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The Afghan Whigs y “Do to the Beast”: forajidos de leyenda

28/04/2014

The Afghan Whigs_Do the beast

No fue “grunge” todo lo que relució en el rock norteamericano de los 90. Afortunadamente también hubo grupos que supieron ir dos pasos más allá y marcar territorio, aunque ello significara ser ignorados por una mayoría que casi nunca entiende de singularidades y anomalías. The Afghan Whigs fue una de esas bandas que debieron haber reinado en aquellos años pero que rebosaba demasiada clase y distinción como para triunfar en la conquista del éxito masivo. Aunque procedían de Cincinatti parecían abocados a seguir la senda señalada por la escena de Seattle (inicios en Sub Pop, sello-insignia del movimiento; posterior fichaje por una multinacional como Elektra), pero Greg Dulli (vocalista, guitarrista y principal compositor), John Curley (bajo), Rick McCollum (guitarrista) y Steve Earle (batería) nunca se sintieron realmente cómodos en ese contexto. A la altura de “Gentlemen” (1993), su cuarto disco y debut en las grandes ligas, ya quedaba claro que lo suyo era otra cosa. El rock arrebatador se abalanzaba sobre el soul más sensual y le obligaba a copular con él violentamente para engendrar un vástago ilegítimo y orgulloso que, pese a ser adorado por la crítica especializada, jamás fue reconocido por la MTV. Había demasiada aflicción, demasiado sexo en carne viva, demasiada intensidad impúdica en las letras y en las melodías tortuosas desgranadas por Dulli, un macho dominante empapado en alcohol y nicotina, fugado de alguna película “noir” de los años 40, que se mostraba vulnerable y empequeñecido ante las inmensas complejidades del sexo opuesto. Puede que el disco que contenía “Be Sweet” y su memorable primera estrofa (“Ladies, let me tell you about myself, I got a dick for a brain and my brain is gonna sell my ass to you. Now I’m OK, but in time I’ll find I’m stuck ‘cause she wants love, and I still want to fuck”) quede como la obra paradigmática de The Afghan Whigs, pero donde realmente alcanzaron la cúspide de su propio estilo, donde cuajó definitivamente la sublimación de la música negra a través del músculo rockero es en el imprescindible “1965” (1998), un trabajo arrollador y ardiente con temazos para el recuerdo como “Somethin’ Hot”, “John the Baptist”, “Uptown Again” o la apoteósica “Omerta/The Vampire Lanois”. Poco después de eso echaron el telón, sin malos rollos y con el convencimiento de haber hecho siempre lo que les dio la gana sin plegarse a los dictados del mercado y las discográficas.

En el nuevo siglo Dulli ha seguido en activo con proyectos tan reivindicables como The Twilight Singers o The Gutter Twins –junto a Mark Lanegan, otro outlaw de su misma cuerda–, al mismo tiempo que se acrecentaba la leyenda de los Whigs como gran banda de culto a redescubrir. Tanto fue así que pese a haber jurado y perjurado que jamás volverían, Dulli terminó reuniendo a la banda, primero para grabar dos temas para el recopilatorio “Unbreakable: A retrospective” (2007) y posteriormente, en 2012, para regresar a la carretera. La cosa podía haberse quedado ahí, pero Dulli ha sentido la necesidad de grabar sus nuevas canciones bajo el nombre del grupo, aunque de la formación inicial solo quede Curley –McCollum renunció después de la última gira– y haya habido que tirar de agenda de contactos (por aquí desfilan músicos de Queens of the Stone Age, The Racounters, Chavez o los propios Twilight Singers).

The Afghan Whigs 2014

Poco importa eso porque “Do to the Beast” es plenamente coherente con el sonido característico de Afghan Whigs, como si no hubieran transcurrido dieciséis años desde su último disco de estudio y, de hecho, se antoja la secuela lógica y natural de “1965”, quizás menos soul pero profundizando en su riqueza de arreglos y texturas, como si fuese por momentos una producción de Phil Spector en el siglo XXI. El resultado está, felizmente, a la altura del mito. “Do to the Beast” es es el disco que nos debía Dulli desde hace mucho tiempo, pero no suena a mera nostalgia revisitada, sino a ROCK con mayúsculas de aquí y ahora; sin duda, uno de los highlights del año.

Temáticamente, los Whigs retoman su catálogo de obsesiones del lado oscuro. Deseo, tentación, celos, culpa, venganza y redención se suceden en estas diez canciones atiborradas de tensión y drama. “Park Outside” abre la obra desde el ángulo del blues-rock con sus riffs pesados y sus baquetazos rotundos mientras que Dulli aúlla “You’re gonna make me break down and cry” en su registro más feroz y desgarrado. La programación electrónica que sustenta “Matamoros” inyecta funk a un discurso urgente y vehemente que recuerda con más nitidez al sonido de “1965”, mientras que la fantástica “It Kills” comienza con una suave y bella línea de piano sobre la que Dulli se fustiga (“It kills to watch you love another”) para mutar después a un formato panorámico en el que van sumándose guitarras, arreglos orquestales y coros negroides en un “wall of sound” de intensidad creciente. “Algiers” y su arranque prestado de las Ronettes relajan el tempo con sus especias de sabor fronterizo y con la versión más crooner y elegante de Dulli, que quizás ya no conserve la garganta pletórica de los 90 pero que suple su desgaste con un amplio inventario de recursos expresivos y, claro está, toneladas de carisma.

 

“Lost in the woods” comienza con una de esas líneas características de Dulli (“Surprise, suprise, I’ll have you know I’ve come to see you die”) y se sumerge de la mano de un piano amenazador por un intrincado desarrollo que explota en un purificador y eufórico estribillo del que mana la emoción a borbotones, en tanto que la grandiosa “The Lottery” parte de un vicioso groove blaxploitation infectado de rock visceral para llegar a otro estribillo envolvente y apabullante que es puro Whigs. El tono cambia dramáticamente con la atmosférica “Can Rova”, que sorprende con los pespuntes electrónicos de su tramo final. “Royal Cream” vuelve a acelerar las pulsaciones en uno de los cortes más crudos y enérgicos del lote antes de desembocar en el remanso de percusiones marcadas de “I am fire”. El punto y final lo pone la épica turbulenta de “These Sticks”, en la que guitarras, teclados, cuerdas y metales se funden en una catarsis in crescendo sobrecogedora.

 

En los últimos años han sido muchas las bandas de antaño que han vuelto, con mayor o menor fortuna, al ruedo discográfico, pero se me ocurren pocos retornos más impetuosos, irresistibles y demoledores que el de Afghan Whigs con “Do to the Beast”, un trabajo que tal vez por inesperado aún sabe mejor pero que, dejando añoranzas a un lado, puede medirse de tú a tú sin sonrojo a los grandes logros pretéritos de la banda y, definitivamente, puede patearle el trasero a cualquier disco, de rock o no, de este 2014. Ojalá que estos forajidos de leyenda no tarden otros tres lustros en volver a enseñar los colmillos.
The Afghan Whigs_Logo

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