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“La peste” es contagiosa pero no mata

30/01/2018

Es innegable que Movistar está poniendo toda la carne en el asador para configurar una oferta televisiva patria capaz de competir con el mercado internacional a la hora de captar la atención del espectador. Con las recomendables “La Zona” y “Vergüenza” (reseñadas aquí y aquí) todavía recientes, la plataforma redobla su apuesta por una ficción española de calidad, ajena a los tics y convenciones del tradicional producto televisivo en abierto, con “La peste”, gran producción de 10 millones de euros con medios más propios del cine que de la pequeña pantalla, un cineasta consagrado y respetado por la crítica como Alberto Rodríguez al mando de la nave, un casting ajustado que aúna actores de renombre y caras nuevas, y una campaña de promoción digna de Hollywood. A nadie más o menos atento al mundo seriéfilo le puede haber pasado desapercibido el estreno de una obra que apunta hacia un posible futuro para la televisión nacional, uno que la HBO ya empezó a horadar hace mucho tiempo con el famoso “que se joda el espectador medio” de David Simon, pero que, con contadísimas excepciones, no tenía cabida en la programación de las cadenas convencionales de nuestro país, siempre pendientes de los índices de audiencias y por tanto temerosas de salirse de un molde demasiado medido. “La peste” arriesga y sale razonablemente bien parada. Bienvenido sea un producto como éste en un panorama televisivo como el nuestro, aunque me temo que para poder equipararse a las series extranjeras verdaderamente grandes, aquellas en cuya liga pretende jugar Movistar+, todavía queda camino por andar. “La peste” es contagiosa, sí, pero (perdónenme el chiste fácil) no mata.

Ambientada en la Sevilla del siglo XVI, en una época en la que la ciudad andaluza servía de punto de encuentro de la vieja Europa con el Nuevo Mundo mientras una plaga de peste estaba a punto de asolarla, la serie funciona, sobre todo, como una experiencia inmersiva, hasta el punto de que casi todo lo demás queda supeditado a ese objetivo. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos hacen físicamente palpable el clima moral de una España sórdida, pútrida y miserable, en el que la vida valía bien poco y en el que la desigualdad, la injusticia, la ignorancia, el fanatismo religioso, la hipocresía y el machismo exacerbado eran habitual moneda de cambio. Se nos ubica en 1.597, pero los ecos de un futuro lejano resuenan incómodamente por las callejuelas laberínticas, los pasadizos estrechos y lúgubres, las cárceles putrefactas y los burdeles decadentes de la vieja urbe sevillana. Se nota que cada euro ha sido bien invertido en un diseño de producción excelso, y la puesta en escena contribuye notablemente a que la mugre sea tan real y creíble que su olor llegue a traspasar la pantalla. Incluso la iluminación natural, tan sombría que en ocasiones apenas llega a verse nada, se me antoja necesaria para conseguir esa crudeza naturalista que resulta tan falsa y de cartón piedra en otras ficciones históricas patrias. Quizás falten planos panorámicos (o quizás sus creadores hayan preferido no meterlos para potenciar la sensación de claustrofobia insalubre) pero no cabe duda de que en el aspecto visual y en la ambientación “La peste” puede mirar de tú a tú a las grandes producciones de la BBC.

Argumentalmente la serie apuesta por lo coral, aunque son tres los hilos fundamentales que se despliegan durante sus seis capítulos de duración variable (aunque nunca se superan los 50 minutos). El principal se sostiene en la peripecia de Mateo Núñez (Pablo Molinero), un exmilitar racionalista y cultivado que huyó de Sevilla perseguido por la Inquisición y que ahora debe regresar para cumplir la última voluntad de un viejo camarada recién fallecido: encontrar a su hijo bastardo y llevarlo a las Indias. Sin embargo, es atrapado por el Gran Inquisidor (Manolo Solo), que le ofrece perdonarle de su castigo si encuentra al responsable de los brutales asesinatos de varios representantes de la sociedad sevillana. Junto al hijo del amigo difunto, el pícaro y buscavidas Valerio Huertas (Sergio Castellanos), iniciará una investigación detectivesca que nos retrotrae a thrillers de época como “El nombre de la rosa”, e incluso nos recuerda, salvando todas las distancias, a “La isla mínima” del propio Rodríguez. El segundo foco de interés lo ofrecen Luis de Zúñiga (Paco León), posibilista y manipulador nuevo burgués que ha amasado una fortuna a costa del comercio con América, y sus conspiraciones para que la declaración de peste no le impida seguir beneficiándose, aunque sea poniendo en peligro a toda la ciudad. El tercer vértice pone el toque feminista de la mano de Teresa Pinelo (Patricia López Arnaiz), viuda con estatus social, dueña de una fábrica y pintora de talento en la sombra, que trata de abrirse camino en un mundo de hombres tomando decisiones valientes y controvertidas.

Tras un primer capítulo de presentación, con el ritmo sosegado propio de los productos de cable al que tan alérgico suele ser el espectador generalista, “La peste” avanza sin prisa pero sin pausa por estos tres carriles con la voluntad de pintar un fresco amplio y detallista que en intención puede recordar a los del ya mentado David Simon en sus “The Wire” y “The Deuce”, pero cuya complejidad no se desentraña con la soltura exigible. La interacción entre las líneas argumentales no está siempre bien hilvanada y las tramas se siguen con interés pero sin pasión. Estamos ante un thriller al que le cuesta mantenerse en ebullición y que rara vez consigue crear tensión. Hay subtramas enrevesadas que se resuelven de forma abrupta, otras de las que nos quedaremos con ganas de haber profundizado más (esos niños perdidos callejeros tan dickensianos) y algunas que no calan de ninguna manera en el espectador (el tibio romance de Valerio).  A veces un personaje brillantemente escrito puede salvarte una trama del montón, pero, en general, los personajes de “La peste” no poseen el interés o el carisma de los de las series de la HBO. Por momentos se asemeja a un cuadro de la época perfectamente reproducido al que se puede admirar pero con el que es difícil empatizar.

No creo que sea justo responsabilizar al elenco de esa falta de empatía, aunque creo que los intérpretes terminan contagiándose de la frialdad del guión. El para mí desconocido hasta ahora Molinero cumple como protagonista pero sin alardes; al joven Castellanos le percibo demasiado tenso y no le ayuda que su Valerio vaya de más a menos en la historia, mientras que Paco León solventa la difícil papeleta de eludir la alargada sombra del ‘Luisma’ en un registro inédito en su trayectoria, aunque nuevamente se echa en falta más chicha en su maquiavélico personaje pese a ser protagonista de la secuencia más espeluznante (y probablemente también será la más recordada) de toda la serie. Quizás sea Patricia López Arnaiz la que más brilla entre los principales, a pesar de que su trama, en ocasiones demasiado forzada, sea la menos conectada con el resto. Los Manolo Solo, Tomás del Estal, Pepe Tous o Antonio Dechent cumplen desde posiciones secundarias con la eficacia que respalda su amplia trayectoria.

Curiosamente, el motivo de la mayoría de las quejas del público de las que se han hecho eco machaconamente los medios de comunicación generalistas, esa supuesta dificultad para entender el acento andaluz de los actores, a mí no me ha supuesto ningún trauma. No sé si el hecho de haber consumido “La peste” con auriculares habrá beneficiado mi experiencia (por cierto, meticuloso diseño de los sonidos en segundo plano), pero yo en ningún momento me he alarmado y tampoco he detectado que el problema de vocalización sea aquí mayor que en otras ficciones dramáticas españolas. Me parece un tanto provinciano e irrespetuoso protestar por una elección que no solo está perfectamente justificada en la serie sino que le confiere más verosimilitud y riqueza cultural al producto. Un servidor no se imagina a “The Wire” sin su ‘slang’ callejero, ni a los “Peaky Blinders” sin su ‘brummie’ de Birmingham, ni, ya puestos, a Tom Hardy sin sus modulaciones extremas en cualquier papel que le toque en gracia. Sobre los supuestos errores históricos (que si entonces no se usaba todavía el sistema métrico, que si un clérigo debería rezar en latín) pues, miren, ni más ni menos (en algunos casos menos) que los de otras producciones extranjeras de época de corte similar. Nada que deba escandalizar a nadie. A ver si ahora vamos a ser incapaces de descifrar el andaluz pero todos tenemos un doctorado en Historia. Del otro motivo de polémica que ha levantado la serie, el supuesto plagio de “La leyenda del ladrón”, de Juan Gómez-Jurado, nada puedo aportar al no haber leído la novela en cuestión, pero supongo que los tribunales deberían tener la última palabra.

Me consta que “La peste” ha sido muy bien recibida por la crítica y me parece bien que se apoye el producto nacional. Si se la juzga en comparación con el tipo de producciones que se facturan aquí, es lógico que se destaque su ambición, la cuidada escenografía y ambientación, la crudeza de sus imágenes y los múltiples temas que aborda. Ahora bien, si la equiparamos con lo más granado de la actual edad de oro televisiva, con las series que han marcado a fuego los últimos años, esas virtudes me resultan insuficientes para marcar una diferencia. A “La peste” le falta nervio, pegada, emoción y una trama con más fuerza y arrojo para cumplir con las altas expectativas que se habían creado. Y no me vale tener que recurrir al contenido transmedia que amplía y complementa su universo. Confirmada, antes incluso de conocerse la magnífica respuesta de la audiencia según los datos de Movistar+, una segunda temporada para 2019 de la que poco o nada se sabe aún, confiamos en que en el futuro la serie de Rodríguez y Cobos nos depare ese salto de nivel que nos permita pasar de la gélida admiración al enamoramiento más ardiente.

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5 comentarios leave one →
  1. Mercedes permalink
    31/01/2018 19:04

    Es muy de agradecer la apuesta de Movistar por productos como “La Peste” o “La Zona”, situadas a años luz de las series españolas. No pondría al mismo nivel a “Vergüenza”, llena de situaciones forzadas, de humor escatológico y con unos personajes que ni emocionan ni enganchan.
    “La Peste” deslumbra sobre todo por su puesta en escena. Deslumbra una Sevilla del XVI llena de contrastes. Con unos personajes coherentes, creíbles (quizás lo es menos el de Teresa, por el punto feminista que choca en el contexto, aunque sea de agradecer para el espectador) y un guion “noir” quizás pelín rebuscado en la solución final, pero que expone con contundencia los tejemanejes del poder. Coincido con el problema del audio; no por el acento andaluz, sino por la calidad del sonido.

    • Jorge Luis García permalink*
      02/02/2018 18:38

      Muchas gracias por tu aportación, Mercedes. Pues mira, a mí los dos personajes principales de “Vergüenza” me engancharon y me emocionaron mucho más que cualquiera de los de “La peste”. Cuestión de gustos, supongo. Un saludo!

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