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“19 días y 500 noches”: Sabina a las puertas del cielo

07/02/2019

Se acercaba amenazante el final del pasado milenio cuando Joaquín Sabina publicaba la que es quizás su obra más importante, “19 días y 500 noches”. Era el año 1999 (hagan cuentas) cuando el de Úbeda, asentado ya desde hace tiempo como una de las figuras más importantes de la música en castellano, se ponía en manos del exTequila Alejo Stivel para dar forma a unas canciones paridas desde el infierno pero que le llevaron al cielo. Aquel disco significó la cima creativa de Sabina. Con él, crítica y público quedaron rendidos mientras el autor posteriormente sufriría un nuevo y casi definitivo descenso al averno. En este caso, los resplandores fueron vísperas de los días de borrasca.

No fue “19 días y 500 noches” ninguna reinvención. El disco se presentaba como el paso lógico en la evolución que había venido experimentando con sus anteriores trabajos, pero lo que fue determinante en este caso fue cómo se presentó esta evolución y, sobre todo, un sobresaliente momento compositivo, sin duda alimentado por el desamor (algo tan típico como una ruptura amorosa fue la causante de que se abriera la caja de los truenos). Estos elementos pueden emparejar este álbum con el otro gran acontecimiento del rock en castellano de aquel año, el “Honestidad brutal” de Andrés Calamaro, siendo ambos un compendio de emociones en dos artistas maduros que en la cima de sus carreras se atrevieron a mostrarse más desnudos y ásperos que nunca tanto en las letras como en la producción de sus trabajos. Sin embargo, no es este un disco monotemático sobre el fin del amor; hay canciones sobre ello, varias y excepcionales, pero entre los cortes del álbum siguen presentes las habituales radiografías que de la sociedad ha plasmado siempre Sabina con pluma afilada y miradas muy sinceras hacia su propia persona en quizás las composiciones más sangrantes del disco, todo con la cada vez más habitual mezcla de estilos que se estilaba ya en su discografía.

La inmejorable carta de presentación del disco llegó con su tema homónimo, “19 días y 500 noches”, una deliciosa rumba de sublime letra en la que la belleza lírica llega a eclipsar el rencor de unas líneas que suenan tan hirientes como en ese “no pido perdón, para qué si me va a perdonar porque ya no le importa. Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta”. Con toda la justicia del mundo, esta canción ha quedado como una de las más importantes de su carrera, asentando ya la rumba, en este caso la rumba catalana, como uno de los pilares de su música, si bien no era la primera vez que hacía aparición en uno de sus discos. En este trabajo hay espacio para otra rumba, igual de trascendente pero en esta ocasión sin la ironía de “19 días y 500 noches”, y es “Cerrado por derribo”, una estremecedora canción que vendría a ser la parte oscura y más triste de la anterior, conformando ambas una sobresaliente dupla, las dos caras de una moneda que ya por ella sola valdría la pena el disco.

Insiste Sabina en la pérdida del amor en otros dos cortes del disco, aunque con diferencias respecto a las anteriores. Así, “Donde habita el olvido” resulta una melancólica tonada hacia el amor no correspondido, una deliciosa historia en la que describe con poética verdad una de esas tantas relaciones en las que no siempre ambos quieren lo mismo o tienen el corazón igual de entregado. Y la otra carta de amor sería “Dieguitos y Mafaldas”, con la que rinde cuentas a una relación vivida con una joven en Argentina pero que además le sirve de homenaje a aquel país a la vez que mezcla sonoridades hispanas y porteñas. Pero no todo era pesimismo en el disco y prueba de ello era su (engañosa) apertura con “Ahora que…”, un tema de sonido típico sabinero y con una letra de enamoramiento, muy a su estilo, sin exaltaciones, con una armonía más triste que luminosa, pero con una letra bella con la que cualquiera que haya sentido el pinzamiento se puede identificar a través de ideas tan sutiles y bellas como “ahora que las floristas me saludan, ahora que me doctoro en lencería, ahora que te desnudo y me desnudas y en la estación de las dudas muere un tren de cercanías”.

He de reconocer que si hay una canción que en su día me dejó helado y que cuanto más pasan los años más me hiela es “A mis cuarenta y diez”, por su sinceridad, por su atrevimiento, por su desnudez y por su irremediable drama, drama que ve acercarse pero al que aún no claudica (“desde que salgo con la pálida dama ando más muerto que vivo, pero dormir el sueño eterno en su cama me parece excesivo”). En la línea musical del Bob Dylan más puro, Sabina hace testamento en mitad de la vida. El ‘flaco’ nunca había sonado más sincero y personal, ayudado de una voz grandiosamente rota, en lo que fue sin duda uno de los aciertos del álbum, el tratar al fin su voz en su modo más natural, sin embellecer, y de esa imperfección emergió la genialidad y la emoción. Hay otra canción en “19 días y 500 noches” en la que vuelve a hacer acopio de vivencias personales, “Pero qué hermosas eran”, pero en esta ocasión a ritmo de honky tonk y en un tono mucho más humorista e incluso cínico, haciendo un repaso por sus futuras viudas que no sé si en este tiempo de ofendidos por doquier sería muy bien recibida.

Como letrista, como ilustre letrista, una de las cualidades más sobresalientes de Joaquín Sabina a lo largo de su carrera, incluyendo sus inicios en La Mandrágora, fue su destreza para radiografiar los diferentes escenarios de la sociedad, desde las élites hasta lo más bajo y sufrido. Estas fotografías tampoco faltan en el álbum a través de piezas como “Barbi Superstar”. La que se presenta formalmente como la canción más urbana de la colección se fija en una de tantas bellas jóvenes que ven en su agraciado físico el billete más rápido para colmar su codicia. El uso del cuerpo como método de supervivencia tiene en “Una canción para la Magdalena” su cara más triste, y es que donde en la anterior denuncia, en esta ama, resultando una de sus más bellas canciones de amor. Más de brocha gorda, usando la fórmula de Miguel Mihura para servirse del humor para deformar y denunciar a la sociedad, con un personaje narrador que podría ser el germen de lo que hoy en día se conoce como el cuñadismo más rancio, estaba el rap “Como te digo una ‘co’ te digo la ‘0’”, que podría considerarse la segunda parte de “No sopor… no sopor…”, su primera incursión en este género de la mano de Manu Chao y que estaba presente en su anterior disco, “Yo, mi, me contigo” (y cuya primera intentona a mí me resulta más reconfortante). Otra de las joyas del disco se convierte en una mirada al pasado, más que eso, en un salto al pasado para plantarse en otra época y desde allí, a golpe de instantánea, trasladarnos en el tiempo para narrarnos el comienzo de un amor. Se trata de “De purísima y oro”, un tema que requiere de dedicación para sumergirse en él pero que resulta totalmente gratificante una vez entendido, un chotis basado en retales de una época para denunciar esa época de forma muy fina y muy bella.

Quedan únicamente dos temas del disco por nombrar, “El caso de la rubia platino”, en el que Sabina hace un ejercicio lírico de estilo para sumergirnos en una novela negra, y “Noches de boda”, una inmensa ranchera que servía para cerrar el álbum. Después de haber inundado de colaboraciones su disco precedente (saltándonos el “Enemigos íntimos” junto a Fito Paez) en una jugada que dio demasiada forma de collage a aquel trabajo, en esta ocasión la única aportación externa llegó con los últimos acordes, en los que surge como un torrente la voz de Chavela Vargas para dar a la canción más verosimilitud si cabe. La letra es estructuralmente una de esas numeraciones tan del gusto de Sabina, en esta ocasión llena de buenos deseos y anhelos de esperanza, sin duda la mejor forma de rubricar la montaña rusa de emociones que es el conjunto del disco, con líneas tan lindas como estas: “Que no se ocupe de ti el desamparo; que cada cena sea tu última cena; que ser valiente no salga tan caro; que ser cobarde no valga la pena”.

Como ya se ha apuntado, los años posteriores al lanzamiento del disco resultaron el verdadero infierno para Joaquín Sabina, años en los que coqueteó con la muerte, con la cárcel y con la sequía creativa. Y es que la continuación de “19 días y 500 noches” no llegaría hasta tres años después con el definitivamente inferior “Dímelo en la calle”, acentuándose su bajón de creatividad con “Alivio de luto” y “Vinagre y rosas”. Estos discos, junto a varios lanzados con Serrat, daban la impresión de estar ante un artista en retirada. Hasta 2017 no se produjo un verdadero regreso a los orígenes con “Lo niego todo”, una revisión y actualización del personaje que tuvo los mejores resultados en mucho mucho tiempo, y que celebramos aquí.

Venga ya lo que tenga que venir y sin menospreciar el resto de su importantísima obra, “19 días y 500 noches” resultó un conjunto de canciones que por sí mismas justificaban toda una carrera, 13 historias a cual más inspirada que pasaban de la desolación a la esperanza, que miraban a sus entrañas y a las miserias de los desconocidos, que se servían del humor y de la solemnidad para conformar todas las aristas de un personaje que estaba firmando en esos momentos su más bella declaración de principios asumiendo que todo y todos tenemos un final.

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