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Y dejaron de ser “Girls”

18/04/2017

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(ALERTA SPOILERS: Este post analiza la última temporada de Girls. Si aún no has sufrido con “Latching”, el episodio de despedida, vuelve más tarde.)

Cuando me senté a dar rienda suelta, hace menos de un año, a todas mis divagaciones sobre la quinta temporada de “Girls”, acababa de enterarme de que sólo contaríamos con una temporada más antes de tener que aprender a despedirnos de nuestras chicas. En todo mi afán de negación por dejar irse a un producto con el que he llegado a tener una relación tan estrecha y tan extraña, entendía, sin embargo, y consideraba un paso lógico, que ese tren estacionado en el andén de HBO tenía que emprender una marcha sin retorno. Hablaba de la concepción del vástago de Lena Dunham como de “la voz de una generación” y de todos los matices a los que esa definición había de enfrentarse, pero una cosa sigue siendo clara a día de hoy: tanto si consideras “Girls” como voz de tu generación como si la concibes como una sátira de ésta, la necesidad de clausura es fundamental, porque puede que ver a esos personajes llegar a la treintena sin tener nada claro en esta vida nos escueza más de la cuenta, por razones obvias.

Poner un punto y final a esta historia de vaginas y desastres no era tarea fácil, especialmente si echamos la vista atrás y paseamos por ese polvo destructor que protagonizaron Jessa y Adam en el último episodio, con esa Hannah que buscaba sin miedo la mejor versión de sí misma, con Shosh siendo Shosh y Marnie tratando de poner su mierda en orden sin éxito. La temporada anterior dejó el listón altísimo coronándose quizá como la mejor de la serie desde el momento en que esa boda surrealista nos abría las puertas, paseamos por Japón, nos introdujimos en una obra de teatro postmoderna, se mascó la traición, cundió el pánico en Central Park y ocurrieron todas las cosas inevitables que habían de acontecerse. ¿Cómo ha resultado, entonces, ese cerrojazo a una de las series más polémicas y de reacciones más dispares de la cadena por excelencia?

Aunque ha existido una unanimidad relativa en los últimos meses a cerca de las virtudes de esta sexta y última tanda de episodios, una de las críticas más recurrentes que he podido leer tanto en redes sociales como en artículos de diversos medios es la falta de coralidad de toda esta historia justo cuando es nuestra última oportunidad de decir adiós a estos personajes. Sin embargo, y esto no deja de ser una visión subjetiva, para mí esa falta de coralidad y ese poco afán de compartir minutos en cámara tiene todo el sentido del mundo, porque lo que hemos presenciado en estos diez episodios viene a ser, simple y llanamente, la vida. Este foco en la cara y el coño de Hannah Horvath no es casual, sino intencional. Siempre ha sido su historia. Y si desde un primer momento se nos ha mostrado una amalgama de relatos protagonizados por las personas que la rodeaban (especialmente los de sus tres amigas más cercanas, sus girls) es precisamente por eso, porque la rodeaban, porque formaban parte de su rutina y su existir.

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Cuando asistimos a aquellas charlas en la clínica de desintoxicación con Jessa fue porque Hannah iba a cargar con el muerto de rescatarla, fuimos testigos de la excentricidad de Adam porque era su pareja, Marnie siempre había sido una falsa constante y una forma excelente de contraste en la vida de su amiga… y así podríamos continuar hasta mencionar a todos los personajes que han pasado por el programa y han dejado su huella. ¿No nos ha ocurrido a todos con el trascurrir del tiempo? ¿No hemos llegado a darnos cuenta de que nuestra vida ha cambiado y de que las personas que en otro tiempo la configuraron ahora sólo son una sombra ocasional? Del mismo modo, estos episodios se han centrado en una Hannah que está hasta los mismísimos ovarios de fingir, cuando la amistad que lleva años manteniendo con esas mujeres sólo era una maraña de hilos egoísta. Sus tres cómplices en este caos están mucho menos presentes ahora en ese universo ficcional porque tampoco lo están en su día a día, incluso sus padres han aparecido sólo para cruzar con ella un par de frases y protagonizar un par de escenas embarazosas.

A quien sí hemos visto en su mayor esplendor es a Elijah, ese personaje que seis años atrás se nos presentó como alguien nacido de los lodos de lo insoportable pero que a día de hoy es una pieza fundamental en la vida de nuestra Hannah. De hecho, si a tres episodios de una conclusión final nos perdimos en un escaparate a su talento tan de Broadway, es porque éste ha estado mucho más presente en todo el proceso. No se puede ignorar el hecho de que la amistad que este dúo mantiene es tan egocéntrica y conveniente como el resto del muestrario, pero con todo ello, al menos el chico es honesto hasta la deshonra. Elijah acompaña a su amiga en todo el proceso simplemente por no estar solo, porque es más divertido llegar a un piso de alquiler y comer kebabs en calzoncillos con alguien que ya te conoce, porque quiere que lo halaguen constantemente y que apoyen sus sueños más irreales.

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Pero dejémonos de rodeos y empecemos por el principio, por ese “All I Ever Wanted” al que podríamos etiquetar como artífice del desastre. Lo que en principio parece una oportunidad única para hacer el ridículo, beber, tomar buenos baños de sol vaginales y escribir sobre ello con humor sardónico y sin tapujos, acaba convirtiéndose en un ticket a la maternidad. Sí, nuestra Banana va a ser madre (de una hija o un hijo gay, a ser posible) y el monitor de surf con el que negoció las posturas sexuales más incómodas y al que no dudó en reprender cuando se creyó en el derecho de opinar sobre su vello púbico no quiere ser padre ni pedirle que aborte, así que tras una llamada dolorosísima sólo podemos confirmar, no podía ser de otra manera, que está sola ante esta nueva mayúscula responsabilidad.

Ha ido ocurriendo de manera muy orgánica y apenas perceptible, pero a base de encajar vivencias propias y de entender, realmente entender muchas de las piezas que encajan en la protagonista de este show, de aplaudir sus himnos y sus declaraciones de intenciones, he llegado a un nivel de empatía con ella bastante manifiesto. Es por eso que el final de “Painful Evacuation” rompe un poco nuestras defensas, sufrimos con ella. ¿Habría yo reaccionado de manera diferente si en una consulta por una supuesta cistitis me dijeran que estaba embarazada? ¿Y cómo pasar por alto que el portador de la noticia es el doctor de “One Man Trash” al que se tiró reiteradas veces durante un par de días en lo que ahora se antoja otra vida?

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Pero si hablamos de que Lena Dunham lo ha vuelto a hacer (y cómo), sería un grave error obviar el episodio más polémico de la temporada. Un episodio que desde el mismo momento de su emisión se coló en todas las listas publicadas de mejores entregas de la serie. Me refiero, evidentemente, a “American Bitch”. Esta tercera pieza del puzzle sitúa a nuestra joven promesa redactora en casa de un profesor de universidad con la intención de denunciar, aclarar y hacer justicia a una serie de abusos sexuales denunciados por distintas estudiantes. Sus treinta minutos son un discurso magnífico sobre el consentimiento, sobre el abuso de poder y los límites. Un tratado sobre la manipulación. Porque hay un momento en que Hannah se deja convencer, hay un momento en que llega a sentir piedad (pobre de mí, mi reputación, mi hija) de ese hombre que nunca se calla y que la tacha de no tener pruebas serias porque Tumblr (que ahora da voz a quien no tiene otros medios, defiende ella) es una broma frente a todas sus publicaciones en pasta dura. La propia protagonista habla de experiencias pasadas y es de imaginar que lo último que espera de esa jornada es acabar con el pene de Chuck Palmer en la mano. Como un chiste, como un juego, como el culmen de la manipulación. Sólo porque sé cómo conseguirlo.

Volvamos de nuevo a esa soledad tan palpable ante esa experiencia que puede llegar a despertar tanta ilusión como miedo, porque el nombre de Adam tenía que aparecer tarde o temprano. “What Will We Do This Time About Adam?” funciona a la perfección como retrato de todas las cosas que no esperan en la vida. El chico se ha pasado la temporada dejando claro que su relación con Jessa funciona sencillamente porque ambos son igual de ineptos para actuar en sociedad, tomarse en serio a sí mismos y enfrentarse a cualquier conflicto sin perder las formas y la lógica, algo que queda patente en el momento en que su prioridad número uno pasa a ser una película que cuente al mundo su experiencia con Hannah. Acaba por tener sentido en esa cabeza suya de actor desmedido el ofrecerle un rol de padre a la mujer que ya no comparte su apartamento y lo que obtenemos a cambio es un puñado de escenas muy significativas que hablan por sí solas. Porque por mucho que volvamos a acostarnos y mantenga una conversación con tu útero, esta ya no es nuestra historia. Porque por mucho que compremos pañales juntos y planifiquemos ecografías, ya no somos, en plural. Basta con mantener la mirada fija en la otra persona para darnos cuenta de que lo que estamos montando es una farsa, que hay una tercera en discordia, y que el pasado, un pasado que dio comienzo en el que para mí es uno de los mejores episodios de la serie, “Sit- In”, no puede tratarse como un presente.

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La conclusión a la falta de coralidad antes mencionada llega en uno de los episodios que más temíamos ver, “Goodbye Tour”, pero antes de pasar a comentar esa desolación pequeñita que suele dejarnos esta serie, demos un paseo por la avenida del resto de personajes. ¿Qué hay de Marnie? Porque lo suyo hace tiempo que ha dejado de tener nombre. “Hostage Situation”, al comienzo de la temporada, hizo las veces de definición gráfica de toda la mierda en la que esta mujer es capaz de nadar por voluntad propia. Cómo después de un episodio tan notable como “Panic in Central Park”, en el que casi llegamos a reconciliarnos con ella, es capaz de volver a caer en el mismo sinsentido. Que nos obligue a ver el rostro de Desi una y otra vez llega a resultar molesto, sobre todo porque no cesa en su empeño de faltar el respeto a Ray por activa y por pasiva. Pero qué bien le viene alguien tan inestable a quien endilgar su falta de determinación y de dignidad en todos los aspectos de su vida.

De Ray, por cierto, es apenas un destello lo que llegamos a ver en estos episodios, pero continua fiel a su esencia, abandona a Marnie porque lo que ésta le aporta es un despropósito y nosotros, como espectadores, sólo esperamos que tenga suerte con esa mujer tan risueña y tan protestona como él con la que subió al tiovivo. Jessa, por otra parte, ha brillado más en un par de episodios de lo que lo ha hecho en las últimas temporadas. Tan desquebrajada y desorientada como siempre, somos testigos, una vez más, de cómo no sabe gestionar otro abandono y, apagando un cigarrillo en una aspirina efervescente, arrastra al baño a un desconocido al que ni quiere tocar, ni quiere mirar a la cara. Y es curioso, porque siendo la única que llega a escuchar un “hace mucho que no somos amigas” alto y claro de los labios de la protagonista, resulta ser la que mejor llega a entender en “Goodbye Tour”, tras esa última intervención grupal absurda, que ha llegado la hora de salir adelante. Eso sí, no sin antes pronunciar una disculpa que venía haciéndose muy necesaria de largo.

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Será Shosh, en esa reunión donde no hay moderación que valga, la única que reconocerá sin problema que ha llegado un punto en que ninguna de las cuatro tiene ya nada que decirse. Que ahora es parte de un círculo nuevo, que va a casarse, que a quién queremos engañar. Y sin ni siquiera llegar a tomarse mucho más tiempo para pensar en ello, la decisión de Hannah estará tomada. Ha llegado el momento de crecer, de irse de la gran ciudad y sus condiciones precarias para aceptar un empleo más estable, de dejar un piso de alquiler que probablemente huele a pizza para dormir en una casa más cómoda. Y se acabó, ese momento del que Lena Dunham tanto habla, ese momento en el que no eres una chica pero tampoco eres una mujer porque, qué cojones, es más fácil no serlo. Queridas y queridos lectores del Cadillac… no podemos postergar más la despedida: hablemos de “Latching”.

Escribo estas últimas líneas a veinte minutos de haber presenciado el final, ese final para el que no estaba preparada, y son pocas las opiniones que he podido encontrarme en tan corto período de tiempo. Eso sí, las escasas que he podido leer guardan un clamor común: “¿qué clase de final es este?”. Pues un final, ni más ni menos. Sin fuegos artificiales. Un cierre donde no hay desenfreno, artículos sobre sexo y michelines, excesos narcisistas de tu mejor amigo gay ni lágrimas de ex novio. Hay realidad, aburrida y cruda. Hay vida.

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Tampoco pretendo engañar a nadie. Durante los primeros cinco minutos de “Latching” me he sentido descolocada y sin saber muy bien cómo digerir este punto final, pero en seguida he llegado a darme cuenta de que la despedida la tuvimos la semana pasada y de que esta series finale bien podría considerarse un epílogo. Lo de que Hannah fuera a criar a su hijo sola aún estaba por ver. No porque no fuera a ser capaz, no porque no contara con la fuerza necesaria, sino porque sencillamente no iba a darle la gana de dejar su condición de girl atrás tan fácilmente, incluso aunque ya no le perteneciera. La vemos, así, abusar del ofrecimiento de Marnie como si su bebé fuera algo de lo que se puede pasar cuando una no está para que le toquen las narices. Durante esos primeros días todo es estrés y pezones, una amiga que lo hace mejor que ella porque no tiene un cóctel hormonal post parto ni una vagina sangrante y herida en la que podría caber un melón.

Magistral ha sido la última aparición de su madre tras una llamada de socorro, que llega para decirle que ya es una mujer, que espabile, que no pasa nada si tiene que utilizar fórmula porque no es una vaca, que tener ese hijo fue decisión suya y que por mucho que le apetezca seguir centrándose en comer pasta mientras ve “Padres forzosos”, ahora tiene una responsabilidad porque todo el puto mundo vive con dolor. No podía faltar, por supuesto, la última ocasión de verla en una situación ridícula, volviendo a casa en bragas escoltada por un coche de policía, justo después de hablar como una madre, por primera vez, a una adolescente cabreada. Nos quedamos con ella, con Hannah, sintiéndose una persona adulta y siendo capaz, por fin, de amamantar a su hijo.

Las vamos a extrañar muchísimo. Durante seis maravillosos años nos han acompañado y señalado nuestros defectos como en un espejo burlesco. Pero, sobre todo, nos han enseñado que crecer no es un proceso igual para todos, que más que conducir por una vía segura vamos aprendiendo a sortear baches. Que no pasa nada, los errores son parte de este juego maquiavélico de forzar relaciones personales, mirarse el ombligo, quejarse por todo y procurar no odiarnos demasiado. Hasta siempre, Hannah Horvath.

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2 comentarios leave one →
  1. 23/04/2017 9:35

    Ff

    • 23/04/2017 10:52

      Yo también he acabado de ver el último episodio de la serie hace unos minutos y escribo con esa sensación de disfrute y pena de que se ha terminado una serie genial. Voy a echar mucho de menos a estas chicas tan desastrosas. Como vosotros, considero la quinta temporada como la mejor sin duda, pero no he dejado de disfrutar con esta última. Me encantó como dejamos encaminados a dos de los amigos de Hannah: Elijah ese amigo de verdad que a pesar de su egoísmo es tan cándido y bondadoso que merece esa oportunidad en el mundo del espectáculo. Y Ray, el más maduro del grupo (por eso a veces no encajaba) por fin pudo deshacerse de Marnie y parece que encontrar el amor con un alma gemela. Me encantó la reconciliación con Adam, tal y como mira y toca a Hannah , transmite un amor inmenso que espero conserve para siempre, aunque evidentemente no puedan seguir juntos. Fue fabuloso el episodio nueve, con esa fiesta de despedida, que por fin las reúne a todas , nos hace ver que ya cada una tiene que tomar su camino y ayuda a Hannah a tomar la decisión de irse. Fabuloso fue el bombazo del embarazo, una consecuencia que encaja perfectamente con ese romance tan hedonista en la playa y como te identificas con la decisión de tener el niño, es como una sorpresa inesperada que parece alocada, pero es lógica; es así la vida de Hanah, siempre hace lo que tiene que hacer, aunque sea metiendo la pata y en contra de todos. El último episodio me gustó menos, toda la peripecia postparto va muy bien con Hannah, pero afortunadamente la dificultad de la lactancia y el descontrol de las hormonas en contraste con una maternidad totalmente feliz ya nos la habían contado en otros formatos. No obstante, merece la pena solamente por el incidente con la chica adolescente, donde vemos a la Hanah tan generosa, deslenguada y transgresora volviendo a casa ya recuperada de la crisis para criar a su hijo que estamos seguros que con muchas broncas seguro que la querrá tanto la hemos querido nosotros y ella se merece.
      Solo puedo dar gracias a Lena Durman, por haber creado esta serie tan especial y felicitarla además porque por mucho que la echemos de menos ha sido tan valiente como su personaje y ha terminado la serie cuando tocaba. Y me consolaré como en otras ocasiones, convenciendo a alguien para que la vea, envidiándolo porque puede descubrirla y así poder verla yo otra vez para comentarla.

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