la excusa de que estas realidades las viven perros con tejanos rotos y pingüinos con corbata que trabajan en editoriales en detrimento. Porque así, reitero, resulta más sencillo y casi sin quererlo caminamos en los zapatos de una gata que no puede más porque ha perdido un hijo que nunca tuvo y un empleo por el que se ha dejado las garras durante años en un mismo día.

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Pero el eje central de todo viene a ser aquello que representa Bojack: el fracaso, la soledad, el truncarse de los sueños. Parece una broma inteligentísima el hecho de que esta historia sea tan condenadamente humana, tan triste y tan purificadora al mismo tiempo. No hay anestesias en esta intervención, no hay lugar para el autoengaño ni para los estados fingidos de los que hace gala cualquier sitcom que pretenda triunfar. Aquí, si uno siembra mierda, come mierda toda la semana. Y si siembra oro, también. No hay recompensas al desangelo de los días.

Me he visto empujada a escribir unas líneas sobre “Bojack Horseman” al dar fin al visionado de su cuarta temporada, estrenada un par de semanas atrás, porque tengo la sensación de que se está perdiendo algo inimaginablemente valioso. No es fácil sumergirse en este producto al primer contacto y hay que ser paciente y darle cuatro o cinco episodios de margen antes de conectar con ella. Por muy brillantes que sean los argumentos de su primera temporada, durante esas primeras entregas el espectador no sabe exactamente a qué se enfrenta. Son episodios de media hora cargados de un humor muy sui generis pero de una densidad y un calado que uno no espera debido a las etiquetas que se le endilgan al género y a las características de la animación que más triunfa. Y eso nos descoloca. De repente estamos ante un producto demasiado serio para venir protagonizado por un caballo con jersey azul. Pero si traspasamos esa barrera nos daremos cuenta de que estamos ante algo único.

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Si su primera tanda de episodios sienta las bases de lo que está por venir y aparece ante nosotros como un desfile de personajes interesantísimos, durante su segunda temporada la serie no hará más que crecer. Y nos parecerá una broma después, llegados a su tercer año de vida, en el que directamente se convierte en una de las mejores series que se encuentran en emisión en este momento. No de las mejores de animación, no, sino de las mejores, a secas. Una temporada sobre las consecuencias de ir en pos de los sueños donde el concepto de fracaso se vuelve a hacer dolorosamente palpable, que se marca un episodio mudo que es sencillamente maravilloso y de lo mejor que ha visto la televisión en el pasado año porque puede.  Que en este 2017 regresa con el mismo derroche de calidad con doce entregas que bien pueden girar en torno a la aceptación de las cosas más difíciles mientras nosotros seguimos llorando con una serie sobre un caballo.

Es esta una recomendación ferviente. Una invitación a presenciar una de las evoluciones más orgánicas que hayamos visto nunca, una dosis de desvergüenza, una espiral de malas decisiones y un puñado de animales antropomorfos en los que vernos reflejados. Duele un poco, como la vida, pero de eso se trata.

I’m not interested in being rebirthed, thank you. I’m still recovering from being birthed the first time.

 

 

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