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“Transparent”: en perpetua búsqueda de una identidad

04/01/2016

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(AVISO DE SPOILERS: Queridos hermanos y hermanas. Nos hemos reunido en esta ceremonia con el motivo de celebrar la grandeza que a lo largo de diez episodios impecables nos ha regalado la segunda temporada de “Transparent”. Si alguno de los presentes en la sala no ha sido testigo de la última entrega, “Grey Green Brown & Copper”, rogamos abandone la ceremonia, ponga remedio y vuelva para cogernos de la mano.)

Que “Transparent” fue una de las grandes revelaciones de 2014 no es ningún secreto. Sin embargo, queda aún pendiente que una gran parte del sector que consume series de manera habitual rompa esa barrera que le impide llegar a ella, a esta gran y honesta maravilla. Este producto se cuela en el pecho como un cañonazo silencioso e invisible, pero no indoloro, que llega cuando tiene que llegar y una sabe cuándo lo ha hecho. Es por eso que un par de episodios pueden no ser suficientes para gran parte de la audiencia, no para entender todo lo que abarca en tan sólo treinta minutos, no para traspasar la superficie, no para comprender de qué habla realmente. “Transparent” no es la historia de un hombre que decide reconocerse trans a los setenta, es la historia del dolor, de las etiquetas, de la búsqueda de una identidad (que está muy presente en su segunda temporada), de la complejidad del ser humano, de la empatía y la carencia de ella, de la doble (y triple, y cuádruple) moralidad. Eso es lo que vamos a encontrar detrás de su disfraz de comedia dramática indie, de su aparente simpleza y de su absolutamente perfecta banda sonora.

Puede que en un principio, porque ese es el punto de partida, se nos dibuje la salida del armario de Mort como el problema central de la familia Pfefferman, pero no es necesario avanzar mucho para darnos cuenta de que cada uno de sus miembros está completamente roto y condicionado por un síndrome de “el mundo gira en mi ombligo” descomunal, algo que se ha explorado con aún más maestría a lo largo de su segunda temporada. Es otra de las virtudes de “Transparent”, la de conseguir que cinco personajes a los que por separado sería imposible tomar cariño se conviertan en el universo que lo representa todo y despierten tantas y tan intensas emociones. Porque hay un problema, hay un problema de educación base, de tenerlo todo con un chasquido, de tapar las manchas con dinero.

La segunda temporada, que ha conseguido superar incluso a una primera que ya tocó las nubes de cerca, nos regala un protagonismo mucho más compartido como un muestrario de actitudes egoístas, sigue creciendo y mostrando la verdad sin tapujos ni miedo, sin píxeles ni planos convenientes. Gira en torno a eso que todos llamamos “buscar nuestra identidad” y que la gran mayoría ignora, creyendo que puede encontrarla, sin caer en la cuenta de que esa identidad no tiene forma y nuestras vivencias la van modelando a lo largo de nuestra existencia. Es precisamente lo que hacen estos cinco personajes principales, buscar una identidad en los rincones más recónditos y a cualquier precio aunque no de la manera más adecuada, por aquello del control de daños posterior. Algo que, en mi opinión, se refleja a las mil maravillas en esa increíble escena que cierra el segundo episodio, “Flicky-Flicky Thump-Thump”, en el que Maura, rodeada de plástica perfección transexual en la que piensa que no encaja, baila frente al espejo mirando directamente a los ojos de ese reflejo que éste le devuelve. Suena un Chandelier de Sia que se nos antoja insuperable y sabemos que está tratando de buscar, buscar lo que no encuentra, buscar lo que, aunque suene paradójico, no termina de entender.

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Y es que Maura no termina de encontrarse, Maura sabe que quiere ser una mujer pero no sabe cómo, no sabe en qué sentido, no sabe cómo serlo. Hubo un tiempo, toda una vida que queda atrás, en la que la simpleza de un disfraz paliaba las ansias de salir al mundo, pero está claro que la necesidad no es menos necesidad por tardía. La vemos, en primer lugar, convivir y escenificar una suerte de relación con Shelly, su ex mujer, que curiosamente es quien mejor ha entendido siempre lo que había dentro de esa persona con la que un día se casó (o tal vez sólo es cuestión de no saber gestionar su reciente soledad). Una relación que no entendemos, que no vemos, que no termina de cuajar, y no termina de hacerlo porque ellas mismas no saben a qué están jugando. Una calla, la otra se escabulle por las noches para dormir en un apartamento barato arrastrando su ropa de un lugar a otro. No funciona, claro que no funciona, porque Shelly sólo quiere ver dos sombras cuando amanece, porque Maura no sabe qué hacer consigo misma ni con su nueva identidad.

Es algo que se refleja muy bien en algo tan absurdo como la consulta con su doctora y la respuesta que ésta recibe cuando pregunta por su actividad sexual. La réplica es falsa, evidentemente. Sabemos que el único sexo que Maura ha tenido en meses ha consistido en masturbar a su ex mujer en la bañera y cerrar la puerta detrás para no tener que enfrentarse a sus propios genitales. Es así de real y de crudo. Por eso, ante el titubeo constante y las dudas, el único consejo que puede recibir es el de molestarse en conocer su propio cuerpo, saltar al vacío, dejar de temer y avergonzarse. Esas dudas quedan también perfectamente retratadas en la breve conversación que mantiene con la pareja de Davina, diosa y amiga, sobre preferencias sexuales. Creo que el momento en que se ve a sí misma hablando en voz alta de lo mucho que venera a las mujeres es una suerte de despertar. Porque no es tan obvio. Cualquiera, y sin mala intención necesaria, podría atreverse a afirmar que a Maura (y Maura es sólo un ejemplo, es el símbolo de una creencia) le van los hombres. Es trans, ¿no? Quiere ser una mujer, ¿no? Pero nunca nadie ha dicho que quiera ser una mujer heterosexual. Sólo mujer. El resto viene sólo, con el pack de vivencias. Nosotros, como espectadores, ya sabíamos de su adoración por la mujer, pero al fin y al cabo “Transparent” sólo viene a repetirnos que las etiquetas, muy útiles cuando hablamos de objetos e inertes, no sirven de nada para todos aquellos que caminamos, vemos amanecer, calentamos té por las mañanas y pensamos de más por las noches. Porque estamos vivos. Porque sentimos. Porque nos excitamos. Porque amamos.

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Si hay un episodio especialmente representativo en el sentido del que estamos hablando (y toda la temporada lo es, realmente), es “Man on the Land”, esa pieza maestra en la que sus hijas se llevan a Maura a un festival musical supuestamente construído para la libertad, la poesía, las melodías más puras y la pérdida del rubor fácil. No contaban con que la libertad, preñada de dobles moralidades, también cuenta con unas reglas, y que “Moppa” no iba a ser bien recibida allí. Se convierte ese día de ensueño en una pesadilla claustrofóbica y alucinógena para nuestra protagonista, que se siente acechada y en permanente peligro por no haber nacido mujer. Es una doble moral que duele, pero que tiene que aceptar por aquello de ser culpable del dolor de otros, porque hubo un tiempo, cuando todavía era él, en que reprimió el trabajo de muchas mujeres por el hecho de serlo, como es el caso de Leslie, nueva musa y mentora de su hija. Una doble moral que sigue ahí cuando se sienta frente a Davina y le reprocha poder aspirar a algo mejor, sin pensar en que no supone lo mismo ser trans en su entorno que serlo en un barrio marginal, sin un duro, con otra educación y teniendo que ganarse la vida ejerciendo la prostitución , sin pensar en que un día Mort también se casó con una mujer que no firmó para ser engañada por un marido que se marchaba para maquillarse lejos de todo.

Pero si algo hay de representativo en “Man on the Land”, si por algo insisto en traerlo a colación, es por aquello de “no hay mal que por bien no venga”. Tal vez el festival fuera una pesadilla, pero esa pesadilla trae consigo una de las escenas más reales y honestas que he visto en televisión en mucho tiempo. Hablo, por supuesto, de la crudeza de la escena sexual que protagonizan Vicki y Maura, y que supone una liberación para ésta, una oportunidad de ser real por primera vez en mucho tiempo. Hay un pene, hay una vagina, hay un sujetador y un torso completamente mastectomizado. Y hay atracción, porque ahora que estamos siento reales nos damos cuenta de que la conexión entre dos seres humanos está muy por encima de todo lo que nos han enseñado.

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Aunque no todo es buscarnos, ya que, como previamente se ha comentado, el egoísmo es uno de los temas centrales en esta serie. Un egoísmo que encuentra su materialización en toda la familia Pfefferman, más evidente en los tres hijos, muy importante en quienes los han criado. Queda claro desde el primer momento, vuelve a quedar claro en el punto de partida de este segundo bloque de episodios que es “Kina Hora”, en esa boda que en realidad es un teatro, en el hecho de que Sarah desprecie a Tammy pero la haga pasar por ese espectáculo. Tiene unos hijos y unas responsabilidades que no sabe ni quiere llevar y la solución es jugar al sado, que sólo quedará como un capricho más en su lista. Una lista que también está engordando Ali, volviendo a romper a su mejor amiga, estirando como un chicle su carrera a costa del dinero de “moppa” y jugando a entender teorías sobre el patriarcado que, de manera indiscutible, se le escapan.

Es tal vez más complejo el caso de Josh, que, movido por esa adicción suya al amor, convierte el hogar en el que creció en un telefilme de retrato familiar, volviendo a los extremos, al paso de no tener nada a tener una prometida, un hijo en camino y otro adulto con el que jugar durante unos días a ser el padre del año. Control de daños posterior, decía, ya que ni la separación de Colton se muestra real mucho tiempo, ni actúa como debe cuando Raquel pierde al bebé. La consecuente soledad estaba más que anunciada, por supuesto. Aunque no nos queda claro si es un drama propio o materno, porque Shelly consigue ser el centro de atención y nosotros hemos encontrado a alguien a quien culpar. Así es más fácil, así no se nos atora la responsabilidad en la garganta. En esta familia son todo excusas y razones de rebote.

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Magistrales también e imposibles de obviar son los flashbacks al Berlin de los años 30, absolutamente maravillosos y creados para arrojar un rayo de luz sobre el pasado de la familia y su recorrido, y es que, dado el rechazo de su hermana ante la presencia de quien ahora es Maura, nadie diría que su propio tío pasó por el mismo infierno siendo mucho más joven, encontrándose en unas condiciones socioeconómicas más desfavorecidas y en un tiempo terrible. Curiosamente Rose, su madre, que ahora permanece estática y en silencio por el desgaste de los años y la enfermedad, hubiera aceptado la identidad de su hijo igual que aceptó y admiró la de Gittel (Gershon), probablemente la persona a la que más ha querido nunca, a quien sigue viendo en los ojos de Ali, a quien apoyó. Me gustaría destacar la puesta en escena del personaje que nos ha regalado Hari Nef, la jovencísima modelo transexual que se ha introducido en la piel de Gittel y que ha aportado a ésta una clase innegable.

Y si “Transparent” ha hecho gala de su impecable buen hacer a lo largo de toda la temporada, su cierre no iba a ser menos. Nos vamos con Maura, de nuevo, que gracias a esa suerte de aterrizaje que ha supuesto el conocer a Vicki, decide enfrentarse, por fin, al hecho de llevar años sin ver a su madre. Todo es menos dramático y mas honesto de lo que esparábamos, por aquello de que el miedo ensancha y encoge la realidad a su antojo. Hay cierta aceptación, hay un mar que nos pone tristes pero que se nos presenta transparente, y mientras un precioso Learning de Perfume Genius lo envuelve todo, una joven Rose, ya en Estados Unidos, da a luz a Mort, en un final perfecto. “Congratulations, it’s a boy.”

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No encuentro las palabras suficientes para describir lo necesario que me parece que exista una obra audiovisual como esta en tiempos de lucha por el cambio social en todos los aspectos, que aún trata de abrirse camino en una parrilla cargada de más misterios y superhéroes que de realidad. Acabamos de despedir su segundo año de vida y ya esperamos ansiosos la llegada de su tercera temporada que lleva meses confirmada. Sólo queremos que nos siga contando la verdad, que nos siga doliendo, que el nudo en la garganta siga estando presente cuando esos créditos de cierre en color rosa aparezcan en nuestra pantalla. Queremos que “Transparent”, en su belleza y sencillez, siga siendo transparente.

 

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5 comentarios leave one →
  1. fran permalink
    11/01/2016 13:20

    Yo casi me quedaba más con la primera temporada pero después de leer vuestra amplia review,ya si veo o entiendo mejor la grandeza de esta segunda temp.Amazon lo ha vuelto a conseguir, para lo poco que lleva en esto es admirable, gracias por “iluminarme” viva Transparent,los pefferman y la autora q los parió!

    • Irene B. Trenas permalink*
      14/01/2016 11:48

      Ambas temporadas son maravillosas, desde luego. Pero es que esta segunda me ha parecido aún más honesta, más de poner toda la carne en el asador. ¡Gracias!

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