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“Better Call Saul”: punto(s) de no retorno

26/10/2018

(ALERTA SPOILER: Prohibido leer sin haber visto “Winner”, el décimo y último episodio de la cuarta temporada de “Better Call Saul”)

Recién terminada su cuarta temporada, y con al menos una más (¿la última?) en el horizonte, “Better Call Saul” ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Los que la seguimos fielmente y la tenemos, desde sus inicios, en una altísima estima, sabemos que nunca tendrá el reconocimiento popular que se ganó “Breaking Bad”, considerada de forma casi unánime como una de las cuatro o cinco mejores series de todos los tiempos. Tampoco podrá soñar con alcanzar esos más de 10 millones de espectadores con los que Walter White y compañía se despidieran allá por septiembre de 2013, aunque las audiencias de ambas series en sus respectivas cuartas temporadas hayan sido más o menos semejantes (en torno al millón y medio de seguidores). Ni se verá reconocida con la pila de premios que la serie madre fue amasando durante sus seis años en antena (16 Emmys y dos Globos de Oro, entre otros), a pesar de que “Better Call Saul” sea innegablemente una de las series mejor escritas, mejor realizadas, mejor facturadas y mejor interpretadas (lo de Bob Odenkirk y Rhea Seehorn este año ha sido un escándalo) de la actualidad. ¿Y sabéis qué? Que da igual. Ya ha justificado con creces su existencia, por mucho que casi todos, reconozcámoslo, fuéramos reacios a un spin-off de una de nuestras vacas sagradas, y ha tenido entidad y personalidad propia casi desde el primer minuto. Y saber que todos los años tenemos la oportunidad de seguir adentrándonos capítulo tras capítulo, semana a semana, a la vieja usanza, en las andanzas de Jimmy, Kim, Mike, Nacho, Gus y los demás es una absoluta gozada.

Llegar a una cuarta temporada, cuando de partida tenía bastantes cosas a favor pero quizás muchas más en contra, puede considerarse todo un triunfo para una serie que, además, se ha empeñado siempre en nadar a contracorriente. Y no hace demasiado tiempo no lo teníamos nada claro, pues tras el cierre de su brillantísima tercera entrega aún tuvimos que esperar unas cuantas semanas hasta que la cadena AMC se decidiera a encargarles a Vince Gilligan y Peter Gould una nueva tanda de episodios. Este año la cosa pintaba mucho mejor, pues antes incluso del estreno de los nuevos episodios AMC anunció su renovación por una quinta temporada. Una quinta temporada que, aunque no haya confirmación oficial ni extraoficial, quizás podría (¿debería?) ser la última. Incluso los que amamos “Better Call Saul” tanto como llegamos a amar a “Breaking Bad” entendemos que su precuela no debería extenderse mucho más allá de lo que lo hizo la serie original. Aunque quizás debamos tener en cuenta que, entre temporadas más largas y temporadas partidas, “Breaking Bad” se fue hasta los 62 episodios y “Better Call Saul” se plantaría el próximo año en los 50 capítulos. De nuevo, da igual. De nada sirven las matemáticas en este caso, menos aún cuando si algo nos han enseñado Gilligan y Gould en estos años es que debemos apostar por ellos, fiarnos de su criterio y aceptar sus reglas porque aunque algunas veces (muy pocas) nos hayan hecho dudar, la suya siempre se ha acabado revelando como la jugada ganadora.

Yo he de reconocer que este año estaba convencidísimo de que en estos diez capítulos avanzaríamos de forma ya directa e inequívoca, sin demorarnos ni dar demasiados rodeos, hacia la definitiva transformación de Jimmy McGill en Saul Goodman, así que llegué a sentirme algo desconcertado durante buena parte de la temporada, probablemente hasta la altura de su sexto episodio, “Piñata”. No es que me sorprendiera su ritmo irrenunciablemente lento y tranquilo, ni su extrema atención por los detalles, ni la obstinación de los guionistas por dar vueltas y más vueltas en torno a tramas de las que aparentemente (¡qué error!) poco más se podía aprovechar… Es más, esos son exactamente los motivos por los que siempre he amado “Better Call Saul”. Tampoco andábamos escasos de acción, pues en este primer tramo anduvimos más que sobrados de la mano, como ya sucediera en “Breaking Bad”, de la guerra soterrada aunque inclemente entre Gus Fring y el clan Salamanca. Pero en lo que respecta a Jimmy y a Mike (lástima que de nuevo sólo hayan compartido otra breve escena en común), los dos personajes que en esencia vertebran la serie, o las dos series que conviven en “Better Call Saul”, llegué a tener la sensación de que no estábamos yendo a ninguna parte, o al menos hacia donde se suponía que deberíamos ir. Estando como estábamos, en teoría, tan cerca del final, ¿no deberíamos estar viendo pasos más decisivos, más evidentes, en el salto final hacia el lado oscuro de Jimmy? ¿Y cuánta repercusión podría tener para Mike la construcción, más allá del guiño para los fans de “Breaking Bad”, de ese laboratorio que sin duda se estaba alargando en exceso? Tampoco era una sensación alarmante, pues si algo tiene “Better Call Saul”, si has sabido entrar en su juego, es que te permite saborear cada minuto, cada diálogo, cada secuencia, a cual más fascinante por muchos motivos. Pero confieso que sí hubo un momento en el que llegué a plantearme: ¿de verdad voy a poder sacarle tanta chicha a esto, cuando me toque escribir sobre ello, como otros años? Tan equivocado estaba que semanas después, a la hora de sentarme a escribir este post, me invadió la sensación de que me faltaba tiempo y capacidad de concreción para expresar todo lo que ha llegado a generar otra soberbia y riquísima temporada.

Y es que todo cambia, o más bien todo empieza a encajar, a partir de su séptimo episodio, “Something Stupid”, cuando cogemos la directa (en parte gracias a ese inteligentísimo montaje inicial que nos permite avanzar ocho meses en apenas cinco minutos) y ya no paramos hasta el final. Lo cual no quiere decir que lo anterior sobre, más bien todo lo contrario. La maestría de Gilligan y Gould, como máximos responsables del invento, es que comenzamos a ser conscientes de que todo cuenta, hasta pequeños detalles plantados en momentos aparentemente triviales pueden ser trascendentes, o esenciales, llegado el momento oportuno. Valga como ejemplo un capítulo como “Talk”, el cuarto, que giraba en torno a un hecho poco más que anecdótico que servía para insistir en el carácter arisco de Mike Ehrmantraut (un Jonathan Banks de nuevo impecable), y en el grado de hijoputez del que podía llegar a hacer gala en ciertos momentos. Nada nuevo a estas alturas, ¿no? Y sin embargo, mirado ahora en retrospectiva, resulta capital para entender el momento de amargura vital que estaba atravesando entonces el personaje, justificando así todos los pasos que irá dando para adentrarse en unos terrenos sombríos de los que, los seguidores de “Breaking Bad” lo sabemos, ya nunca volverá a salir.

El ejemplo máximo de la cuidadísima y a la vez sutil planificación argumental que ha tenido esta temporada, no obstante, lo tendríamos en esa carta de Chuck que teníamos ya olvidada desde el tercer episodio, “Something Beautiful”, y que vuelve a reaparecer en los últimos minutos de la season finale, “Winner”, jugando un papel tan trascendental que casi podríamos afirmar que sin ella, sin la ayuda de esa carta, no existiría Saul Goodman. O al menos el Saul Goodman que todos conocemos. Y es que si algo se ha notado esta temporada ha sido la ausencia de Chuck. Y a la vez, la presencia constante de Chuck. Se le ha echado muchísimo de menos, y no sólo por el portentoso trabajo que realizó durante tres años Michael McKean (demos gracias que al menos se ha asomado con un par de cameos, el segundo de ellos potentísimo). Y sin embargo ha seguido jugando un papel vital en la serie. Si alguna vez culpabilicé a Chuck por haber empujado a su hermano hacia el lado oscuro, no tengo ahora ningún problema en reconocer que estaba equivocado. Porque esta temporada nos ha acabado convenciendo de algo que ya deberíamos haber sabido, pero nos negábamos a aceptar: Chuck tenía razón. Chuck ya tenía razón cuando le gritó a su hermano, al final de la primera temporada: «Slippin’ Jimmy con una carrera de derecho es como un chimpancé con una ametralladora». O cuando le espetó al final de la tercera, en esa dolorosísima conversación entre hermanos que a la postre sería la última: «Jimmy, esto es lo que tú haces. Le haces daño a la gente. Una y otra vez. Y luego sigue este show del arrepentimiento. (…) Al final, vas a lastimar a todos los que te rodean. No lo puedes evitar. Así que deja de disculparte y acéptalo». Chuck tenía razón, pero iría más allá: Chuck siempre ha sido el bueno de esta historia, y Jimmy siempre ha sido el malo. El problema es que siempre hemos odiado a Chuck y siempre hemos amado a Jimmy. Porque Chuck siempre nos cayó como una patada en las pelotas, y Jimmy siempre nos cayó, nos cae y nos caerá de puta madre. En realidad, han sido dos caracteres radicalmente antagónicos: Chuck fue siempre un tío honrado y honorable, defensor a ultranza de la legalidad y la moralidad sobre todas las cosas, un buen hombre que, más allá de su círculo profesional, en donde era idolatrado, nunca tuvo don de gentes, ni la gracia de caer simpático; Jimmy, en cambio, siempre ha sido un delincuente nato, un tipo capaz de cualquier cosa (lo hemos visto) con tal de conseguir sus objetivos y que, como buen embaucador, nació con un talento innato para ganarse los favores casi de cualquiera. Chuck lo sabía e hizo todo lo posible, aun a pesar de su delicada situación, para frenar a Jimmy, por el bien de los demás pero sobre todo por el bien de su propio hermano. Sin Chuck como cortapisas o antivirus, Jimmy está definitivamente perdido. Y más aún cuando Kim, ya su único apoyo incondicional, ha tenido un papel ciertamente desafortunado en el devenir de los acontecimientos, a pesar de sus mejores intenciones.

Aun en una serie como ésta, que es capaz de desdoblarse en dos series distintas, o en más cuando resulta conveniente, y que no le tiene miedo a abrir nuevos frentes ni a ir sumando tramas, sin llegar a perder nunca la coherencia, nos encontramos con un eje central que vertebra todo el invento. Y éste no ha sido otro esta temporada que la relación entre Jimmy y Kim. Nunca me cansaré de repetir una y otra vez el extraordinario personajazo que es Kim Wexler, y lo estupendísima actriz que es Rhea Seehorn. La química entre Seehorn y Bob Odenkirk, después de cuatro años, es simplemente inmejorable, y los dos intérpretes nos han dado un recital en cada escena que ha ido marcando el devenir de su relación sentimental, sobrado de veracidad y sutileza. Sabemos que son una pareja imposible, condenada al fracaso y claramente descompensada: Jimmy no se la merece y Kim, quien más tiene que perder, haría bien en salir volando de allí y sin embargo, por un sentimiento que quizás tenga más que ver con la lealtad inquebrantable que con el amor verdadero, ha acabado siendo arrastrada hasta el mismo borde del abismo en demasiadas ocasiones. Hemos llegado a temer por ella. Pensábamos que iba bien encaminada cuando, en una decisión incomprensible para todo el mundo, pareció encontrar trabajando desinteresadamente en casos pro bono esa excitación que no obtenía como máxima responsable legal de Mesa Verde, pero incluso eso resultó insuficiente. Una vez más ha vuelto a dejarse convencer por Jimmy, involucrándose activamente en sus tejemanejes para volver a recibir ese chute de adrenalina al que cada vez le ha ido resultando más difícil resistirse. Kim ha sobrepasado ya demasiadas veces unos límites que para Jimmy hace tiempo que no existen, pero ella al menos aún es capaz de distinguir dónde están. Es imposible no querer a Kim, deseamos con muchísima fuerza lo mejor para ella y sabemos que sólo alejándose de Jimmy podría estar a salvo. Y sin embargo, cuando creemos ver ese definitivo punto de fractura que en el fondo llevamos muchísimo tiempo anhelando, nos duele como un puñetazo en la boca del estómago. Pero ni siquiera esa agria discusión que Kim zanja con una verdad demoledora («Jimmy, tú siempre estás hundido») termina cambiando nada, y aún le (nos) aguardará otro golpe aún más definitivo. ¿Puede su destino ser aún más cruel que el que nos imaginamos y acabará pagando las consecuencias de sus actos, más allá del daño moral que sin duda ha recibido, o habrá esperanza para ella?

No ha sido ésta, por otra parte, la temporada más agradecida para algunos de los secundarios históricos del show. Con la desaparición de Chuck, poco debería sorprendernos que alguien como Howard también haya acabado diluyéndose este año, lo que confirma que los personajes, más allá de los esenciales, están al servicio de la historia y no al revés. Sin embargo, Howard Hamlin (Patrick Fabian) cumplió su función en otra de las escenas clave de la temporada, la que cerró el primer episodio, “Smoke”. Cuando Howard les confiesa a Jimmy y Kim que se siente responsable por el suicidio de Chuck, después de haberle despedido por el encarecimiento de la póliza del seguro de HHM, Jimmy, el verdadero culpable, y con toda la intención de hacer daño, del incremento de esa prima, no sólo no le saca de su error (como seguramente habría hecho una o dos temporadas antes), sino que le endosa un golpe de una crueldad inédita en él hasta ese momento («Bueno, Howard, supongo que te toca cargar con eso»). Otro que ha perdido mucho peso ha sido Nacho Varga (Michael Mando), después del extraordinario crecimiento que vivió y de la importancia capital que desempeñó en los acontecimientos de la tercera temporada. No sólo ha perdido minutos, sino sobre todo iniciativa, quedando atrapado y a merced de Gus Fring (Giancarlo Esposito) y los Salamanca, o lo que es lo mismo, en el peor escenario posible. Sin embargo, hay indicios, o más bien suposiciones, de que de alguna manera saldrá adelante, al menos para mantenerse con vida hasta los eventos de “Breaking Bad”: «¡No, no fui yo, fue Ignacio! ¡Fue él!», les espetó un aterrorizado Saul Goodman a unos encapuchados Walter White y Jesse Pinkman en medio del desierto, en el 2×08 de aquella serie, ese “Better Call Saul” en el que conocimos por primera vez al personaje. Ya llevábamos años teorizando sobre esa escena, pero otra frase de entonces, pronunciada sólo unos segundos más tarde, cobra ahora mismo idéntica importancia: «¿No os manda Lalo? ¿No Lalo?». Ese Lalo que entonces probablemente no fuera más que un nombre elegido al azar por los guionistas ahora tiene por fin rostro y afiliación completa: Eduardo ‘Lalo’ Salamanca (Tony Dalton). Su aparición a falta de tres episodios para el final, con tiempo suficiente para demostrar que es más que capaz de ser un rival de entidad para Gus y Mike, no sólo promete grandes momentos de cara al futuro sino que confirma que Gilligan y Gould han armado meticulosamente un plan que, hasta ahora, no ha mostrado fisura alguna.

Lalo es, por cierto, quien le regala la dichosa campanita al Tío Salamanca (Mark Margolis). Como no podía ser de otra forma, la temporada ha vuelto a estar repleta de easter eggs y guiños continuos a la serie madre. Los más mayúsculos, esa escena con la que arranca el quinto episodio, “Quite a Ride”, en la que por primera vez regresamos a la línea temporal de “Breaking Bad”, más concretamente a los instantes previos a la huida (5×15 “Granite State”) de Saul Goodman hacia Omaha para convertirse en Gene Takavic, y la construcción del laboratorio. «Hizo falta bastante planificación para llegar a esto», le aseguraba Gus Fring a Walter White cuando entramos en él por primera vez (3×05 “Más”) hace ocho años. Y tanto. Hemos estado excavando ese agujero, junto a Mike y media docena de alemanes, durante toda la segunda mitad de la temporada. Un tiempo que llegó a parecernos excesivo, aunque intuyésemos que nos llevaría a alguna parte que no éramos capaces de vislumbrar, más aún cuando jugaron al despiste poniéndonos el foco en un personaje como Kai que al final no resultó ser más que eso, una distracción.

Lo cierto es que, si en nuestro anterior análisis de la serie, “Better Call Saul”: delitos y faltas, examinábamos cómo los actos que tomaron los personajes en momentos puntuales fueron precipitando una cadena de acontecimientos que terminaron resultando fatales, para ellos mismos y para los demás, en esta cuarta temporada ya hemos alcanzado, y sobrepasado, los puntos de no retorno para sus dos roles principales. Justo en el momento en el que, quizás, aún estaban a tiempo de evitar el desastre. Al arrancar la temporada Mike podría haber tomado la decisión de quedarse el resto de sus días sentado en el sofá, o empujando el columpio de su nieta, mientras cobraba la suculenta nómina de Madrigal, acumulando una pequeña fortuna sin dar un palo al agua. Sin embargo, su carácter impetuoso y su pesadumbre emocional le impidieron quedarse quieto, y le han ido poco a poco empujando hacia la catástrofe. El instante en el que Mike ejecuta al bueno de Werner Ziegler (Rainer Bock), en una secuencia portentosa y bellísima, nos rompe el corazón porque tenemos ya la certeza de que el otrora honrado ex policía se ha condenado de forma irremediable al infierno. Y ya no hay vuelta atrás. Así, esos cinco capítulos excavando un agujero junto a media docena de alemanes ya no nos resultan ni remotamente una pérdida de tiempo. Esos cinco capítulos han servido para que un tipo como Ziegler se ponga al nivel de otros personajes de “Breaking Bad” a los que les bastaron pocos minutos en pantalla, y sendas muertes traumáticas, para marcar un punto de inflexión en sus protagonistas y quedar para siempre en el imaginario colectivo de los espectadores. Ziegler siempre significará para Mike lo que Jane Margolis (Krysten Ritter) y Gale Boetticher (David Costabile) significaron en su momento para Walter White y Jesse Pinkman. No es casualidad que este año mismo año hayamos presenciado el “regreso” de Gale, y menos casualidad aún que su rostro sea lo primero que veamos en pantalla tras la muerte de Ziegler.

Del mismo modo que Mike aún mantenía abierto un resquicio para lograr la salvación en el arranque de la temporada, Jimmy, aunque nos cueste aún creerlo, también conservaba entonces opciones reales para encauzar el rumbo, o al menos para haber evitado torcerse por completo. Podría haber aceptado su castigo, cumplido su penitencia y haber aprovechado la coyuntura para reinventarse en un ámbito profesional menos… temerario. Pero si al talento innato para el embuste y a la falta de escrúpulos le sumamos una ambición desmedida, mucho resentimiento acumulado (y aquí Chuck sí aportó su granito de arena) y un admirable instinto de superación y supervivencia, eso hay que concedérselo, queda poco margen para la esperanza. Todos los pasos dados por Jimmy esta temporada han acabado siendo zancadas en la dirección equivocada. Y a la altura de “Winner”, el último episodio, ya está en condiciones de exponer ante una estudiante de derecho que cometió un pequeño delito en su juventud, y a la que HHM acaba de denegar una beca, ese ideario ya perfectamente perfilado que cumplirá a partir de entonces hasta sus últimas consecuencias, llevándole a la ruina más absoluta:

«No te la dieron. Jamás te la iban a dar. Ellos… te ofrecen estas cosas, te dicen que tienes la oportunidad, pero lo siento, es mentira. Ya tenían la decisión tomada. Sabían qué iban a hacer antes de que llegaras. Cometiste un error y no lo olvidarán nunca. En lo que a ellos concierne, tu error es… es lo que eres. Y es todo lo que eres. Y no me refiero sólo a la beca. Me refiero a todo. Te sonreirán, te darán una palmadita en la cabeza… pero jamás te dejarán entrar. Pero escucha. Escucha. No importa. Porque no los necesitas. No te la darán, ¿y qué? Tú la vas a tomar. Vas a hacer lo que sea necesario, ¿me oyes? No vas a seguir las reglas. Harás todo a tu manera, harás lo que ellos no hacen. Vas a ser lista, vas a tomar atajos… y vas a ganar. Ellos están en el piso 35. ¡Tú estarás en el 50! Los mirarás por encima del hombro. Y cuanto más subas, más te odiarán. Bien. Restriégaselo en la cara. Hazlos sufrir. Porque no les importas tanto. ¿Y qué? Que se jodan. Recuerda, el ganador se lo lleva todo».

Jimmy ya está preparado para sobrepasar su punto de no retorno, y somos testigos de ello unos minutos más tarde, en el cierre de la temporada. Una secuencia final que será, sin duda, uno de los momentos televisivos del año. Con la carta de su hermano Chuck en una mano, la voz casi quebrada y los ojos vidriosos, Jimmy se abre en canal ante el tribunal que debe decidir si podrá volver a ejercer como abogado, y suelta el más emotivo de sus discursos. Los miembros de este tribunal, pese a que ya cuentan con una decisión previa negativa con el veredicto de “poco sincero”, se conmueven hasta el borde de las lágrimas por ese discurso. Kim, quien mejor le conoce y quien lleva todo el episodio urdiendo un sinfín de montajes para maquillar la “poca sinceridad” de Jimmy de cara a esa vista, se conmueve hasta el borde de las lágrimas por ese discurso. Los espectadores, que jugamos con más ventaja que nadie, nos conmovemos hasta el borde de las lágrimas por ese discurso. Porque nos lo creemos. Vaya si nos lo creemos. Pese a estar más que advertidos, pese a haberle visto en acción una y otra vez, si Jimmy decide sacar la artillería pesada es imposible no creerle. Cuando, sin apenas tiempo para pestañear, nos percatamos de que ni una sola de sus palabras escondía un mínimo de verdad, la estocada ya la tenemos clavada hasta el fondo. El mismo Jimmy que imploraba ante un tribunal la devolución de su licencia («Si ustedes deciden que puedo ser abogado, haré todo lo que pueda para ser digno del apellido McGill».) se pasea segundos después eufórico por los pasillos una vez que ya ha logrado su objetivo («Cariño, necesitaré un formulario más. Un nombre comercial. Porque no ejerceré bajo el apellido McGill».). Qué más da que fuera inevitable. Qué importa que lleváramos cuatro años esperando ese momento. La cara de flipe y desolación de Kim en ese último plano es exactamente la misma que se nos ha quedado a los espectadores en nuestras casas. Jimmy McGill ha muerto. Larga vida a Saul Goodman.

S’all good, man!

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One Comment leave one →
  1. Niniogorila permalink
    26/10/2018 18:16

    Esta obra maestra juega con el espectador, que se pregunta muchas veces que es lo que está pasando o hacia dónde conducen los acontecimientos. Es una serie estimulante con unos guiones en los que siempre hay un giro sorpresivo o inteligente. Sinceramente, a falta de revisionar Breaking Bad, creo que me ha llegado includo más que ésta. ¡Gran artículo y análisis!

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