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“Stranger Things”: de la nostalgia a la discordia

10/11/2017

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Netflix ha sido calificada como “churrería de series” en unas cuantas ocasiones y todo crítico frustrado o cineasta colérico se empeña en que ésta sea a las plataformas lo que los millenials somos al mundo: culpables de todo. Sin embargo, y pasando por alto el primer chiste, si algo ha logrado este mastodonte del contenido audiovisual con el trascurrir del tiempo es hacerse respetar con un puñado de producciones propias (hablamos del ámbito de las series en este momento), no sólo disfrutables e imanes de audiencia, sino de un buen hacer intachable y una calidad innegable. Además de sus primeros éxitos (“House of Cards” u “Orange Is The New Black”, por nombrar algunos), la Netflix productora puede presumir de contar en sus filas con ficciones de la talla de “Bojack Horseman”, esa maravilla de la animación; con “Master of None”, obra maestra en sólo dos años; “Por trece razones”, un desgarrador retrato adolescente; o “Mindhunter”, la última gran sorpresa que bien podía haber nacido en HBO, entre otras series que ya conocéis de sobra y no es necesario seguir enumerando.

Pero si Netflix ha conseguido hacerse con una gallina de los huevos de oro, esa es el producto del que hablaremos hoy, “Stranger Things”, esa serie que en el verano del pasado año nos conquistó a todos con su encanto, su buena dosis de nostalgia, su ciencia ficción a la antigua usanza sin perder los elementos más modernos y su vuelta a la preadolescencia de muchos de nosotros, niños de los 80 y principios de los 90. Esta propuesta hizo gala de una calidad indudable sin dejar de ser accesible a todo tipo de público, amante o no del género, picoteando de grandes clásicos de la época, del cine de Spielberg, de las novelas de Stephen King, de unos clichés bien utilizados que no chirriaban. Y todo ello sin caer en la vulgar copia, con un resultado muy personal y con carácter. Aquella primera entrega de esos niños en bicicleta fue todo un bombazo y, como todo éxito que se abre camino entre las masas, habría de despertar reacciones contrarias en su regreso.

La expectación ante la segunda temporada de la serie, que este año se estrenaría a tan sólo unos días de celebrar Halloween, no hizo más que crecer conforme se acercaba la fecha de su estreno. Posters homenaje a clásicos de la ciencia ficción y el terror ochentero y noventero, juegos gratuitos para smartphones, mensajes ocultos en el teletexto de nuestras televisiones, carteles promocionales sembrados por todas las ciudades. Un despliegue publicitario infalible que daba paso, desde las primeras imágenes de rodaje que se filtraran, hace ya meses, a comentarios que afirmaban que la serie ya no iba a ser lo mismo, que mucho ruido y pocas nueces, que todo esto resultaba ya el colmo del mainstream. Y ya sabéis cómo funciona la recepción del gran producto, queridos lectores. Una vez que algo es para todos, hay que contrariarse y rebelarse ante la posibilidad de dejar de ser entes especiales que van a contracorriente del mundo. No importa cuánto llegara a enamorarnos aquella serie ochentera y naive de las luces de colores, de aquella niña con poderes que se escondía de los malos y comía gofres, de la madre coraje que buscaba a su hijo incansable, del upside down y los homenajes. Ya que nos encantaba a todos, llegaba la hora de buscar peros.

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La audiencia, tras maratonear la serie como si no hubiera un mañana, consumiéndola en menos de veinticuatro horas, comenzó a elaborar sus propios juicios. Por una parte están aquellos que llegaron a flipar tanto con esta segunda entrega que incluso la han disfrutado más que la anterior. Están también aquellos que, aunque prefieren su primer año, han sabido valorar las aventuras que nos ha traído esta temporada. Todo normal hasta aquí, cuestiones subjetivas, preferencias. Personalmente me sitúo en un punto intermedio en el que no percibo una gran fluctuación en cuanto a la calidad y sigue siendo una serie con la que gozo muchísimo, aunque no podemos obviar lo clave que resulta el factor sorpresa de su estreno, un factor sorpresa que, como en absolutamente todos los productos televisivos, desaparece con el tiempo. No creo que lo que acabamos de ver sea mejor o peor que lo que vimos hace un año, sino diferente y al mismo tiempo igual, con un arco argumental distinto que sigue girando en torno al mismo conflicto central. Es de lógica. Aplastante, además.

Lo que me hace rechinar un poco los dientes son otro tipo de críticas de las que iré hablando de manera algo más orgánica en el trascurso de este post, partiendo de aquella que afirma que ha sido ver más de lo mismo. Y yo me pregunto, ¿qué habríamos de encontrarnos tras el cliffhanger con el que se cerraba el último episodio? Quedaba patente que, ni habíamos terminado con ese otro universo al revés envuelto en cenizas, ni el pobre Will Byers había derrotado a sus demonios. ¿De verdad esperaba el público un reset o una continuación que obviara todo lo anterior cuando las bases ya estaban sentadas? Porque eso sí que habría provocado la ira de todos y cada uno de los consumidores de “Stranger Things”. La serie y sus guionistas han seguido el paso lógico: el de la continuidad. No hay otro.

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Tampoco deja de resultarme fascinante, y no de la mejor manera, el hecho de que de repente se esté hablando del show como de algo vacío y superficial que no contiene nada más allá de una cáscara bonita. Creo que es absolutamente esencial, qué menos, el saber a qué clase de producto se está enfrentando un espectador antes de adentrarse en sus terrenos, más aún cuando se adentra en el mismo terreno por segunda vez. ¿Es que los primeros episodios de 2016 se ahogaban en referencias a Truffaut que algunos no supimos ver? Es reducir algo al ridículo para explicarlo, pero pedirle a “Stranger Things” algo que no es, cuando ya la conoces y admirabas previamente, es un absurdo. No es esta una “Six Feet Under” donde nadar en existencialismo ni una “The Leftovers” con la que replantearnos todo un sistema de creencias para afrontar la pérdida (por nombrar un par), sino, reitero, un scifi fresco y para todos con el que desconectar. Parece que hemos pasado de la obra maestra a la mierda en un chasquear de dedos cuando no es ni una cosa ni la otra. Y ni falta que hace.

Sin embargo, tampoco termino de estar de acuerdo con esa concepción de cáscara vacía que algunos se empeñan en endilgarle. No son pocos los temas que desfilan por la serie de manera evidente, desde los conflictos de la niñez, los valores y las dualidades, el bien y el mal, el despojarse de todo lo humano que puede llegar a tener la ciencia, el dolor de una madre o un padre, la pérdida, las diferencias sociales y económicas que se retratan en cada familia o, valga la redundancia, los tipos de familia. Diría que hay un par de cosillas en su fondo a tener en cuenta. Y conste en acta que no vengo a defender este puñado de episodios a capa y espada, tengo unas cuantas collejas guardadas, pero ante tanto artículo destripando a cuchillo la ficción de Hawkins, sentía un poco la necesidad de redimirla.

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(AVISO SPOILERS: Vamos a perdernos un poquito en los detalles de la temporada. Si aún no has terminado de verla, vuelve más tarde. A partir de aquí, monstruos. O demogorgons.)

En “The Upside Down”, el último episodio emitido el pasado año, se cerraba el conflicto principal dando lugar a un arco argumental delimitado que podría haber funcionado simplemente como tal, de no ser por ese último minuto en el que Will vuelve a verse a sí mismo rodeado de tinieblas y vomitando a un ser de otro mundo. Sabíamos que habría más, que ese otro universo al lado contrario del tablero, enraizado y venenoso, no había quedado atrás. Lo que no esperábamos, quizá, es que el upside down quisiera abrirse paso por Hawkins y conquistar todo a su paso. Una posibilidad aterradora, oscura e indiscutiblemente mucho más grandilocuente que la búsqueda de un niño. Un niño que aún no se ha despojado de su sufrimiento (magnífica interpretación la de Noah Schnapp, por cierto), que se convierte en el huésped perfecto, en un súper espía poseído por un monstruo que se extiende como un virus y que puede morir si matan a lo que lo está matando, dando lugar a un homenaje a “El exorcista” imposible de pasar por alto.

No ha sido ésta la única referencia a la cultura popular ochentera, claro, una serie estrenada cerca de una fecha tan marcada había de contar con un especial de Halloween cargado de ellas. Desde esa Mad Max que aparece disfrazada de Michael Myers para abrazarnos un poquito al slasher, hasta los ya archianunciados disfraces de “Los cazafantasmas” de la pandilla, pasando de nuevo, incluso, por “E. T.”, o por “Gremlins” cuando Dustin (que en general está sembrado esta temporada) encuentra a ese Dart del que no debía haberse encariñado. Y ya que hemos hablado de Max, ¿no evoca su contexto a “It”? Tanto en su personaje hay ligeras reminiscencias a Beverly como en el del fuckboy gilipollas de su hermano Billy las hay de los bullies de la novela (y recuerda mucho a la última adaptación cinematográfica).

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Bajo mi particular visión, el personaje de Max no ha sido bien aprovechado en estos nueve episodios. Es una chica con bastante potencial y cosas que aportar al grupo para haberse quedado tan en la superficie y haberla utilizado sólo como objeto de conflicto. La pelirroja está en el grupo básicamente porque Lucas y Dustin beben los vientos por ella y para que Mike (intensito de más en esta temporada), extrañando a Eleven como a un primer amor, se comporte como un cretino con ella la mayor parte del tiempo.

Después están las relaciones de amistad, que se han transformado, como es natural, con respecto a las entregas previas. Hemos de tener en cuenta algo fundamental a la hora de analizar brevemente este cambio porque las críticas que he llegado a leer se me antojan sacadísimas de madre. Esos niños que nos hacen tanta gracia y nos despiertan tanta ternura con su conocimiento geek son niños a nuestros ojos treintañeros, pero lo cierto es que ya no son niños en realidad, al menos en su definición más pura. No son criaturas de ocho años que se revuelcan de la risa por el suelo al escuchar la palabra “pis”, sino chicos y chicas en su adolescencia temprana, en una edad donde todo empieza a ser bastante menos simple. Claro que tienen que surgir conflictos, claro que tiene que aparecer el tema del enamoramiento estúpido y precoz. Que chicos y chicas de trece años sientan atracción y se enamoren de forma intensa y al mismo tiempo infantil nos ha ocurrido a absolutamente todos y todas. No son críos. Recuerdo que a mis catorce años, como el 80% de mis compañeros de clase, me escondía en el baño del instituto para dar caladas a un cigarrillo y toser el humo del mal de amores. Que en la vida real Millie Bobby Brown sea sexualizada como una mujer adulta es una aberración, que en una ficción se enamore de un niño y le coja la mano, no.

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También es de recibo detenerse, antes de continuar con otros elementos más sustanciales de la serie, en el tema del sexismo. Sí, hay atisbos sexistas en “Stranger Things”, solemos encontrarlos, de hecho, en la mayor parte de las ficciones que consumimos. Me gustaría centrarme principalmente en una escena que trajo bastante cola y que a mí misma consiguió hacerme hervir la sangre. Hablo, claro, del momento tan especial en el que Nancy, increíblemente conmovida porque el pobre Dustin (que no se ha acercado a una sola chica fea, gorda, o fuera del canon de belleza) no consigue bailar con nadie. Si el freak adorable de la gorra se hubiera acercado a mí con lagrimitas en los ojos le habría explicado que, por muchas ganas de bailar con la más popular que tenga, ninguna chica le debe nada. Y que además hay unas cuantas rechazadas sentadas a su espalda a las que nadie mira por ser demasiado larguiruchas, llevar aparato o ropa pasada de moda. Pero no, la adolescente más guapa del instituto consuela al joven diciéndole que no se preocupe, que “las chicas de esa edad son TONTAS”. Molesta, claro que molesta, pero si en 2017 seguimos llamando “pagafantas” a cualquier hombre que sea amable con una mujer para tirársela sin conseguirlo y llamando putas a todas las que no nos hacen caso, ¿qué podemos esperar de un diálogo emplazado en un tiempo de cuarenta años atrás? Contexto, chicos y chicas, contexto. Además, la frasecita viene pronunciada nada menos que de los labios de Nancy Wheeler, que aunque esté creciendo mucho y demostrando que quiere pelear, sigue siendo la hija de una mujer florero muy guapa que se dedica por entero a mantener una casa bonita mientras continua casada con un marido inepto al que no quiere. Por no hablar de la relación que ha mantenido durante un año con el tío que empapeló el pueblo con pintadas de “zorra” en su honor. Reitero: CONTEXTO. Contexto y perspectiva. Hay que emplazarlo todo en su tiempo y lugar y observar a quién emite el mensaje.

Sin entrar en análisis especialmente sesudos sobre algo que ya habéis visto, me gustaría detenerme en varios aspectos principales del motor que ha movido la maquinaria en esta temporada, empezando por el arco argumental del personaje que más pasiones despertó desde el nacimiento mismo de la serie: Eleven (O Jane). Cierto es que su trama ha podido verse algo más dispersa que en el conjunto de capítulos anterior, pero tampoco se me ocurre otra manera de darle un pasado al personaje y presentar, con algo de más ahínco, sus conflictos personales. Eleven vive escondida en una vieja cabaña con Hopper (personaje que se torna más grandioso a cada minuto en pantalla) donde cuenta los días para poder volver a ver a su amigo y trata de comunicarse con él sin éxito real (grande el homenaje continuo a “Poltergeist” frente al televisor). No han sido pocas las quejas acerca del giro “negativo” que ha dado el personaje y que personalmente no percibo como un giro real. No deja de ser una chica muy joven que quiere llevar una vida normal sin la madurez para entender que la única figura paterna con la que ahora cuenta sólo quiere protegerla.

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Resulta interesante ese ahondar en su pasado que suponen sus dos viajes: uno en busca de su madre y otro en busca de su “hermana”. Ha de ser de una impotencia desgarradora el no saber quién eres y lo único que Eleven busca es poder ser un poco Jane, poder abrazar a una madre con la que apenas puede comunicarse, ser quien es realmente sin miedo a utilizar un don que se antoja más maldición que lo primero. No ha recibido buenas críticas ese séptimo episodio, que casi funciona un poco como bottle episode porque supone un paréntesis en una trama que nos tiene enganchadísimos, pero lo cierto es que, subjetivamente, me parece interesante cómo la chica sólo trata de buscar su identidad y lo emocionante que resulta verla elegir ese otro lado “no oscuro” (no en vano, la escena del tren bien podría haberla protagonizado un jedi) en el que, corra o no peligro, prefiere volver a casa y salvar a las personas a las que quiere. Y qué escenas más emotivas, desde ese reencuentro con Mike hasta la maravillosa conversación que mantiene con Hopper en el coche. Es gran parte de la esencia de “Stranger Things”, esa emoción tan pura que en otro tiempo nos proporcionaran los filmes a los que emula. Eso sí, verla repudiar a Max nos duele un poco, por mucha madurez que necesite aún para gestionar las cosas. Ahí sí necesitamos redención.

Por otra parte, la trama adolescente (la de los adolescentes tardíos) ha sido más insustancial y más ligera de lo que lo fuera anteriormente, pero no deja de ser un complemento a todo lo que estamos viendo. Un triángulo amoroso, para variar. Jonathan y Nancy envueltos en una trama de conspiranoia al estilo de Mulder y Scully y completamente al margen del conflicto principal prácticamente todo el tiempo. Y Steve, medianamente redimido durante la temporada anterior, se ha convertido en un niñero y en un personaje al que resulta extremadamente fácil coger simpatía, protagonizando algunas escenas que tienen tanto de tiernas como, por enésima vez, de polémicas. Pero no voy a entrar ahí de nuevo porque no me apetece seguir repitiendo la palabra “contexto” en bucle. Donde sí voy a entrar es en esa gran escena, casi homenaje a “Cujo”, en que el joven está encerrado con sus polluelos en el viejo autobús que les ha servido de refugio más de una vez mientras los demodogs los rodean. Qué bien le sienta el suspense tradicional al producto de los hermanos Duffer.

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No sé al resto de la audiencia, pero a mí, ese último tramo de “Stranger Things”, esos dos últimos capítulos que vienen con el desenlace, me han contentado bastante, en general. “The Mind Flayer”, octavo episodio, es una entrega de cincuenta minutos frenética (e hija directa de “Jurassic Park”) en la que no pueden escapar del laboratorio una vez todas esas criaturas de otro mundo, esos demodogs, salen de lo que ya no es una grieta sino un portal masivo, para masacrar a todo el que se encuentran. Asfixia y encerronas ante el peligro, de nuevo. Con una Joyce a la que aún no habíamos nombrado y que sólo quiere una vida y una familia más sencillas y que vuelve a perder otra oportunidad. Bob, que morirá como héroe pero ha sido un golpe bajísimo acabar con él de ese modo y se lo reprocho a la serie, era su única conexión con la “normalidad”. Un hombre valiente y sencillo que procura no hacer demasiadas preguntas cuando se encuentra todo ese enraizado azul de vides en casa, pero ayuda, y los salva a todos. Sea como sea, Joyce Byers siempre va a ser una madre coraje capaz de todo, con duelo o sin él.

La resolución de la temporada acaba por tener un final muy parecido y con muchos paralelismos con respecto a la anterior. Un último acto en el que todos los personajes juegan un papel, donde Eleven es sencillamente crucial, cerrando la grieta con la rabia de todo lo que le ha sido despojado. Donde expulsan, con calor, a esa sombra dentro de Will para que vuelva a ese otro lado del que ha salido. Y, por supuesto, donde los más jóvenes no saben sentarse a esperar y se embarcan también en su propia misión. No esperaba otra cosa, honestamente. Me han dado, de nuevo, lo que buscaba en “Stranger Things”. Ni más ni menos.

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De todo ese último final emotivo patrocinado por un “one month later“, sin lugar a dudas (bailes con los que no empatizo, aparte), me quedo con el hecho de que se haya hecho justicia a Barb y especialmente con Hopper adoptando a Jane. Poco he hablado en este post de su grandeza, pero es un hombre esencial, no sólo para el pueblo, sino para el manejo de la mitología que se ha creado en torno a él, al que volveremos, espero, el año que viene. Lo cierto es que, tras divagar durante un buen rato, sí que esta segunda tanta de episodios me parece ligeramente inferior a la primera, algo que casi era de esperar, también. Nos hemos encontrado con algo más efectista, donde se han cambiado las partidas de Dragones y Mazmorras por un Arcade porque los chicos tienen edad de querer salir de casa, más grandilocuente y quizá menos centrado pero más adictivo.

No importa, la serie sigue dándome exactamente lo que le pido, devolviéndome a momentos preciosos y ayudándome a desconectar en un baño maravilloso de géneros. Me quedo con sus personajes entrañables, con ese pueblecito que acecha el upside down, con la nerd way of life que algunos nunca hemos dejado de llevar por bandera y con esa banda sonora mítica que no nos abandona.

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3 comentarios leave one →
  1. 11/11/2017 18:10

    Es un autentico lujo leeros felicidades por estos post super trabajados, interesantes y amenos gracias de verdad! y no puedo estar más de acuerdo con todo lo que dices! aunque sea de las que me he quejado… siempre defenderé que el hype es maligno pero si que te digo que como dices me ha dado lo que prometía me lo he pasado genial en esta segunda excursión a Hawkins… saludos

    • Irene B. Trenas permalink*
      11/11/2017 22:56

      ¡Pues muchas gracias por pasarte por nuestro Cadillac y a seguir disfrutando del upside down! Saludos Silvia

  2. 17/11/2017 13:02

    Siempre es grato leer sus posts, esta segunda temporada me parece muy buena, obviamente su trama es menos innovadora que la primera pero no dejaré de seguir esta historia por eso, el 2do y 9no capitulos son mis favoritos, despertaron toda la nostalgia de los 80´s en más de uno.

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