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“A Ghost Story”: el alma en pena

15/11/2017

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“Whatever hour you woke there was a door shutting”

(Virginia Woolf, A Haunted House)

¿Cómo se habla de lo que no se puede hablar? ¿Cómo intentar transformar en caracteres los conceptos más abstractos? ¿Cómo tratar de hacer justicia a un filme que se encuentra entre las filas de los mejores estrenos del año y ha pasado de puntillas casi sin hacer ruido? Como un fantasma. Todo es cuestión de tiempo, sí, pero también es cuestión de palabras. Unas palabras que se esconden por el miedo a ser obvias y porque no es tarea sencilla la de sentarme a escribir sobre “A Ghost Story” sin alterar en absoluto vuestra experiencia de visionado. Sin embargo, siempre me han gustado los retos y podéis respirar tranquilos.

Probablemente sea esta la película menos reseñable de la historia. “Un músico muere en un accidente de coche y vuelve como un fantasma a la casa en la que vivía con su mujer.” Eso es lo que nos cuentan todas los sitios web especializados y todas las fichas cinematográficas habidas y por haber. ¿Una historia clásica de fantasmas de ambiente lúgubre? ¿Un drama romántico desmesuradamente lacrimógeno? ¿Una “modernez” de esas que tanto molestan a la crítica menos abierta a la innovación? No. No. Tampoco. Imaginé mil posibilidades acerca de la trama real de esta cinta para encontrarme con algo completamente diferente. Con algo maravilloso que me siento en la necesidad de reivindicar, reitero, sin alterar vuestra futura experiencia y sin un sólo atisbo de destripe.

Exquisitamente dirigida por David Lowery y protagonizada por Rooney Mara (que está fantástica, como es habitual) y Casey Affleck, “A Ghost Story” es un regalo precioso guardado en una caja minimalista. Una idea atrevida que a la vez brilla en la simpleza de su propuesta. Es un discurso silencioso de carga filosófica sin llegar a ahogarse en pretenciosidades, un relato poético de imágenes que permanecerán en la memoria de cada amante del cine. Una sábana nunca había llegado a transmitirnos tanto y a calarnos tan hondo. Ni siquiera nos parece posible, pero el milagro ocurre.

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Cabe decir que es este un producto donde fácilmente la audiencia puede caer en el maniqueísmo y donde la división de recepciones, sensaciones y opiniones es de esperarse. Habrá público que pierda la paciencia y habrá público que se enamore de esa manera tan especial en la que enamora el cine. Es una cinta que no tiene prisa por llegar a su destino  y donde todos nos convertimos en observadores, dentro y fuera de la pantalla. Puede ser una experiencia muy especial pero también desesperante si se ve con unas ideas preconcebidas, así que es aconsejable ir con la mente en blanco en cuanto a lo que podemos hallar.

En lo referente  a sus virtudes técnicas, el encuadre es único, la iluminación juega un papel fundamental en la historia y el acompañamiento musical perpetuo donde predomina el silencio completa un puzzle tan sencillo como sobrecogedor junto a las magníficas interpretaciones. Lo cierto es que mi compañero Jose Loscertales, conductor del Cadillac, está rogando encarecidamente por una categoría en los Oscar del próximo año a mejor sábana.

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Quedaría, en esta breve pero cargada de buena intención recomendación, recorrer someramente los temas que desfilan a lo largo de sus noventa minutos de metraje, desde la circularidad de las vivencias, la pérdida o la espera, hasta la soledad, el trascurrir del tiempo y la desesperación del aislamiento. Explora ese concepto literario de “otredad” que en su día estudiara Derek Attridge en sus ensayos, aplicable en este caso desde distintas perspectivas, y emula, casi sin pretenderlo, a ese Esperando a Godot que Samuel Beckett nos dejó como herencia del mejor teatro del absurdo.

Una promesa es una promesa y la mía es la marcha voluntaria. Podría haber sucumbido a mis ganas de colgar el aviso de spoilers y haberme extendido en el vasto análisis sobre el film y su significado que me apetecía llevar a cabo, pero en tal caso no habría podido alcanzar a una potencial audiencia a la que deseaba dirigirme y recomendar una de las sorpresas más íntimas que el cine nos ha dado este año. Una se enfrenta a los créditos de cierre con un pellizco emocional y en un estado tan peculiar que necesita compartirlo y dejar de ser una outsider.

“One need not to be a chamber to be haunted.”

(Emily Dickinson)

 

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