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“Master of None”: el dilema de los treinta y tantos

20/06/2016

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(AVISO: Es un tanto absurdo hablar de spoilers frente a una serie como “Master of None”, sobre todo en un post cuya principal finalidad es la recomendación. Aún así, la audiencia extremadamente sensible al detalle puede volver una vez haya disfrutado de ella.)

Hubo un tiempo en que los maratones de series eran una posibilidad real y llevada al extremo, nuestro calendario semanal de episodios se cumplía con éxito y llegábamos a desear que ese producto que nos estaba empezando a resultar un coñazo fuera cancelado. Porque no verlo prácticamente todo no era una opción y teníamos que jugar al catedrático televisivo. Incluso era posible subirse al carro de los estrenos que más ruído provocaban en las redes. Hablo en pasado, por supuesto, porque el tiempo pasa para todos nosotros y con el avanzar de los años también se acrecentan nuestras obligaciones, se inflan nuestras agendas y, con aquello de madurar, empezamos a ver como el absurdo que es el hecho de que las cadenas de televisión nos organicen la vida. Mejor dos series que nos encanten que quince que nos agobien. Como si fuera un deporte. Como si no existieran más aficiones con las que despejar la carga de la rutina. Como si ese nuevo horario de trabajo y esas nuevas responsabilidades nos permitieran seguir religiosamente aquello que solíamos seguir. Es por eso que si un par de episodios semanales puede resultar una utopía, poner el ojo en los estrenos más punteros es una tarea que sin remedio se llega a aparcar. Ocho meses he tardado en poder echar un vistazo a un programa que me llamaba tanto la atención como “Master of none”, pero en el Cadillac no tenemos miedo a la tardanza cuando lo que vamos a encontrar merece la pena.

¿Con qué premisa se nos presenta? “Master of None” (Netflix) es una de esas comedias de tonillo indie que tanto nos están gustando (aquí ya os hemos hablado de “Louie”, “Love”, “Transparent” o “Girls”, algunas de las principales del género en antena) y que en ocasiones se acerca más al drama ligero (muy ligero). Aziz Ansari; creador, director, guionista y protagonista, interpreta a Dev, un actor de raíces hindúes que en plena treintena no tiene demasiada suerte con su carrera y se sigue planteando qué hacer con su vida en general mientras trata de solucionar el mundo con su reducido pero excepcional grupo en todos los bares de Nueva York. Sí, todo esto nos es familiar. Bienvenidos a la nueva treintena.

Si algo ha de llamar nuestra atención en lo que viene a ofrecer este producto es la variedad de temas que es capaz de tratar en tan sólo diez episodios de media hora de duración. Temas de actualidad y completamente en harmonía con nuestro tiempo, que nos resultan dolorosamente cercanos y cotidianos. Baste con mencionar que en la entrega de apertura se habla del dilema que surge a la hora de plantearse el tener hijos, enfrentando el deseo de ver crecer a nuestra descendencia y el reto de saber educar a la responsabilidad de hacerlo adecuadamente y los sacrificios evidentes que ello conlleva. Si bien es cierto que la situación económica del protagonista es muy favorable y por lo tanto el tema de la nueva boca que alimentar, que supone una preocupación más al treintañero medio, que no logra una estabilidad laboral ni una independencia medianamente digna, no llega a estar presente, el espectador puede verse reflejado en ese constante anhelo de seguir perpetuando una juventud en la que viajar, salir, ver Netflix (o la alternativa pobre que escogemos la mayoría) o leer en el sofá después del trabajo sin contar cuentos ni hacer más de una cena.

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A colación de esta posición económica mencionada y de las raíces hindúes del personaje principal también se nos presenta esa suerte de costumbre de obviar voluntariamente el “cómo hemos llegado hasta aquí”. Al igual que algunos de sus amigos, Dev es hijo de padres inmigrantes que sufrieron las carencias de su entorno en la infancia y con un esfuerzo titánico consiguieron abrirse paso en el camino de las oportunidades. Una lucha de la que a menudo no se es consciente cuando se ha crecido con más de lo necesario y un buen apartamento con todas las comodidades y las últimas tendencias en decoración nos acoge a la hora de dormir. Dev sí es consciente, en cambio, de las actitudes racistas y de los clichés que se siguen perpetuando. Como actor que no consigue despegar más allá de la publicidad, será testigo, casting tras casting, de las demandas de la industria hacia cualquier trabajador que no sea un hombre blanco. ¿Pensáis que se le ofrecen muchos papeles más allá del de taxista o administrador de un comercio de barrio? Por no hablar de las exigencias con respecto a un acento que ni siquiera le es propio porque ha nacido y se ha criado en Norteamérica.

Otro de los puntos fuertes de “Master of None” es precisamente la diversidad mostrada a través de sus personajes, el ejemplo perfecto de las intenciones de un producto que desde primera hora nos ha ganado porque resulta muy necesario. Hablamos por supuesto de diversidad étnica, de una pequeña pandilla compuesta por camaradas de orígenes diferentes aunque, todo hay que decirlo, de clase social muy parecida. De lo contrario, ¿quién podría permitirse esa orgía de restaurantes caros entre otras ostentaciones que transcurren delante de nuestros ojos? Pero no nos quedamos ahí, tan importante como la diversidad étnica viene siendo la diversidad sexual que por lo general no se trata de la manera adecuada en una buena parte de los productos televisivos, incluso en la actualidad. Y, ¿por qué no? hablemos de deseos y aspiraciones, tan variados como el número vigente de población y tan poco comprendidos. Como individuos tenemos derecho a elegir diversos caminos por los que vagar y ese plan maestro de futuro del que tanto se habla no deja de ser un castillo en el aire. No todos queremos lo mismo y está bien, ya sean tacos, botas de cowboy, maratones de “South Park” o bodas frente al mar.

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Por supuesto, la serie también dedica un episodio a las formas de sexismo más arraigadas en la sociedad actual, desde la mujer adulta que no puede volver sola a casa porque el hombre que se ha fijado en ella en el bar de esta noche ha decidido perseguirla porque ha sido medianamente educada con él hasta la chica que tiene que tragar con el cretino de la gabardina que decide cascársela delante de ella en el metro, pasando por los estereotipos publicitarios y el trato de inferioridad en las situaciones de interacción social.

Quizá de todo lo que en ella se trata, la exploración que se lleva a cabo con mayor maestría es la que hace de las relaciones de pareja, contemplando su complejidad en cuanto a deseos individuales, metas y concepciones, así como la simpleza real y la naturalidad de su mecanismo. Las idas y venidas de dos personas que se conocen, el proceso de estabilidad, el manejo de la rutina y las separaciones cuando el otro ha dejado de ser una parte relativamente excitante de nuestra vida y llega el momento de cuestionarlo todo, de cuestionar nuestros anhelos más escondidos. Resulta un ejemplo gráfico de la inutilidad de perseguir con obsesión un “para siempre” en lugar de defender un “ahora” en un mundo y un tiempo donde el equilibrio no es fácil y el período de juventud se alarga más sobre el papel.

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“Master of None” fue renovada por una segunda temporada hace cuatro meses y esta es una recomendación ferviente de un producto que por discreto en materia de “bombo y platillo” puede no haber despertado aún la curiosidad de una potencial audiencia. Merece la pena. Si en plena treintena os habéis alejado del mapa más de lo que lo estabais una década atrás es que no estáis solos. Pertenecéis, como buena parte de la población mundial, a una era que no se caracteriza por las oportunidades y que obliga a revisar los intereses día sí y día también.

 

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