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El año en el que adaptaron (bien) a Stephen King

29/11/2017

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Las adaptaciones cinematográficas no se han visto exentas de polémica en los últimos años, algo curioso, porque han estado aquí desde los inicios del cine. Películas que a día de hoy se consideran de culto y esenciales en el decálogo del amante del séptimo arte nacieron, en realidad, de la pluma de autores y autoras que en cuantiosas ocasiones no recibieron el reconocimiento merecido bajo el desconocimiento del espectador. Directores de la talla de Alfred Hitchcock o Stanley Kubrick (un nombre que viene muy a colación hoy) basaron buena parte de su obra en la adaptación de trabajos literarios y de aquellos partos nacieron obras maestras.

Para entender esta polémica de la que hablo habría que tener claro que al público le suele costar diferenciar entre buenas adaptaciones y adaptaciones fieles. Una adaptación fiel puede ser completamente leal al texto del que parte, no dejándose atrás nada o casi nada, y aún así ser una mala película que falla estrepitosamente en su guión, en las interpretaciones o en una decena de aspectos técnicos. Se puede adaptar un producto literario, por contra, de manera más libre, introducir cambios en la trama y los personajes, dar más relevancia a temas que en el original se antojan menos importantes e incluso saltar por encima de algunas cuestiones argumentales y sin embargo producir un filme excelente. Siempre se ha de tener en cuenta que cine y literatura son dos formatos distintos y lo que funciona en uno no necesariamente ha de funcionar en otro. La densidad (maravillosa, por otra parte) de las descripciones de Tolkien en El Señor de los anillos no es necesaria en las entregas de Peter Jackson, por ejemplo, donde gracias a los recursos con los que se cuenta en la elaboración de una película, ya estamos viendo los paisajes, el territorio y todas las particularidades geográficas de un lugar ficticio. Eso sin entrar en materia en el tema de la disponibilidad temporal, que no es menos importante.

Quedando claro en el párrafo anterior mi posición liberal ante la adaptación cinematográfica (dejando despropósitos a un lado) y sin más rodeos, vamos a zambullirnos en el tema que nos concierne hoy: las adaptaciones de Stephen King con el foco en las que han visto la luz este año. Se han llevado a la gran y pequeña pantalla obras del maestro del terror moderno en más de un centenar de ocasiones y si algo hemos de reconocer hoy, a esta hora y en este lugar, es que un porcentaje alto de éstas han terminado por ser una mamarrachada curiosa. Existen, en cambio, excepciones más que honrosas. Desde el filme digno hasta la obra maestra de culto, también encontramos unos cuantos aciertos. Defenderé hasta el último de mis días que “El resplandor” de Kubrick (fiel o no) es una de las mejores películas de terror de la historia, así como resultan exquisitos otros clásicos de la talla de “Misery” (Rob Reiner), “Carrie” (Brian De Palma), “La milla verde” y “Cadena perpetua” (Frank Darabont), o “Cuenta conmigo”. Incluso otras como “La niebla”, “La ventana secreta”, “Eclipse total” o “La zona muerta” son productos con dignidad y en su mayoría (porque se nos ha colado un drama) muy disfrutables.

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Son un puñado de buenos productos los que podemos valorar positivamente, pero, reitero, en cualquier búsqueda online que se haga aparecerán más de cien fichas cinematográficas de miniseries, series, cortos o largometrajes que se han basado en su ficción o han querido adaptarla. Lo lógico es que la mayoría resulten muy de andar por casa y que las entregas más brillantes sean minoritarias. Basándonos en esto, no deja de resultarme curioso lo próspero que ha sido este año 2017 para las adaptaciones del autor, quitándonos de en medio un par de batacazos como la serie de “La niebla” que ha funcionado tan mal y ha sido cancelada tras una primera y única temporada y, especialmente, el film de “La torre oscura” que olía a hostia con ruido desde el momento mismo de su gestación. He de puntualizar que aún no he podido ver la película, pero como lectora de esta saga de fantasía bañada en western sé que es un imposible llevar al cine siete tomos en dos o tres horas en una sola entrega y que además tenga sentido. Han resultado, así, todas las críticas de la misma índole: los no lectores no han entendido absolutamente nada de ese batiburrillo de ideas y los lectores se han llevado las manos a la cabeza pensando en qué Torre Oscura habrá leído exactamente Nikolaj Arcel. Me consta, además, que la productora Sonar Entertaintment ha llevado a la televisión la novela Mr. Mercedes de manera más o menos correcta.

Como decía, obviando los casos previamente enumerados, ha sido este un año donde la balanza se puede inclinar de manera positiva hacia el lado más brillante y terrorífico de la vida con respecto a las adaptaciones de Stephen King, empezando, por supuesto, por esa primera parte tan esperadísima de “It” (que no es un remake sino otra nueva adaptación de un original) de Andrés Muschietti que ha sido uno de los taquillazos fuertes del verano y una de las mejores (que no la mejor) propuestas de terror del año. Si no he hablado antes de la conocida “It” de los noventa es porque, más allá de mi admiración por Tim Curry, nunca le he tenido demasiado aprecio a ese mastodonte de seis horas que no puede sacudirse de encima el sabor a telefilme, más allá de que se haya convertido en algo relativamente mítico y haya una suerte de cariño guardada por ello.

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La película ha funcionado de maravilla en muchos de sus aspectos principales, partiendo de una base que ya era magnífica porque It no deja de ser una de las mejores novelas del escritor del que estamos hablando y porque se las ha ingeniado a la perfección para inyectarnos una dosis de lo que más nos gusta al público actual: la nostalgia. Muschietti acerca una década la historia (el original tiene lugar a finales de los setenta y no de los ochenta) dando lugar a un producto que acaba por recordarnos a una de las series más de moda, “Stranger Things”, lo cual no deja de ser una paradoja sublime porque ésta se ahoga en influencias del maestro, entre otros. Hasta comparten a Finn Wolfhard, el regusto melancólico-marginal y la estética. Y nos encanta.

Nos encanta porque muchos y muchas hemos sido un poco del Club de los perdedores, porque nos lo pasamos en grande entre salto y salto en la butaca, porque la denuncia social sigue estando ahí como ya estaba, tanto en el texto como en la adaptación previa, pero con menos miedo de ser mostrada (hablo de la película, claro, el texto mostraba todo lo mostrable e inmostrable y más allá). Esto se hace patente sobre todo en la realidad de Beverly y en la construcción de un personaje femenino al que siempre hemos adorado. Nos encanta, también, porque esta entrega apela más al horror y este Pennywise hace gala de un sadismo mucho mayor, diseñado para ser más terrorífico de lo que lo fuera el de Curry. Bill Skarsgard es un gran acierto del cast, como así lo son también todos los protagonistas preadolescentes.

Son muchas las virtudes de la cinta, desde su capacidad para combinar la atrocidad con lo entrañable, pasando por la ambientación de la época (vestuario, banda sonora, etc…), los homenajes a clásicos del terror de aquel tiempo hasta los cambios llevados a cabo conforme al original que encajan de manera muy correcta. También hay cosas que se tambalean, por supuesto. Para parte del público los recursos del género que utiliza ya están muy manidos y uno de los cambios del desenlace puede chirriarnos un poco en materia de roles de género, pero el resultado general es notable y satisfactorio.

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Pasamos ahora a la siguiente adaptación exitosa que ha visto la luz este año, la de “El juego de Gerald”. Una producción de Netflix y una de mis novelas favoritas (y que más terror posterior me han causado) de King. He reconocer que tenía bastante miedo a este producto e iba con las expectativas bien bajas por dos razones principales: la primera es que Netflix, hasta hace no mucho, no acertaba demasiado con sus producciones en materia de cine; la segunda era la dirección de Mike Flanagan, que no acertó demasiado con su “Hush” aunque le quedara un slasher/ home invasion entretenido. Afortunadamente lo que me encontré fue una película magníficamente interpretada (el trabajo de Carla Gugino es impecable), tremendamente fiel a la novela, respetuosa en casi todos los aspectos principales a la esencia de la historia y nada carente de ese mal rollo de que ha de estar continuamente presente en el texto.

Para despistados, el libro es un ejemplo sublime del torrente de conciencia de una mujer que pasa dos días esposada a la cama con su marido muerto a los pies recordando pasajes de su vida de abusos y otras formas de control del género masculino sobre el femenino mientras se apodera de ella el horror de las circunstancias (el aislamiento, la noche, la certeza de una muerte cercana). Un discurso tremendamente crítico y psicológicamente desgarrador. La película escenifica esto con maestría de no ser por el hecho de conceder demasiado peso a las voces masculinas en la vida de Jessie, cuando el original defiende la idea contraria. También tiene el pequeño defecto de querer ser tan creepy que muestra de manera explícita algunos de los elementos que, siendo ambiguos en el original y creando así una atmósfera tan horrible como desapacible, aquí acaban por quedar expuestos demasiado pronto. Sin embargo, su visionado funciona a las mil maravillas y de manera muy digna, con su pequeña dosis de gore, su discurso bien estructurado y una creación del suspense bastante conseguida. Otra adquisición que sumar a las buenas adaptaciones de Stevie.

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La última adaptación de la que hablaremos hoy es “1922”, uno de los relatos que aparece en la compilación Todo Oscuro, sin estrellas (y que aún no he leído, así que me ceñiré al plano cinematográfico) también producida por Netflix. Bajo la dirección de Zak Hilditch, la película nos cuenta la historia de un ranchero manipulador que asesina a su esposa con la ayuda de su hijo adolescente, para verse tiempo después perseguido por una plaga de ratas que le hará la vida imposible en un homenaje lovecraftiano. De las tres adaptaciones que he querido reivindicar en este post, quizá sea esta mi menos favorita, aunque no por ello menos loable como filme. Más bien es cuestión de fobias y roedores.

La narración de la historia, con el acompañamiento de la voz en off del protagonista en algunos momentos, es bastante correcta aunque a ratos se nos antoje insuficiente su desarrollo cuando, sin embargo, tenemos la sensación de que sobra metraje. La fotografía es excelente y la ambientación también, traspasando la pantalla cada sensación: desde el frío que cala los huesos, el calor insoportable, la asfixia de las circunstancias, el asco, el odio. Un testimonio del pecado en un territorio rural magníficamente interpretado por Thomas Jane, que no podría retratar mejor el desgaste psicológico de un personaje que consigue que detestemos (para bien) desde el minuto uno.

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Tanto en el papel como en la pantalla nos quedan historias para rato. Nosotros permaneceremos aquí, expectantes y espectadores, para ver qué tiene que contarnos. Mientras tanto, recordemos este año como el año que adaptaron (bien) a Stephen King. Más o menos.

 

 

 

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One Comment leave one →
  1. 29/11/2017 18:51

    Me tiro de cabeza a por 1922 y ya hablaremos con calma de EL JUEGO DE GERALD, que lo visione el otro dia.

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