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Los Goya se reivindican en la gala de las reivindicaciones (a pesar de)

03/02/2019

Vaya por delante que no soy partidario de que “Campeones” se haya llevado el galardón a la mejor película, pero creo que sí es casi seguro que, después de tocar fondo el año pasado con la gala más fallida que se recuerda, los Premios Goya han disfrutado por fin de una entrega de premios acorde a lo que más o menos se espera de ella y,  como era de esperar, ha tenido que ser Andreu Buenafuente, esta vez junto a Silvia Abril, quien se encargara de reflotar un evento que coqueteaba con convertirse en una caricatura, en el mejor de los casos. Qué mejor forma de comenzar esta pretendida reinvención con una autocrítica, aunque fuera en plan de parodia, con un vídeo inicial con atinadas referencias a la propia gala y a lo kamikaze que resulta su presentación últimamente, en esta época de crecientes ‘haters’ y opinadores a través de todas las pantallas. El monólogo inicial, a dos voces, fue lo suficientemente ingenioso y lo necesariamente punzante, sin caer en el azote por el azote y sin gastar todas las balas a las primeras de cambio. A lo largo de la velada, el humor de los presentadores pasaría del sketch más básico y de clown, como cuando se quedaron en paños menores ante una audiencia entregada, hasta el más fino, como la recreción que hizo Andreu de Groucho Marx.

Si algo caracterizó a la gala casi desde su comienzo fue el carácter reivindicativo de casi todas las intervenciones, si bien en esta ocasión las proclamas no giraron sobre un mismo objetivo. Si en anteriores años las demandas iban dirigidas contra los políticos (casi siempre) o contra los acosos sexuales (últimamente), en esta ocasión las reivindicaciones y los reclamos han mirado al feminismo, a la conciliación familiar, a la integración, a los límites del humor, al conflicto de Gaza o a los homenajes a algunos de los maestros del cine patrio. Y en este apartado, fue el discurso de Jesús Vidal al recoger el galardón de mejor actor revelación por “Campeones” uno de los puntos más emotivos de la noche, un momento que parecía ser el merecido premio a una película necesaria, bonita, divertida… pero ni mucho menos la mejor película del año. Reconozco que con el trascurrir de la gala y la previsible victoria total de “El reino” tras ganar Antonio de la Torre y Rodrigo Sorogoyen a mejor actor y director, respectivamente, mi satisfacción era casi total, por lo que sentí cierta frustración (siendo suave en la definición) cuando Almodóvar y su troupe anunciaron el premio gordo de la noche para la cinta de Javier Fesser. Que una película logre los premios a mejor director, actor protagonista y guion, compitiendo en todos estos apartados con su gran rival, y que finalmente sea la otra la vencedora es, en el mejor de los casos, cuestionable.

Sin duda el ‘buenismo’ que emana de “Campeones” convertía su elección en la más amable para el gran público, por lo que para la reconquista de este qué mejor que premiar a la cinta española más exitosa del año 2018, tanto por sus cifras de taquilla como por su componente social y, de nuevo, reivindicativo. Todo esto es estupendo, pero mejor película es “El reino”. El filme de Sorogoyen, igualmente de necesario pero más incómodo y menos amable, confirma a un cineasta en meteórico ascenso que con solo tres películas se ha instalado entre la plana mayor del cine español. No es botín menor los siete galardones logrados, pero la jugada final de contentar a todos empieza a estar muy vista (tanto en los Goya como en los Oscar). Por otro lado, es de destacar los tres premios a actrices, que dieron a la gala la necesaria cota de reivindicación femenina, el de Susi Sánchez a mejor actriz por “La enfermedad del domingo”, el de Eva Llorach a mejor actriz revelación por “Quién te cantará” (con uno de los discursos más aplaudidos de la noche) y el de Carolina Yuste por “Carmen y Lola”, la tercera película vencedora en un hipotético podio.

Regresando al tema de la gala, otro de sus puntos fuertes, muy al comienzo de la misma, fue la emocionante actuación de Rosalía tocando la fibra con una versión de un tema de Los Chunguitos. La Academia de Cine ha evidenciado buen juego de caderas al mezclar entre su nómina de invitados a nombres clásicos con otros emergentes, sin duda en busca del guiño de las nuevas generaciones. Así, junto a la reseñada Rosalía, otro de los números más divertidos fue el protagonizado por Berto Romero y David Broncano en un alarde de surrealismo y descaro casi sin inmutarse.

En medio de los peajes que toda gala de estas características debe pagar (es decir, numerosos premios menores y ciertos discursos soporíferos), también se supo en determinado momento romper con el tedioso guion para en otro número casi surrealista convertir los achicados premios a los mejores cortometrajes en un torrente de fiesta de desproprocinadas dimensiones, un juego que podría caer en el patetismo pero que a mí me resultó muy simpático, siendo la primera vez que recuerde que casi celebré la llegada de la tuna.

Pero además del humor y de elementos más o menos ingeniosos, no se perdió de vista que se estaba en una gala de cine, por lo que el sketch del imitador Raúl Pérez caracterizado de Fernando Fernan Gómez, por forma y contenido, resultó brillante y emocionante. Quizás justo la emoción que le faltó al premio honorífico a Chicho Ibáñez Serrador, un momento que resultó espectacular en cuanto a escenografía (vaya plantel de directores se juntaron) y audiovisual, pero que la ausencia del homenajeado dejó en una especie de ‘coitus interruptus’.

No cabe duda del mérito que tiene pasar de lo vivido el año pasado a la gala exhibida en esta ocasión, silenciando además de esta forma las voces que decían que de una entrega de premios no se podía sacar mucho más. Se ha demostrado que sí y sin necesidad de forzosas reinvenciones ni sesudos planteamientos. El espectáculo básicamente ha sido el mismo, pero bien hecho, con la dosis justa y el tono atinado de humor, con riesgo pero con respeto, con espacio para nuevos nombres pero sin olvidar ni dejar de agradecer al pasado, y con un ajustado reparto de premios, a pesar de… Puede que en otras circunstancias esta decisión en el galardón más importante de la gala fuera imperdonable, pero debido al carácter reconciliador que pareció vivirse, se acepta, todo sea por el espectáculo.

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