«War horse», el caballo de Spielberg
Vaya por delante que para un servidor Steven Spielberg es uno de los mayores genios de la historia del cine. Más allá de sus posibles defectos, Spielberg ha entregado al menos dos obras maestras por década desde los 70, y no ha decaído con los años. Gran parte de su producción en los 2000 (“A.I.”, “Minority Report”, “Atrápame si puedes”, “Munich”) resiste el pulso con cualquiera de los grandes directores americanos contemporáneos, ya sean David Fincher o Christopher Nolan. Dicho lo cual, admitamos que da un poco de reparo enfrentarse a una película basada en una novelilla juvenil protagonizada por un caballo en la que se narra su odisea a ambos lados de la trinchera de la Primera Guerra Mundial para reencontrarse con su dueño original. El tufo a Disney era importante. Y, una vez visto el filme, es cierto que ese aroma está ahí, pero no arruina la experiencia a quien esté dispuesto a dejarse llevar.
Spielberg exige en “War horse” al espectador una mirada limpia, exenta de cinismo, en la que es necesario aparcar los prejuicios a la puerta de la sala para disfrutar de su decidida apuesta por un cine anacrónico en su idealismo y candidez. En ese sentido, la película es absolutamente honesta. Si entras en el juego, bienvenido; si no, estás fuera. Hablábamos de Disney, pero más allá de ese sentimentalismo marca de la casa, que para algunos siempre será sensiblería execrable, Spielberg se acerca más que nunca a uno de sus héroes, John Ford, concretamente al Ford de “El hombre tranquilo”. También hay ecos de Wyler y de Lean, porque “War horse”, en esencia, remite al gran cine de los años 40 y 50. Una forma de hacer cine-espectáculo basada en la épica y la emoción, que exalta con cierta ingenuidad valores en desuso como la amistad, el coraje y la lealtad, y que ha sido sepultada por el modernismo imperante, hasta casi resultar ofensivo apostar por ella. Leer más…
Amando (y odiando) a Van Halen
El 14 de junio de 1995, un chaval de 15 años, acompañado por dos amigos, contempla maravillado desde las primeras filas el conciertazo que sobre el escenario del Palacio de los Deportes de Madrid está descargando Van Halen, uno de sus grupos favoritos (por aquel entonces ya tiene unos cuantos, pero por la banda californiana siente un fervor especial). Está envuelto en una pancarta que hicieron la noche antes del evento, en la que puede leerse, en pintura negra sobre tela blanca, “EVH IS GOD”. Cuando la banda ataca “Dreams”, el chaval arroja la pancarta al escenario, Sammy Hagar la recoge y se la pone sobre los hombros al guitarrista, mientras éste ejecuta a la perfección el solo de una de las mejores canciones del glorioso “5150”. El muchacho está extasiado, y cuando al terminar la canción el guitar hero despliega la pancarta, lee su contenido y les sonríe levantando el pulgar, la sensación es casi orgásmica.
La noche fue memorable. El chico ha conocido a Van Halen con apenas 13 años, cuando compró el directo “Right Here, Right Now”. Fue amor a primera escucha. Poco a poco se ha ido haciendo con todos los discos de la banda y con la correspondiente versión en VHS del mencionado directo. Lo ve una y otra vez y es ahí cuando entiende que Eddie Van Halen debe ser algún tipo de ser divino, porque él está intentando aprender a tocar la guitarra y comprende que nunca, jamás, podrá apenas acercarse a lo que ese feo holandés es capaz de crear con las seis cuerdas de su instrumento y todos los dedos de sus dos manos. Por edad, los Van Halen que le han tocado vivir son los de Sammy Hagar, pero también ama la etapa con David Lee Roth. Ya entonces sabe que muchos odian al actual cantante, y que incluso se refieren a esa encarnación de la banda, de forma despectiva, como “Van Hagar”. Él no lo entiende. David Lee Roth mola, y los seis primeros álbumes del grupo son irrepetibles, pero Sammy es, para él, mucho mejor cantante, y los últimos discos, incluido “Balance” (que le firmaron el vocalista y el bajista Michael Anthony durante su visita promocional a Madrid, unos meses antes), son también buenísimos. Así que Van Halen son un grupo en plena forma, con un pasado glorioso y un futuro que a él le sigue pareciendo igual de brillante. Leer más…
Mi primer recuerdo de Leonard Cohen es el vídeo de “First we take Manhattan”. Yo tenía doce años y aquellas intrigantes imágenes en blanco y negro en las que aparecía un señor mayor (porque Cohen siempre ha sido un señor mayor) que acompañaban a una canción de atmósfera amenazante y perturbadora parecían abrir la puerta a un universo oscuro que no estaba seguro de querer descubrir. De hecho, tardé muchos años en entrar en “I’m your man”, y durante ese tiempo el bardo canadiense fue convirtiéndose para mí en una especie de leyenda arcana, indescifrable y lejana (¡incluso se retiró a un monasterio budista!), a la que miraba de reojo con respeto pero con cuya obra sencillamente no me atrevía, como si inconscientemente supiera que no estaba preparado para entrar en un mundo sórdidamente adulto. Hay música a la que no conviene acercarse sin un cierto bagaje emocional, y artistas a los que uno llega cuando tiene que llegar, pero cuando llega es para quedarse, y Leonard Cohen es uno de los mejores ejemplos que se me ocurren.
El nuevo disco del viejo poeta judío llega cuatro años después de que se embarcara en una interminable gira mundial acuciado por los delicados problemas económicos en los que le había dejado su antigua mánager y amiga, Kelly Lynch. Visto lo visto, casi habría que agradecerle a Lynch su canallada, porque, quince años después de su tour anterior, Cohen volvió a congraciarse con su público en emotivos conciertos de ¡tres horas!, fortaleció su prestigio artístico (en 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras) y reavivó su inspiración, como demuestra el flamante “Old ideas”, un trabajo que supera con claridad a “Ten new songs” (2001) y “Dear Heather” (2004) y que exhibe la mejor colección de canciones del artista desde el ya lejano “The future” (1992). Leer más…
¡Viaja con nosotros!
¡Hola, compañero!
¿Estás cansado tras un largo día de trabajo? ¿Estás agobiado porque llevas meses sin encontrar empleo? ¿Te has cabreado porque ha perdido tu equipo? ¿Has apagado la televisión hastiado al no encontrar nada digno de ver después de agotar las pilas del mando? ¿Estás buscando alguna excusa para dejar de nuevo para mañana la plancha semanal? ¿Estás deprimido porque te ha borrado en Facebook esa chica tan guapa que conociste en las fiestas del pueblo? ¿Estás a punto de apagar el ordenador después de navegar durante horas sin rumbo por la Red?
¡Tranquilo! ¡Tenemos un plan para ti! Te invitamos a tomar asiento en nuestro Cadillac negro, a relajarte y a meter las preocupaciones en la guantera, nosotros te llevaremos por una carretera infinita, con la imaginación como única gasolina, en la que podrás presenciar las brillantes luces de la más rabiosa actualidad en música, cine y series de televisión; todo aquello que nos emociona (o nos decepciona) en el presente y todas las expectativas que tenemos en el futuro. Pero no todo es el aquí y ahora, también haremos paradas en preciosos museos en los que podrás recordar los grandes momentos del pasado, fragmentos del mural de tu vida en forma de discos, películas y series que marcaron tu existencia; sin olvidar esas cunetas solitarias en las que permanecen olvidadas grandes obras que nunca fueron reconocidas debidamente en su día y que nos encargaremos de descubrirte para tu disfrute.
Veo que se te han iluminado los ojos. Bien, no lo dudes más. Abróchate el cinturón, que arrancamos. El motor empieza a rugir. El paraíso está un poco más cerca. Pero recuerda, el destino no es lo primordial; lo que importa es el viaje en sí. ¡Partimos en tres…dos…uno…ya!



















