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“Marte (The Martian)”: Me llamo Ridley Scott y hago películas

26/10/2015

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Parafraseando la ilustre presentación del director del parche en el ojo ante el sindicato de cineastas estadounidenses -“Me llamo John Ford y hago westerns”-, la tarjeta de visita del director de “Gladiator” debería rezar “Me llamo Ridley Scott y hago películas”. Dale un guión, un reparto estelar y un presupuesto cerrado y él te monta el filme que tú quieras, rápida y eficazmente, sin muchas quejas ni discusiones fastidiosas (ya se desquitará él si eso con su ‘montaje del director’). Hace mucho tiempo que el ‘visionario’ –y pocas veces la sobadísima etiqueta tuvo más sentido- director de “Alien” y “Blade Runner” ni está ni se le espera, pero, a cambio, Hollywood dispone de un artesano superprofesional capaz de echarse a los hombros cualquier producción, grande o no tan grande, con la garantía de que si el espectáculo termina no funcionando probablemente no sea por su culpa. Si la cinta es un bodriete como “Robin Hood” casi seguro que la máxima responsabilidad es de algún otro, seguramente del guionista. Normalmente, él cumple con su parte (como en “Prometheus”, ¿verdad, Damon Lindelof?), porque pocos ruedan con la clase del tito Scott. El tipo sabe entender el material que tiene entre manos y le dota de un empaque visual y un sentido del ritmo que no muchos pueden igualar. Ahora bien, ya no esperen de él obras maestras; alguna película brillante o notable, de vez en cuando; apañadas, la mayoría; y algún cagarro importante, también, más de uno. De las ínfulas autorales, de los ‘universos personales’, de ‘inventar’, en definitiva, que se ocupen ya otros, parece decirnos cada vez que nos casca uno de sus “blockbuster” adultos con el recuerdo aún reciente del anterior. Si “Regresión” se la hubiesen dado a Scott, el hombre la habría filmado, montado y empaquetado en tres o cuatro meses –con un ojo ya puesto en su siguiente proyecto- y el resultado habría sido seguramente el mismo que el de Alejandro Amenábar, que se ha tirado años con el asunto.

Lo que viene a corroborar “Marte (The Martian)” es que si Scott tiene una buena base sobre la que trabajar él entrega un buen producto. Y aquí el punto de partida es la exitosa novela de Andy Weir sobre las aventuras y desventuras de Mark Watney, un astronauta y botánico que queda abandonado a su suerte en Marte tras ser dado por muerto por sus compañeros de expedición durante una tormenta de arena que les obliga a evacuar de urgencia y cancelar la misión. Watney tendrá que afinar su ingenio y valerse de sus conocimientos científicos para mantenerse con vida en un ambiente hostil, mientras que la NASA trata de orquestar una complicada operación de rescate. El interés del libro reside en su voluntad de desvestir a la ciencia de la ficción por la senda del rigor y el realismo, aportando numerosos datos y conceptos botánicos, matemáticos, químicos o astrofísicos, en un tono divulgativo, cercano y plagado de humor. Y es precisamente eso, el tono, lo que el guión de Drew Goddard captura a la perfección y le da la clave a Scott para facturar su película más disfrutable desde “American Gangster” (2007).

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Antes de ver “Marte” se podía pensar que ya estaba aquí el bueno de Scott tratando de subirse al carro del cine galáctico después de que “Gravity” e “Interstellar” le insuflaran nueva vida al género, pero la cinta del cineasta británico no ansía ser una ‘experiencia’ inmersiva total más que una película, como sí era la obra maestra de Alfonso Cuarón, ni tampoco alberga las solemnes pretensiones metafísicas de la de Christopher Nolan; y ciertamente también está lejos de las gravedad sentimental de ambas. En comparación, “Marte” es modesta, carece de dobleces y huye de la grandilocuencia y del dramón como de la peste. Esto podría haber sido un trascendental retrato de la angustia que genera la soledad más absoluta, pero se conforma, ni más ni menos, con ser puro cine de evasión y aventura. Como decíamos más arriba, para crear algo nuevo, para tratar de reinventar las reglas, ya están otros. Scott, recuerden, ya lo hizo, dos veces. Es cierto que “Marte” se ciñe a un libreto muy sencillo que discurre por los cauces de lo previsible y convencional. Esta historia de supervivencia, en distintas variaciones, ya la hemos visto muchas otras veces, conocemos el juego y sabemos qué va a suceder, y por ahí pueden venir las mayores pegas que se le pueden poner a la cinta. No deja un gran poso como, para bien o para mal, sí hacían “Gravity” e “Interstellar”, pero Scott triunfa al trasplantar el nervio jocoso de la novela, logrando que, pese a estar firmemente anclada en el terreno del ‘blockbuster’ de gran formato para las masas, su película sea cálida, diáfana y honesta. De hecho, técnicamente–como cualquier proyecto de Scott- es sobresaliente, y, sin embargo, esa exuberancia visual nunca engulle el tono del relato, ni siquiera cuando en el tramo final toca echar el resto en materia de espectacularidad.

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Contribuye decisivamente a ese carácter positivista del filme la desprejuiciada y chocante selección de clásicos del pop de los 70 que Watney se ve forzado a escuchar durante su estancia en el Planeta Rojo porque es lo único disponible, que van desde la obviedad del “Starman” de David Bowie hasta el surrealismo extemporáneo del “Waterloo” de Abba. Imagínense semejante playlist en “Interstellar”. Pero gran parte del mérito de la cinta hay que atribuírselo a un Matt Damon extraordinariamente cómodo en un registro que se debate entre el drama y la comedia, y que, acertadamente, casi siempre se inclina por este último, transmitiéndole a su atractivo personaje un optimismo y confianza arrolladores. Tan a gusto nos encontramos con el solitario astronauta que no nos apetece mucho volver a la Tierra para seguir las posibles vías de rescate que proponen los distintos departamentos de la NASA. El sólido reparto formado por Jeff Daniels, Chiwetel Eijofor y Sean Bean, entre otros, se muestra solvente pero nunca trascienden el cliché y en muchos momentos se ven obligados a abusar de esas explicaciones ‘for dummies’ que parecen inevitables en el cine comercial, siendo especialmente bochornosa en ese sentido la que le ofrece un espabilado currito al mismísimo director de la organización (!). Tampoco es muy memorable el tercer vértice de la función, la tripulación que acompañaba a Watney cuando fue abandonado y que volverá en su rescate, sin ningún atisbo de duda en ninguno de sus componentes pese a los numerosos riesgos de la empresa. Aunque cuenta con la magnífica pero aquí desaprovechada Jessica Chastain, el grupo carece de entidad alguna, tanto como colectivo como individualmente. Poco o nada llegamos a saber de ellos y, en realidad, tampoco nos importa demasiado.

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En última instancia, “Marte” es un candoroso canto al espíritu solidario de la raza humana, con cierto tufo propagandista, sí (se nota que la NASA ha supervisado meticulosamente todo el proceso en la imagen “buenrollista” que se ofrece de la misma), pero suavizado por un vitalismo limpio e inspirador que no es tan frecuente encontrar en las grandes salas y que no está tan lejos del que pergeñaban los viejos clásicos americanos como Ford o Hawks. En el fondo, y salvando todas las distancias, este Scott otoñal que rueda rápido y no pierde el tiempo con trascendencias y existencialismos ya está más cerca de ellos que de Kubrick.

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