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Howlin’ Rain y Baroness muestran sus credenciales al trono

06/11/2012

Hace unos meses, mi compañero Jorge nos recordaba, y daba tres buenos ejemplos, de que, pese a que el rock no esté en lo más alto de las apetencias populares en los últimos años, siempre quedan grupos y discos que reivindicar y que, más allá de coyunturas, la buena música no deja de surgir. Bien, este comentario puede servir para definir con exactitud los últimos lanzamientos de dos grupos provenientes del ‘underground’ y que, merced a la calidad de sus trabajos, deberían tener la oportunidad de jugar en Primera División: Howlin’ Rain y Baroness.

En principio, ambos grupos no tienen mucho en común para compartir post. Si Howlin’ Rain se definen por explorar el rock de los años 60 y 70 con una vertiente psicodélica, Baroness surgen de la rica escena metalera que ha dado en los últimos años el sur estadounidense, caracterizadas por añadir al trash clásico una lentitud y densidad procedente del doom y del stoner, además de un espíritu progresivo que hacen pensar que nunca han desdeñado a bandas del calibre de Pink Floyd o King Crimson. Sin embargo, los dos grupos han apostado en sus discos de 2012 por dar una concreción a sus anteriores divagatorias canciones y una amplitud de miras con los que, además de firmar dos grandes álbumes, poder dar un salto de popularidad y acercarse a un público más o menos masivo.

La evolución de Howlin’ Rain no ha sido por esperada menos acusada. Nacida como proyecto paralelo de Ethan Miller, cantante y guitarrista de todo un grupo de culto, los psicodélicos Comets on Fire, para ahondar en sus gustos más melódicos y cercanos al rock clásico, la banda de San Francisco editó su debut homónimo en 2006, acumulando elogios por las buenas ideas presentes en un disco interesante pero en el que su tendencia a alargar innecesariamente las canciones  les hacía perder efectividad. Algo parecido debió ver el grupo, que se mostraron mucho más clásicos y accesibles en ‘The Magnificent Fiend’ (2008), un segundo disco que volvió a recibir halagos al por mayor y, sobre todo, hizo que se fijara en ellos uno de los hombres más importantes en la música de los últimos 30 años: el celebérrimo productor Rick Rubin. Fue a partir de ese momento cuando comenzó a fraguarse este ‘The Russian Wilds’ que podemos escuchar ahora. Cuatro largos y tumultuosos años de duro trabajo de composición y selección de canciones, una presión nunca sentida por unos músicos acostumbrados a trabajar a su bola y un Rubin desesperante con su característico comportamiento variable: del pasotismo más sorprendente al control más férreo. La propia banda ha confesado que han sido un periodo extremadamente difícil. Sin embargo, dicen que las grandes obras se alimentan de ese tipo de momentos. Y, sin duda, ‘The Russian Wilds’ es una gran obra.

La banda ha logrado una amalgama de influencias realmente apabullante que cristalizan en once canciones que logran ejercer de perfecto término medio entre el sonido clásico del rock  de los años 60 y 70 (desde The Band y The Eagles a Free, The 13th Floor Elevators o Grateful Dead) y el de las bandas que han modernizado en nuestros días ese tremendo legado (mucho más cerca de unos My Morning Jacket que de, por ejemplo, Wilco). Aupadas por una fenomenal producción, las canciones suenan firmes, preciosistas, cuidadas pero a la vez libres, imprevisibles. Con predominio de los medios tiempos, tan pronto podemos encontrarnos un riff de lo más canónico como una improvisación jazzística o una incursión en la música latina, aunque lo más característico del álbum es ese aroma del soul de Stax del que se ha impregnado la banda y ese vozarrón de Ethan Miller, que muchas veces podemos confundir con el de, nada más y nada menos, Chris Cornell. Editado en primavera en EE.UU y posteriormente en Europa, no parece que ‘The Russian Wilds’ haya convulsionado el mercado, pero, queridos lectores, creánme si les digo que pocos temas tan buenos como ‘Phantom in the Valley’ (con ese delicioso fragmento a lo Santana), ‘Self Made Man’ (con un inicio que parece un homenaje a The Faces), el más moderno ‘Cherokee Werewolf’, ‘Dark Side’ o ‘Walking through Stone’ van a escuchar este año.

Pero para salto estilístico, el de Baroness. Ya en ‘Red Album’ (su aclamado debut de 2005, todo un hito para los amantes del sludge metal), y en ‘Blue Record” (controvertido aunque exitoso disco en el que ya viraron a paisajes más melódicos) la banda mostró su gusto por experimentar y no quedarse encajados en un estilo en concreto, pero con el reciente y doble ‘Yellow & Green’ han ampliado su paleta de colores de manera exponencial, llegando a crear temas que podrían competir en las listas de medio mundo. algo inimaginable en sus inicios. Con una evolución aún más acusada que la experimentada por Mastodon -la banda con la que son inevitablemente comparados el trío de jóvenes cachorros del metal sureño que forman los mismos Baroness junto a Kylesa y Torche- , el grupo que comanda el cantante, guitarrista y fantástico diseñador de portadas John Baizley se ha situado en lugar equidistante entre los ya citados Mastodon y Dredg, aquel grupo que tantas expectativas despertó con ‘El Cielo’ y ‘Catch without Arms’ y que tanto fueron comparados con Tool a principios de este siglo.

Las tradicionales algaradas de trash técnico y pesado aún resisten pero son invadidas cada vez en mayor medida por los estribillos melódicos y, sobre todo, por medios tiempos que tienen en la creación de bellas atmósferas su gran objetivo. El primer disco es en el que mezclan mejor los componentes. Tras la breve introducción de ‘Yellow’, ‘Take my Bones Away’ y ‘March to the Sea’, los dos primeros singles del disco, explotan como lo que son, temas destinados a ser clásicos del grupo: dos canciones contundentes, poderosas, con la misma base guitarrera sólida y sucia de anteriores entregas pero con dos estribillos perfectos para ser coreados por miles de gargantas. En este caso, la calma sucede a la tormenta, el disco se adentra en un terreno ambiental y progresivo, en el que brilla con fuerza el trío que forman ‘Cocainium’, con esos fantásticos apuntes de órgano; ‘Back Where I Belong’ y la un poco más acelerada ‘Sea Lungs’, que anteceden al tema más Tool del álbum, ‘Eula’, un gran punto y aparte de cara a afrontar la segunda parte. ‘Green’ es el fragmento que puede causar mayor extrañeza a los antiguos fans del grupo. Pocos recuerdos del pasado encontramos aquí. Los medios tiempos atmosféricos dan un golpe de estado definitivo y toman el poder, en tanto que las melodías de (buenos) temas como ‘Board up to the House’, ‘Psalms Alive’ y ‘The Line Between’ son las más cercanas al pop que han hecho nunca, habiendo provocado comparaciones (no del todo injustificadas) con los multiventas Foo Fighters. Sin embargo, la falta de experiencia de Baroness en sus nuevos horizontes musicales hacen que aún patinen en alguna canción aislada como ‘MTNS (The Crown & Anchor)’ o ‘Stretchmarker’, que de tan sobrias quedan sosas e incluso aburridas.

‘Yellow & Green’ no supone un trabajo tan definitivo como ‘The Russian Wilds’ pero sí pone una piedra fundacional clave para un grupo (ya felizmente recuperado de un grave accidente de tráfico sufrido la pasada primavera) que, estoy convencido, nos va a dar muchas alegrías en el futuro, las mismas que ya nos está dando Howlin’ Rain. Ahora queda que el resto del mundo se entere.

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3 comentarios leave one →
  1. Rodrigo Martín permalink*
    06/11/2012 17:34

    Pues ambas bandas tienen una pinta buenísima, Albert, y eso que de momento sólo he podido escuchar los dos vídeos que has destacado, así que seguro que acabaré dándoles unas escuchas cuando tenga el horizonte un poco más despejado…

    Respecto a Rick Rubin, a día de hoy si tienes un grupo y este señor se fija en ti es una bendición y asimismo una pesadilla. Es famoso por pedirle a los miembros de una banda que se pongan a componer como locos, desaparecer de la faz de la Tierra, reaparecer seis meses después, cuando éstos han escrito una treintena de temas, escucharlos y decir: bien, componedme otros treinta, nos vemos dentro de unos meses y ya si eso nos ponemos a trabajar en serio. Tiene que ser un tipo muy jodido, pero los resultados le avalan y está claro que, casi siempre, sabe sacar lo mejor de los músicos que produce.

    Lo mejor del Cadillac Negro, a título personal, es tener unos compañeros que le descubren a uno siempre cosas tan interesantes. Viva el Rock.

    • Alberto Loriente permalink*
      06/11/2012 19:15

      Te recomiendo ambas bandas, Rodrax. Ya me dirás que te parecen cuando las escuches. Y tienes mucha razón, Rick es un ser tan adorable (por tantísimos discos míticos a sus espaldas) como directamente innombrable para algunas de las bandas con las que ha trabajado (The Black Crowes, entre otros muchos, siempre han echado pestes de él). Pero es un tipo necesario en el rock.

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