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“Ready Player One”: aquí hemos venido a jugar

03/04/2018

Cualquier adaptación cinematográfica de “Ready Player One”, fuera como fuera, hubiera despertado como mínimo mi curiosidad. La novela debut de Ernest Cline no es ni de lejos un prodigio literario, pero sí es un adictivo y, por momentos, gozosísimo viaje en el que si consigues entrar es muy difícil que quieras salir hasta haber llegado a la última etapa. Puede que su trama, sin alardes estilísticos de ningún tipo, no acabe pasando de apañada y resultona, sin más, pero su innegable punto fuerte está en esa premisa que da carta blanca al autor para que nos zambulla de lleno en una interminable bacanal de guiños, homenajes y referencias al cine, las series, los cómics, la música y los videojuegos de (sobre todo) los años 80. No obstante el libro, publicado en 2011, ha sido definido por muchos como el ‘Santo Grial de la cultura friki’, cuando no como ‘porno duro para nostálgicos’. Comprobar cómo sería trasladar todo eso, o una versión muy aproximada, a la gran pantalla ya merecía toda nuestra atención, pero que el encargado de hacerlo haya sido nada más y nada menos que Steven Spielberg justificaba que nuestro ‘hype’ estuviera por las nubes, o más alto si cabe. Ese Spielberg que fue, precisamente, el gran artífice de la inmensa mayoría de las obras que adoramos en nuestra infancia, ya fuera desde su silla de director, desde un despacho o ejerciendo de modelo a seguir (para bien y para mal) para toda una generación de realizadores y productores. Ese Spielberg al que Cline rinde pleitesía, más que a ningún otro, en las páginas de “Ready Player One”.

Que el material que Cline se traía entre manos era oro puro ya quedó claro en 2010, cuando varias editoriales se pelearon por hacerse con sus derechos de publicación. Random House acabó llevándose el gato al agua, por un dineral, y ese mismo día el autor vendió los derechos para su adaptación al cine a Warner Bros, por otro pastizal. Una maniobra muy arriesgada que, tras la publicación de la novela y su éxito sin paliativos, se vio justificada. Aun así, la conversión de “Ready Player One” de libro a película se antojaba un reto complejísimo, y las posibilidades de caerse con todo el equipo eran muy, muy altas. Y no sé qué nos habríamos acabado encontrando en las manos de otro director, pero con Spielberg al frente el resultado ha sido un film condenadamente entretenido y visualmente deslumbrante, un artefacto descaradamente nostálgico que sin embargo sabe al mismo tiempo mirar al futuro, con una factura técnica que en ocasiones parece adelantada a nuestra era y algunas ideas que nunca antes nadie se había atrevido a poner en marcha. Es además la primera cinta de Spielberg con verdadera vocación de blockbuster (y con muchas opciones de conseguirlo) desde “Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio” de 2011. Y eso, tratándose de la persona que inventó el blockbuster, no es como para pasarla por alto. Por supuesto, como ya sucediera con el libro, es imprescindible entrar de lleno en la película, comulgar con su propuesta y aceptar desde el inicio las reglas del juego para poder disfrutarla plenamente. Si no lo consigues, o sientes que esto no va contigo, es muy probable que acabes marcándote ‘un Boyero’.

Que “Ready Player One”, la película, pudiera quedarse en un mero recital de fan service, sin nada más donde rascar, era uno de los mayores temores de muchos seguidores de Spielberg, sin ir más lejos en este mismo blog. En mi opinión ése no es el caso. Aunque claro que hay fan service. Hay fan service por un tubo. Nunca ha habido ningún producto, ni probablemente lo habrá, con tanto fan service como este film. Pero es que ese es uno de sus mayores rasgos distintivos, y uno de los motivos principales por los que esta película será recordada en años venideros. Y está bien. Está muy bien. A mí una película que arranque con el “Jump” de Van Halen a todo meter ya me tiene ganadísimo de antemano. Lo importante es que Spielberg haya sabido mantener el equilibrio entre la casi permanente avalancha de easter eggs y todo lo demás, consiguiendo que sí, todo esos regalos para fanboys estén ahí para ser reconocidos en segundos, terceros y vigesimoquintos visionados, pero no tengan por qué acaparar toda nuestra atención ni distraernos por completo de la trama principal. No deja de ser una jugada inteligentísima. No son pocos los que atraídos por el reto repetirán en la sala de cine, y estoy convencido de que ésta será la primera película que, cuando llegue al formato doméstico, será diseccionada y escudriñada frame a frame de forma casi obsesiva. Por seguir con este tema, hay que alabarle a Spielberg su ejercicio de modestia a la hora de haber suprimido casi todas las referencias a su propia obra, al menos como director, que sí estaban en el libro. O quizás haya sido pudor. O cierto resentimiento hacia Cline por haber escrito, aunque sea de dominio público, que la cuarta y última cinta de Indiana Jones era una soberana mierda (aunque el director se tomará su pequeña revancha rodando próximamente una quinta entrega que dejará desfasada la novela de Cline…). Ahora en serio, resulta paradójico que, en manos de cualquier otro realizador, hubiésemos tenido, seguro, muchísimo más Spielberg, a modo de homenaje, que el que hemos acabado viendo en este film.

Pero sí, hay mucho más en “Ready Player One” que toda su parafernalia geek, y aun así habrá quienes le pongan pegas a una trama que despojada de todos sus adornos no deja de ser muy sencilla y ciertamente previsible, a unos personajes sin apenas dobleces y con escasa profundidad, a sus mensajes nada sutiles y a una moralina harto obvia e incluso naif. No seré yo quien se lo rebata, pero sí diré una cosa: hay que tener claro a lo que hemos venido. Y aquí hemos venido a jugar. Sin comernos mucho la cabeza ni complicarnos demasiado la vida. Esto pretender emular, o quizás tendríamos que decir actualizar, el cine de evasión que lo rompió en los años 80. Y en buena medida lo consigue. Y eso sienta maravillosamente bien… Obligado también a hacer equilibrios entre dos planos tan diferenciados como son el mundo real y el virtual, hasta el punto de que casi podríamos decir que en “Ready Player One” conviven dos películas, Spielberg vuelve a demostrar su maestría a la hora de llevar el pulso narrativo, más aún en un film que se planta en los 140 minutos sin hacerse largo en ningún momento. Siempre habrá quien le achaque a la película que termine demasiado deslumbrada por la fastuosidad de Oasis y no profundice en cambio apenas en el retrato de esa sociedad ‘real’ deprimida que, ahora mismo, no nos parece tan improbable ni tan lejana en el tiempo, y esa ya fue una de las críticas que en su momento recibió el libro. Pero esa nunca fue la intención de Cline, que en ningún momento llega a plantearse firmar la novela distópica definitiva, pues de esas ya hay muchas y son insuperables. Ni quiere ni, me atrevo a decir, puede. Sus talentos, ya lo hemos dicho, son otros. Y eso está bien, pues no todos los escritores tienen por qué albergar un George Orwell, un Aldous Huxley o un Ray Bradbury en su interior. Spielberg, que sí ha demostrado sobradamente que si quiere puede sumergirse en aguas mucho más pantanosas y profundas, y hacerlo mejor que nadie, se debe a lo que le han encomendado y se queda, no podía ser de otra forma, con aquello que hace tan única y especial la historia de “Ready Player One”.

El casting de la película es otra de las cuestiones que más suspicacias, o discrepancias, han despertado según las primeras impresiones que me he atrevido a sondear. Y es innegable que Tye Sheridan no es Michael J. Fox, quien sin ningún tipo de dudas habría sido la única opción posible para protagonizar este film hace 30 años. A mi parecer cumple con su rol de héroe improbable de la función, aunque no brille en exceso, y en su versión Wade Watts tiene esa facha ochentera que tan bien le sienta a la película. Y con sus gafas y sus camisas de cuadros a mí se me representa como una versión joven (sí, vale, un tanto descafeinada) de Richard Dreyfuss. A Ben Mendelsohn se le nota muy cómodo en la piel de Sorrento, el gran villano de la función, aunque tras “Rogue One”, al menos para el gran público, vaya corriendo peligro de encasillarse. Su reverso lo encontramos en un magnífico Mark Rylance que hace creíble, incluso adorable, a un personaje que en manos de otro podría haber caído en la caricatura o la parodia, y que acaba en cambio revelándose como el alma de la película. Y si Rylance y su Halliday/Anorak es el alma, una espléndida Olivia Cooke y su Samantha/Art3mis termina apropiándose con el corazón del film. Para disgusto de todos aquellos a los que les llevan los demonios los personajes femeninos fuertes en las películas de acción. Bienvenidos al siglo XXI.

Y llegamos así al tema más espinoso y que más bilis ha hecho derramar a esos otros que, a día de hoy, siguen siendo incapaces de distinguir entre las bondades de un relato escrito y las exigencias narrativas de una obra fílmica. Por supuesto que entre “Ready Player One”, el libro, y “Ready Player One”, la película, hay cambios y diferencias abismales, aunque el esqueleto de la historia se mantiene y la esencia y el espíritu de la obra de Cline se preserva, cuando no se potencia. Porque como adaptación cinematográfica, el guión escrito por el propio autor de la novela junto a Zak Penn acaba resultando un trabajo modélico, con muchísimos y muy notables aciertos. Y las cartas quedan sobre la mesa ya desde el mismísimo arranque de la cinta. Si en el libro Cline dedica páginas y más páginas con cábalas y conjeturas en torno a un enrevesado acertijo para la consecución de la primera llave, y la solución acaba involucrando a un popular juego de rol, lo que lleva a un popular videojuego y éste a su vez a una popular película, en el film Spielberg lo resuelve en unos minutos… reduciéndolo a una espectacular, apabullante y adrenalínica carrera. Decenas y decenas de vehículos se enfrentan entre ellos, y contra decenas y decenas de obstáculos e imprevistos, mientras decenas y decenas de easter eggs van salpicando e inundando cada centímetro de la pantalla. Que Spielberg consiga manejar todos estos elementos y tenga en todo momento la secuencia bajo control, firmando así la que habrá de ser una de las set pieces de acción más antológicas del año (pronostico que sólo “Los Vengadores 3” podrán superarla) es aún más asombroso si caemos en la cuenta de que el director ha cumplido ya los 71 inviernos. Pero sigue rodando como el demonio, como si tuviera 30 años menos. O mejor aún.

Manteniendo esa tónica ya durante el resto del metraje, si en el libro Cline desperdiga a sus personajes por todo el planeta (completamente lógico cuando estamos hablando de un juego que tiene enganchada a casi la totalidad de la población mundial), y no les junta en la vida real, si es que les junta, hasta las últimas páginas, cuando no literalmente en la última página, en la película se les ubica a todos más pronto que tarde en la ciudad de Colombus, y se les permite interactuar entre ellos como de ninguna manera hacían en la novela. Por este mismo motivo si en el libro Wade se encierra durante meses en un apartamento, conectado la mayor parte de su tiempo a Oasis en su obsesión creciente por encontrar el resto de las llaves, la película se empeña en sacarle de su aislamiento y le obliga a tener mucho mayor contacto con el mundo real, con sus aliados y también con sus enemigos. Aún con más razón si en el libro, escrito en primera persona desde el punto de vista de Wade, prácticamente el 95% de las acciones recaen exclusivamente sobre sus hombros, en la película algunas de estas acciones son asumidas (y aligeradas, se agradece) por otros personajes, convirtiendo el relato en algo mucho más coral. Igualmente, si durante el clímax del libro los protagonistas han de jugarse el todo por el todo en Oasis mientras sus identidades reales han encontrado refugio en un lugar seguro, en la película se les pone mucho más en peligro para que la tensión se mueva en diferentes planos, y sea mucho más dinámica y efectiva. Y si en el libro un personaje como I-R0K no pasa de ser un pringado que le hace una buena jugarreta a Parzival en los primeros compases de la historia para no volver a aparecer jamás, en la película, en donde los villanos son tan esenciales como los héroes, es remozado por completo, con una apariencia genial, y reconvertido en una amenaza constante que además funciona espléndidamente como alivio cómico (al menos con la voz de un estupendo T.J. Miller).

Todos estos cambios aciertan de pleno y son esenciales para que la película no naufrague, pero nada funciona mejor que la secuencia que con muy buen criterio ni siquiera nos habían sugerido en los tráilers, y que sin ningún riesgo a equivocarme pasará a los anales del Séptimo Arte. Y es que si en el libro Cline ingenia una prueba en las que sus personajes deben sumergirse en un par de películas, entendemos que muy queridas por el escritor, y recrear hasta el más mínimo detalle cada escena, cada movimiento, cada diálogo e incluso cada inflexión de voz, Spielberg decide cambiarlas por otro film, sí, ESE film que apela más profundamente a su corazón y seguramente al de otros muchos millones de espectadores, y tiene el buen tino de darle la vuelta a la idea original de Cline para convertirlo todo en algo mucho más imprevisible, extraordinario y asombroso. Nadie antes había hecho algo así, al menos de esa manera, en una película, y ya nadie podrá repetirlo porque eso ya se hizo en “Ready Player One”. Sencillamente memorable.

El film consigue, incluso, solventar la insolventable papeleta de no poder contar con los servicios del gran maestro John Williams, que por tercera vez en 44 años y 31 películas no compone la música para un film de Spielberg –las anteriores fueron “El color púrpura” (1985) y “El puente de los espías” (2015)–. A sus 86 años, el compositor más legendario de la historia del cine decidió centrarse en la música de “Los archivos del Pentágono”, estrenada hace apenas tres meses, aconsejando al director que encargase la partitura de “Ready Player One” a la que sería, tras él, la segunda opción más lógica para el trabajo: Alan Silvestri, vinculado anteriormente al propio Spielberg vía Robert Zemeckis, para el que ha firmado sus trabajos más reconocidos, “Forrest Gump” y la trilogía de “Regreso al futuro”.  Tiene todo el sentido del mundo que en el score se distingan ecos que puedan evocar a esta última, como no podía ser de otra forma en una película en la que pasamos buena parte del metraje subidos en un Delorean. Confirmándose así también que Spielberg ha acabado homenajeando, en este film, mucho más a Zemeckis que a sí mismo. Aun así, el trabajo de Silvestri llega a quedar algo opacado al tener que convivir con una colección de temazos incontestable. Ya hemos desvelado que la fiesta la abre el “Jump” de Van Halen. El resto conviene descubrirlo y disfrutarlo por uno mismo.

Puestos a ponerse tontos y a sacarle pegas al film, yo estoy indignadísimo porque hayan pasado olímpicamente del culo de los canadienses Rush… ¡que SÍ se les podía escuchar en el primer tráiler y que SÍ tienen una presencia capital en el libro! Fuera de coñas, y volviendo de nuevo para cerrar al tema de las referencias y los easter eggs, podemos ponernos a debatir durante horas sobre por qué sale éste y no aquel otro robot, pues aquí todos tenemos nuestros favoritos y debilidades personales, pero TODO no cabe. Que además se haya abierto la mano para colar algunos guiños a décadas posteriores a los años 80 tiene su lógica cuando se intenta abarcar y contentar al mayor número de espectadores posible. Y aún más importante, hay que tener muy en cuenta el complicadísimo, y carísimo, tema de las licencias. Ya se habrán guardado unas cuantas para “Ready Player Two”. Una posibilidad que un servidor no contemplaba ni remotamente cuando terminó de ver el film, pero durante la redacción de este post se acaba de enterar de que el propio Ernest Cline está trabajando en una secuela de su exitosa novela. Si tenemos en cuenta que “Ready Player One” parece estar rindiendo muy bien en taquilla, incluso mejor de lo esperado (cosa de la que sí me alegro), la jugada parece inevitable. Y en principio, a mí personalmente no me hace ninguna gracia. Pero ahora que lo pienso, ¿acaso puede haber algo más ochentero que una mala secuela?

 

 

 

 

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