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Postales desde la nueva vieja América

10/02/2021

Parece una obviedad decirlo en tiempos de coronavirus, pero EE.UU -no sólo por la pandemia- lleva viviendo sus meses, si no años, más convulsos por lo menos desde el 11-S o aquel ya lejano y mítico 1968. La elección del presidente más heterodoxo de su historia, Donald Trump, la división cada vez más enconada entre el un conservadurismo cada vez más extremo y el progresismo, su sempiterno problema con el racismo estallando como nunca antes con las multitudinarias protestas por la muerte de George Floyd a manos de la policía, unos comicios presidenciales preñados de polémica, la inédita toma del Capitolio por los seguidores mas acérrimos de Trump… EE.UU parece en estos momentos un bólido sin frenos y cuesta abajo en el que todo parece posible, que parece estar intentando domar Joe Biden desde su reciente llegada al poder. Sin embargo, queda mucho -y difícil- camino por recorrer en esta descarnada pugna.

Como no podía ser de otra manera, este estallido social influye en el arte y, muy concretamente en la música. Y mientras que hay géneros a los que se les presupone -con sus lógicas excepciones, claro- su predilección por uno de los dos ‘bandos’, una de las situaciones más complejas y repletas de grises se produce en uno de los estilos más presentes en este Cadillac: el americana. Mientras que el country de cariz más comercial es uno de los géneros más relacionados con el tradicionalismo republicano y, de manera bastante más tangencial, con Trump; la aleación de música de raíces con el pop y rock más contemporáneo y su carácter más joven y abierto hacen del ‘americana’ un lugar en el que confluyen casi todas las tendencias políticas, aunque cada vez tendiendo más hacia la causa progresista, ejemplificando ese lento viaje que lleva desde la Vieja América a la Nueva. En este agitado contexto, el estilo sigue siendo extraordinariamente fecundo en música de alto nivel, incluyendo tanto a ilustres veteranos que reverdecen laureles como a artistas aún jóvenes pero ya plenamente consolidados y a nuevas promesas que van haciendo méritos más que sobrados para ser los grandes del mañana. En el Cadillac hemos querido seleccionar una pequeña porción de todo lo que el ‘americana’ nos ha dado en los últimos meses, diez grandes obras de orígenes bien variados que, como toda selección, deja inevitablemente fuera a otros artistas que bien pudieran haber formado parte de este post. Sirvan las obras comentadas a continuación no como una elección concluyente, sino como un punto de partida para explorar muchos más trabajos.

CHRIS STAPLETON-“STARTING OVER”

Si ha habido una aparición realmente importante en el panorama ‘roots’ americano en los últimos años, esa ha sido, sin duda, la de Chris Stapleton. Prestigioso compositor desde principios de siglo y líder de un par de formaciones que apenas cosecharon repercusión, Stapleton saltó súbitamente al estrellato en 2015 con su álbum “Traveller” y ya no se ha bajado de esa privilegiada posición. Su flamante “Starting Over” es el disco de alguien que está en un momento realmente álgido de su vida, pleno de canciones de amor y de loas a la familia y los lugares que le han visto crecer; con la producción de uno de los grandes de la industria, Dave Cobb, y la colaboración de un nutrido grupo de músicos de autentico lujo, entre los que destacan el acompañamiento vocal de su esposa Morgane y dos Heartbreakers como Mike Campbell y Benmont Tench. Quizás se echan algo en falta la garra y las ganas de comerse el mundo mostradas tanto en su debut como en las dos volúmenes de “From a Room”, pero “Starting Over” sigue teniendo unas cuantas poderosas razones para el regocijo dentro de su naturaleza un tanto más relajada. “Cold” es la gran joya del repertorio y una de las mejores canciones publicadas en 2020: un desgarrada balada en la que Stapleton desarma usando su vertiente más soul y con un acompañamiento instrumental simplemente brutal. Mientras, el tema-título o “Whiskey Sunrise” muestran el lado más oscuro y austero de nuestro protagonista, con el Steve Earle de los 90 en el recuerdo, en tanto que las guitarras se afilan en “Arkansas” y, sobre todo, en la furiosa “Watch you Burn”, que se aparta del plácido apartado lírico del resto del álbum para adentrarse en los pantanosos territorios de la actualidad social estadounidense, clamando venganza contra el asesino que provocó la matanza de 2017 en Las Vegas. Los conflictos de un hombre feliz viviendo en un ambiente podrido acaban configurando un “Starting Over” que afianza su estatus sin mayores esfuerzos.

CHUCK PROPHET-“THE LAND THAT TIME FORGOT”

Al igual que otros compañeros de su generación, como Steve Wynn, Chuck Prophet se ha ido marcando una interesantísima carrera en solitario desde que acabara la trayectoria de Green on Red, pero que, inexplicablemente, ha volado siempre bajo el radar -pese a triunfos críticos como “Age of Miracles” (2004) o “Temple Beautiful” (2012)- sin que muchos de sus potenciales degustadores ni siquiera hayan reparado en ello. Esto debería acabar con otra victoria incontestable como es “The Land that Time Forgot”, su obra seguramente más melancólica y también más política. Combinando preciosas odas a los desheredados de una América inmisericorde con duras diatribas contra figuras políticas como Nixon o Trump (al que exhorta a irse a casa en “Get Off the Stage”), su último disco es la obra de un compositor e intérprete privilegiado en plenas facultades. No inventa nada, pero a cada canción le da un toque distintivo, un arreglo inesperado que la realza y la aleja de lo evidente. Y su voz, más emocionante y en primer plano que nunca, es complementada en ocasiones con la de su esposa, Stephanie Finch, para construir preciosos duetos que te llevan al cielo. Pocos inicios de álbum hemos podido disfrutar a la altura del de éste: desde ese absoluto temazo que es “High as Johnny Thunders” a la rítmica “Marathon”, pasando por la inicial “Best Shirt On” y la emotividad de excelsas baladas como “Paying my Respects to the Train” y “Willie and Nilli”, todo raya a una altura exorbitante. Y lo bueno es que el resto del repertorio, sin ser tan espectacular, está a la altura, destacando ese medio tiempo tan Springsteen como es “Womankind” y la más pop “Love Doesn’t Come from the Barrel of a Gun”. Obra maestra de madurez a la espera de oyentes, oigan.

DRIVE-BY TRUCKERS-“THE UNRAVELING”

El caso de Drive-by Truckers es seguramente el que mejor ejemplifica lo expuesto en la introducción. El grupo de Athens, convertido en repentino salvador del rock sureño con aquel lejano doble disco llamado “Southern Rock Opera” (2001), se labró una excelente carrera con obras maestras como “The Dirty South” (2004) en la que ha ido haciendo una profunda radiografía del contradictorio sur de EE.UU, siempre en inestable equilibrio entre el orgullo por sus ancestrales tradiciones y su estatus diferencial con el ‘civilizado’ norte y los peajes que conllevan los confusos nuevos tiempos y un proceso de lento pero irremisible cambio. Nunca evitaron el comentario social, pero hasta su anterior “American Band” (2016) no habían hecho tan explícita su crítica hacia la política estadounidense del momento. Si por aquel entonces, Trump se aparecía únicamente como un estrambótico candidato presencial, su primera obra de 2020, “The Unraveling”, es el testimonio de los efectos que dejó su única legislatura en el país de las barras y estrellas. Así, desfilan por los temas el ataque directo al millonario ex presidente, el horror ante la acumulación de tiroteos masivos, el miedo ante el mundo que dejaremos a las nuevas generaciones, el espanto hacia la creciente huida hacia las drogas de la población y la ironía ante los cambios en el paisaje que el capitalismo y la globalización han provocado en la América rural. Musicalmente hablando, “The Unraveling” se inscribe en la época de relanzamiento de la banda iniciada con “English Oceans” (2014), tras la bajada de rendimiento experimentada a principios de la pasada década. Ligeramente inferior a sus predecesores y sin apenas novedades reseñables, “The Unraveling” es un álbum netamente Patterson Hood, cantante y líder de la formación, en el que ganan los medios tiempos atmosféricos típicos en él, mientras que la otra gran alma creativa del combo, el guitarrista Mike Cooley, apenas aporta dos composiciones. Destaca especialmente el tramo medio del ‘track list’, con gemas como la rítmica “Slow Ride Argument”; “Thoughts and Prayers” -perfecta ejemplificación del sonido Drive-by Truckers-, la nocturna y country “21st Century USA” y la guitarrera “Heroin Again”, todas ellas engalanadas con un trabajadísimo tratamiento de los coros como mayor mejora evidente. El resto de temas exhibe la loable regularidad de la banda sin tampoco proporcionar grandes emociones. Otro álbum más de Drive-by Truckers siempre significa una escucha más que interesante. Exhibiendo una febril actividad, los de Hood lanzaron meses después “The New Ok”, su segundo álbum del pasado año, que recoge tanto descartes de “The Unraveling” como temas nuevos aún más explícitamente políticos, con las protestas producidas tras la muerte de George Floyd como leitmotiv, y que, aún siendo correcto, denota un cariz decididamente menor dentro de la extensa discografía del combo.

JASON ISBELL & THE 400 UNIT-“REUNIONS”

Si antes hablábamos de una crisis creativa de Drive-by Truckers a principios de la pasada década, uno de los motivos de mayor peso fue precisamente la marcha de la banda del guitarrista y cantante Jason Isbell, que iluminó con su talento la mejor época del grupo de Athens. Su carrera en solitario ya parecía prometedora desde sus inicios, pero nadie hubiera creído que el rubio compositor de Alabama sería actualmente, junto a sus inseparables 400 Unit, una de las mayores estrellas del rock genuinamente americano, habiéndose alzado con cuatro Grammys y un buen montón de galardones más gracias a una impecable trayectoria discográfica. Y su último disco, “Reunions”, no es más que una nueva muestra de su sempiterna fiabilidad. Muy al contrario que sus reivindicativos ex, Isbell se caracteriza en sus letras por mirar hacia dentro y explorar facetas más intimas, pero no se olvida del mundo que tiene alrededor y bien que lo demuestra en “Be Afraid”, pegadizo y contundente himno que señala directamente a la Casa Blanca de Trump. Es en temas como éste o “It Gets Easier”, tan cercanos al Bruce Springsteen de los 80 o a gerifaltes actuales como The War On Drugs, en los que mejor se comprueba la evolución sufrida por nuestro protagonista y que ya apuntó en su anterior “The Nashville Sound”. Lejos de las orgías guitarreras de los Drive-by Truckers, Isbell siempre fue el que apostó por canciones concisas, directas y sencillas. Sus temas actuales buscan espacios muy abiertos, con etéreos aportes de teclados y slide que dejan muy en primer plano su cálida voz y sus guitarras, predominantemente acústicas. De su vertiente más cercana al country-rock de sus comienzos quedan restos, como la bonita “River”; pero lo que predomina en “Reunions” son preciosos medios tiempos y baladas que, sin buscar la comercialidad desesperadamente, no hacen ascos al sonido pop-rock que dominaba las ondas en los 80 y los 90. Y, sin que suponga un gran hito en su carrera, la entidad de temas como “What’ve I Done to Help”, “Dreamsicle”, “Only Children” y “Overseas” certifican que Isbell sigue y va a seguir en la élite durante muchos años más.

JONATHAN WILSON-“DIXIE BLUR”

Si el mundo fuera mínimamente justo, al mentar a un artista del calibre de Jonathan Wilson hablaríamos de uno de los grandes nombres de la escena actual. De carácter renacentista, el californiano ha logrado reverdecer la mítica escena de Laurel Canyon, ha producido a entes tan relevantes como Father John Misty, Conor Oberst o Chris Robinson, ha puesto su guitarra al servicio de popes como Elvis Costello, Erykha Badu o Jenny Lewis y, sobre todo, se llevó ovaciones multitudinarias cuando ‘emuló’ magistralmente a todo un Dave Gilmour en la orgiástica gira “Us + Them” de Roger Waters. Y, además de todo eso, se ha labrado una de las carreras en solitario más estimulantes de la última década. Amparándose en el ‘cosmic country’ sesentero de The Byrds, ha desarrollado un sonido que logra remitir tanto a la música americana tradicional como a las atmósferas progresivas de Pink Floyd o, incluso, a los The Flaming Lips más terrenales. Su entrega de 2020, “Dixie Blur”, supone una relativa vuelta a las raíces, después de dos grandes discos -“Fanfare” (2013) y “Rare Birds” (2018)- más tendentes a los ambientes etéreos, con una presencia más acusada del country. La música de Wilson no trata de epatar a la primera escucha, el ex-Muscadine nos sumerge en una placentera y letárgica atmósfera en el que, sin embargo, no dejan de aparecer sorpresas en forma de sorprendentes arreglos o de instrumentos inusuales. Dentro de un sólido conjunto de canciones introspectivas y sutiles, que tiene su fin en la preciosa “Korean Tea”, destaca un fragmento del repertorio especialmente inspirado, que comienza con los orgiásticos coros finales de “New Home”, continúa con el vitalista y pegajoso estribillo de “So Alive”, se contagia del vitalismo del country acelerado de “In Heaven Making Love” y culmina a lo grande con la atmosférica “Oh Girl”, uno de esos temas que justifican toda una carrera.

LUCINDA WILLIAMS-“GOOD SOULS BETTER ANGELS”

Si hay una artista al que la actual situación ha parecido cambiar ha sido a toda una ilustre veterana: la gran Lucinda Williams. Ya lejos de su abrumadora trilogía de madurez -“Car Wheels on a Gravel Road” (1998), “Essence” (2001) y “World Without Tears” (2003)-, nos habíamos acostumbrado a una Lucinda que, pese a seguir mostrando su talento y su inimitable voz, ya no volaba tan alto ni nos conmovía tanto, una que se conformaba con hacer buenos discos pero cuya inspiración no daba ya para obras maestras…hasta ahora. Tuvo que ser la llegada de unos tiempos aciagos para su país -y eso que aún no lidiábamos con el coronavirus- los que despertaran la creatividad de una compositora que ha mutado en su versión más cruda, arisca y enfadada. No esperen aquí bonitas tonadas folk/country. El inicio no puede ser una mayor declaración de intenciones: Lucinda toma “You Can’t Rule Me”, todo un himno de autoafirmación de Memphis Minnie (pionera del blues de la primera mitad del siglo XX), para transformarlo en un rotundo y sucio boogie realmente impactante. “Bad News Blues” sigue por el mismo camino, pero éste pronto se tuerce para tomar derroteros más anárquicos. De pronto, la voz iracunda, poderosa, sobrecargada de Lucinda pasa a ser protagonista absoluta, asentándose en el inestable colchón sonoro que le proporcionan unos instrumentos que renuncian a toda estructura y se dedican a crear crudas atmósferas a base de leves apuntes. Seguramente, si Lou Reed se hubiera mudado a Texas habría sonado similar a la nueva Lucinda. En este tramo del disco, despunta claramente la brutal “Wakin’ Up”, que noquea en su crudeza de forma similar a aquella “CCKMP” de Steve Earle con una estremecedora letra sobre una relación abusiva, aunque a nivel lírico nada más concluyente sobre el leitmotiv del disco que esa diatriba directa y sin ambages contra Trump que es “Man Without a Soul”. La Lucinda más reconocible la vemos en austeras baladas como la estupenda “When the Way Gets Dark” o ese remanso de paz que es “Good Souls”, relajado punto final, muy necesario después de la andanada rockera con la que la artista nos apabulla antes: si antes apuntábamos a la influencia de Lou Reed, pistas como “Bone of Contention” o “Down Past the Bottom” nos traen a la Lucinda más decididamente punk, con esa voz tan desgarrada y esos caóticos juegos guitarreros, que, aunque parezca sorprendente, la colocan cerca de los todopoderosos Stooges de nuestro querido Iggy Pop. Efectivamente, Lucinda ha retomado la senda de la grandeza, aunque sea una senda repleta de polvo, piedras y serpientes de cascabel.

MARCUS KING-“EL DORADO”

Si lo de ‘nueva América’ lo entendemos en términos de edad, no cabe duda de que su mejor representante en este post es Marcus King, un jovenzuelo de 24 años que canta, compone y toca la guitarra de maravilla, que lidera desde los 17 a una de las bandas de raíces sureñas más prometedoras del momento (esa euforizante mezcolanza entre rock’n’roll y soul que se llama The Marcus King Band) y que ya, mucho antes de que le llegue la ‘crisis de los 30’, se ha propuso realizar su ‘disco de ¡¡¡madurez!!!’ en solitario. Para ello confió en uno de los grandes productores del momento, el Black Keys Dan Auerbach, quien exprimió su faceta más clásica para lograr uno de los grandes discos de raigambre clásica de la pasada temporada. Pese a puntuales blues rock que animan el cotarro -¡fantástico esa “Too Much Whiskey” que recuerda tanto al Clapton de los 70!- , “El Dorado” se caracteriza por explorar la faceta más íntima y, sobre todo, más soul de King. Bien siendo -extremadamente- fidedigno a los postulados de la factoría Stax como en “Wildflowers & Wine”, “Beautiful Stranger” o “Turn It Up”; bien logrando sonar más personal como en la rítmica “One Day She’s Here”, la sugerente “Sweet Mariona” y el soul-jazz de “Break”, King logra dar un vigoroso paso hacia adelante en una carrera que -ya sea solo o acompañado- parece estar destinada al estrellato absoluto. Con un toque mayor de originalidad y, sobre todo, un aprendizaje vital que le aparten de los muchos tópicos que empañan sus letras, eso parece un hecho.

MARGO PRICE-“THAT’S HOW RUMORS GET STARTED”

Si 2020 albergó un crecimiento exponencial en el americana, ese fue el de Margo Price. La cantautora de Illinois, siempre acompañada de su marido, guitarrista y compositor al alimón, Jeremy Ivey, ya era una firme promesa del genero tras sus dos primeros discos, ambos lanzados por la discográfica de Jack White, Third Man Recordings, pero su country rock clásico parecía destinarla a ser una artista de nicho. Sin embargo, para su debut con Loma Vista se rodeó de todo un ‘all star’ instrumental (ahí están insignes veteranos como Pino Palladino, Matt Sweeney o Benmont Tench, entre otros), confió la producción a otra de las nuevas grandes estrellas americanas, Sturgill Simpson, y subió varios escalones de una vez para conformar “That’s How Rumors Get Started”. Price parece haber convertido a la gran Stevie Nicks en su nueva musa, tanto con su carrera en solitario, tan pegada a la de Tom Petty, como con su pertenencia a los eternos Fleetwood Mac, y apostó fuerte por pergeñar un pop rock de claras raíces americanas pero que mira sin miedo y con estilo la comercialidad de aquellos añorados años 80. Innegable es esa influencia en gozosas canciones como el tema-título, “Letting me Down”, “Stone me” o “Gone to Stay”, que Price engalana con una voz más decidida y autoritaria que nunca, acompañada de ciertos arrebatos gospel que le sientan la mar de bien. Lo mejor es que ha sabido equilibrar esa nueva vertiente tanto con aventuras inéditas del calibre de “Heartless Mind”, desprejuiciada y gozosamente, como con piezas más cercanas a su estilo habitual , siendo claros ejemplos “Hey Child” y su estupendo ‘crescendo’ final, el recio rock de “Twinkle Twinkle” o la preciosa balada “What Happened to our Love?”. Todo ello acaba configurando una obra notable que incluso deja entrever un considerable margen de mejora. Si bien sus letras -íntimas, rotundas, con numerosos recursos- ya evidencian una gran madurez, sus composiciones aún podrían llegar a ser más definitivas. Cuando lo consiga, nada la podrá parar.

RAY LAMONTAGNE-“MONOVISION”

Más de 20 años han pasado desde que un humilde trabajador tuviera una revelación con un álbum de Stephen Stills y se propusiera dejarlo todo para labrarse una carrera en la música a unos ya talluditos 26 años. Desde entonces, nuestro protagonista, Ray LaMontagne, se ha forjado una de las trayectorias más interesantes y variadas entre los cantautores de nuestro tiempo. Siempre con la época que abarca desde finales de los sesenta y hasta los comienzos de los 70 como faro, LaMontagne empezó tanteando terrenos más próximos al country, para luego ir dando cabida al soul y acabar en sus últimas obras en una vertiente más pastoral y cósmica que le emparentaba tanto con el arriba analizado Jonathan Wilson como con Fleet Foxes o Band of Horses, dando palmario ejemplo de lo saludablemente inquietos que son los actuales grandes trovadores de la nueva vieja América. Y para acabar de cerrar el círculo, el de New Hampshire se propuso cortar por lo sano con rimbombantes arreglos y la proliferación de instrumentos para refugiarse en el calor de lo básico, lo orgánico en “MONOVISION”, perfecto título para un álbum que, prácticamente, se ha guisado y comido casi por completo como buen Juan Palomo. Reconfortante como manta de alpaca en el riguroso invierno, LaMontagne apenas se sirve de su guitarra acústica, su emotiva voz y leves y tenues aportes de harmónica, slide, teclados y coros para brindar un íntimo homenaje a leyendas como Donovan, Nick Drake, Van Morrison, Tim Buckley o Cat Stevens. Letras íntimas, ensoñadoras, levemente existencialistas y con algún deje surrealista adornan arrulladoras tonadas que conforman una excelente obra, que sobresale especialmente en su primera mitad -ahí están esa joya absoluta que es “Summer Clouds”, la amable “I Was Born to Love You” y la muy Creedence “Strong Enough”-, pero que también sale más que bien parada de su tramo final, encabezado por la abrumadora belleza de “Misty Morning Rain”. Un nuevo espaldarazo para un discreto geniecillo.

WAXAHATCHEE-“SAINT CLOUD”

Si los nueve protagonistas anteriores de este artículo se caracterizan por una trayectoria de años, incluso décadas, en el género, toca concluir con la frescura de una recién llegada a estos terrenos: Waxahatchee, el ‘alter ego’ creado para su carrera en solitario por Katie Crutchfield. Ha sido un largo camino por el ‘undeground’ el que ha atravesado esta singular artista desde sus comienzos punk.noise a lo Sleater-Kinney en el grupo P.S.Eliot hasta un establecimiento individual en el que ha ido adquiriendo cada vez más protagonismo, sobre todo a partir de discos de claro cariz rockero como “Ivy Tripp” (2015) y, sobre todo, el muy recomendable “Out in the Storm” (2017). Sin embargo, su minimalista EP “Great Thunder” (2018) ya denotó un gusto por lo esencial que se ha desarrollado por completo en “Saint Cloud”, el álbum que le ha hecho aparecer en nuestra lista de las más destacadas obras de 2020. “Saint Cloud” no es puramente un disco de americana, pero sí supone un acercamiento claro al estándar de canción tradicional yanqui. Obra serena y contemplativa, fruto de un periodo de rehabilitación de pasadas adicciones y su relación con otro cantautor ascendente (Kevin Morby), “Saint Cloud” es un trabajo cálido, que se beneficia de una instrumentación sutil (acústicas, bonitos dibujos de guitarra, casi imperceptibles atmósferas de órgano) para servir de orgánico colchón para la expresiva voz de Crutchfield, cercana en su timbre a la de Alanis Morissette. Un arranque más cercano al pop-rock 90’s –“Lilacs” parece un viejo éxito de la primeriza Sheryl Crow- da sus mejores frutos en todo un temazo como “Fire”, para dar paso a un segmento más tradicional y cercano al country con “Hell” como emblema y concluir en un último tramo mucho más intimista y desnudo en la que el tema-título y última canción del lote se acaba erigiendo en la gran joya de un disco aún no definitivo, pero que promete un futuro de lo más sustancioso.

Posdata: A continuación puedes escuchar nuestros temas favoritos de los diez álbumes aquí analizados en la siguiente playlist, la que doctorará definitivamente como un cowboy del siglo XXI.

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