Os debía una crítica del último álbum de Van Halen. Supongo que más de uno se meterá estos días en Google para sondear en páginas especializadas, blogs y foros la acogida que está teniendo el disco, pero yo era incapaz de escribir sobre “A Different Kind of Truth” sin hacer un poco de “background” y contextualizar (desde el punto de vista de un fan) este resurgir de la banda tras 17 años de todo tipo de avatares y vicisitudes. Dicho esto, ya avancé que el disco me parecía bueno, pero han pasado unas semanas, me he regalado algunas escuchas más y puedo decir que quizás me quedé corto. Van Halen han hecho un discazo, el más cañero de su discografía, y esto viniendo de tres tipos que rondan los 57 y 58 años (el bajista, Wolfgang, está a punto de cumplir 21) no deja de ser asombroso.
El álbum, por supuesto, no ha llegado libre de polémicas. La más comentada es que la banda ha utilizado sin escrúpulos material ya existente escrito, en algunos casos, en los tiempos primigenios de la banda, allá por los años 76 y 77. Canciones que nunca vieron la luz oficialmente, aunque figuraban en las primeras maquetas y bootlegs del grupo, de sobra conocidas por sus fans. Pero cualquiera que conozca un poco la historia de Van Halen sabrá que esto ha sido una constante en su carrera. En aquellas cintas ya figuraba, por ejemplo, “House of Pain”, que no vio la luz hasta “1984”, u otros temas que Eddie y compañía fueron retocando y dando salida a lo largo de los cinco discos que sucedieron a su debut. La maniobra, por lo tanto, no es del todo incoherente, y además, qué importa cuando el resultado final es tan apabullante como el que aquí se nos muestra. Leer más…
¿Por qué McCartney no mola?
A punto de cumplir 70 años, Paul McCartney acaba de publicar su decimosexto álbum en solitario, “Kisses on the bottom”, una fina y elegante colección de versiones en clave de jazz de añejos temas que sonaban en su casa cuando era un niño, de antes de los tiempos del rock’n’roll, en la que se descubre como crooner sentimental acompañado de la banda de Diana Krall e invitados de postín como Stevie Wonder o Eric Clapton. Cuentan que estas canciones sonarán en la serie con más clase de la televisión, la inmensa “Mad Men”, en la que además el músico intervendrá con un cameo en su quinta temporada. Sin embargo, nada de ello conseguirá que Macca sea “cool”, porque, para la inmensa mayoría de los aficionados a la música, Paul McCartney no mola.
McCartney es para muchos aficionados de a pie ese señor simpático y graciosete, un poco tontorrón y algo moñas que de vez en cuando sale en las revistas con mujeres que podrían ser sus hijas y que hace una eternidad estuvo en los Beatles. Para la prensa especializada y para gran parte del aficionado con cierto criterio, McCartney es un tipo que inspira pereza e indiferencia. Nunca he visto a nadie con una camiseta de McCartney (sin la compañía de los otros tres, ojo), ni creo que vea ningún documental de Scorsese sobre su vida y milagros. A diferencia de otros músicos de su generación reverenciados (justamente) y respetados, como Brian Wilson, Ray Davies, Bob Dylan, Neil Young, el propio John Lennon o incluso George Harrison, Macca no tiene quien le defienda (más allá de la Rolling Stone, que hoy por hoy es cualquier cosa menos “cool”). Si le preguntas a un gafapasta, prototipo de consumidor musical con criterio absoluto y selecto, te dirá, tras soltar un leve suspiro de impaciencia, que el ex beatle es un personaje musicalmente irrelevante desde hace eones, que lleva décadas aburguesado (¡es un Sir, por Dios!), su imagen apesta, es ultracomercial (¡pecador!) y es un oportunista que desvalija el repertorio de los Beatles a la menor ocasión (como si no fuera un Beatle!). Probablemente, el mayor pecado de McCartney sea que aquella leyenda urbana que decía que había muerto en un accidente en 1966 y que un doble le había sustituido desde entonces no fuese cierta. Leer más…
Jason Reitman: un cineasta adulto pero joven
Gran momento para la comedia dramática estadounidense. Si uno de sus reyes indiscutibles, Alexander Payne, está cosechando con «Los descendientes» un gran éxito tanto de crítica como de público (sorprendentes sus tremendos números en España), el otro gran aspirante al cetro del género, Jason Reitman, acaba de estrenar su nuevo filme, «Young Adult».
Con apenas 35 años y cuatro películas en su haber, Reitman (hijo aventajado de Ivan Reitman, ese hombre que tantas tardes de domingo nos ha alegrado con su «Los Cazafantasmas») se ha convertido por derecho en uno de los grandes directores del Hollywood actual, de esos a los que las grandes estrellas buscan durante las galas para que les dé un papel. No es de extrañar, puesto que todos sus filmes han catapultado a sus protagonistas a la terna de favoritos en la temporada de premios.
Reitman ya estaba haciendo cortometrajes a los 23 añitos y poco después ya supo tener una madurez impropia para su edad para no precipitarse en su salto al largometraje y a Hollywood, rechazando el encargo de «Colega, ¿dónde está mi coche?», ya que, como ahora es obvio, aquella no era su tipo de comedia. Su concepto del género no es el de encadenar unos cuantos gags para echarse unas risas, Reitman entiende el humor más como una herramienta que nos permite ironizar y tomar distancia frente a los dramas cotidianos que a todos se nos presentan, porque sí, otra de sus grandes virtudes es que, pese a ser un cineasta inequívocamente estadounidense, afronta temas universales y los trata de tal manera que siempre nos parecen cercanos, con los que conseguimos identificarnos, en suma. Leer más…
En la avalancha cinematográfica pre-Oscar que se sucede cada invierno, han llegado a nuestros cines dos propuestas con notables similitudes. «J.Edgar» y «La dama de hierro» se sumergen en las vidas públicas, y, sobre todo, íntimas de dos de las figuras políticas más importantes y también más controvertidas del siglo XX en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, Hoover y Margaret Thatcher. Dos propuestas encargadas de poner en bandeja de plata las nominaciones a la dorada estatuilla de dos de las estrellas más importantes del actual firmamento: Leonardo di Caprio y Meryl Streep. Y dos propuestas, finalmente, que han acabado decepcionado ligeramente las altas expectativas creadas.
Los dos filmes apuestan por escarbar en la muy desconocida trastienda íntima de dos figuras públicas tan arrolladoras, con una obsesión por su trabajo directamente patológica, enfocando su labor no tanto como un servicio a la sociedad sino como una misión personal a cumplir imperiosamente pasando si era necesario por encima de lo que el «estabilishment» o la simple lógica reclamaba en cada época.
Sus respectivas autobiografías, su dictado, en el caso de Hoover en «J.Edgar»; su lectura, realizada por una Thatcher ya anciana, en «La dama de hierro», estructuran dos historias que juegan a combinar el repaso a momentos referenciales de la vida pública de ambos personajes con el análisis de su precaria vida íntima, claramente relegada ante su incesante trabajo, y apenas sostenida por el sentido común de sus respectivos compañeros de viaje, ambos pacientísimos y relegados a ejercer de eternos secundarios. Leer más…
«Homeland», una maquinaria infalible
Abril es el mes elegido por Fox España para estrenar en nuestro país “Homeland”, la sensación de 2011 en el ámbito televisivo al otro lado del Atlántico. La sensación de 2011 con todo merecimiento, puesto que no sólo se alzó con los Globos de Oro a la mejor serie dramática (batiendo a “Boardwalk Empire”, “Juego de tronos”, “Boss” y “American Horror Story”) y a la mejor actriz, una magistral Claire Danes, sino que basta con pasarse por unos cuantos blogs y foros para ver cómo figura entre los primeros puestos, cuando no encabeza, los ránkings de las mejores series del año.
“Homeland” está basada en la israelí “Hatufim”, de Gideon Raff, pero los encargados de haber adaptado la serie para la cadena estadounidense Showtime son Howard Gordon y Alex Gansa, ambos conocidos por su trabajo previo en la célebre “24”. Y no es casualidad, porque si tuviésemos que definir “Homeland” en pocas palabras podríamos esgrimir que es el perfecto equilibrio entre la adrenalítica serie de Jack Bauer y la llorada por muchos, entre los que me encuentro, “Rubicon”. Y el adjetivo “perfecto” aquí no es ni mucho menos gratuito, sino que se ajusta como un guante a la serie protagonizada por Danes. Todo funciona en “Homeland”, todo es como debe ser, nada chirría ni está fuera de lugar, no hay sitio para los excesos pero tampoco encontramos carencias, y todas sus piezas, a nivel de guión, realización y sobre todo, interpretación, conforman una maquinaria infalible que nos ha regalado, al menos, una primera temporada impecable. Leer más…
«Los descendientes», equilibrio perfecto
Sin prisa y con alguna pausa más larga de lo conveniente, el norteamericano Alexander Payne lleva años construyendo una filmografía atípica que desmenuza las pequeñas y grandes miserias del ser humano a través de una clarividencia sutil y agridulce. “A propósito de Schmidt”, “Entre copas” y la cinta que nos ocupa gravitan en torno a un antihéroe, un personaje que en un momento del camino se ve forzado a mirar a su alrededor para descubrir que no le gusta lo que ve. La búsqueda de un lugar en el mundo a través de un viaje iniciático es siempre el motor de las historias que le interesan a Payne, y también es el eje de “Los descendientes”. Matt King es un un tipo corriente que de repente se ve golpeado por la tragedia al quedar su mujer en coma, descubrir que ésta le era infiel y verse en la tesitura de reconquistar el afecto de unas hijas a las que apenas conoce. Además, tiene sobre sus hombros la responsabilidad de decidir la venta de un paraíso virgen en Hawai, herencia familiar, en el que se construiría un complejo turístico.
Con semejante material otro director daría rienda suelta al sentimentalismo barato hasta chapotear en los lodazales del culebrón, o bien se pasaría de cínico potenciando los aspectos de comedia negra. Payne no. Su mayor éxito está en conseguir un perfecto equilibrio tragicómico, en encontrar el tono adecuado para la historia que quiere contar. Esto es así porque Payne es un gran escritor. Se toma su tiempo para construir y comprender a sus personajes; no se pone por encima de ellos pese a dejar a la vista todas sus virtudes y defectos; les muestra humanamente imperfectos y enfrentados a sus dilemas morales. Incluso, en un alarde, el personaje de la esposa, inconsciente durante todo el relato, termina siendo perfectamente transparente a partir de lo que dicen y hacen el resto de caracteres. En definitiva, Payne se preocupa por trasladar a la pantalla un pedazo de vida. Leer más…
No hubo grandes sorpresas. Enrique Urbizu y José Coronado (su apellido nunca fue más adecuado para un día como hoy) se alzaron como los grandes triunfadores de la gala gracias a su «No habrá paz para los malvados» en un año en el que se echó de menos el duelo entre grandes obras pero en el que seis buenas producciones se llevaron más de un premio en un palmarés que, como no, puede ser discutido aunque su composición refleje una justa distribución de reconocimientos para una terna muy equilibrada en cuanto a calidad.
A excepción de la poco galardonada refrescante reinvención de Almodóvar en la irregular pero a ratos magnífica «La piel que habito» (que propició un muy merecido premio a la madurez de Elena Anaya, además de al secundario Jan Cornet y la siempre interesante música del «internacional» Alberto Iglesias), el resto de producciones que se presentaban como favoritas pueden estar contentas. Finalmente, el gato al agua se lo llevó el virtuosismo formal de «No habrá paz para los malvados», cinta empañada, para mi gusto, por un desarrollo algo tópico y vacío; salpicando de honores a un cineasta de tan largo como meritorio recorrido como Urbizu y al progresivo e imparable crecimiento como actor de Coronado e incorporando tres premios más, como el muy relevante al Guión Original. Sin embargo, los académicos también supieron reconocer con sus correspondientes «cabezones» los cuidados aspectos técnicos de esa inusitada incursión nacional en el western crepuscular que es «Blackthorn (Sin destino»), los aires de esperazandora renovación de la muy estimable «Eva» (con premios para su muy prometedor director Kike Maíllo, para el gran actor que es Lluis Homar y para sus sorprendentes efectos especiales); el gran trabajo actoral de «La voz dormida» (con un galardón cantado para María León y otro más sorprendente para Ana Wagener) y el adulto cine de animación de «Arrugas», que sumó al previsible galardón de su categoría el muy prestigioso del Guión Adaptado, birlandoselo en su cara al «de cuerpo presente» Almodóvar. Los galardones internacionales para la mágica «The Artist» y la muy sobrevalorada «Un cuento chino» redondearon una entrega que deparó pocas variantes para las «porras» de los aficionados. Leer más…
“The Walking Dead” en la encrucijada
(ALERTA SPOILER: Puede revelar detalles importantes de la trama de la serie, hasta el capítulo 7 de la segunda temporada, y del argumento de los cómics “Los muertos vivientes”)
Regresa, o vuelve a regresar, mejor dicho, “The Walking Dead”, una de las series más amadas/odiadas (u odiadas/amadas) del panorama televisivo actual. Decimos que vuelve a regresar porque la planificación de esta serie está siendo un tanto inusual. Su primera temporada fue breve, sólo seis capítulos que supieron a poco, mientras que esta segunda temporada, compuesta por trece episodios, ha sido emitida en una tanda de siete entre octubre y noviembre de 2011 y ahora en otra con los seis restantes desde febrero hasta mediados de marzo. Sí, hay quien ama “The Walking Dead” y hay quien la odia a muerte (y dentro de éstos, hay quien la desprecia porque piensa sin más que es una mala serie o quien la aborrece porque, maldita sea… ¡no respeta al cómic original!). Yo creo situarme en un término medio, en donde quiero creer que no estoy solo, puesto que pienso que no es ni mucho menos una mala serie, pero que podría ser mucho mejor, sin duda.
Me enfrenté a su primera temporada sin haber leído una sola viñeta del cómic. El piloto me pareció magistral y su segundo capítulo, aquel de las vísceras, simplemente brutal. Pero luego la serie se estancó. En una corta temporada de seis episodios uno hubiese esperado acción sin freno, para cogernos por las tripas y hacernos rogar, implorar por la llegada de una segunda temporada. Pero por algún motivo, decidieron que en esos cuatro capítulos restantes no pasase prácticamente nada, o pasasen cosas absurdas: ese geriátrico en mitad de una Atlanta asolada por los zombis, esa visita al CDC tan mal resuelta… Luego, como había que rellenar el largo paréntesis hasta el regreso de la serie en 2011, se hizo pertinente la recomendadísima (por no decir obligada) lectura de los cómics de Robert Kirman, editados en España como “Los muertos vivientes”. Entonces descubrí una historia bestial, sin concesiones, en la que todo, hasta lo más horripilante y escalofriante que se te ocurra, puede suceder. No hablo de “gore” ni de violencia sin más, sino de una devastación absoluta en las vidas de esos personajes que han tenido la fortuna, o desgracia, de sobrevivir en un mundo que se desmorona, hasta el último de sus pedazos. Leer más…
























