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“El Camino”: Gilligan le pone un lacito a “Breaking Bad”

14/10/2019

(ALERTA SPOILER: Este post no desvela detalles esenciales de la trama de “El Camino”, pero si eres de los que prefieres enfrentarte totalmente limpio a su visionado, quizás sea una buena idea que dejes esta lectura para más adelante).

Seamos sinceros: cuando los fans de “Breaking Bad” nos enteramos, allá por noviembre de 2018, de que Vince Gilligan estaba rodando una secuela de la serie, centrada en las peripecias de Jesse Pinkman tras todo lo acontecido en “Felina”, creo que a muy pocos de nosotros nos ilusionó el proyecto y sí nos dio en cambio mucho miedo. Porque el cierre de “Breaking Bad”, con esa pluscuamperfecta última tanda de ocho episodios que culminaron en una series finale insuperable, pareció dejar todos los cabos atados y bien atados, al menos los que importaban. Y si algo quedó en el aire, como sucedió precisamente con el destino de Jesse, casi preferíamos que así se quedara, para siempre. Lo de Jesse lo aceptamos desde el principio como un final abierto en el que cada cual podía imaginarse lo que le diera la gana, y estábamos conformes con ello. Creo que no me equivoco si digo que todos pensábamos que las cosas le habían acabado yendo bien, que había conseguido escapar, por muy difícil que lo tuviera, y había logrado rehacer su vida de algún modo, en algún lugar. Igual no necesitábamos salir de dudas, que Gilligan nos lo confirmase o, peor aún, nos echara quince jarros de agua fría revelándonos un destino trágico para el personaje más querido por los fans de “Breaking Bad”.

Sólo había un par de cosas, en nuestro fuero interno, que nos hacían recuperar la ilusión y la fe ante la perspectiva de esa ya inevitable secuela. La primera: ¿cómo podríamos decirle que no a la posibilidad de revisitar el universo creado por Gilligan, a tener un poquito más de “Breaking Bad”, en definitiva? Como el mejor cristal azul cocinado por Heisenberg, “Breaking Bad” es droga dura, de lo mejorcito que hayamos probado nunca, y unos adictos como nosotros sabíamos que jamás podríamos resistirnos a una nueva dosis, aunque nos supiera a poca cosa o, peor aún, sospecháramos que podría estar adulterada. Y la segunda, en cierto modo relacionada con la primera pero aún más decisiva: “Better Call Saul”. Cuando oímos hablar, aún como algo indefinido y muy en pañales, de ese spin-off/precuela, antes incluso de que terminara la serie madre, tampoco sentimos apenas ilusión por el proyecto, y sí en cambio mucho miedo. Hoy, seis años y cuatro temporadas después, con la certeza de que tendremos una quinta entrega y la esperanza de que nos concedan al menos una más, sabemos que “Better Call Saul” es una serie mayúscula que no sólo es digna de sus orígenes, sino que está al mismo nivel en algunos aspectos y en otros, qué cosas, incluso habría llegado a superarlos. Al César lo que es del César, y si algo se merecería Gilligan con cualquier cosa que huela a “Breaking Bad”, debería ser una confianza ciega en todo lo que haga. Se lo ha ganado.

No ha pasado ni un año desde que conocimos la existencia del proyecto y “El Camino: Una película de Breaking Bad” ya ha llegado a nosotros vía Netflix, que no fue el lugar en donde nació la serie original (AMC), pero sí en donde creció, se fue haciendo fuerte y, probablemente, se acabó ganando primero su supervivencia y más adelante su entrada en el Olimpo eterno de las series. Así que nos sentamos delante de la televisión aún con ese miedo que nunca nos ha abandonado desde el primer día, pero ahora ya sí con la ilusión por las nubes, y 122 minutos después confirmamos que se ha cumplido todo aquello que esperábamos: no, no necesitábamos esta secuela, podríamos haber vivido estupendamente sin ella, y sin embargo hemos hecho bien en confiar en Gilligan porque la película es un regalo perfecto para los fans, uno de esos regalos que quizás no te esperas, o te esperas de otra forma, pero que sin embargo una vez abierto comprendes que es exactamente aquello que querías.

“El Camino” no suma nada especialmente memorable al universo de “Breaking Bad”. No plantea grandes revelaciones, qué demonios, no plantea ninguna revelación, no quiere reescribir ni un solo renglón de la historia que ya conocíamos, no pretende que lleguemos a reinterpretar de ninguna forma los hechos, ni nos ayuda a entender mejor las cosas. Tampoco busca dejarnos con el culo torcido mediante imprevistos giros de guión o acciones espectaculares o rocambolescas. Y estando centrada, cada minuto de su metraje, en Jesse Pinkman, ni siquiera se esfuerza en que veamos el más mínimo crecimiento o evolución en un personaje que ya vimos crecer y evolucionar bastante, y de qué manera, durante cinco temporadas y 62 episodios. Teniendo todo eso en mente, quizás el espléndido diálogo con el que se abre la cinta, entre Jesse y un personaje que recuperamos vía flashback, se acabe destapando como el inicio perfecto de este camino:

–¿Adónde irías tú? Si fueras yo.

–Da igual. No soy tú.

–En serio, venga. Si tuvieras mi edad. Sígueme el rollo. Por hablar.

–A Alaska. Si tuviera tu edad y empezara de cero, me iría a Alaska. Es la última frontera. Allí podrías ser lo que quieras.

–Alaska. Empezar de cero. De nuevo.

–Se podría.

–Arreglar las cosas.

–No. Lo siento, chico. Eso es lo único que no se puede hacer.

Durante las dos horas que dura “El Camino”, y el par de días aproximadamente que transcurren durante la acción del film, Jesse sólo puede hacer dos cosas: huir, desesperadamente, y empezar a reconstruirse física y mentalmente. Y lo segundo casi se antoja más duro y difícil que lo primero, pues el bueno de Pinkman es un ser hecho pedazos, minado lentamente pero sin piedad por las experiencias que compartió junto a o por culpa de su mentor Walter White (eso no lo olvidemos nunca), y de forma mucho más rápida, atroz e inhumana por sus captores neonazis durante los últimos episodios de “Breaking Bad”. Pero como ya sucedía en aquella serie, y aún lo hemos venido ‘sufriendo’ mucho más en nuestras carnes los que estamos siguiendo con devoción “Better Call Saul”, lo más maravilloso de ponerse en manos de Gilligan es que las cosas nunca sucederán, ni nunca nos las contarán, como preveíamos. Así que si esperábamos, porque en cierto modo sería lo lógico, una huida frenética, una lucha angustiosa contra el tiempo y contra los elementos, una sucesión imparable de circunstancias extremas y callejones sin salida, nos encontraremos con todo lo contrario, aunque también haya un poquito de todo eso que hemos mencionado, pero siempre con el estilo y las señas de identidad de la casa.

La película se va construyendo, sin traicionarse a sí misma ni hacer concesiones difícilmente explicables, con ese ritmo tranquilo y sin urgencias que ya degustamos en “Breaking Bad”, una receta que se ha perfeccionado de forma exquisita con “Better Call Saul”. No faltan tampoco las escenas, más bien ráfagas, de acción bien construida y mejor ejecutada, ni las secuencias cargadas de tensión, si bien la tensión aquí en realidad será como una pulsión subterránea, permanente y omnipresente que irá latiendo durante todo el metraje, como no podía ser de otra forma cuando aquí nos reencontramos con Jesse en el punto exacto en el que le dejamos al final de “Felina”. La acción en tiempo presente se va alternando con unos cuantos flashbacks que sirven como justificación para recuperar algunos personajes que, de otra forma, no habrían tenido cabida en esta historia. Es un ejercicio descarado de fan service, claro que sí, pero como siempre Gilligan se las ingenia para que no termine siendo sólo un capricho gratuito y sin sentido, y acabe sumando y sirviendo para algo, aportando elementos claves que ayudarán a Jesse durante su arriesgada fuga, ya sea de forma física, psicológica o incluso espiritual.

Será en estos continuos saltos al pasado en donde comprenderemos la importancia del título de “El Camino” (con Gilligan ya sabemos que ningún título viene de ninguna parte), pues hace referencia en un doble sentido mucho más fácil de pillar por los hispanohablantes tanto al concepto de huida como al coche, modelo Chevrolet El Camino, con el que Jesse escapó de su cautiverio en el último capítulo de “Breaking Bad”, y que a la vez cobrará aún más relevancia en los flashbacks claves de la cinta. Pero sí, básicamente los fans nos quedaremos con que el film nos sirvió para volver a ver algunas caras conocidas que tampoco nos vamos a poner a desvelar ahora (aunque si quieres, puedes pinchar aquí). Si bien el regreso de Skinny Pete venía telegrafiado desde ese teaser con el que Netflix anunció en agosto la fecha de estreno, otra presencia de la que todo el mundo está ya enterado, por una fatal coincidencia, es la del gran Robert Forster, fallecido el mismo día en que “El Camino” llegaba a nuestras pantallas. Menuda trágica e involuntaria campaña de promoción. El autor de este post, que vio la película antes de conocer la noticia, ya se sorprendió por el aspecto algo demacrado del propio Forster, y quizás ésa sea la cuestión más peliaguda de estos flashbacks: que algunos intérpretes están más avejentados, o tienen el doble de kilos, que sus personajes en los momentos de “Breaking Bad” en los que supuestamente deberíamos encajar estas nuevas escenas. El propio Aaron Paul, que dio vida al joven Jesse Pinkman cuando tenía entre 29 y 34 años, aquí vuelve a meterse, cumplidos ya los 40, en la piel de un chaval que rondaría los veintipocos. Un mundo parece distar si comparamos una foto del Jesse del episodio piloto con el actual, pero en su caso su “envejecimiento” estaría justificado por las vicisitudes y tormentos físicos y psicológicos experimentados por el personaje. Y su interpretación, por mucho que no le demos el valor que le correspone porque ya estemos acostumbrados, es de nuevo impecable y emocionante. Se le nota, incluso, liberado ya definitivamente de la sombra continua que proyectaba sobre él, y sobre todos los demás, el inmenso y todopoderoso Bryan Cranston.

Podríamos escribir líneas y líneas y más líneas sobre “El Camino”, y seguro que extraeríamos cositas muy interesantes, e igualmente podemos dejarlo aquí y tampoco pasaría nada. Lo mejor que se puede decir tanto de esta película como de las dos series con las que comparte universo es que su riqueza es inagotable y perdurará para siempre, para todos aquellos que se quieran acercar a ellas por primera o decimoquinta vez. Por supuesto, esto no es una ciencia exacta, así que ahora mismo habrá fans entusiasmadísimos, otros muy defraudados y también algunos a los que esto les dé exactamente igual. Un servidor, por su parte, está muy contento y tenía muchísimas ganas de decirlo, y cree que Vince Gilligan, que no tenía necesidad ninguna de volver a jugarse el tipo ni de tentar tanto a la suerte, ha salido victorioso una vez más. Aquí ha vuelto a ejercer como guionista en solitario y ha dirigido también el invento, sin alardes excesivos pero con todo la calidad y el poderío visual que tendremos siempre asociado a sus producciones, y a esa Albuquerque y alrededores que tantísimo amamos. Lo que ha hecho, en definitiva, ha sido ponerle un lacito a su mejor creación, que ya estaba bellísima tal cual la había dejado en su día, pero ahora lucirá para la posteridad si cabe un poquito más bonita. Y llegamos al final de “El Camino” del mismo modo que lo iniciamos, con un flashback que, de nuevo, no podría estar mejor escogido:

–Pensaba en eso que dijiste del universo.

–¿Lo de ir adonde te lleve el universo?

–Bien dicho. Es una filosofía guay.

–Estaba siendo metafórica. Es una filosofía horrible. La he seguido toda mi vida. Es mejor decidir por uno mismo.

Buena suerte y hasta siempre, amigo Jesse.

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