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“Pop”: el último desafío de U2

09/05/2017

Casi todo el mundo está de acuerdo en que “Pop” es el disco con el que U2 más coquetearon con lo que viene a ser un fracaso, el disco con el que más decepciones causaron y el disco con el que más cerca estuvieron de darse la hostia. Todo esto en el caso de que todo esto realmente no sucediera. Pero también es de justicia recordar que “Pop” fue el último disco en el que U2 verdaderamente arriesgaron, jugaron, apostaron e innovaron. La aventura data de 1997, por lo que dos décadas después creo que es hora de levantar la mano sin miedo y con firmeza para pedir la palabra y defender bien alto este álbum, entendiéndolo ahora como un intento, quizás fallido, de mezclar la esencia de los U2 más reconocibles, aquellos que habían quedado algo aparcados tras los fogonazos de “Achtung Baby” y “Zooropa”, con el espíritu de la música dance más desinhibida. La apuesta realmente era suicida y seguramente no se consiguió lo que se pretendía, pero en ese esfuerzo por sacar adelante un proyecto casi kamikaze, luchando contra la naturaleza y contra lo conveniente, contra ellos mismos incluso, quedó un trabajo que en su mezcla de grietas, boquetes y destellos de luz conformó un encantador collage en el que hoy se puede disfrutar del encanto del perdedor, de la poesía de la derrota.

Recordemos el momento. Tras convertirse en el grupo más grande del planeta con “The Joshua Tree”, U2 recibió el primer aviso con “Rattle and Hum”. Y en una época en la que Bono y los suyos aún gozaban de cintura y agilidad, crearon uno de los trucos de magia más sorprendentes de la historia reciente de la música (e incluso no tan reciente) con la reinvención que supuso “Achtung Baby” (y cuyo concienzudo análisis ya dejó mi camarada Jorge en estas impagables líneas: La mosca en la pared), disco que tuvo su pertinente representación en la gira “Zoo TV”, me atrevo a decir que una de las más importantes, por calidad, riesgo y novedad, de toda la historia. La jugada tuvo su coherente continuación en esa joyita llamada “Zooropa” y en el apéndice de “The Passengers”, un álbum bastardo del grupo que ni se atrevieron a bautizar con U2 debido a la distancia que le separaba realmente de su propuesta, y que demostraba que la investigación no iba a quedar ahí, no había vuelta atrás, aunque poco después se comprobaría que realmente sí había. Y es que tras el incomprendido/errático “Pop” (cójase la definición que más guste), el grupo entendería que la hora de la experimentación había llegado a su fin, tornándose en una banda más amable, cómoda y, de nuevo, infalible. Así, con la llegada del nuevo milenio, “All that you can’t leave behind” (2000) y “How to dismantle an atomic bomb” (2004) devolvieron a U2 a su estilo más reconocible, para en 2009 volver a intentar cierto riesgo con “No line on the horizon”, saliendo de nuevo de la jugada con  más dudas que certezas, lo que les llevó a una encrucijada que tardaron en despejar, hasta la llegada de “Songs of innocence” (2014), donde realmente la madeja no conseguía desenmarañarse del todo, a pesar de las luces que conseguimos intuir en él, y que ya contamos en La salida del laberinto. Pero rebobinamos y volvemos de nuevo a 1997, momento en el que U2 volvió a desafiar al mundo.

Hecha la declaración de las intenciones del grupo, la gestación del disco se convirtió en poco menos que un tormento toda vez que se empezó a descubrir que la tarea no era en absoluto sencilla, especialmente para una banda de su envergadura. El disco finalmente se finiquitó de forma abrupta y casi arbitraria, es decir, se dio al stop en un momento que era tan bueno como otro cualquiera, ya que las canciones podrían haber seguido transformándose y enriqueciéndose/empobreciéndose durante varios meses más, pero alguien decidió que ya era suficiente y que además se les echaba el comienzo de la gira encima (que ya les vale), quedando en el grupo una sensación de disco erráticamente terminado. Realmente el hecho de que U2 tenga tan poco aprecio a “Pop” puede deberse a su insatisfacción con el resultado final o bien a que resultó uno de sus trabajos peor recibidos por crítica y público, menos vendedores y con menos hits para la posterioridad. Sea como fuera, a mí personalmente el álbum nunca me pareció un error y ni mucho menos lo tengo considerado como uno de sus discos menores, acudiendo hoy a él con más entusiasmo que a algunos de sus posteriores regresos a los sonidos más clásicos.

 

Después de que Bono cambiara la bandera blanca y las consignas políticas bajo puño en alto por las gafas de sol, el cuero y la ironía como látigo azotador, la capacidad de sorpresa de sus seguidores ya estaba puesta a prueba más que de sobra, por lo que jugar con el deslumbramiento iba a ser una baza complicada. Pero únicamente complicada. Como carta de presentación los irlandeses no dudaron en meterse en el interior de una bola de cristales, llenar de efectos un poderoso riff de guitarra de The Edge, doblar hasta el extremo la voz de Bono y finalizar el vídeo de su nuevo single bailando disfrazados de los Village People. Sin duda el órdago de U2 iba esta vez más allá y no todos los oídos recibieron “Discotheque” con la misma euforia este definitivo despojo de prejuicios. En este primer corte estaba la esencia de lo que en un principio pretendía el disco, una mezcla de rock molón con música dance, bajo una producción con la electrónica más que protagonista. La jugada se mantenía intacta en el segundo corte del álbum, “Do you feel loved”, una joyita poco conocida pero que sin duda mereció mejor suerte en su día. El tema se asienta en una potente línea de bajo de Adam Clayton, con Bono llevando su registro de abajo hacia arriba con, todavía, absoluta facilidad, y con una guitarra absolutamente transformada en una especie de lamento industrial.

Sin embargo, el equilibrio quedó roto con “Mofo”. No es que fuera una mala canción, pero en ella definitivamente el estilo de U2 quedaba totalmente sepultado por un alud de loops, secuenciadores y sintetizadores muy del gusto de aquella época, pero quizás poco del gusto del sector más conservador. Así, en este punto los ojos de los seguidores más talibanes de los irlandeses ya debían de estar más o menos fuera de sus órbitas, aceptado de ninguna forma cualquier cosa que viene a partir de ese momento. El ultraje estaba consumado, aunque lo que llegaba a partir de entonces era precisamente la parte más U2 de todo el álbum, pero ver a Bono comenzar los conciertos de la consiguiente gira (que trataremos más adelante) con una bata cual boxeador danzando al ritmo de innumerables pregrabaciones, quedando el resto de la banda casi para aportar detalles a la canción era demasiado para algunos. Queda en el siguiente vídeo constancia de la osadía:

 

Como se apuntaba, tras esta atronadora provocación el disco entraría en su parte más convencional con la balada “If God will send his angels”, sin duda una de las canciones más prescindibles del disco y una de las lentas menos emocionantes de la banda. Pese a ello, a buen seguro que un puñado de seguidores respiraron aliviados al reconocer al fin una melodía y el sonido de guitarra características de su banda. El corte clásico continuaba con el que sería segundo single del álbum, “Staring at the sun”, una irresistible canción que en su día intuí como futuro clasicazo del grupo. Obviamente me equivoqué, no sé si por mal ojo o por empeño de la banda en llevarme la contraria, pero la canción tenía en principio todos los elementos para reflotar la carrera de “Pop”. No fue así del todo, aunque a mí me sigue pareciendo uno de los momentos más importantes del disco.

 

Tras este lloro casi religioso, la épica continuaba subiendo con “Last night on Earth”, canción que pese a introducirse con sonidos que podría intuir un regreso a los pasajes electrónicos, en realidad resulta una típica composición de U2 para los estadios, si bien realmente pocas veces se llevó a ellos, siendo otra de los composiciones que hubieran merecido más oportunidades. Y, definitivamente, que “Gone” no se convirtiera en un hit del grupo explica que en el fondo U2 decidieron olvidar “Pop” con toda premeditación, ya que la canción tiene absolutamente todo lo que tienen otros títulos de la banda de similar estructura e incluso a veces menos inspiración. Bien es cierto que el grupo sí intentó darle a “Gone” un peso específico en el futuro, siendo la única canción de “Pop” que se llegó a colar de forma más o menos fija en el setlist de alguna gira posterior (concretamente en la siguiente, el Elevation Tour, y para de contar), pero ciertamente esta tampoco ha trascendido y para el gran público, el ajeno a los fans de U2, “Pop” será para la posterioridad únicamente el disco del vídeo en el que salían disfrazados de los Village People.

Los coqueteos con la electrónica y las estructuras menos obvias volvían a tomar el protagonismo en “Miami”, un tema pleno de atmósfera que a pesar de poder ser considerado un corte de menor importancia contiene un buen puñado de razones para ser defendible incluso hoy en día, cuando la moda de los rockeros utilizando samplers está ya en desuso, o al menos ya no es nada destacable por el mero hecho de atreverse a ello. Así, el soplo de aire fresco de “Miami” precede al corte posiblemente más olvidable de todo el disco, “The Playboy Mansion”, un reposado paseo por una letra en apariencia satírica, pero que resulta algo infantil y caduca (musicalmente la comparaba en aquella época con el “Tryin’ to throw your arms around the world” del “Acthung Baby”, salvando las enormes diferencias de calidad). El tempo lento se mantiene en “If you wear that velvet dress”, esta con más atmósfera y personalidad, aunque fuera definida por la propia banda años después como “música de ascensor”. Sin querer ser más papista que el Papa, no comulgo con esa afirmación y me parece una balada arriesgada, delicada, con un desarrollo interesante y con un estribillo preciso.

El disco toma impulso en su tramo final con dos grandes canciones. La primera de ellas, una debilidad personal, “Please”, un tema que tengo en mi caja de favoritos de U2, quizás en parte por su condición de  desconocido para el gran público. En directo, “Please” suponía uno de los momentos álgidos de la noche (y me atrevo a decir que uno de los momentos álgidos en la historia de los directos de U2) con su emocionante encadenado a “Where the streets have no name”. A continuación, “Wake dead man” volvía a atestiguar lo diestros que son los irlandeses en cerrar álbumes con baladas intensas (sin llevar al nivel de “Love is blindness”, por supuesto). Además, cierra en oscuridad e insiste en el tono religioso que ya había salpicado algunos pasajes del disco, por lo que la festividad que se podía intuir al comienzo del álbum finalmente no fue tal, de ahí que la disparidad de intenciones, tanto en el sonido como en el mensaje, dejara a “Pop” en tierra de nadie.

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Y como en todos los proyectos de U2, el disco no sería del todo entendido sin su correspondiente gira (en esos momentos disco y gira se alimentaban mutuamente, afirmación que parece estar en entredicho últimamente, cuando los discos parecen meras excusas para sacar la máquina de hacer dinero, que en realidad son los conciertos). Así, “Pop” se representó en vivo en la mastodóntico tour “Pop Mart”, que a punto estuvo de mandar a la ruina a todo el equipo. Tras la revolución para los conciertos en estadios que supuso el “Zoo TV”, la presión sobre la nueva ocurrencia de los irlandeses era considerable, y no dudaron en recoger el guante y llevar la arriesgada propuesta de “Pop” a un nivel superior. Por lo tanto, si tenemos en cuenta que la idea que llevaba “Pop” no fue del todo bien recibida, auparla a su máxima expresión en vivo representaba un doble órdago que quedó en evidencia en algunos pasajes de la gira, con estadios a mitad de aforo en su primera parte americana y pocos ‘sold out’ en el global (algo impensable hoy en día). “Popmart” representaba en su conjunto una broma en forma de sátira y denuncia hacia la globalizada y el compulsivo consumismo de la sociedad actual. Desde su escenografía, pasando por sus juegos visuales e incluso por los atuendos de la banda, todo formaba parte de un juego en el que muchas veces la música quedaba al servicio del riesgo, y eso fue parte del error, ya que el set list que manejaba el grupo en aquella época debía de resultar infalible. Porque infalibles son algunos de los clásicos de la banda que, sea como sea el contexto en el que los metas, no defraudan, como demuestra esta interpretación de la siempre incontestable “Pride (in the name of love)”:

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De aquella apuesta los miembros de U2 salieron escarmentados, optando en el futuro más inmediato por plegar velas y volver a terrenos más accesibles para el público. El nuevo viraje no tardaría en dar los réditos a los que estaban acostumbrados, si bien los críticos ya podían realmente empezar a llenarse de razones cuando les tildaban de dinosaurios, grupo del pasado o producto para hacer dinero. A mí personalmente este intento por evolucionar y no vivir de las rentas, de apearse del trono y buscar un asiento diferente, me parece digno de un aplauso infinito, aunque por momentos tropiecen y se queden sin trono y casi sin asiento. Y es que después de haber conquistado el mundo con sus discos más académicos, lo que para mí llevó a U2 a un nivel por encima de casi cualquier otro grupo fue la triada “Achtung Baby” – “Zooropa” – “Pop”, con la que demostraron que además de dominar un tono determinado como nadie, tenían capacidad y curiosidad por intentar otros bien distintos. Y tenían valentía. Y siempre faltan valientes.



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