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“The X-Files” (II): quiero recordar todo como era

12/02/2018

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(ALERTA SPOILERS: Continuando con el post anterior, hablamos de los episodios 11×04,  11×05 y 11×06 de “Expediente X”. Asegúrate de haberlos visto antes de leernos.)

Casi sin percatarnos hemos pasado el ecuador de lo que será la despedida de esta serie y como era de esperar, aunque el tiempo no se haya consumido a la velocidad desorbitada de la temporada anterior, todo esto nos está sabiendo a poquísimo. Es un momento particular. Muy particular. No creo que en otra ocasión, en lo referente al programa, haya habido en juego tanta carga emocional y tan contradictoria como la que estamos viviendo estas semanas (o, al menos, no dirigida al mismo contexto circunstancial) donde se están expresando tantas alegrías como reproches, tantas satisfacciones como miedos, tanta plenitud y tanta tristeza y nostalgia. Decimos querer ese final digno que Chris Carter se niega a darle al show por voluntad propia, pero lo de dejar ir se nos da fatal, y mientras creemos estar preparados, conforme más cerca está el momento de presenciar una series finale que nos aterroriza imaginar (por razones varias), más patente queda el hecho de que de una manera u otra, a través de nosotros, los expedientes X seguirán vivos siempre.

Parece un chiste que un producto ficcional pueda suponer, para tantas personas alrededor del mundo, una situación tan compleja de analizar y un cúmulo de vivencias de tal envergadura. Son muchos años. Muchos, muchos años para algunos de nosotros. Tantos, que las dimensiones de este fenómeno se nos escapan, así como los lazos emocionales que con él tenemos. Quizá habría sido distinto el prisma con el que estamos viendo esta tanda de episodios si el arranque de temporada, “My Struggle III”, no se nos hubiera antojado a todos un despropósito. O si no hubiéramos tenido que asumir como final forzoso lo que está por venir. Sea como sea, y sin la más mínima pretensión de hacer de abogada del diablo, traer un producto de culto, de esta talla y tan querido, con un fandom gigantesco y tan importante en la cultura e historia friki del globo terráqueo (y más allá) era de todo menos fácil. Ha de ser harto complicado volver con frescura cuando ya lo has hecho prácticamente todo, adaptarse a los tiempos modernos cuando la mayoría sólo queremos morir de nostalgia con Mulder y Scully y, al mismo tiempo, cumplir con un intento de actualización del formato cuando se exige “lo de siempre y lo de antes” una y otra vez. Claro, se pueden traer de vuelta a esta década obras maestras como el parto de David Lynch que presenciamos el pasado año. Son casos de naturaleza tan diferente, en lo externo y lo interno, que la comparación no sería de justicia para ninguno de los dos creadores. Tampoco demandamos eso, sólo que tenga un poco de piedad con estos personajes, que ponga un poco de cuidado en su tratamiento y que el final no nos duela mucho.

(Este post irá siendo redactado a tiempo real, tras cada emisión, buscando plasmar reacciones lo más posiblemente honestas. Aunque un episodio se me antoje un horror, el siguiente podrá parecerme magnífico, responder a preguntas formuladas o llevarme la contraria.)

No es que toda la parrafada introductoria haya nacido del afán de desahogo, es que viene muy a colación en el episodio del que quiero hablar, “The Lost Art of Forehead Sweat”, cuarta historia de la temporada, dirigida y escrita por Darin Morgan. Una entrega muy destacable, como era de esperar. Habré hablado de su trabajo al menos en un par de ocasiones en el Cadillac pero no está de más reiterarme en la idea: Morgan es un genio y las contadas historias que ha firmado a lo largo de los años para la serie son absolutamente brillantes, si bien la audiencia suele tender en este caso al maniqueísmo. Obra maestra o sucesión de escenas sin pies ni cabeza. Y por supuesto, me sitúo en el primer grupo. Su estilo es tan sui géneris que todos sus episodios han llegado a convertirse en episodios de culto, no sólo dentro del universo del producto, sino del televisivo. Nadie maneja la autoparodia mejor que él en “Expediente X”, ni con mayor destreza, ni con más cariño.

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Si paseamos brevemente por maravillas de la talla de “Clyde Bruckman’s Final Repose”, “Jose Chung’s From outer Space”, “Humbug” o “War of Coprophages”, además de ser críticas al sistema político y/o al funcionamiento social, estos capítulos tienen en común el ser comedias dentro de lo trágico, funcionar como discursos sobre las reacciones más humanas, las perspectivas y lo subjetivo de cualquier situación vital. Incluso “Mulder and Scully Meet the Were-monster”, emitido en 2016, compartía dichas características con sus predecesores, si bien se adaptaba a tiempos más modernos lo mejor que podía. No es de extrañar que “The Lost Art of Forehead Sweat” se estuviera reservando todas nuestras ganas, lo cual entrañaba un peligro. Pero podemos respirar tranquilos ante unas expectativas más que cumplidas.

Se exploran aquí dos conceptos principales: el efecto Mandela (que tiene lugar cuando grandes grupos de personas recuerdan versiones alternativas de un mismo hecho) y la manipulación de la información y la memoria colectiva, siendo cada uno de éstos encarnados por dos pintorescos personajes. Tendríamos, por una parte, a Reggie Something, que aborda a Mulder y Scully por separado en el parking del FBI,  lo que viene siendo el lugar donde más reuniones clandestinas se han llevado a cabo. Reggie sostiene haber sido compañero de los dos agentes en los expedientes X aunque ellos no recuerden esa versión por culpa del “efecto Mengele” y trata de demostrárselo apelando a “Twilight Zone” (porque “The Lost Martian”, el episodio favorito de Foxy, no existe) y a la gelatina de cerezas ABC (la golosina favorita de la infancia de Sculls, que el resto recuerda como 123). Me maravilla que Darin vuelva a retratar, como de costumbre, a un Mulder histriónico y ridículamente obsesivo (algo más moderado esta vez, aunque rodeado de cintas VHS) y a una Scully que no sabe ya cómo expresar su escarnio. “Well, this is romantic“.

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Personalmente, toda la trama de Reggie me resulta hilarante y da lugar a algunos de los mejores momentos del episodio, incluido ese reinicio al tercio de la duración donde se nos vuelve a mostrar la cabecera (tarareada) y volvemos a recorrer algunas escenas fundamentales de las entregas clásicas en las que se ha insertado al personaje. Cabría mencionar también, en medio de toda la crítica y mofa que se lleva a cabo a lo largo de sus cuarenta minutos, esa declaración modificada del comienzo de “Expediente X”: “This is The X-Files. No women allowed”, muy pertinente teniendo en cuenta la polémica por la falta de mujeres en el equipo que se dieron prisa en arreglar. Relativamente. Todo lo que importa es que Mr. Something acaba por ser un empleado federal que ha pasado por unos cuantos empleos (CIA, ejército, correos) sin salir del cubículo prefabricado que es su oficina y que, después de perder ligeramente la chaveta y escuchar las eternas conversaciones de los protagonistas, decide que es más bonito crear una historia en la que formar parte. Finalmente, acabará por volver al “Spotnitz Sanitarium” (siendo real, como Skinner confirma) en otra escena surrealista y nosotros recordaremos a Frank porque de eso se trata.

Del otro lado aparece el esperpéntico Doctor They, un hombre que, cayendo en el autobombo, se anuncia a sí mismo en la red como alguien que ha presenciado algunos de los momentos más importantes de la política americana, ¡hasta el nombramiento de Trump!. En el encuentro que se llevará a cabo entre el Doctor y Fox Mulder se nos regalará un diálogo sobre la post verdad y las “fake news” que nos lleva a los conceptos más orwellianos. Toda una declaración firme ante el panorama actual en la era de la información. Uno no escapa de la manipulación cuando en ocasiones ni siquiera es necesario recurrir a ella, sólo sembrar la semilla de la incertidumbre. “Agent Mulder, your time has passed”.

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Una vez más, el guionista vuelve a perderse de la mejor manera entre homenajes, referencias y huevos de pascua. Desde el recordar a uno de los productos que sin duda fueron más definitorios en el nacimiento de esta serie, pasando por el mini Mulder o la X en la ventana hasta el volver a traer a un Alex Diakun que ya es imprescindible (¡y a Chuck!). ¿Y qué hay del dinner que se asemeja tanto al de “Jose Chungs” y que es en sí mismo otro homenaje a “La dimensión desconocida” o el póster con la máxima de Nixon? Pero de todos los mensajes enviados en “The Lost Art of Forehead Sweat”, el más bonito es el que se nos envía a nosotros, aunque a ratos suene un poco a reprimenda. Porque este episodio se dirige a los fans de manera directa y les habla cara a cara. Lo cual nos lleva al final. Un final fantástico.

En esa recreación del último caso en el que, en la cabeza de Reggie, los tres trabajaran juntos, se produce un encuentro con Donald Trump un alienígena súper de serie B. “Estamos construyendo un muro”, dice ese ser de otro planeta de manera telepática. Pero para compensar aquello de cortarles las alas a los potenciales exploradores, el extraterrestre obsequia a Mulder un libro con todas las respuestas a los enigmas que uno pueda plantearse. Con “todas las respuestas”, literalmente. Es entonces cuando Spooky entra en pánico ante la idea de que el concepto de “verdad” se quede en algo vulgar y limitado, porque una vez tengamos todas las respuestas, se acabaron los expedientes X. Y todos hemos sido Mulder en esa pataleta, pero qué reflexión más acertada y bonita sobre el verdadero sentido del show y lo que un día nos enamorara, de las razones por las que se convirtiera en un producto fundamental y definitorio en un centenar de aspectos. Las palabras de Reggie, sumadas al tema final de “I Want to Believe” nos dejan con un nudo en la garganta inevitable.

Es hora de aceptar la realidad, chicos. Este es el final de los expedientes X. Pero tal vez el objetivo no era encontrar la verdad, sino encontrarnos a nosotros. No importa hacia dónde vayamos en la vida. Siempre tendremos el recuerdo de nuestro tiempo juntos y nadie puede quitarnos eso.

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Resulta curioso el hecho de que Chris Carter insista una y otra vez en la idea de ese cliffhanger porque lo que Darin Morgan hace en este episodio, a nosotros, como espectadores, se nos antoja una despedida y un tenerlo todo muy claro. No una despedida forzada, sino pactada. Algo que cobra más sentido aún cuando aterrizamos en el final, en el instante en que Mulder encuentra el famoso episodio sólo para darse cuenta de que su memoria le había jugado una mala pasada y de que esa historia no pertenecía a su programa favorito, sino a una copia barata. De nuevo, bien jugado. Scully, por su parte, prefiere no tener que cargar con una decepción más y antes de llevarse la gelatina a los labios decide que prefiere quedarse con el recuerdo a mancharlo. “I want to remember how it was”. “I want to remember how it all was”. Y nos vamos con las estrellas.

Qué fortuna poder decir que la última aportación de Morgan al programa sea este magnífico discurso sobre la desinformación y el presente político. Pero, sobre todo, qué fortuna encontrarse con ese otro discurso, con el que habla del componente emocional de los recuerdos y de lo subjetivo de la memoria. Probablemente cuando la serie se despida volveré a este episodio y los lagrimones serán inevitables.

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Y hablando de lagrimones llegamos a “Ghouli”, la otra cara de la moneda, la del drama que viene de la mano de James Wong. Este quinto episodio bien podía funcionar como cierto paralelismo a “Home Again”, la entrega más dolorosa que viéramos la temporada anterior, que también giró en torno a la espina que Scully, sobre todo, y Mulder, han llevado clavada durante los últimos dieciséis años. “Ghouli” ha sido una de las historias promocionadas con menos cuidado por la Fox, que ha ido esparciendo spoilers en sus vídeos y redes sociales con el afán de subir la audiencia y provocando que la mayoría hayamos llegado al día de su emisión esperando pocas sorpresas. No obstante, hay que aplaudirles el trabajo creativo que supone dar vida a Ghouli.net (el blog que hace su aparición en el episodio) y dejar que el público se empape de sus textos y se pierda en teorías. Como en los viejos tiempos. Además, con spoilers o sin ellos, la acogida de esta entrega ha sido increíble y para mí es la mejor en lo que llevamos de temporada.

Estamos de nuevo ante un expediente X que funciona más como parte del arco mitológico que como “monstruo de la semana”, pero es que el personaje en torno al que gira todo, William (interpretado por Miles Robbins), el hijo al que Scully tuviera que dar en adopción antes de que la serie llegara al final de su recorrido original, es el expediente X. La atmósfera que Wong consigue al inicio es magnífica y nos lleva a los orígenes, a la oscuridad, la inquietud, a la sangre y a la tragedia inminente. Dos jóvenes que se apuñalan la una a la otra, sin llegar a conocerse, creyendo que apuñalan a un monstruo aterrador. Nada es casual aquí, ya que Mulder y Scully no habrían acabado en ese ferry abandonado, el Chimera (referencia al episodio de la séptima temporada) de no ser por las visiones y la suerte de parálisis del sueño que Dana sufre. Unas visiones que comparte con las dos jóvenes y que son proyectadas por Jackson Van de Kamp. Puede que ya supiéramos que sería el corazón del episodio, pero escuchar el apellido de su familia adoptiva de los labios de las chicas nos sobrecoge de igual manera.

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Si volvemos el rostro hacia la novena temporada de “Expediente X”, la razón principal de aquel sacrificio llevado a cabo fueron, precisamente, los poderes de William y lo especial que era. Un niño milagro producto de la ciencia y la manipulación, fruto del proyecto “Crossroads”, un híbrido humano con ADN alienígena. Si todo esto es difícil de digerir, imaginemos tener que vivir de recuerdos prácticamente inventados y de preguntas sin respuesta, como han tenido que hacer, en este rincón ficcional, los personajes que le dieron vida (no, de verdad, yo por el aro de El fumador no paso). William tiene, a sus dieciséis años, visiones apocalípticas. Las mismas que nosotros presenciáramos en “My Struggle II”. Además del poder de hacer ver a todo el que tiene alrededor exactamente lo que él quiere. Un poder que le salva la vida cuando entran a acabar con su familia y que da lugar a una escena mayúscula que vuelve a coronar a Gillian Anderson como la reina interpretativa que siempre ha sido.

Antes de entrar en esto se me antoja interesantísimo el observar la identidad que se le ha construido al personaje en este episodio y que muy acertadamente lo desidealiza. Porque William no es un adolescente modélico. Tiene dos novias, hace el capullo más de la cuenta y como pubertario tiene un control escaso de sus emociones que, reforzado por sus particularidades, toma forma en ese Ghouli. Pero luego están las demás cosas: esos planetas que invaden las paredes de su habitación, el telescopio, las fotos de cuando jugaba al béisbol, la colección de bolas de nieve que incluyen a Big Foot y a los primeros pasos que el hombre diera en la luna, su admiración por Malcolm X, el aspecto desgarbado de Mulder a principios de los noventa… y todo se antoja menos hostil.

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Aunque de todas esas bolas de cristal que encierran un universo pequeñito, ninguna es más especial que esa que acaba por ligarlo a su madre, con un “We’re not in Kampsas anymore” como única máxima y un molino como piedra angular. Qué intenso es ver a Dana Scully romperse ante el cadáver del hijo al que no pudo ver crecer, verla sucumbir ante la necesidad de pronunciar unas palabras que le pesaban dentro, sin saber, ni siquiera, si se las estaba diciendo al receptor adecuado. De llorar con mocos y con ruido, queridos y queridas. De sentarte a ver el episodio con los clínex en la mano. Me reitero, Gillian Anderson hace magia cuando tiene que explotar emocionalmente. Es una escena importantísima porque ese joven, que tal vez desconoce que hubo un tiempo en que no se llamaba Jackson y jugaba con el móvil de estrellitas de su cuna sin tocarlo, tiene la oportunidad de escuchar ese discurso y de despedirse de una madre a la que no recuerda. Porque luego llega ese final que es la escena más bonita que hemos tenido en todo el revival y quizá la que más necesitábamos. De una conversación en una gasolinera, de ese rostro del autor de The Pick Up Artist que le sonríe y que se convierte en el vehículo de algo crucial: “You seem like a nice person. I wish I could know you better”. Parece increíble que la cámara de seguridad en blanco y negro y distorsionada de una estación de servicios pueda reflejar tanta esperanza. Aunque todo vaya a cambiar.

Por otra parte, y dando por concluido aquello que quería comentar acerca de “Ghouli”, a estas alturas de la temporada parece pertinente hablar de una teoría que se ha extendido por la red y que para buena parte del fandom se ha tornado una preocupación. Dejando a un lado la revelación diabólica de la season premiere, el resto de episodios emitidos han ofrecido al espectador pequeñas cosas que se moría por ver desde hace años: la camaradería y las bromas internas entre los dos protagonistas del segundo episodio, el sexo no visto pero igualmente celebrado del tercero, el “reencuentro” con su hijo… Todos, regalos nada sutiles que nos llevan a temer un bombazo de proporciones épicas. Pero, sobre todo, hay un punto en común, una conexión entre estas cinco primeras entregas que las chicas del X-Podcast expusieron muy bien en su último programa: las continuas referencias al hecho de que lo que vemos no es real. “My Struggle III”, además de ser una continua oda a la mentira, desmonta toda la season finale anterior convirtiéndola en una visión (a pesar de que ahora, tras “Ghouli”, esa visión cobre sentido y se nos antoje mucho más calculada, aunque no más elegante). En “This”, se habla de una conciencia virtual, de un paraíso falso y envenenado donde cada uno percibe lo que desea pero preferiría la muerte total. Luego está “Plus One”, que… bueno, que Carter nunca ha estado muy por la labor de dejarnos ver esas dinámicas y no nos va a salir gratis. O “The Lost Art of Forehead Sweat”, que no puede hablar más abiertamente del concepto de verdad y de realidad y de lo ambiguos y convenientes que son. Pero la alarma verdadera salta al quinto episodio, que directamente abre con un “You see what I want you to see” que, por evidente que resulte que va dirigido hacia la trama de William, puede esconder mucho más a gran escala. Sobre todo después de las continuas referencias al fanfiction (de lo que hay muchísimo esta temporada), a Bob (no me apetece ni explicar la bromita genital) y la conversación que Mulder y Scully tienen en la cafetería. “Nada de lo que hemos visto es real”. “Fox no existe en las coffee shops”. Si a esto le sumamos que “This Man” está apareciendo en todos los episodios, es de recibo pensar que nos quieren decir algo. Puede que simplemente sea parte del discurso y una manera de traer a colación la era de la manipulación y la desinformación, pero no estamos exentos de que todo esto vaya a parar a la trama principal y Chris se saque otro sueño, alucinación colectiva o similar de la chistera.

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Haciendo gala de un poquito de honestidad, he de reconocer que, de los episodios de este bloque, “Kitten” es el que más pereza y menos curiosidad me ha causado durante la espera. Por más que queramos y veneremos a Walter Skinner, ya hemos tenido la oportunidad, a largo de la serie, de ahondar en su pasado, sus demonios y sus conflictos en entregas como “Avatar”, “Zero Sum” y “S.R. 819”. Quizá este “Kitten” no es lo que más habríamos matado por ver a estas alturas ni en estos momentos y, desde luego, argumentalmente aporta poco al puzzle completo del show. Ni las revelaciones nos sorprenden, ni lo del gas/sustancia esparcida para controlar a la población y suscitar temores es nada nuevo en este universo (se me vienen “Blood” o “Wetwired” a la memoria, por ejemplo). Sin embargo, todo esto casa muy bien bajo la dirección de Carol Banker y el guión de Gabe Rotter.

Esos grandes despachos del Edgar Hoover tan solemnes y llenos de corrupción y verdades silenciadas están de vuelta, y Kersh también, con sus reprimendas y su desprecio por la transparencia, con su odio visceral hacia los dos agentes que tiene delante. En realidad, nada de esto se presta a un gran análisis ni a una disertación. Skinner ha desaparecido, Mulder y Scully han de ir a su busca y hay carreras profesionales puestas en entredicho. Como decía, nada nuevo bajo el sol en lo referente a estos tres personajes. Se agradece, en cambio, el hecho de que se suavice y resuelva el conflicto que se forzó en la season premiere. Que tras la ambigüedad, las dudas, el “de qué lado estás” y el saber demasiado, permanezca la certeza de que Skinner se ha jugado el cuello por ellos en un centenar de ocasiones porque nada tiene sentido si no hay en quien ver reflejada la lucha, si no se arroja luz en la oscuridad. Y lo volvería a hacer. “Every damn time“. Las mismas en que ellos le han salvado a él la vida.

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En cuanto a la retrospectiva de “Kitten”, no sólo pasea por los años de juventud de Walter y su participación en Vietnam, sino que escenifica uno de los diálogos más potentes protagonizados por el personaje en los noventa, aquel en que narra cómo voló la cabeza a un niño vietnamita y perdió la fe en absolutamente todo. Fueron monstruos infundidos y miedos inyectados. Un compañero al que no pudo salvar de sus demonios y un hijo (interpretado por Haley Joel Osment) que quiere vengar aquello que no entiende y que realmente desconoce.

Cuando tenía dieciocho me marché a Vietnam. No fui reclutado, Mulder, me alisté en el cuerpo de la Marina el día de mi dieciocho cumpleaños. Lo hice con fe ciega. Lo hice porque creí que era lo correcto. No sé, quizás todavía lo creo. A las tres semanas de servicio, un muchacho de diez años del norte de Vietnam llegó al campamento cubierto de granadas y yo… le volé la cabeza a una distancia de diez metros. Perdí mi fe. No en mi país ni en mí mismo, sino en todo. Nada tenía ya sentido. Una noche de patrulla, nos atraparon y todos… todos cayeron. Es decir, todos. Bajé la vista a mi cuerpo… desde fuera. Al principio no lo reconocí. Miré la banda de mi uniforme, cogí mi arma y permanecí… en esta selva espesa, apacible, sin miedo, observando a mis amigos muertos, observándome a mí mismo. Por la mañana, unos hombres vinieron y me metieron en una bolsa de cadáver hasta que… supongo que encontraron mi pulso. Desperté en un hospital de Saigón dos semanas después. Tengo miedo de mirar más allá de esa experiencia. ¿Usted? Usted no. Su renuncia es inaceptable.

“The X-Files” estará de vuelta el 28 de febrero y este pequeño paréntesis nos va a venir de maravilla para tomar un poco de aire. La pasada semana, Chris Carter volvió a conceder otra entrevista a los medios reiterando la idea de no contar con un final que suponga un cierre y un adiós real, manifestando en esta ocasión la intención de continuar con o sin Dana Scully. Algo que, ni nos interesa a la gran mayoría, ni va a ser posible debido a los alarmantes ratings de audiencia. Es una lástima. Una temporada superior a la emitida en 2016 está pagando el precio de un inicio lamentable, los errores de su predecesora y, sobre todo, las actitudes más que justificadas de un público que se está quemando ante los despropósitos de quien tiene la serie en sus manos. Hay cosas que ni el “don’t give up” corrige.

 

 

 

 

 

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8 comentarios leave one →
  1. 12/02/2018 21:11

    Que fuerte analisis,objetivo final, pero bueno yo si he disfrutado la temporada, salvo los bajones de Kitten” q entre todo como salvavidas se hechan unos discursos que son cartas de amor a los personajes o a los fans como el episodio de Darin Morgan. Salvo el acelerado y congestionado MYSTRUGLE3 de ahi los demas episodios son unas joyas y episodios regalo para los fans. Solo faltan tres episodios de Monster of the week, que prometen sorprender d igual manera. Y en cuanto al final MYSTRUGGLE4 q nos agarren confensados, jajaj….

    • Irene B. Trenas permalink*
      12/02/2018 22:24

      Yo estoy disfrutando mucho de la temporada también, salvo el inicio, está teniendo momentos memorables. ¡Pero cómo temo al final! Un saludo, Marco. ¡Gracias por pasar!

  2. Laura permalink
    12/02/2018 21:39

    sobre lo de continuar la serie, siempre puede hacerlo en los cómics. y ahí podría encajar lo que dice con o sin scully porque en serie dudo mucho que continúe. Es más la décima temporada de los cómics es mucho mejor que la 10 de la serie y con scully y Mulder juntos.
    Por lo demás coincido mucho con tu análisis y también me encanta la interpretación de Gillian. ¡qué gran acierto el de Carter apostar por ella desde el principio para dar vida a Scully!

    • Irene B. Trenas permalink*
      12/02/2018 22:28

      Gillian Anderson es lo mejorcísimo. Yo lo de continuar sin ella no lo veo viable, CC ha desaprovechado aquí una oportunidad estupenda de cerrar. Y efectivamente siempre están los cómics para esas cosas. ¡Gracias por pasar!

      • Laura permalink
        16/02/2018 22:19

        Gillian ha sido el descubrimiento de expediente X. es sublime cuando le toca hacer drama, y boda cualquier registro que le den. Y sigo sin entender porqué CC no quiere cerrar la serie ahora. se lo debe a los fans que llevamos años esperando por un buen final, que se merecen tanto Scully como Mulder

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