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“Louie”: a la carta

08/06/2015

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(ALERTA SPOILERS: Me sigue resultando increíblemente raro hablar de spoilers en una obra de arte como Louie, donde realmente se retrata el lado más pintoresco de la rutina sin centrar el foco en sucesos definitivos. Sin embargo, este post contiene detalles de toda la quinta temporada de la serie, así que si aún no has llegado a “The Road, Part II”, no cruces la línea. Eso sí, ¡vuelve cuando hayas disfrutado de los episodios! Ver Louie es bueno para el alma.)

Últimamente me asusta el volar del tiempo. Más de la cuenta. Hace ya un año que con un enamoramiento algo tardío hacia este magnífico producto decidí introducirlo en el Cadillac como un elemento de primera necesidad. Con qué ganas e impaciencia hemos esperado las aventuras de este artista gordinflón que juega a proporcionar risas sin ser capaz de deshacerse de su aire de tristeza. Está en su humor, está en sus ojos, está en las paredes de su apartamento.

Tras una cuarta temporada (2014) tan intensa, tan experimental y absolutamente magistral, casi da la impresión de que el quinto año de Louis C. K.  arranca con menos fuerza de lo esperado. Sigue estando por encima de casi todos los productos de su género (¿o acaso Louie no ha inventado un género nuevo?) y sigue siendo magistral, pero ese primer pistoletazo de salida carece de algo difícil de explicar.

Sin embargo, seguimos pisando con reafirmación ese terreno del drama mientras, de nuevo, nos alejamos de la comedia salvando momentos muy concretos. La comedia triste del genio. Lo que más nos gusta de esta serie. Los ocho episodios que componen esta quinta temporada guardan un denominador común, hay algo que los une y que nos lleva a ser testigos de la decadencia de Louie como persona y comediante. Es el momento de replanteárselo todo, de cuestionar decisiones y, por qué no, de estar triste. Una relación que no funciona, un continuo meter la pata, una absoluta necesidad de terapia y una carrera estancada. El día a día en la vida de muchos.

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Las tres primeras entregas funcionan como aperitivo antes de ese plato de alta cocina que es “Bobby’s House”, uno de los mejores episodios en la historia del programa. En ellos Louie trata de ser tan social como Aristóteles pretendía pero sólo puede aportar pollo frito, sufre las consecuencias de un apretón en plena calle y acaba recorriendo las más bulliciosas barriadas de Nueva York en busca de un arma que ni siquiera es suya, pero, a veces, uno está tan cansado que podría pasar por todo con tal de meterse en la cama y dar por terminado el día.

Pero volvamos a “Bobby’s House”, la primera de las tres joyas de la corona de esta quinta temporada. ¿Qué aporta este cuarto acto a la televisión? Aporta, para empezar, la incomodidad y la polémica que se despiertan cuando alguien retrata la verdad y nada más que la verdad. La sociedad nunca ha estado bien y los alarmantes problemas de género que siguen teniendo lugar día tras día son sólo una muestra de ello. En “Bobby’s House” se denuncia al sexismo, y además se hace desde y hacia los dos bandos, algo muy necesario. Louie abandona el apartamento de su hermano una fría y pesada mañana cuando, por defender a un tipo desconocido, es físicamente agredido por una mujer que lleva dentro algo más que violencia. El comediante, como ser humano pacífico y consciente de la problemática actual, ni siquiera contempla como opción el hecho de devolver la agresión y defenderse.

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Lo triste, lo verdaderamente triste, es que al llegar a casa con múltiples moratones sus hijas piensan que se ha visto envuelto en una pelea, y al escuchar la verdad se burlan en un alarde sexista increíblemente alarmante. Dos futuras mujeres se jactan de lo que piensan que es una debilidad de su padre, mientras ridiculizan a su propio sexo con un “¿era guapa?” que lo sentencia todo. Porque el hombre no puede ser víctima de violencia, porque la mujer sólo puede atacar con llanto y rímel. La reacción de Pamela tampoco es ideal, pero nos regala una escena digna de enmarcar en la que cubriendo las marcas de su pareja con maquillaje decide que un cambio de roles les va a regalar el polvo del siglo. Y llega el final, claro, un final de llanto y rímel, tan pleno de simbolismo que una no sabe si aplaudir o sentirse aún peor de lo que se está sintiendo.

Pero “Bobby’s House” no es la única joya de la temporada, ya que contamos con un episodio que bien podía haber firmado el mismísimo David Lynch, aunque no ha hecho falta. “Untitled” nos regala veinte minutos de cotidianidad absurda y problemas no resueltos que nos llevan a vivir en un infierno onírico. Todo porque a veces es fácil cambiar la realidad de alguien pero resulta más cómodo seguir andando sin mirar, y claro, la conciencia martillea. Y nosotros nos preguntamos si Louie es brillante como drama, lo es como comedia, lo es como muestra de humor absurdo o como desfile surrealista, porque tal vez sea todo a la vez y cualquiera puede sufrir un ataque de pánico en el escenario y no encontrar sus propios genitales.

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¿Y qué hay de “Sleepover”? Hubiera pasado con sobresaliente ante el mismísimo Chaplin. Porque a veces no hay nada más importante que una conversación real con tu hija, aunque ésta termine por darte una pequeña lección. Nada más importante que saber que te echan de menos, que el sexo telefónico frustrado, que el griterío inesperado de una decena de niñas, que meter la pata porque para eso hemos venido aquí. “Sleepover” es un episodio a destacar por múltiples razones, pero creo que con el tiempo todo espectador de la serie recordará el momento en que el hermano de Louie rindió homenaje al cine mudo tratando de inventar una versión para todos los públicos sobre su breve detención. Todo por una cabra. Y un masaje para adultos.

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La confirmación real de esa decadencia de la que hablaba al comienzo de este post llega con “The Road”, la doble finale que da cierre a la temporada. El protagonista de todo este desastre contenido abandona de nuevo la gran ciudad para llevar sus chistes más críticos a través del asfalto. Lo que no espera, dada su edad y su relativamente exitoso estatus como comediante, es tener que compartir apartamento ni dormir en un motel de carretera. Todo esto trastorna a Louie, que se ve a sí mismo como una caricatura de las metas que considera no haber alcanzado (y esto es real, muy real, muy de todos nosotros) y siendo menos amigable de la cuenta porque ya no tiene veinte años y la carretera es un proceso tan vulgar como ir al retrete. No tiene ganas de socializar, sólo de comer lo que le apetece en una cama bien mullida en un hotel con climatización.

Es la lección de las lecciones, como espectadores, observando el panorama desde fuera, nos damos cuenta de que el rey de la comedia vive mejor de lo que dice vivir porque vivimos tiempos en los que cualquier aspiración es un castillo en el aire. Queremos gritarle que se relaje, que tiene dos hijas maravillosas y una carrera que funciona mejor de lo que él mismo percibe en un mal año, pero es su momento de estar triste, es el momento de la autocompasión y del  estudio autodestructivo de los errores cometidos. Es, por supuesto, la hora de extrañar a Pamela y llorar porque si los chistes de pedos son graciosos nada funciona bien en el mundo, pero irremediablemente lo son. Se busca la voz culta, la crítica al sistema, la lucha por cambiar la realidad a través de un humor que hace daño mientras alguien que se toma la vida mucho menos en serio es envuelto en aplausos por prender sus gases en el escenario. ¿No os véis? ¿No entendéis todas y cada una de esas sensaciones? La angustia diaria de mirar al de al lado y pensar que todo iría mejor si nos importara un carajo.

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Qué grande es Louie y qué pronto tiende a marcharse. Dejamos atrás una temporada más, que vuelve a ser brillante y a conmovernos a todos los niveles. Y ni siquiera sabemos si esto es el final, porque como cada año el cierre es el cierre y la promesa de regreso queda en el aire. Qué nos importa. Louie no tiene que despedirse. Louie es un retrato del día a día, de la primera meada, del té calentado en el microondas y el salto al supermercado porque no sabemos qué comer hoy, de las horas que pasamos tratando de encajar y la ropa que un día no nos entra. No podemos esperar fuegos artificiales cuando el adiós sea definitivo (o tal vez lo haya sido ya) porque en la vida todo llega sin avisar. Incluso los chistes de pedos.

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