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“La Zona”: España caníbal

09/01/2018

A veces los programadores no tienen piedad alguna con los redactores de blogs y otras publicaciones similares. La recta final del año siempre se nos antoja frenética con la confección de esas listas de lo mejor de los últimos doces meses que tanto disfrutamos y que tan buena acogida -¡mil gracias!- continúan deparándonos. A ello se le une un buen puñado de estrenos cinematográficos de gran interés -con las entregas periódicas de “Star Wars” a la cabeza. Y no, no por ello la actualidad televisiva se detiene un segundo. Más bien al revés, las producciones de la pequeña pantalla se siguen agolpando en las distintas plataformas y canales y varias de ellas las hemos ido siguiendo en este Cadillac e iremos intentando dar cuenta de ellas en la medida de lo posible. Inscrita en este periodo se encuentra “La Zona”, quizás la ficción televisiva española más importante del año, cuyo balance de su primera temporada no queríamos dejar pasar pese a las citadas dificultades.

Menuda papeleta tenían los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo. Cierto es que la dupla ha tenido unos medios y una libertad casi inéditas hasta el momento en la ficción televisiva española. Pero también es verdad que sobre sus hombros pesaba la gigantesca responsabilidad de dar comienzo a toda una nueva era: la que pretende protagonizar Movistar con una serie de ambiciosas producciones con la que quiere, por fin, inscribir a España entre lo más granado de la actual edad de oro de las series. A lo que hay que añadir que se trata de la primera obra que afronta la pareja después de crear “Crematorio” –aquí glosada en el Cadillac- , considerada unánimamente como la mejor serie española de lo que va de década y la única que ha podido competir de igual a igual con todas esas obras mayores que nos han ido llegando en avalancha en los últimos años.

la_zona

Las primeras impresiones no pueden ser mejores. Ya desde los primeros planos queda plasmada una espectacular factura cinematográfica con un diseño de producción de absoluto primer nivel y una espléndida fotografía de tonos grisáceos que convierte en sucios y amenazantes los bellos paisajes verdes del norte de España. Quizás esa música de tintes industriales resulte ya un tanto manida en estos tiempos, además de monocorde, pero no empaña para nada un apartado técnico sobresaliente. Mientras, los títulos de crédito despliegan un reparto de auténtico lujo, desde los rimbombantes protagonistas (Eduard Fernández, Emma Suárez, Álvaro Cervantes, Alexandra Jiménez) hasta un elenco de secundarios perfectamente equilibrado entre grandes nombres (Juan Echanove, Carlos Bardem, Sergio Peris-Mencheta) y profesionales siempre infalibles (Manolo Solo, Luis Zahera, Tamar Novas). Pocas veces se ha juntado un grupo tan virtuoso de intérpretes en una ficción nacional, ya sea televisiva o cinematográfica.

No obstante, lo mejor de todo es una premisa argumental de lo más atrayente, valiente y original. “La Zona” es una distopía sobre una España muy cercana en el tiempo en el que un accidente nuclear similar al de Fukushima ha provocado el establecimiento de una zona de exclusión en un amplio territorio del norte de España (se supone que abarca partes de Cantabria y Asturias) a la que sólo deben tener acceso los trabajadores del Gobierno debidamente equipados ante la alta radiación que aún sigue albergando ese ambiente, otrora bucólico y ahora realmente desolador.

Eduard Fernández Álvaro Cervantes

Lo que parece empezar siendo una trama criminal convencional, con un asesinado en extrañas circunstancias y unos detectives (Fernández y Cervantes) encargados de resolverlo, se revela pronto como un simple anzuelo para que piquemos rápidamente y nos introduzcamos en una historia mucho más vasta. Como buena distopía, “La Zona” se basa en el presente para proyectarlo hacia el futuro y, por lo tanto, recrea una España que a todos nos suena demasiado. Lo que en su anterior “Crematorio” se mostraba explícitamente -un país con la corrupción como modo de ser- , ahora los Sánchez Cabezudo lo vuelven a narrar, aunque de una forma mucho más sutil, pese a no perder contundencia por el camino. Cuando asistimos al desarrollo de los acontecimientos de la serie, no podemos dejar de pensar que si esa situación nuclear ocurriera ahora mismo se repetirían muchos de los desastres que muestra la ficción. Y no son nada baladíes: deficiente gestión de los restos mortales de las víctimas (¿les suena de algo el Yak?), liberación de presos comunes para utilizarlos como obra de mano barata en las peligrosas tareas de limpieza con pésimas condiciones de vida, saqueo de las instalaciones que quedaron varadas en la zona de exclusión, contratación de cazadores para eliminar molestos testigos, la ocultación de un nuevo incidente nuclear…Junten a todo ello que el principal protagonista -el inspector Héctor Uría- fue el único superviviente de la catástrofe original y su hijo falleció en el siniestro ocasionando el naufragio de su matrimonio y la presencia de un psicópata caníbal vagando por los bosques afectados y se darán cuenta de que el material es de muy alto voltaje.

El parsimonioso ritmo de la serie ni nos pilla de sorpresa ni nos desagrada como a muchos seguidores sí les sucedió, no en vano mucha de nuestras ficciones favoritas han seguido el mismo lento transcurrir de los hechos y similar mimo a los detalles y nos han ido ganando poco a poco y sin remisión. Sin embargo, cuando superamos el ecuador de “La Zona” no queda más remedio que darnos cuenta de que esta temporada sólo comprende ocho episodios y vemos casi imposible que el vastísimo universo que se ha ido desgranando paulatinamente a partir del accidente original vaya a poder tener un cierre plausible a sus numerosas tramas. Esta cierta desesperación que nos invade se amplía al tocar el argumento numerosos hechos de un pasado que no se nos ha explicado apenas, estando obligados a avanzar a tientas y con pocos, demasiado pocos, asideros. Fue en este momento cuando una entrevista a los Sánchez Cabezudo me desveló que la serie está prevista para desarrollarse en varias temporadas -otra cosa será la intención que tenga Movistar + tras los resultados de esta primera entrega- , lo que supuso una gran dosis de alivio, pensando que el fin de la temporada se encargaría de cerrar algunas de las tramas más importantes y, sobre el resto, dejaría un amplio y atractivo campo que cubrir en sucesivas continuaciones.

La zona lobos

No obstante, por el camino quedan algunas secuencias excepcionales, de verdadera enjundia, plenas de fisicidad y tensión, como esa cacería humana por los amenazadores bosques septentrionales (acojonante la interpretación de Zahera y tronchante ese latiguillo “Bosnia Herzegovina”), un intensísimo ataque de unos lobos radiactivos más feroces que nunca y las andanzas de ese inquietante caníbal que interpreta, en un cambio de registro memorable, el habitual comediante Salva Reina.

El avance de los acontecimientos sufre un parón inesperado en el séptimo y penúltimo episodio, dedicado íntegramente a explicar lo sucedido en la noche en que se produjo el nuevo accidente nuclear que ha sido ocultado -con el subsiguiente peligro para los habitantes y trabajadores de la zona de exclusión- . La trama se divide entre lo acontecido en el departamento técnico y de mantenimiento de la central y y las inesperadas consecuencias que una de sus desesperadas soluciones depara a un grupo de trabajadores que agotan sus escasas horas de ocio en un puticlub habilitado ‘ad hoc’. El resultado es un episodio espectacular, repleto de tensión y escenas memorables, el mejor de toda la cosecha, aunque no acabe de cerrar del todo los múltiples cabos sueltos a los que se enfrenta el espectador. Admitiendo esa ya citada calidad del episodio, muchos nos preguntamos si no hubiera sido mejor dosificar toda esa información mediante pequeños ‘flashbacks’ diseminados a lo largo de los episodios anteriores que intentar hacerlo todo en uno sólo y más en uno tan cercano a la conclusión.

Muy difícil era que en los poco más de 50 minutos del último capítulo se lograra dar una conclusión satisfactoria a todas las tramas y, aunque lo intenta con un ritmo más frenético, al final queda la sensación de un cierre en falso, más cuando las últimas escenas nos dejan un interrogante más a añadir a la lista. Sumando pros y contras, nos queda la sensación de que la indudable calidad de muchos de los aspectos de “La Zona” han quedado un tanto minimizados por un guión demasiado prolijo y carente de una deseable concisión y las altísimas expectativas han ido bajando y bajando según se sucedían los episodios, dejándonos una ligera decepción que no esperábamos y, sobre todo, perdiendo claramente en la inevitable comparación con “Crematorio”.

La zona Susi Sánchez

Esta indefinición deja algo huérfano a parte del lustroso reparto, como a los personajes de la esposa de Héctor (Emma Suárez) y su hija (Marina Salas), cuyas actrices apenas pueden brillar ante unos roles que parecen estar aún en construcción. También se echa de menos una mayor presencia de uno de los más felices hallazgos de la serie: el capo Fausto Armendáriz, al que da vida un Echanove absolutamente pletórico, hubiera dado muchos más réditos si hubiera gozado de más tiempo en pantalla. Bastante metraje es con el que cuenta Cervantes, que no pasa de la corrección en su papel de joven detective corrupto, estando siempre a la sombra de su compañero de andanzas, un Eduard Fernández en su línea, es decir, por todo lo alto. No podemos olvidar los excelentes trabajos secundarios de Solo, Bardem y Peris-Mencheta, pero sin duda la auténtica revelación de esta temporada ha sido Alexandra Jiménez. No es que no supiéramos de su gran talento y de su magnífica evolución como intérprete, pero esta vez -ya habiendo demostrado de sobras su alto nivel en comedia- se encuentra con su primer papel dramático de entidad y evidencia que ya es una intérprete total que va mucho más allá de cualquier género y que está destinada, sin duda, a ser uno de los grandes nombres de la futura ficción española.

Puede que en un año o dos años podamos presenciar una magnífica segunda temporada -no queda ninguna duda de que hay mimbres para ello- y veamos esta primera como un arranque contextualizador imprescindible, como la base rítmica vital para que se luzcan guitarristas solistas y cantantes, pero disponiendo en estos momentos únicamente de esta primera entrega para valorar no podemos sino calificar “La Zona” como una pequeña decepción, un espléndido plato con espectacular materia prima que se ha quedado algo corto de sal. Esperemos que el sazonador esté más lleno en una futurible nueva ocasión.

La zona cartel

 

 

 

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